Mujer niña

floresTu voz de cuita, de mujer niña. Eso parece. Eres más. Sólo hay que escarbar en tu pecho y mirar con los sentidos para intuir que tienes una sabia oculta, que vuela,  enternece y da sosiego. Eres jilguero,  y algo inefable que vuela vuela… que no se ve… pero irradia. Abro los árboles y ya no estás. Llueve finito y me despierto.

Ruptura

SOLEDAD ANDENLa soledad pesa más que el mar,  y evocarte me asfixiaba. Suspiré hondo. Me acerqué al bullicio de una estación, compré boleto a cualquier parte y abordé. Llegaría la amnesia. Sepultado tu recuerdo, esperaría el prurito de la cicatriz.

Tus caderas

mujer caminandoSoñé con tus ojos dormidos sobre mi pecho, y un olor de agua me enredó. divisé la sabana y la espiga de la caña mecida por el viento; y entre los crucigramas de sombra que duermen bajo los mangos, te encontré. Fugaz, siempre fugaz  como las chupa rosas que se van a ninguna parte. ¿De dónde eres? Si en tardes soñolientas, cuando te avizoro y voy detrás, olisqueó en tu cadera que son muelle y flor.

El viejo capitán

mar y barcoLa espuma es de un mar antiguo donde las olas se acicalan unas a otras. Ellas lo peinan con sus uñas perladas, y al recorrer su pelo brotan luces que juegan con el recuerdo de sus ojos. Dicen que el amor es un canto sólido que llega cauteloso a los corazones. Es una espalda donde te recuestas – añaden – y son alas que te llevan a un océano de galaxias.

Las olas lo abrazan, suavizan la piel y besan sus cabellos. Lo miran, juegan y perciben que sus ojos se ovillan por el cansancio de los años. Él dice con su voz de viejo capitán:
-Si algún día no llego, déjenme pensar que estoy a su lado y sientan que me tienen en sus brazos. Si un viento violeta resbala por mis pestañas, sabrán, entonces, que viviré con ustedes, y en sus noches dormiré con sus sueños.

La lucha

 Juana, de manos largas, ásperas y hábiles, vivía en una vecindad, tenía un radio sobre un viejo ropero que daba la hora y reproducía canciones que ella tarareaba. Sacaba la silla al patio de su casa y zurcía. Sus ojos en el manto y sus oídos en el taconeo. Cuando reconocía el andar de su esposo, se metía a la vivienda y empezaba a calentar su comida.
Él cenaba después de las ocho, pero en los últimos meses la frecuencia había cambiado. Dos o tres veces por semana llegaba cerca de la media noche. Lo oía comer, desvestirse y a los pocos minutos, roncar. Ella se hacía la dormida y al verlo con su cara de niño bueno, no tuvo dudas de que él tenía otra mujer.
-No te oí llegar.
-Cuando me acosté estabas bien dormida y no te quise despertar.
-¿Te fuiste con tus amigos?
-Ha aumentado el trabajo, pero a la salida nos tomamos una cerveza.
Hace cinco años se juntó con él. Las ansias de poseer un hogar la hizo frágil a sus besos. Sabía de antemano que la carencia sería su compañera, pero su deseo de ser mujer y madre la hizo ser temeraria. Ella no había cambiado desde aquel tiempo: pechos sólidos, vientre plano, cejas largas y ojos color café. Si alguna diferencia había con la de ahora, había que buscar en el entrecejo, consecuencia de arrugar la frente para dar la puntada exacta en el bordado.
Recuerda, siempre recuerda, el golpe a su matriz cuando él depositaba el semen. Después de dos años de intentos, solicitaba ya, que fuese la simiente esperada.
Él espació los encuentros, y ella intuyó que vendrían tiempos complicados. Salía de su casa solamente para atender las citas que le daban en el hospital. Más de alguna vez miró a las embarazadas y le entraba el loco deseo de acariciarles su vientre. Observaba con detenimiento a las que poco les faltaba para parir. El sudor de su frente, los gestos de dolor que para ella deberían de ser de placer, cómo eran ayudadas por el marido para caminar hacia la recepción. Algunas veces escuchó palabras de aliento que les dirigía su compañero:
-Veras que todo va a salir bien. No tengas miedo.
Regresaba a su vivienda en silencio y en silencio prendía una veladora.
La doctora le repetía siempre:
-Verá que un día de estos no le baja la regla, pero le mandaré a hacer unos análisis, no se impaciente.
-Mándeme, mejor, al hospital grande.
-Claro que lo haré, sólo cuando termine de estudiarla.
Llevaba más de un año y no terminaban los estudios. Con lo ganado con sus bordados pagó una consulta privada con un especialista y comprendió que ni con el sueldo de dos años bordando podría juntar tanto dinero para seguir cubriendo consultas privadas. Una noche su esposo le espetó:
-Mi padre tuvo seis hijos con mi mama y cuatro con otra mujer.
Ese día, aseó la vivienda, lavó la ropa, se puso a guisar. Si su esposo llegaba temprano le serviría como siempre. Se bañó con lentitud, como saboreando el agua que caía por su cuerpo. Se vistió eligiendo un color blanco con franjas rojas y anaranjadas que la hacía ver fresca y radiante. Se sentó en una banca cerca de la calle de luces; música y un ajetreo de féminas que iban y venían. Recordó la voz de la vecina cuando en el lavadero hablaron de las preñeces:
-¡Puede que no sea la mujer, sino el hombre!
Caminó decidida hacía la calle de sonidos y tabaco. Antes de que llegase, fue interceptada por un sujeto muy joven que desde su carro le abrió la portezuela. Ella siguió caminando y volvió a la banca, asustada.
-No seas así, yo también tengo miedo -escucho detrás.
Ella lo miró temerosa, pero la sonrisa franca de él la confundió y sólo le hizo la seña con los ojos de que se sentara.
En la noche, fresca y olorosa a  jabón, esperó a su esposo y lo incitó – con un valor desconocido- a tener sexo.
Un día, no llegó la menstruación; y nueve meses después, nació su hijo. El esposo volvió a ser el mismo: amable cariñoso y protector de la familia. Cuando el niño cumplió el año, el esposo con cariño, le dijo al oído:
-¿Cuándo me darás la niña para tener la parejita?
mujeres vendiendo

Póquer

poquerDejé todo por estar a tu lado, y  vivimos sólo para los dos.
Hoy me evitas. Callo. Comprendo que nos hace mal seguir montados en un viento que no existe.

En la próxima, cuando transitemos por la plaza central, responderé a tu sonrisa con otra, como un jugador que  enseña su juego, sabiendo que tiene otro menor.

Los cotorros

cotorrosHe visto relámpagos horizontales en un zig-zag iridiscente. Creí ver el verde de las naranjas, el amarillo de los crisantemos,
mas por la gritería no pude menos que admirar que eran parvadas de cotorros que transitaban sobre la ciudad borrachos de vida,
sin respetar el rojo de los semáforos ni el silencio obligatorio de los hospitales.

Reclamo

flor de silencioUna voz tronante detuvo la mano.
— ¡No me toque!
Él apretó las mandíbulas y cerró los puños. Ella aprovechó su desconcierto y lo miró con nauseas.
— ¡No se atreva ni a verme! ¿Piensa que soy una estúpida? Que no me daría cuenta que es mi medio hermano y vino a proponerme matrimonio, que lo hace con el fin de lastimar a mi madre. ¿Quiere venganza? Mire, aquí está la pala, desentierre a nuestro padre y exhíbalo. Mi madre y yo no tenemos la culpa. ¡Ahora lárguese!
Lloró de rabia, pero más de desilusión.

* intertextualidad con el dramaturgo O Neil

¿Tú lo crees abuela?

mujer vestido— ¿Así que tú crees eso, abuela?
— ¡Y cómo no! Si lo haces frente a mí.  ¿Qué no harás cuando no te veo?
— ¡Pero si no hago nada malo!
—Nadie es tan menso como para echarse la culpa.
— ¿Dónde está lo malo? No hice más que medirme el vestido que me quedaba mejor.
— ¿Crees que me vas a engañar con que no sabías lo que hacías? ¿Te haces la tonta?
—Bueno.  ¿Qué fue lo que hice mal?
— ¡Te parece poco! Si sabías que te ibas a medir ropa, lo primero que debías haberte puesto fue un brassiere y un fondo.
—Pero sabes que traigo puesto un jean, un top y una blusa holgada; y no es necesario. Además, dijiste que te acompañara al mercado. Yo ni siquiera sabía que íbamos a pasar por la boutique.
—Muy bien que sabes que cuando venimos al mercado te gusta ver la ropa nueva que ha llegado. Y luego me convences de que te compre al menos una blusa.
— ¡Hoy no me compraste nada!
—Con el enojo y la vergüenza que me hiciste pasar sólo quiero darte de nalgadas.
— ¿Por qué sientes vergüenza?
— ¿Y todavía me lo preguntas? ¿Qué ha de haber pensado el señor? Sólo con recordar, me arde la cara; y por más señas que te hacía que nos fuéramos, te medías y medías los vestidos.
— Y a poco, ¿no se me veían bonitos?
— Te encanta, por lo que veo, provocar a los hombres. ¡Mira, mira lo que hiciste! Te mediste como media docena de vestidos, tres de ellos con el escote que se te veía medio pecho y con lo transparente de la tela  dejabas ver los pedacitos de pantaletas que usas. ¿Qué ha de haber pensado el señor?
— ¿Tú lo crees abuela?
— ¡Claro! El señor es una persona educada y, por eso, no decía nada.
— ¿Tú lo crees abuela?
— ¡Claro que lo creo! Él con el afán de servir a la clientela, te tuvo paciencia.  Además, le dejaste la ropa amontonada en el vestidor; y después de que no le compraste nada, se ha de haber enojado.
— ¿Y tú lo crees abuela?
— ¡Pues claro que lo creo!
—Yo creo, abuela, que si voy mañana me atenderá, no me dirá nada y estará gustoso de que me mida sus vestidos. Yo creo eso abuela. No sé por qué no lo crees tú.

PUROCUENTO RESULTADOS ESTADÍSTICOS

EL BLOG  PUROCUENTO  WWW.TEECUENTO.WORDPRESS.COM Es una plataforma de cuentos  de todo el mundo,  lo que leo y selecciono. Espero que la visiten  cuando deseen.  Un abrazo

http://teecuento.wordpress.com/2013/annual-report/

Los buenos amigos y los que vendrán

maripEres palabra de agua que al caminar desprendes olor y murmullo. Melodía de silencio que duerme a mi lado. Hoja que cobija, y cueva que complace. Te siento más que el recuerdo: viva, fresca, constante. Aromática como una tabla desnuda.

Caminas entre mis zapatos ofreciendo apoyo a mis cansancios, a mi poesía que necesita belleza, viento, ala y libertad para amar o construir muros de silencio. Eso es grande, tanto como pulsar el cielo y la fatiga de la mariposa.

Los números de 2013

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2013 de este blog.

Aquí hay un extracto:

La sala de conciertos de la Ópera de Sydney contiene 2.700 personas. Este blog ha sido visto cerca de 11.000 veces en 2013. Si fuera un concierto en el Sydney Opera House, se se necesitarían alrededor de 4 presentaciones con entradas agotadas para que todos lo vean.

Haz click para ver el reporte completo.

La dieta

An exhibit shows the life of a neanderthal family in a cave in the new Neanderthal Museum in the northern town of KrapinaEn mi tribu cada año nacen menos y enterramos más. La recolección de leña es pobre, y el frío que se avecina será atroz. El valle se ha ido marchitando. El forraje fresco lo disputamos con los animales. Si emigrásemos, las montañas serían nuestra tumba.

Chak, Chia y yo fuimos hacia la manada de puercos. Ningún animal nos teme porque somos vegetarianos. Con sigilo, apartamos dos pequeños del rebaño y los purificamos con fuego en la pedrera. La tribu se resistía a comerlos, pero los estimulé cuando yo lo hice.

El ulular del viento anuncia las heladas. Hay suficiente leña y los críos tienen sol nuevo en sus ojos.

El consejo

fetEl viejo Doctor Torres abrazó a su ahijada y la llevó a un anexo del consultorio. Con los ojos dilatados la púber miró los botellones donde estaban suspendidos desde el  feto más grande al más chico. Los cráneos simulaban pelotas macabras de diferentes tamaños y de ojos sin mirada. La mano del doctor recorrió su cuello y le jaló la oreja.
— Cada vez que forniques, siempre estarás en riesgo de que tu matriz forme una criatura como las que están en los frascos.

Años después, cuando hacía el amor, ella veía en la frente de su amante  aquellos ojos que con una mirada ausente la juzgaban.

El cd

museoA esas horas la multitud corría estrepitosa. Los carros fluorescentes tomaban el carril de acuerdo a la amplitud de onda y se desplazaban dejando un silbido melodioso en el ambiente. Miró la banda. Los sensores identificaron su estructura metabólica y le dieron paso al interior del museo.
—No tenemos mucho tiempo, amigo. Créame que arriesgo mi trabajo. Sólo disponemos de treinta minutos. Ésta es una de las pocas máquinas que aún funcionan en el mundo. Pero… ¿Sabe utilizarla?
—Por supuesto que sí. Hace setenta años había miles.
—Confío en usted. Lo dejo. Voy al centro de vigilancia.

Tomó el disco compacto que celosamente había guardado. El brillo metálico reflejó su rostro ajado en la carátula; movió la cabeza. Recordó que la vida había sido justa con él, pero no le dio la oportunidad de estar al lado de ella. Prendió la máquina, y la luz del monitor se desparramó sobre su calvicie. Insertó el disco en la unidad. El láser tardaba en darle lectura. Poco a poco, aparecieron las letras como si hubieran sido escritas el día de ayer. Sintió un calorcillo e imaginó el momento en que esas líneas fueron tecleadas por ella. Relataban emociones, instantes de soledad. Transitaron desde sensuales momentos, hasta la opresión por la pérdida de su padre.

Volvió a leer lo que había sido el principio del silencio: “Siempre tuve la impresión de que un acto de infidelidad me dejaría con el sabor de haber masticado lo amargo de unas hojas y con un sentimiento sucio, pero contigo las cosas tomaron un rumbo distinto; a tu lado sentí la suavidad. ¡Nunca había percibido la brisa que nace de la montaña! Mi nombre fue hermoso en tu boca y tuve una sonrisa diferente al poseer el sabor de lluvia y cedro de tu cuerpo. En mis noches frías, la fragua de tus manos despertaba en mí a la mujer. Nada como sentir que vamos caminando por una banqueta y que tú cargas mis libros, y yo juego con tus labios en cada una de las esquinas en que nos detenemos y contemplamos la reunión de las cosas, pero…”
—Dispone sólo de tres minutos.
— ¿Hay alguna forma de pasarlo al nuevo formato?
—Tal vez, no obstante, lo desconozco; para nosotros es sólo chatarra tecnológica. Lo siento.
Vio las palabras una vez más y apagó el monitor.