Si hubieras sido como Esteban

beso fresaTe comparo con Esteban. Es un señor que deja saber de alguna manera que le gusto.  Si te hubiese conocido y tratado como a él, todo sería distinto.

Cuando voy a una reunión,  él trata de ofrecerme su compañía. Me mira como si fuese un sueño, queriendo  interpretar mi ensimismamiento; ¡si supiera que estoy pensando en ti y deseando que llegue la hora de contemplarte en el café!

Al entrar al salón,  no me quita la mirada, hasta que logra  que yo lo vea. Me sonríe y fija más sus ojos  en los  míos, yo en cambio diviso para otra parte. En algún momento cuando menos espero, lo tengo cerca cuchicheando  algún piropo. Suspira y me saluda con un beso en la mejilla. Me  cuenta algún chiste y no puede ocultar que las palabras brotan entrecortadas. Se retira en silencio cuando ve mi indiferencia.

Si fueras  como esteban, jamás hubiese conocido la zozobra y este deseo que cada vez se hace leña dispuesta.

El adolescente

adolescenteeTumbado en la hamaca, meditaba. Casi identificaba al Ser cuando lo arrasó un sueño voraz y profundo. Masticó un chicle imaginario y roncó. Tuvo la seguridad de que al despertar tendría la respuesta a la duda del hombre. La voz lejana fue acercándose, y tras el primer garrotazo siguieron los demás. La voz se hizo demandante: “¡Levántate huevón, bueno para nada, deja de soñar y ayuda, no ves que la casa se cae”!

Célibe

images (10)El mar está en calma. Célibe camina por la orilla, agradecida por el cosquilleo que hacen las burbujas que revientan entre los dedos de los pies.
Se recuesta a contemplar la puesta del sol en un lugar sombreado y solo. Pasan barcos petroleros y viejos pelícanos. El cielo tiene montes con vellocinos dorados. La brisa llega con olores de ostra que alborotan su pelo, y le place.

Parece que duerme; tal vez, entre sueña. Hay suavidad en el rostro. Se desabotona la blusa para percibir el fino roce del viento. Entrecruza las piernas. Sus manos descansan en la planicie de su vientre. No quiere pensar en el mañana, únicamente atiende al momento. Desea relajarse y sentir la caricia del mar. Dormita y entre sueña. Observa a la hermana mayor sentada sobre las piernas del novio, moviendo tímidamente las caderas.

Llega el viento marino suave, aromático que despeina a la niña-mujer. Respira profundo. La brevedad de sus pechos empuja la blusa; y al contacto con la brisa brotan de su escondite los pezones. Su acomodo lo busca, bien entrelazando sus piernas una y otra vez o abriendo y cerrando el compás. La brisa hurga en su interior. Se inquieta y suda. Ahora brota calor que rebalsa y recorre todo el cuerpo dejando un tic-tac de latidos en su bajo vientre. La mano laboriosa y gatuna salta al monte de Venus y retoza.