Sus grandes orejas cayeron cuando se arrodilló. Sus padres lo ocultaron, después, él los encontró sin colmillos y ensangrentados. Dobló la testa y cuando caía en el cementerio escuchó una vocecita.
“Ayer nací, no me aplaste, quiero conocer la vida. No me aplaste”.
El pequeño abrió los ojos y era una margarita quien le hablaba. Barritó y fue en busca de la manada.
La fiesta empezó al pardear la tarde y terminaría al amanecer. La luz ámbar de los quinqués daban la sensación de estar bajo la luz de luna llena. “Ayer tronó el cañón, entonces habrá baile”
El cazador de parejas ofrecía a los novios: música, ajuar, y la primera ronda para los invitados gratis.
Bajo el techado llegaba la muchachada desde todas las partes. Corría la caña, la cerveza y el zapateado que levantaba polvo y la voz profunda y doliente del violín.
A jorge la dama le dijo que no deseaba bailar con él y se refugió en un doble topo de caña. Instantes después la misma dama le dijo que sí a otro. Enervado sacó la pequeña hoz, se plantó en medio de la pareja y de un zarpazo le abrió la panza y los intestinos se salieron como pequeñas serpientes.
Jorge está amarrado a uno de los postes que sostienen el cielo del bodegón. Al herido lo sacaron a un lado de la pista y el baile siguió y siguió. Los músicos dejaron de tocar al clarear el día. Algunos están drogados por la caña. Hay silencio y dentro del silencio, otra música ha quedado a un lado de la pista: la de las moscas.
A muchos los maté, y a otros los dejé ciegos. Nunca tuve inclinaciones por matar nada más a los ricos, si algún limosnero se topaba conmigo también partía. Los españoles jamás hubiesen conquistado la gran Tenochtitlan sin mí. Pero a todo santo se le llega su fiesta y hoy me tienen encarcelada. Espero que un día algún loco me libere y volveré a ser implacable. Me bautizaron como la peste, pero mi nombre es Yersinia Pestis para servirle.
El barco está sin rumbo. el timón no responde. La tormenta arrecia, las olas inmensas, el barco es una cascara. Todo está perdido, ya van diez marinos que se ha tragado el mar. Solo Dios podrá… un ensordecedor tueno y el rayo cae a metros de la cubierta. La ola se ha levantado sobre la vela… cuando se oye, desde el fondo un grito agudo chillón e imperativo. » Es la última vez que te llamo para comer, a la próxima voy a traerte de las greñas y deja de estar jugando en la tina.»
Dejó sus barquitos, tomó de la mano a su imaginación y se fue …
No supo ni cómo el berraco se había metido entre sus piernas y lo llevaba hacía la pista de baile. Poco antes un cólico filoso le avisó que ya no había tiempo. ¿Un wáter en aquel pueblo perdido? Llegó por la mañana en la avioneta. Lo esperaba el comité de padres y el director de la escuela. Comió como nunca había comido. Por la noche, aluzados con una planta de gasolina, se daría un baile y lo presentarían como el nuevo maestro. “busque un lugar oscuro y tenga cuidado con los puercos» le dijo el director y le dio un rollo de papel y su lámpara de mano. Tres cosas coincidieron: un trueno rugidor, las ventosidades de una panza en apuros y un cerdo come mierda. Ahora el enorme animal lo llevaba con el trasero descubierto hacia la pista. Lo paseo tan solo una vez. Muy de mañana, sin que nadie lo viera, partió del pueblo.
Dios dijo apáguese la luz tu ropa cayó al piso y el mundo se iluminó.
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Mariposas de papel
Agosto, mes de los vientos. Decidimos fabricarnos alas con papel celofán, pajitas, hilo y pegamento; hicimos nuestro volantín, papalote o cometa, salimos a la altiplanicie a cazar buenos vientos para darles vida a las mariposas de papel; corrimos con ellas unidos por un cordel, cuerda de bramante, enrollada en un palo, los pajareros volantines se elevaron al cosmos; en la larga cola del dragón del aire escribimos nuestros nombres para llegar al cielo sin desprendernos de la Tierra. (Reconstrucción del vuelo)
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Poemas de amor
Derrotadas las dictaduras los poemas de amor se volvieron peligrosos porque son los únicos en los que nos jugamos la vida. ¡La aurora siempre trae promesas!
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Nido
El ave que vuela desde mi cuerpo anida en el alto monte
Ella contaba cuentos en el reclusorio. Con su voz nos llevaba a tierras del nunca jamás. Algunas internas, las más bellas, hacían todo lo posible para que el grupo de guardias dejara que Lía se extendiese más allá del tiempo permitido. Lía era un viento fresco en aquella cárcel donde habían nacido nuestros hijos. Hijos de la reja, del abuso y el fusil.
Terminaba el arreglo de la oficina escolar dirigida por monjas, cuando repiqueteo el teléfono.
—Sí… a escasos metros la superiora dejó la lectura y paró el rabillo de la oreja.
—Soy lobo. Habla lobo. —Era la primera vez que escuchaba aquella voz, pero el alias le era conocido. La voz le cayó con la fuerza de un martillo y la hizo tartamudear. Sabía que la superiora la tenía en el foco. ´
—¿eres tú, alada? Engoló la voz, la hizo firme y le respondió.
—Habla usted a la dirección de la escuela ¿se le ofrece algo?
—Sí, eres tú, así es como imaginé tu voz: clara, con un siseo musical… ¿sabes dónde estoy?, sin esperar la respuesta prosiguió, estoy en tu ciudad, he cruzado el mar para venir a verte y estar a tu lado.
Con fuerza colgó el teléfono, pero no pudo evitar que la palidez se apropiara de su rostro juvenil.
—¿Quién era novicia?
—Teléfono equivocado, Superiora.
Sor Angélica movió la cabeza mentalmente y se dijo “la novicia cree que nací ayer” y continuó con sus quehaceres.
Tenía en mis brazos un bebé de meses, lo trataba con indiferencia. Él lloraba. El cuarto de hotel sórdido y frío. Esperaba a su madre. Como no venía dejé al bebé en un montículo, con la creencia de que ella se percataría. El hartazgo lo calmé caminando a donde fuese. Ya lejos del pueblo me llegó el presentimiento de que la madre no vería al niño y creció en mi pecho el peso de una montaña sobre mi corazón. Corrí. Exhausto lo encontré sano y salvo y sentí la luz como si se abriera el día, después de meses de no ver al sol. Trote con él en mis brazos buscando alimento. Esos instantes fueron de lo más bello, la preocupación legitima de que el bebé me necesitaba y yo necesitaba de él. Lo apretaba y él se apretaba contra mí. Yo corría por caminos de lodo y piedras y buscaba en aquel pueblo un lugar donde comprar agua y leche… Cuando vi al bebé comer fue un momento de gloria y luz para mi y lo acerqué a mi cuello dándole golpes suaves sobre su espalda. Cuando eructó, lo puse a mi lado y nos tendimos. Lo vi sonreír y dormirse y también me vi dormir.
Encontré un tallo donde salían dos rosas. Era la primera vez que lo veía en mi rosaleda. Siempre una flor altiva y solitaria. Un centro nevado y rodeado por un tenue gris. Ahora en el mismo tallo las rosas coincidían. La tenuidad de un blanco gris y la otra un blanco purísimo. Pensé que el tallo que soportaba a las dos rosas ofrecía una imagen de la tolerancia. La mujer que amo ya no está, se fue sin que ella, ni yo lo pudiésemos evitar.