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Yo era un chamaco. Ella una mujer de veinte años. Recuerdo su pelo castaño que al caminar le brincaba como saltando la cuerda sobre sus hombros. Un día le pedí un beso, y ella ladeó la cabeza.
Al despertarme, las sábanas sueltan olor de mujer. En la mesa hay copas y platos en desorden. Voy al baño, y el vapor se adhiere al espejo; supongo que estaría obsequiándose un baño de tina. Corrí las cortinas con suavidad ¡No había nadie! Muevo la cabeza y pienso: ¡joder, mis sueños cada vez son más reales!
Casi al anochecer, llegué a la escuela de idiomas, situada en una vieja casona que para mejorar el aspecto, el Director ordenó pintarla, aprovechando un fin de semana. Los pintores dejaron el inmueble desordenado: sillas por doquier, botes de pintura y olores profundos de aguarrás. Los alumnos se arremolinaban, unos en un área, otros en los pasillos, y algunos más, preguntando dónde recibirían la instrucción. Yo tenía la clase a las siete de la noche y llegué pocos minutos después de la hora, así que busqué a mis compañeros para saber dónde tomaríamos la enseñanza que nos impartiría el profesor Danoski, director del plantel.