cafeEl café dejaba una nube de olor que se fundía con la luz de los faroles. Hasta nuestros oídos llegaban los arpegios de la guitarra de un trovador.
Mi voz suave y lejana:
– ¿Quieres casarte conmigo?
Tu cara encajó en el desconcierto, tus pupilas languidecieron.
-Eres especial, tenemos días increíbles, pero no es buena la idea- me dices con acento firme y besándome la mejilla.

Hoy estamos alejados. Tú vives administrando insumos y vidas, y yo… corriendo aventuras con el Quijote.