No supo ni cómo el berraco se había metido entre sus piernas y lo llevaba hacía la pista de baile. Poco antes un cólico filoso le avisó que ya no había tiempo. ¿Un wáter en aquel pueblo perdido? Llegó por la mañana en la avioneta. Lo esperaba el comité de padres y el director de la escuela. Comió como nunca había comido. Por la noche, aluzados con una planta de gasolina, se daría un baile y lo presentarían como el nuevo maestro. “busque un lugar oscuro y tenga cuidado con los puercos» le dijo el director y le dio un rollo de papel y su lámpara de mano. Tres cosas coincidieron: un trueno rugidor, las ventosidades de una panza en apuros y un cerdo come mierda. Ahora el enorme animal lo llevaba con el trasero descubierto hacia la pista. Lo paseo tan solo una vez. Muy de mañana, sin que nadie lo viera, partió del pueblo.
Dios dijo apáguese la luz tu ropa cayó al piso y el mundo se iluminó.
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Mariposas de papel
Agosto, mes de los vientos. Decidimos fabricarnos alas con papel celofán, pajitas, hilo y pegamento; hicimos nuestro volantín, papalote o cometa, salimos a la altiplanicie a cazar buenos vientos para darles vida a las mariposas de papel; corrimos con ellas unidos por un cordel, cuerda de bramante, enrollada en un palo, los pajareros volantines se elevaron al cosmos; en la larga cola del dragón del aire escribimos nuestros nombres para llegar al cielo sin desprendernos de la Tierra. (Reconstrucción del vuelo)
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Poemas de amor
Derrotadas las dictaduras los poemas de amor se volvieron peligrosos porque son los únicos en los que nos jugamos la vida. ¡La aurora siempre trae promesas!
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Nido
El ave que vuela desde mi cuerpo anida en el alto monte
Ella contaba cuentos en el reclusorio. Con su voz nos llevaba a tierras del nunca jamás. Algunas internas, las más bellas, hacían todo lo posible para que el grupo de guardias dejara que Lía se extendiese más allá del tiempo permitido. Lía era un viento fresco en aquella cárcel donde habían nacido nuestros hijos. Hijos de la reja, del abuso y el fusil.
Terminaba el arreglo de la oficina escolar dirigida por monjas, cuando repiqueteo el teléfono.
—Sí… a escasos metros la superiora dejó la lectura y paró el rabillo de la oreja.
—Soy lobo. Habla lobo. —Era la primera vez que escuchaba aquella voz, pero el alias le era conocido. La voz le cayó con la fuerza de un martillo y la hizo tartamudear. Sabía que la superiora la tenía en el foco. ´
—¿eres tú, alada? Engoló la voz, la hizo firme y le respondió.
—Habla usted a la dirección de la escuela ¿se le ofrece algo?
—Sí, eres tú, así es como imaginé tu voz: clara, con un siseo musical… ¿sabes dónde estoy?, sin esperar la respuesta prosiguió, estoy en tu ciudad, he cruzado el mar para venir a verte y estar a tu lado.
Con fuerza colgó el teléfono, pero no pudo evitar que la palidez se apropiara de su rostro juvenil.
—¿Quién era novicia?
—Teléfono equivocado, Superiora.
Sor Angélica movió la cabeza mentalmente y se dijo “la novicia cree que nací ayer” y continuó con sus quehaceres.
Tenía en mis brazos un bebé de meses, lo trataba con indiferencia. Él lloraba. El cuarto de hotel sórdido y frío. Esperaba a su madre. Como no venía dejé al bebé en un montículo, con la creencia de que ella se percataría. El hartazgo lo calmé caminando a donde fuese. Ya lejos del pueblo me llegó el presentimiento de que la madre no vería al niño y creció en mi pecho el peso de una montaña sobre mi corazón. Corrí. Exhausto lo encontré sano y salvo y sentí la luz como si se abriera el día, después de meses de no ver al sol. Trote con él en mis brazos buscando alimento. Esos instantes fueron de lo más bello, la preocupación legitima de que el bebé me necesitaba y yo necesitaba de él. Lo apretaba y él se apretaba contra mí. Yo corría por caminos de lodo y piedras y buscaba en aquel pueblo un lugar donde comprar agua y leche… Cuando vi al bebé comer fue un momento de gloria y luz para mi y lo acerqué a mi cuello dándole golpes suaves sobre su espalda. Cuando eructó, lo puse a mi lado y nos tendimos. Lo vi sonreír y dormirse y también me vi dormir.
Encontré un tallo donde salían dos rosas. Era la primera vez que lo veía en mi rosaleda. Siempre una flor altiva y solitaria. Un centro nevado y rodeado por un tenue gris. Ahora en el mismo tallo las rosas coincidían. La tenuidad de un blanco gris y la otra un blanco purísimo. Pensé que el tallo que soportaba a las dos rosas ofrecía una imagen de la tolerancia. La mujer que amo ya no está, se fue sin que ella, ni yo lo pudiésemos evitar.
En el enorme hospital habían observado que un gato blanco con una estrella negra habitaba. Por la noche entraba en algún cuarto y el enfermo horas o días después fallecía. Lo miraban con respeto, lo mimaban y alimentaban con lo mejor del menú. Cuando se encaramaba sobre alguna vitrina con su cabeza inmóvil y mirando hacia arriba no dudaron en compararlo con un pequeño dios. El hospital parecía un cuartel. Por la mañana se pasaba visita y era agradable hasta que llegaba el “el general”. Se hacia el silencio. Lo saludaban con más miedo que respeto. Se aparecía cuando nadie lo esperaba, a media noche llegaba a supervisar con su mirada porcina, dando órdenes con un por favor falso. Gloria, una enfermera hastiada, fue a su oficina y entró al anexo donde el pequeño tirano descansaba. Siempre al alba, se sentó, le dijo: ”¡qué quiere!” Cuando vio que ella se desnudaba comprendió. Una hora después el director dormía como bebé al lado de un gato blanco con una estrella negra.
Te veo luego, espérame, leí en el celular. La espera ha sido larga. La luna parece decirme: “así somos”. Muevo la cabeza, sorbo mi brandy español, escucho a Piazzola. Me levanto y corro hacia la pista haciendo graciosas contorsiones. Abro la puerta y un olor a desinfectante barato entorpece la respiración; sin ningún recato me hago un lugar. Atento a las personas que recién llegan, me interrumpe el mesero con otro brandi.
A punto de retirarme, llega con un vestido largo de fiesta. En su rizada cabellera traía abundante arroz y confeti.
“Pensé que no te encontraría, me escapé de la fiesta, no recordaba que este día era madrina de la boda de mi prima. ¿Me quieres así?”
Uno a uno quité arroces y confeti, por cada beso que le daba en su pelo comía papelitos con cereal.
«No todas las irritaciones seculares tienen un fin oscuro. Una ostra es capaz de transformar la irritación en una perla. Es una lección que los humanos deberíamos de aprender». Explicaba el maestro a sus discípulos.
«Para mí, dijo la ostra: eso es peor que tener una piedra en el zapato».
La plaza llena y los jinetes caían, uno que otro lograba domar al becerro por lo que el respetable aplaudía. Esperaban el turno del maestro de primaria, ya que la mujer que pretendía se encontraba en las primeras filas. Cuando fue nombrado, se quitó el sombrero, se inclinó con reverencia. Montó, se sujetó y el becerro salió dando coces. En media vuelta el animal lo despidió y fue a caer a los pies de su novia. Ella de inmediato se levantó para auxiliarlo. Muchas voces en el estrado gritaban: ¡ya es tuya, maestro!, ¡Ya es tuya!
Ayer pasó el vidente Tiresias. Me dio un manojo de hierbas. Al abrazarme me dijo: “buen viaje”. Llegué al inframundo. Los perros me ignoraron y Caronte me dio luz verde. La vi en su sueño profundo y unté en su frente el humor de las raíces. Con dos tablas y una mantilla inmovilicé su cuello. Poco antes de la salida escuchamos ¡A dónde vas! y por reflejo quiso voltear, y no pudo. La empujé hacia la salida y corrimos hasta ver el día. ¡Ella florecía en lágrimas y sonrisas al escuchar “mamá, mamá!, y ser abrazada por sus hijos. Yo sabía cual era mi futuro por haber desafiado a los dioses.