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Cuando su hijo cerraba la puerta, le lanzó un beso sonoro, chasqueando la lengua y juntando los labios. Ella entrecerró los ojos y creyó ver a su esposo. Hace dieciocho años se había ido de viaje. Aún lo recuerda con la ceja levantada y aquella sonrisa coqueta con la cual se despidió. Para ella no era extraño que él se ausentara algunos días. Aquella vez, fue un otoño, y el frío se colaba por las rendijas de la puerta.