El día que llegaste por Rubén García García

sendero

La larga fila de las hormigas no intuyó que, a la vuelta del cedro, arribaría intempestivo el aguacero. Las hierbas menguadas se levantaron con florecillas resplandecientes. De un barranco sombrío surgieron en fila las mariposas amarillas, como minúsculos canguros que rozaban el brillo de la hierba. El aire bochornoso se hizo fragante, olía a tierra recién nacida. La nopalera polvosa dejó ver el verde, y entre las espinas del cactus brotaron blancas flores jaspeadas por minúsculos arcoíris.

Ese fue el día en que llegaste. Cansada, me pediste agua. Día a día te fui dando mi silencio, mi palabra y la soledad de mi silbido. Un día te di todo. «No será para siempre» —me dijiste—. Aun así, yo era feliz sin nada; bastaba una caricia de tus ojos para sentir que volaba como una pandorga.

Ahora que ya no estás, el cactus ha vuelto a cerrarse, y el polvo del camino, día a día, le teje una capa. De las mariposas, aquellas gotas de sol, solo queda el rastro fugaz de su vuelo. El gato, cansado de buscarte, solo aleja su mirada hacia el horizonte.

—Ya no mires tanto —le digo, acariciando su cabeza—. Mientras mis ojos buscan en la lejanía, los del corazón peinan tus trenzas y me traen el aroma de manzanilla.

La falsa coma por Rubén García García

Sendero

Regresé a casa con más copas de las debidas, recordando apenas haberme despedido de mi esposa con un «luego vengo». Por la noche, llegó mi suegra, viuda que se la pasa viajando en competencias deportivas. Mi mujer le dio nuestra habitación.

De madrugada, al volver, no encendí la luz y en la oscuridad total cumplí con fogosidad. Salí al baño, e instantes después llegó mi esposa. Me quedé con la palabra en la boca cuando dijo: «Llegó mi mamá y está durmiendo en nuestra recámara… Regresa al cuarto y saca tu ropa; veo que ya traes el pijama puesto». Se me bajó la borrachera de golpe.

En la mañana, los gritos de mi esposa me despertaron: su madre no reaccionaba. Llamaron a un médico, y la suegra estuvo ocho días en el hospital en estado de coma. Una mañana despertó buscando los tenis porque tenía competencia. Mi alivio fue total cuando vi que no recordaba nada.

Días después, mientras se subía al avión, me detuvo un momento, aprovechando que mi esposa se había alejado, y susurró: «Todavía tengo la huella de tu boca. Eres un tigre…»

Poesía breve por Rubén García García

Sendero

El viento trajo dos pulpos,

y una sirena.

También un ángel distraído.

Y se llevó

cometas y fantasmas

gallos y mandarinas.

A veces,

el viento es buen viejo…

hasta juguetón.

Una palabra intensa por Rubén García García

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No, no soy mayor de edad. Si me ve disfrutando del recreo con mi uniforme, pensará que soy una escolar. Si me observa en una fiesta con mi falda ceñida, tendrá otra impresión, y si llevo un vestido largo y maquillaje, seguramente me mirará de arriba abajo. Soy la misma, pero usted no tiene la capacidad de ver mi interior ni de leer mis pensamientos. Conoce la forma, pero no el fondo. Quizás me siga viendo como a una niña, o tal vez una conversación conmigo le haga cambiar de opinión.

Recuerdo que en la primaria leí en el baño de mujeres una palabra cuyo significado, en ese momento, solo entendía de manera literal. Fue en la secundaria, por mi maestra de biología, cuando supe que se refería a la relación íntima. Tiempo después, la palabra cobró toda su magnitud. Aquella vez, fui yo quien se lo pidió a él, con urgencia, impulsada por un deseo desconocido, algo tan intenso, tan demandante como la sed misma. Una palabra que, en un instante, te hace ver el mismo cielo de Van Gogh.

Tamara de Lempicka fue una artista de origen polaco, nacida el 16 de mayo de 1898 en Varsovia. En cuanto a su importancia, ella es considerada por muchos estudiosos y críticos como una de las figuras principales del movimiento Art Deco.

Sonia por Rubén García García

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Desperté sobresaltado, como si algo me hubiera asfixiado el sueño. Sentí el impulso de vestirme, convencido de que el tiempo me había rebasado. Al ver a mi esposa dormida, el desvelo se disipó. Volví a la cama y apreté el botón de luz del reloj: la tenue iluminación me arrastró hacia la lejanía. Escuché el pulso acelerado, conté el ritmo; era como si hubiera corrido. Respiré hondo, buscando retomar el sueño. Entre la penumbra surgió una pregunta: ¿por qué latía tan de prisa? ¿Sería mi presión?

Entonces, recordé el olor a café. A Sonia le encantaba; aspiraba el aroma y decía, casi sin pensar: «En este momento, soy capaz de hacer locuras.» Al principio, reía, creyendo que bromeaba, pero con el tiempo, la duda creció. Una mañana, en el archivo, la besé una, dos, tres veces, hasta que gritó: «¡Tengo citas pendientes!» y se fue corriendo.

Un fin de semana fui a su departamento para entregarle unos documentos que necesitaría en una reunión. Acepté el café que me ofreció, aunque ella prefirió solo agua. «¿No me acompañarás con un café?», le pregunté. Ella sonrió, tomó mi taza y bebió tres sorbos, luego se acercó y susurró: «Tienes una fragancia rica». Dos horas después, compartíamos la regadera. Fue un domingo increíble.

El aroma a café se desvanecía, y al encender la luz del reloj otra vez, apenas habían pasado dos minutos. Fui al baño, y al regresar, mi pulso estaba sereno. Pero una pregunta quedó flotando: ¿por qué el recuerdo de aquel café? ¿O fue el café lo que me abrió una puerta que creía cerrada? Nunca lo sabré. Tampoco puedo preguntarle a Sonia; se desvaneció de mi vida como yo de la suya. ¿Y si ella también me soñó?

Por la mañana, al probar el primer sorbo de café, me quedé mirando al vacío. «No dormiste bien, o quién sabe qué pesadilla tenías; resoplaste como si corrieras por una loma», dijo mi esposa.

La fisura por Rubén García García

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Los pormenores de su visita volvían a mi mente sin tiempo, como fragmentos de un sueño. De pronto recordé: al mencionar nuestras vivencias, ella siempre las refería en pasado. Sentí un clavo en el pecho, y una fisura imperceptible comenzaba a abrirse.

Miré el algodón de la camiseta que me obsequió. Había manchas de un rojo óxido que no recordaba haber visto. Cuando intenté alisarla con las manos, la tela permaneció inmóvil y, poco a poco, comenzó a deshacerse líquida entre mis dedos. Una inquietud me aplastó, sin saber bien a qué se debía.

Caminé de un lado a otro, cada vez más ligero, casi sin tocar el suelo. A través de una rendija en la ventana, un rayo de luz danzaba, iluminando finos corpúsculos que flotaban en el aire, como motas de polvo resplandecientes. Me quedé absorto en su movimiento. ¿Siempre estuvieron ahí? Me lancé tras ellos, salté una, dos, tres veces, hasta que finalmente logré atraparlos. Al cerrar las manos, sentí un leve vibrar y un calor intenso y extraño.

Fue en ese momento que lo supe. Ya no era el mismo. Las manchas, el algodón, los corpúsculos… todo había sido una advertencia. Abrí las manos con temor, y brotó un destello que me envolvió los ojos. Como una gota de tinta transparente, se dispersó en toda mi red vascular. Era un fragmento, un corpúsculo, un suspiro en el aire.

Escucha por Rubén García García

Sendero

Se oye el silencio

moverse entre la niebla.

Llueve, llueve despacio.

El viento corre

tras la prisa del tren.

Se ha escarchado

el fuego de mi pulso

con malva y sal.

La ausencia me acecha:

Respira bajo la hierba…

atroz será el invierno.

Desde la cima por Rubén García García

Sendero

Corro.

sobre la cima, escruto el paisaje:

el río se esconde entre los meandros,

humedezco la mirada en su corriente;

el agua hace remolinos en mis labios.

Me siento tan intenso, tan vital…

que podría brincar hacia los árboles

como un mono que juega a los disparates.

Llegará el día por Rubén García García

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En el crepúsculo, las chicharras y las luciérnagas, celebran su fiesta. Es un baile de luz y sonido, un himno al día que perece, un preludio a la noche que llega. Es un recordatorio de lo efímero, de cómo la vida pasa y se va como el rocío. Un día me diré que estoy muerto, y cuando llegue, quiero que mis hijos construyan una balsa y que la corriente me lleve hasta la bocana. Aunque no lo vea habrá un cielo azul, el gorjeo de las gaviotas y la serenidad matemática del vuelo de los pelicanos. Abajo estará esperándome el jardín del pulpo.

La puerta de oxígeno por Rubén García García

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Los cojines de terciopelo combinan con el tono de las cortinas. En las esquinas, lámparas altas se alzan como torres. En las estanterías, los muñequitos de porcelana son limpiados meticulosamente. El reloj da las campanadas cada hora y, en la última, algo parece desprenderse del cuerpo del tío, dejándolo como un globo arrugado. ¿Acaso duerme? Da la sensación de que se muere… pero no. Día tras día, posterga la consumación de lo inevitable.

los herederos, llegados de todo el país, para matar el tiempo organizan loterías y apuestas en las que se enfrentan una mantis y un alacrán venenoso. Con el paso de las semanas, y ya aburridos de esperar, empiezan a irse, uno por uno.

El tío está aferrado a la vida, dijo el último familiar.

Tiempo después, se enteran de que la enfermera que lo cuida ha avivado en él los deseos de vivir. Cada vez que ella le da sus medicinas, el tío se aferra a su talle y su mirada se hace globosa.

Mini seleccionada por Rubén García García

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ES LA MINI SELECCIONADA POR LA REVISTA INMEDIACIONES. GRACIAS MARCIA POR ELEGIR A «DESCAMISADOS»

Caminan, haciendo alharaca, una docena de hombres. Van rumbo al río, a bañarse con la corriente fría de la montaña. Encuerados, reciben el masaje del agua y con las manos entrelazadas en la nuca se pierden al descubrir el tablero brillante del cielo.

Los hombres descamisados regresan. Platican de mujeres y algunos se embroman tocándose las nalgas. En la oscuridad se oyen chillidos, aleteos y uno que otro ruido que se confunde con carcajada. Por un momento dejan la charla y beben dejando en el viento el dulce sabor de la caña. Regresan al pueblo, a la choza, a entibiarse las caderas con las caderas de la amada. Nadie piensa que mañana el sol inclemente de la hacienda les barbechará la espalda.

DOS DE MUERTE por Rubén García García

Sendero… SM Noticias Tuxpan added a new photo to the album Poesía Veracruzana — with Escuela de Poetas de Poza Rica and Rubén García García.

Sumérgete en “Dos de Muerte” de Rubén García García

Esta estremecedora obra nos lleva al borde del insomnio y la existencia misma. «Dos de Muerte» nos muestra un encuentro con la muerte, donde la realidad se desvanece y los sentidos se aferran en un desesperado intento por seguir. ¡No te pierdas este relato que te hará reflexionar y sentir hasta los huesos!

DOS DE MUERTE

Rubén García García

El insomnio

Salió al jardín y contempló la claridad pálida filtrándose entre los árboles. Respiró el aire frío, que le penetró hasta los huesos. Eran las seis de la mañana y ya era el tercer día sin dormir. Había probado todo, desde infusiones de hierbas hasta grageas homeopáticas, pero el sueño seguía esquivándolo. Cada vez que los bostezos se acumulaban y se tiraba a la cama, el sueño se desvanecía como un espejismo cruel.

En un arranque de desesperación, sacó del cajón una pistola que parecía de juguete. La frialdad del metal en su mano ansiosa lo hizo dudar por un segundo. Cerró los ojos y apretó el gatillo. El clic fue lo último que escuchó.

Cuando abrió los ojos, pudo observarse, viendo a través del cristal del ataúd. Una araña se columpiaba en la viga del techo, la misma que había visto antier haciendo lo mismo. Antes de fugarse, escuchó la monotonía del rezo y el aroma del café.

Los sentidos

Es desesperante sentir que no respiras, pero que todavía escuchas. Y si pudiese abrir los ojos, solo vería una densa oscuridad, y, en la oscuridad del silencio, el roer de los gusanos en ese trabajo finito de convertirte en polvo. ¡Cómo llegar al sueño eterno si esas mandíbulas nunca descansan de roer!

El gato por Rubén García García

Sendero

En el enorme hospital notaron la presencia de un gato blanco con una estrella negra en la frente. Por la noche, el gato entraba en alguna habitación y, horas o días después, el enfermo fallecía. Lo miraban con respeto, lo mimaban y le ofrecían lo mejor del menú. Cuando se encaramaba sobre una vitrina, con la cabeza inmóvil y la mirada fija hacia arriba, no tardaron en compararlo con un pequeño dios.

El hospital parecía un cuartel. Por las mañanas, la visita era un trámite llevadero hasta que llegaba «el general». En cuanto aparecía, el silencio se imponía; lo saludaban con más miedo que respeto. Surgía a deshoras, supervisando en medio de la noche con su mirada porcina, ordenando con un “por favor” falso.

Gloria, una enfermera hastiada, decidió ir a su oficina antes del amanecer y entró al anexo donde el pequeño tirano descansaba. Se sentó frente a él.

—¿Qué quiere? —le dijo.

Cuando él comprendió, ella ya se desnudaba. Una hora después, el director dormía como un bebé, y a su lado, el gato blanco con la estrella negra observaba, impasible.

El kiosko por Rubén García García

Sendero

Me instalé. Pueblo fronterizo con sus calles de piedra. Le di las llaves al empleado de la recepción.

—¿Algún pendiente, señor?

—Regresaré en dos o tres horas.

—Perfecto. No le recomiendo que esté fuera después de las doce. Si desea una copa, es mejor que lo haga en el bar del hotel.

Al salir del cine me detuve en un callejón a mirar revistas. La hojeaba cuando, de repente, se desató una balacera. El sonido seco de los disparos rompió el silencio. Todos corrían. Estaba paralizado. Una mano piadosa me jaló. Estaba dentro del kiosco.

—No hable, no se mueva —susurró la voz. Dentro olía a humedad y aire viejo.

Después, el silencio. Una zapatilla encajó en mis costillas.

—¡Salga! —me dijo la voz hueca.

Le platiqué al empleado de la recepción.

—¿Está seguro que es el estanquillo que se encuentra a dos cuadras del cine? Porque ese kiosco lo cerraron hace años. La dueña, una mujer joven, la degollaron porque no quiso vender droga en su negocio.

En mi cuarto, saqué la revista que había tomado antes del percance. No pude dormir. La revista, fechada hace cuatro años, estaba intacta.