Cuando Milán Kundera conoce a Gabriel García Márquez

Compartiendo

Fragmento de la duda (5)

Sendero

“Tengo deseos de dormir con él, con mi desconocido, ver que bosteza, que se le cierran los ojos después de intimar varias veces y quedar exhaustos. Sentir que me rodea con su abrazo, que con la yema de sus dedos roza mis pechos, o que enlazo mi mano a su mano y a la luz del velador dormimos como una pareja que disfruta del momento. Verlo dormir, hacerle caricias mientras sueña. Antes de que abra el día, mientras me reacomodo, para sentir que su mano recorre mi cadera, baja a mis muslos y me acerca a su vientre. Me hago… y lo dejo. Me besa la nuca, los hombros. El hueco de su mano lo llena con el pómulo de mi pecho. Si continúa no podré simular que me hago la dormida, mucho menos ahora que tengo entre mis piernas un fuste que me altera. Su boca es una nave que ondula en mi cadera, y ya rueda por mi vientre. No puedo fingir más, me quito la máscara, mi bata de dormir y me entrego a esa divina pelea de explorar con labios y yemas todos los escondites de nuestro cuerpo. Si bien el orgasmo es el instante que teniendo entre las manos un ave la dejas en libertad. También te vas con el ave. asciendes explotas y te haces lluvia.

Preguntaría, ¿esto es lo que llaman el mañanero? Sé que estoy en mi dormitorio, sola. A lo lejos un gallo citadino canta y muerdo la sabana, mientras mi mano está cerca de terminar su quehacer. Escucho mis gemidos. Aflojo mi mandíbula, me destenso y vuelvo a mi almohada dispuesta a dormir.

Epitafios varios

Compartiendo

 

Los epitafios más curiosos del cementerio de Burgos ...

 

 

Parábola de las semillas de sésamo

“Una joven y afligida madre, lamentando la muerte de su bebé, busca consejo en Buda. La mujer explica a Buda su insoportable pesar y su incapacidad para reponerse a esa devastadora pérdida. Buda le pide que llame a todas las puertas del pueblo y pida una semilla de sésamo en cada casa en la que no se haya conocido la muerte. Después, deberá traérselas a él. Ella, obediente, va de puerta en puerta y, mientras sale con las manos vacías de cada una de las casas, comprende que no hay ningún hogar que no haya sido azotado por la muerte. La mujer regresa donde Buda sin semilla alguna, y Buda le dice lo que ella ya ha comprendido: que no está sola.

La muerte es algo que alcanza a todos, a cada familia. Es sólo una cuestión de tiempo. Lo que es inevitable, le dice el maestro, no debe lamentarse en exceso.”

Parábola de la taza de té vacía

“Otra parábola budista nos enseña a afrontar la muerte con ecuanimidad.

Un monje tenía siempre una taza de té al lado de su cama. Por la noche, antes de acostarse, la ponía boca abajo y, por la mañana, le daba la vuelta. Cuando un novicio le preguntó perplejo acerca de esa costumbre, el monje explicó que cada noche vaciaba simbólicamente la taza de la vida, como signo de aceptación de su propia mortalidad. El ritual le recordaba que aquel día había hecho cuanto debía y que, por tanto, estaba preparado en el caso de que le sorprendiera la muerte. Y cada mañana ponía la taza boca arriba para aceptar el obsequio de un nuevo día.

El monje vivía la vida día a día, reconociendo cada amanecer que constituía un regalo maravilloso, pero también estaba preparado para abandonar esté mundo al final de cada jornada.”

Poema indígena estadounidense

Hoy es un muy buen día para morir.
Cada cosa viviente está en armonía conmigo.
Cada voz canta un estribillo dentro mío.
Toda la belleza ha venido a mis ojos.
Todos mis malos pensamientos se han marchado.

Hoy es un muy buen día para morir.
Mi tierra está llena de paz a mi alrededor.
Mis campos han sido preparados por última vez.
Mi casa está llena de risa.
Mis hijos han venido a casa.

Sí, hoy es un muy buen día para morir.

Al morir echénme a los lobos. Ya estoy acostumbrado.” Diógenes

“Sólo le pido a Dios que tenga piedad con el alma de este ateo.” Miguel de
Unamuno

“En realidad, no estoy aquí.”. Jaime Cerón

“Que baje el telon, la farsa terminó.” Rabelais

“Volveré y seré millones.” Mal atribuido a Evita Perón, al parecer es de Tupac Katari.

“Aquí yace Molière el rey de los actores. En estos momentos hace de muerto y de verdad que lo hace bien.” Molière

“Por fin dejé de fumar.”

“Qué mudos pasos traes, ¡oh! muerte fría, pues con callados pies todo lo igualas.” Quevedo.

“Aquí se acaba el gozo de los injustos.”

“GAME OVER”

Via: Anarkis (allí también hay un concurso de Epitafios) y otros sitios.

Epitafio para un poeta

Quiso cantar, cantar
para olvidar
su vida verdadera de mentiras
y recordar
su mentirosa vida de verdades.

Octavio Paz (a un amigo)

Epitafio
Un pájaro vivía en mí.
Una flor viajaba en mi sangre.
Mi corazón era un violín.

Quise o no quise. Pero a veces
me quisieron. También a mí
me alegraban: la primavera,
las manos juntas, lo feliz.

¡Digo que el hombre debe serlo!

(Aquí yace un pájaro.
Una flor.
Un violín.)

https://es.wikiquote.org/wiki/Epitafios#A

De Goethe, sorprendentemente, existen varias posibilidades: “Era un hombre; Luz, más luz; y también, Despreocupaos, no fui feliz”.

“Incluso en medio de las llamas feroces se puede plantar loto dorado” se lee en la tumba de Sylvia Plath. La frase, aunque con resonancias del poema Epitafio para el fuego y la flor, no es suya. Se encuentra en el libro titulado Monkey, escrito por Wu Ch’Eng-En.

Las últimas palabras de Wittgenstein, “Diles que mi vida ha sido maravillosa”, se han interpretado en ocasiones como su epitafio.

Enrique Jardiel Poncela llevó sus experimentos con el humor en la literatura hasta el final. En su propio tumba se lee a modo de epitafio: “Si queréis los mejores elogios, moríos”.

Aquello que le marcó en vida marca también la tumba de Primo Levi en el cementerio italiano de Turín. Junto a los años de nacimiento y muerte se ha grabado el número de prisionero que le dieron en su paso por uno de los campos de exterminio: “174517”.

Cómo surge la canción de amorcito corazón contada por su autor: Manuel Esperón

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María Cristina me quiere gobernar

compartiendo https://www.rtve.es/television/20150406/origen-cancion-maria-cristina-quiere-gobernar-palabra-guiri/1124830.shtml

María Cristina me quiere gobernar,
y yo le sigo, le sigo la corriente
porque no quiero que diga la gente 
que María Cristina me quiere gobernar

¿Quién no ha tarareado alguna vez esta canción popular cubana? ¿Quién era esa María Cristina con tanto poder? Pues resulta que el tema habla de la madre de Isabel II, María Cristina de Borbón que tuvo una vida de lo más intensa…¡de novela!

Nació en 1806 en Nápoles y cuando tenía 23 años la casaron con su tío Fernando VII. El tenía 45 y María Cristina era su cuarta esposa. De esa unión nació Isabel II que antes de cumplir los tres años, perdió a su padre.

María Cristina no guardó el luto ni un año. A los pocos meses de quedarse viuda, se casó con su amante Agustín Fernández Muñoz, sargento de su guardia de corps…¡juntos tuvieron 8 hijos! Los chismes y bromas sobre la nueva pareja inundaron las calles, al sargento lo bautizaron como Fernando VIII.

El rey, antes de morir, dejó todo atado para que su hija le sucediera y para que su esposa fuera regente hasta la mayoría de edad de Isabel. No todos aceptaron de buen grado la última voluntad del monarca. Carlos María Isidro de Borbón, hermano de Fernando VII, reclamó el trono con violencia… estamos ante la primera Guerra Carlista.

En ese contexto bélico se empezó a escuchar la coplilla. No se sabe si la cantaban los liberales para meterse con los carlistas, o los carlistas para insultar a los liberales…o si la cantaban todos para reírse de Agustín Fernández Muñoz.

Lo cierto es que los exiliados españoles en Cuba la hicieron popular y en los años 30 del siglo XX, Ñico Saquito, un cantautor de la isla, la convirtió en un hit añadiéndole unas estrofas.

La sirena de Rubén García García

Sendero

Soy el mascarón de proa. He viajado por los siete mares. Los mejores días son los encrespados, cuando el mar se irrita; sin ser violento. Es cuando la quilla se hunde y el agua cubre mis pechos y nunca faltan delfines atrevidos.

Los días de calma son muy aburridos.

Sorpresa de Rubén García García

Sendero

Supo que a ella le gustaban los hombres barbudos y con pelos en el pecho. Leía que aquel fármaco tenía como efecto secundario el hirsutismo. «esto es lo que necesito» se dijo. Meses después veía con satisfacción el crecimiento de la barba, pero al mirarse el tronco, vio con horror dos pequeños bultos peludos, que reclamaban un corpiño.

Raúl el comerciante

Sendero

Soy comerciante en ropa que la transporto en una camioneta que no le duele nada, me da la seguridad de llegar a mi destino. Disfruto mi oficio, manejar y extasiarme con el paisaje. Me críe entre nopales, iguanas y pulque. Mi madre me llevó con sus compadres de la ciudad, salí bueno para las cuentas y mi padrino ya no quiso que regresara al rancho.  “Para qué te vas, allá qué vas a hacer, quédate con nosotros y verás que la vida te va a pelar los dientes”. 

Un día ya no fui su ahijado, me hizo su compañero, después me prestó dinero para que me independizara. Él me decía entre regaño y consejo y sin pelos en la boca: “No sea pendejo, no exhiba lo que tiene, camine en la vida con bandera de que es principiante, y cuando menos lo esperen, cómaselos. Sus carros que se vean viejos por fuera, pero por dentro que sean último modelo. Tampoco es que llegue a lugares de mala muerte, recuerde el dicho, ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre”.

Aquí estoy con sesenta años, cumplo cuarenta que viajo por estos lugares y he disfrutado de los amigos, de la buena comida, licores y pues también de las mujeres. —¡Raúl! ¡Raul! —esa es la voz de mi compadre, bueno no es mi compadre, pero nos decimos, ya que nos tenemos confianza.

—¡Raúl!

—Dime compadre.

—Veo que estas llenando de mercancía la camioneta.

—Me voy mañana al viaje.

—Pero mañana es semana santa, hay que disfrutar.

—Yo siempre lo hago, viajar y vender.

—Entonces vas a donde la gente en estos días se divierte y tu trabajando.

—A ver dime ¿qué es lo qué te traes?

—Bueno, te diré quiero ir a la playa, a divertirme y la verdad la comadre también. Y cómo tú conoces esos lugares, pensé que podíamos ir contigo.

—Yo no tengo inconveniente, porque soy quien maneja, pero irían incómodos y es un viaje como de seis horas.

—No le hace Raúl, con tal de salir de estas tierras de polvo y frío, vale la pena.

Salimos temprano, al lado mío se situó mi compadre, en la ventanilla la comadre que se llama Sonia. Es amable, sencilla y distinguida, ¿qué le vería a mi compadre?, no lo sé, él es técnico dental. Con algunas incomodidades llegamos al puerto y nos hospedamos. Por la mañana ellos fueron hacia la playa y yo hacia el tianguis. Más tarde, ya liberado fui a buscarlos. No tardé en encontrar al compadre enterrado en la arena y a la comadre disfrutando de la caricia del agua y la espuma. Ella me reconoció y salió a encontrarme. Tenía unos ojos chispeantes y casi se le salían de lo contenta que estaba.

—¡Es hermoso!, es hermoso. Métase al agua, sí que es una caricia. A empujones me llevó a que una ola me empapara de pieza a cabeza. Durante una hora vi como retozaba. Era ancha de cadera, ligera para correr y meterse entre las olas y salir burbujeante de espuma. Cada vez que la veía, recordaba a mi difunta esposa.

Llegamos al hotel. Mi compadre se cambió y ya me esperaba en la sala del hotel.

—¿La comadre?

—Está hecha una muñeca de trapo. Tiene tanto sueño que no puede ni levantarse.

—Pues vamos a cenar.

—Compadre, y si nos vamos de cabrones por allí. Ya sabes, nos tomamos unas copas vemos algunas niñas.

La mayor parte de esos lugares estaban atestados de turistas, así que lo único que encontramos fue una casa de citas donde te permitían la entrada con alguna seña.  Pasamos a una sala, con mesas pegadas a la pared, cortinas de gaza y bajo una luz tenue las muchachas, unas sentadas y otras acompañando algún cliente. Mientras disfrutaba mi vodka, él pelaba los ojos tratando de ver cuál de todas le llenaba el ojo. Cómo la que señalaba la tenía a mis espaldas no podía verla. Cuando la mujer se sentó en nuestra mesa no podía creer, era una chaparra, de pecho abultado, de cabello ensortijado, caderas anchas. Hubo química entre ellos, media hora después se hacían arrumacos como dos adolescentes. Yo escogí una de líneas suaves solamente para platicar. Al tiempo, él se deshacía en caricias en uno de los apartados. Pasó otra hora para que saliera y a media noche un taxi nos dejó en el hotel.

Ya de regreso a la ciudad, cargué gasolina y la comadre quedó a mi lado. La camioneta es de meter y sacar la palanca, por lo que al ejecutar los cambios mi mano rosaba la pierna de ella. Sentía su piel, la erección de sus vellos. Al despedirnos sentí la efusión de su abrazo y la invitación de que fuese a comer a su casa. Invitación que acepté. Ya me comunicaría con ellos, pues bien sabían que mi oficio era estar fuera de la ciudad.

—A ver qué día te acompañamos de nuevo, dijo el compadre.

—Gracias, así no me voy solo.

Uno de esos días, salía yo hacía un lugar donde cultivan flores, le dije al compadre, y me dijo que no, que tenía que entregar un trabajo urgente.

—Pero…

—Pero ¿qué?

 —Le diré a la comadre, sirve que se distrae.

—Bien, me voy mañana a eso de las seis. Si desea, me hablas por teléfono y yo paso a tu casa.

A las cinco y media de la mañana habló y me dice.

—La comadre quiere ir…

HAYKU DE Carlos Rubio del rincón del hayku

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HAYKU DE Carlos Rubio del rincón del hayku

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CON-DES (CARLOS RUBIO)

DICIEMBRE 2021

5 DICIEMBRE, 2021

CONSTRUIR

En todo el monte

Solo una luz.

Tarde de otoño.

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En el curso de un paseo, a esa hora crepuscular en que las líneas pierden definición y los colores se vuelven grises, en la Cabeza del Oso, una elevación de 1.100 metros situada en las primeras estribaciones de la Sierra de Gredos cuando se llega del sur,  el monte que cobija mi casa de El Real de San Vicente, me fijé en la luz. Era de una casa. No había otra casa iluminada, aunque fuera débilmente, en la ladera del monte.

   A mi alrededor, sombras y cercanía de la noche en el paisaje desolado del otoño.

Frío, soledad. Y el tiempo detenido.

ARTÍCULOHAIKUS

CON-DES (CARLOS RUBIO)

NOVIEMBRE 2021

5 NOVIEMBRE, 2021

CONSTRUIR

Hojas pisadas

Bajo la lluvia fría.

Tarde en San Pedro.

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Acompaño una fotografía del sendero donde, paraguas en mano, me interné el pasado sábado por la tarde. Fue en los alrededores del monasterio cisterciense de San Pedro de Cardeña, cerquita de Burgos, donde pasé cuatro días sin teléfono, ordenador, mujer ni familia, disfrutando de la belleza de los salmos con la comunidad monástica y saboreando el  silencio en los paseos y en mi celda y las palabras de un par de buenos libros que elegí de la biblioteca del monasterio. En uno de esos paseos bajo la lluvia, pude respirar el aroma a tierra, a podredumbre, a otoño mientras pisaba las hojas derrotadas por el agua caída del cielo. De regreso a la celda, escribí unos diez o doce haikus. Deseché todos a favor del que ahora presento a los lectores de El Rincón. Con él, no sé si transmito la sensación de la fragancia. La fragancia.

   En uno de los diez principios del arte de la composición de haikus según el maestro Bashō. Los dos meses anteriores comenté los del reflejo y de la resonancia que aludían, respectivamente, a la vista y al oído. Este debe hablar a la nariz. “La fragancia”, decía Rogan, “es como el aroma de una flor a la deriva y flotante en una corriente de agua”.  Un ejemplo de la fragancia en poesía nos lo ofrece Dohō en estos versos:

¡Tantos nombres

y todos tan confusos

para las flores de primavera!

Una mariposa,

sorprendida, de su sueño

se despierta.

  Los primeros tres versos (sigo el comentario de Makoto Ueda en el libro ya citado en otra de mis aportaciones) nos hablan de la belleza de las flores de primavera: es tan profuso el número de ellas que resulta difícil y confuso recordar el nombre de todas ellas. Pero la palabra “confusos”  produce la impresión de algo inestable, como de algo revoloteando en el rincón de un hermoso paisaje primaveral. El autor de los tres últimos versos, nada menos que Bashō, percibió este “aroma” y creo la imagen de una mariposa revoloteando.

    En el siglo XIV vivió una gran poeta llamada Eifukumon-in, la esposa del emperador Fushimi. Los versos descriptivos, en forma de tanka, de esta mujer se servían de la técnica que Kyōgoku Tamekane (compilador de la antología Gyokuyōshū) llama precisamente “dicción impregnada de fragancia”. He aquí una muestra de Eifukumon-in:

 Atardecer.

La luz por los aleros

ya es fugitiva,

pero sobre la flor

un rato se entretiene.    

Es un poema sobresaliente porque, además, incorpora maravillosamente el principio del reflejo. El desafío para el haijin es combinar cuantos principios poéticos (ya llevo comentados ocho o nueve) pueda en la limitación de dieciséis sílabas.

   En cuanto a la fragancia,  no todas las fragancias deben proceder de flores. ¿Por qué no de ese denso aroma terroso y otoñal que desprenden las hojas mojadas por la lluvia y holladas por los pies? El otoño nos ofrecen multitud de ejemplos, de invitaciones a escribir haikus que insinúen el aroma o que rebosen del mismo.

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CON-DES (CARLOS RUBIO)

OCTUBRE 2021

5 OCTUBRE, 2021

CONSTRUIR

En la pileta

Lengüetea  la gata.

Cae la tarde.

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Acompaño una fotografía de la gata Sally dando lametazos al agua del recipiente que hay sobre la mesa del patio de mi casa. Era a esa hora en que la tarde cae y pierde brillo el sol de final de verano. Una tarde estremecida, de repente, por las pequeñas ondas concéntrica de la pileta en forma de flor de loto desatadas por la lengua sedienta de Sally. Un descubrimiento que me sacudió mientras estaba sentado a la mesa hace dos o tres semanas.

   Me pareció que estos tres versos ilustran ese, ¿sexto, séptimo?, principio del arte de composición del haiku según Matsuo Basho que desde hace varios meses vengo comentando, uno a uno, en este foro siguiendo la interpretación de Makoto Ueda. El mes pasado hablé de la resonancia, del eco que produce un buen haiku. El mes que viene, tocará el principio de la fragancia. Hoy toca el del reflejo.

     Este principio yo lo interpreto en un doble sentido. Primero, conforme afirma Ueda,  como el reflejo observado en la segunda parte del poema del enunciado de la primera. Es decir, la segunda parte es la correspondencia fiel de la primera mitad, tan fiel como la imagen representada en un espejo es el resultado de la forma expuesta ante la bruñida superficie del mismo. Pero, misterio del haiku, no es una correspondencia cronológica. En el universo poético del haiku el tiempo está disuelto en un mar en el cual no hay comienzo ni final, en el pozo insondable del no tiempo donde se ahoga sin remedio toda concepción humana del mismo.  ¿Qué ocurre antes: la sucesión de lametazos de Sally o mi conciencia de la caída de la tarde? Ni lo sé, ni me interesa saberlo. Sí que sé que cuando la gata bebe de la pileta, la tarde se desmorona. Es decir, el desmoronamiento de la tarde es el reflejo del acto de beber del felino. Podría invertir el orden de los versos y escribir:

Cae la tarde.

Lengüetea la gata

en la pileta,

En este caso las lametadas de Sally son el resultado, el reflejo, de la caída de la tarde. La sucesión cronológica y la lógica hechas añicos. El mundo del haiku.

    Pero el concepto de reflejo del haiku también, a mi entender modesto, posee otra dimensión, una vertiente, menos filosófica (si filosófico ha podido parecer el anterior razonamiento), una vertiente sinestésica. Me refiero al valor semántico que contiene el término “reflejo”: un valor visual. En este poema, se observa claramente –aunque mejor a través de la fotografía adjuntada que de la lectura del haiku– en la relación directa entre el acto de lamer la superficie del agua y la tarde. Esta, la tarde, se hallaba reflejada apaciblemente en el espejo de la pequeña superficie del agua. Pero tal reflejo ha sido perturbado por la intromisión inesperada de la lengua de Sally. Las ondas concéntricas, visibles en la fotografía a pesar de su estado borroso, son la prueba. El elemento de visualidad, por tanto, con o sin documento gráfico, está presente en estos versos.

    El haiku japonés es rico en visualidad, a veces en forma de color, otras veces en forma de un sutil brillo agazapado en sombras, como el fulgor débil de las estrellas en una noche sin luna. En el haiku, el lector “ve cosas”. Recordemos el famoso de la rana del viejo estanque de Basho. Sin mencionarlas, también en él hay ondas concéntricas causadas por el salto de rana. El lector las “ve”.

    En los siguientes dos poemas igualmente podemos “ver” reflejos, colores, brillos. Uno es el famoso de Rensetsu (1654-1707) sobre la sandía cuyo opulento color rojo, aunque no se mencione –o tal vez por eso– casi deslumbra.

Mi hitotsu  o

moteatsukaeru

suika kana

Capaz solita

de cuidarse a sí misma,

¡ah, la sandía!

Otro, más sutil, es este de Issa  (1763-1828):

 Yabukage mo

tsuki sae seseba

wagaya kana

 Aun bajo los árboles,

mi casa, cuando la luna brilla,

es mi casa.

Podrá ser una casa a la que en todo el día no llega el sol por estar a la umbría de árboles, pero con el fulgor suave de la luna, se convierte en la casa de Issa, en la humilde vivienda de un poeta, de un mago de la realidad capaz de hacernos ver reflejos.

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CON-DES (CARLOS RUBIO)

SEPTIEMBRE 2021

2 SEPTIEMBRE, 2021

CONSTRUIR

Rasca el asfalto

en mitad de la noche

una hoja seca.

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Lo compuse la otra noche (concretamente la madrugada del 24 de agosto) al sentir el sonido áspero de algunas hojas secas, de esas que cansadas del calor al final del verano, deciden desprenderse de la rama y caer prematuramente para disolverse en la naturaleza, empujadas por alguna suave ráfaga de viento. Me conmovió su sonido, rasposo, misterioso, obstinado, que agrandaba el misterio de la noche. Y no perdí tiempo en encender la luz de la mesita de noche y pergeñar por escrito la impresión que a la mañana siguiente ordené en forma de haiku. En realidad, la hoja u hojas no rascaban el asfalto –esta es una palabra urbana– sino el suelo empedrado de la parte de atrás de mi casa de campo. Escribir, sin embargo, “empedrado” me parecía un término poco adecuado y sentía que rompía el ritmo; esa sílaba de “dra” no me gustaba nada. A riesgo, pues, de no ser fiel a la experiencia vivida, elegí el de “asfalto” que, además, me daba las cinco sílabas del primer verso.  Las mentiras de los poetas.

   Pero de lo que yo deseaba escribir en la entrega de este mes es acerca de un principio más, el sexto, de la lista de cualidades a las que, según el ideario de Matsuo Bashō, debe ajustarse el haiku.  El pasado mes fue el de inspiración poética. Hoy, toca el de resonancia o eco. Este principio, junto con el de fragancia y reflejo, son los tres que más contribuyen a hacer del haiku una verdadera poesía de la sensación, en oposición a la poesía del sentimiento o del intelecto, más favorecida por la tradición poética occidental. Los tres principios, esencialmente impresionistas,  hicieron las delicias de los poetas simbolistas y, poco después, de los modernistas de Europa y América Latina cuando, deslumbrados, descubrieron el haiku allá a fines del siglo XIX y comienzos del XX.

   La resonancia es la capacidad del haiku de crear un eco, de sugerir un sonido. Este efecto sinestésico tiene una larga tradición, creo, en muchas tradiciones poéticas del mundo. Pensemos solo en los versos tan musicales de Rubén Darío. Dicen que Virgilio se distinguía por la musicalidad de sus versos. Lo que tiene de especial la resonancia del haiku es, por un lado, su protagonismo en un poema de diecisiete sílabas; por otro, la mágica capacidad para sugerirle al oído la ausencia del sonido, el silencio.  El célebre haiku del salto de la rana de Bashō a mí personalmente me impacta no tanto por la acústica de su tercer verso (“ruido de agua”, mizu no oto), sino por el silencio que preludia el repentino salto de la rana en el viejo estanque, así como por las reverberaciones acústicas –también visuales en la superficie del agua– del sonido que lentamente va cesando hasta recuperarse el profundo silencio inicial.

    Voy a incluir tres haikus espigados de la antología de R. H. Blyth que me han parecido maravillosos por incluir en su brevedad este principio de la resonancia. Por ejemplo, este de Santōka:

Mizuoto to                                              Acompañado

Issho ni sato e                                        del sonido del agua,

Orite kite                                                 bajé a la aldea.

¡Qué sencillez de poema, y qué buena compañía la del poeta!

Los otros dos son de Buson. El primero también tiene como escena la noche, esa mágica bóveda que amplifica cualquier sonido.

Yomosugara                                 Toda la noche   

Oto naki ame ya                          sin un sonido, excepto

Tane dawara                                la lluvia en la paja

“Paja” es la traducción libre de los sacos de la cáscara del arroz que los campesinos dejaban en los arrozales al final del verano.

O este magnífico de un ciervo en un día lluvioso:

Mi tabi naite                                   Baló tres veces

Kikoezu narinu                              y ya no se le oyó más,   

Ame no shika                                 al ciervo en la lluvia.

Dice Makoto Ueda que la resonancia se presenta cuando el ánimo del poema se encuentra más activo, inquieto, mientras que la cualidad de fragancia –de la que escribiré en mi próxima entrega– tiene como objeto una atmósfera en profundo sosiego. No hay, pues, contradicción entre ambos principios. De hecho, el ruido de la hoja seca no me hubiera llamado la atención de no haber sido por la calma profunda de esa noche de agosto.

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CON-DES (CARLOS RUBIO)

AGOSTO 2021

2 AGOSTO, 2021

CONSTRUIR

Un tomate

escondido en la mata.

Acecha el mundo.

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Entretengo las mañanas del verano cultivando un pequeño huerto. Y estos días de finales de julio, aquí en la sierra de Gredos de tierras frescas donde paso el verano,  han empezado a madurar los primeros tomates. Redondos, rojos, limpios, lisos. Regalos para la vista.  Como son los primeros de una cosecha largamente deseada, concedo particular atención a cada uno de ellos. Estoy feliz de que uno de ellos, por ejemplo el que cogí de la mata esta mañana temprano, me haya servido como motivo de inspiración para estos torpes versos que presento a la amable atención de los lectores de El Rincón de Haiku.

  Pues de inspiración quiero escribir hoy algo.

  El principio de inspiración poética es el quinto, recomendable para componer un haiku según el ideario de Matsuo Bashō (un ideario nunca escrito por el maestro pero sí formulado por sus discípulos directos). De los cuatro anteriores principios ya traté en entregas precedentes.  La idea de la inspiración es la responsable directa de la maravillosa brevedad del haiku, con sus diecisiete sílabas, por la sencilla razón de que los instantes de inspiración no se pueden sostener largo tiempo y el tiempo, en poética, se mide en sílabas. El haiku solo requiere presentar imágenes concretas en un mínimo de palabras. No es necesario comentar las relaciones de las imágenes entre sí –por ejemplo, del tomate con la mata o con el mundo–, pues hacer tal cosa sería precipitarse en el abismo tentador de la lógica, y la lógica, que es un proceso intelectual, es la antítesis de la inspiración poética.

     Para Bashō –sigo las explicaciones de Makoto Ueda en el artículo citado hace cuatro o cinco entregas– la inspiración poética se produce en dos fases: una perceptiva y otra expresiva. En primer lugar, se produce la percepción instantánea que el poeta realiza de la esencia de un objeto o de una situación. En segundo lugar, tiene lugar la espontaneidad del poeta para registrar tal percepción en el formato del haiku. En la primera fase, tocamos una de los eslóganes de la escuela de Bashō: «el objeto y el sujeto, una cosa (butsuga ichinyō)» que el maestro explica en el siguiente pasaje del libro de Dohō:

Cuando el maestro dijo «si hablas del pino, aprende del pino; si hablas del bambú, aprende del bambú», quería decir que se debe desechar todo deseo o intención personal. Sin embargo, algunos interpretan la palabra «aprender» a su modo y así nunca «aprenden». «Aprender» significa entrar en el objeto, percibir su vida delicada, sentir sus sensaciones y, a partir de esa triple experiencia, dar forma al poema. Aunque el poeta exprese claramente el objeto, si su emoción no brota directa y naturalmente del objeto, objeto y sujeto estarán divorciados y la emoción carecerá de verdad poética (makoto). El resultado será artificio verbal derivado de simple deseo o alarde personal (Citado por Haruo Shirane en Early Modern Japanese Literature, Nueva York, Columbia U.P., 2002, pág. 159).

En la segunda fase, la fase expresiva, lo importante es reproducir adecuadamente la percepción en forma poética. La cualidad de instantánea es la que mejor la define. «Si vislumbras en un instante el alma del objeto, regístrala antes de que se evapore en tu mente», recomienda Bashō, que no escatima bellas imágenes para expresar esta espontaneidad fulminante: «Como el derrumbe de un gigantesco árbol, como lanzarse contra un formidable enemigo, como cortar una sandía, como morder una pera».

    En el siguiente poema del diario poético Senda hacia tierras hondas, parece verse cómo la chispa de la inspiración salta y taladra las rocas:

Todo está en calma.

Chirríos de cigarras

la roca horadan.

Es la inspiración poética. El tomate, el trivial tomate, cuya vida ha sido percibida por mí como central en el cosmos; sí, en el centro del cosmos, pese a la aparente  insignificancia de este objeto; en el centro desde su humilde posición en el fondo de la verde mata de mi pequeño huerto. Entrar en él, percibir su vida, sentir como él. Y la relación de este tomate con el cosmos, con el mundo, la he significado con la palabra de “acechar”. Pero una relación ambivalente: el tomate acecha al mundo y a la vez es acechado por él. El tercer verso, de hecho, registra la ambigüedad de tal relación. ¿Quién acecha a quién? No lo sé y tampoco importa. He disuelto la intrascendencia de la lógica y de la sintaxis en la personalidad rotunda de un objeto, de un tomate. Un simple tomate. En el centro del cosmos.

ARTÍCULOCLÁSICOS

CON-DES (CARLOS RUBIO)

JULIO 2021

5 JULIO, 2021

CONSTRUIR

En el silencio

del río, quince patos.

Cerca, la noche.

DECONSTRUIR

Se adjunta una foto, tomada desde el puente viejo de Talavera sobre el Tajo, en la hora mágica del crepúsculo, cuando día y noche se funden en un huidizo abrazo.

El “silencio” del primer verso está causado no tanto porque a esa hora tardía no había cerca de mí nadie, cuanto la sensación de silencio que me produce el fluir casi imperceptible de este río desde dicho puente. En tal silencio, durante unos segundos, percibí el resquicio para colarme en la vida de estas aves acuáticas. Quince; pudieran ser más o pudieran ser menos. Un puñado de seres vivos, como yo, sumidos en su propia vivencia del silencio, de la proximidad de la noche, de su diario subsistir. ¿Era esta vivencia el núcleo más profundo de su vida?

    Makoto Ueda, el comentarista japonés cuyo artículo “La impersonalidad del haiku” estamos repasando en estas entregas mensuales, identifica como “esbeltez”, al cuarto de los principios poéticos enunciados por Matsuo Bashō –ciertamente a través de sus charlas y anotaciones de sus discípulos directos, pues sabemos que el maestro no escribió nada preceptiva poética alguna–. Este principio de esbeltez significa, en la interpretación de Ueda, la capacidad de sumergirse en el corazón de un objeto, ser vivo o situación con tal intensidad que al haijin le permita capturar la atmósfera impersonal que ese objeto, ser vivo o situación comparte con el universo. Nada menos. Es como si el alma poética fuera tan fina y esbelta que pudiera introducirse ese objeto, ser vivo o situación y ser capaz de tocar su núcleo más interno.  Dos haikus que Bashō consideraba poseedores de esbeltez son estos:

 También las aves

Deben de estar dormidas

En el lago Yogo.

Con un alma esbelta el poeta, que se alojaba en una cabaña cerca del lago y estaba insomne, entró en la vida de esas aves acuáticas descubriendo en ella la misma soledad del viajero, como la de él mismo, es decir, como la de todos los seres vivos que viajamos sin parar por este mundo.

El otro haiku con esbeltez es uno muy famoso:

 En la pescadería,

de la dorada en sal ¡qué frías también

parecen las encías!

 Cito a Ueda: «La dorada que vio el poeta en la pescadería estaba por supuesto muerta. Pero nuevamente con una mente esbelta el poeta penetró en el pescado y sintió fresco. Hay ambigüedad sobre qué le hizo sentir frío. Pudo ser que el día estaba fresco; o que en la pescadería hacía frío o simplemente porque tuvo sensación de frescor porque había muy poco género en la pescadería debido a que el mal tiempo había impedido que los pescadores salieran a faenar. O, quién sabe si la vista de las encías blancas de la dorada le produjo esta sensación de frescor. La palabra de “también” del segundo verso crea esta ambigüedad. Pero la impresión general producida por estos tres versos es, inequívocamente, de soledad. Sin embargo, no importa lo esbelto que se vuelva el poeta, no es tarea fácil penetrar en la vida interna de un objeto o ser cualquiera. Requiere la completa deshumanización del haijin, la disolución de todas sus emociones. Pero es evidente que como ser humano que es, el poeta no puede vivir sin emociones, pues la suya es una existencia biológica que se debe mantener a través de deseos físicos. El poema se deshumaniza, sin embargo, solo unos segundos. Son instantes muy valiosos para el poeta, porque le brindan la única ocasión para vislumbrar la esencia impersonal del universo, la energía vital más interior que comparten todas las cosas y seres de la naturaleza. De aquí se deriva el principio de inspiración poética, el quinto necesario para componer un haiku”, sobre el cual hablaré en la próxima entrega.

ARTÍCULOCLÁSICOSHAIKUS

CON-DES (CARLOS RUBIO)

JUNIO 2021

1 JUNIO, 2021

CONSTRUIR

Asombro y  lágrimas.

Jugó con mariposas

y se fue en mayo.

 DECONSTRUIR

Es el modesto tributo a un amigo poeta, Pedro Tenorio, fallecido hace unas semanas por la Covid.

   Bashō, ya que de los principios poéticos del haiku, según este maestro, vengo tratando en las dos últimas entregas, tiene dos o tres poemas de profunda emoción personal por pérdidas de seres queridos. Como este, en la ocasión de tomar en la mano un mechón de pelo de su madre muerta, que guardada en una bolsa de tela como un entrañable recuerdo:

Lo tomo en la mano

y se deshace por el ardor de mi llanto.

Escarcha de otoño.

El tercer verso, el del kigo o palabra estacional, obra a modo de impersonalización de la intensa emoción del poeta, desvanecida en un simple objeto de la naturaleza.

Mi dolor por la pérdida de Pedro también se disuelve en un día, en cualquier día, del mes de mayo en que falleció causándome asombro y dolor.

Con este haiku, además, pretendo ilustrar el tercer principio poético de Bashō, el de shiori. Makoto Ueda nos enseña que shiori procede del verbo shioru con el significado de “doblarse”, “ser flexible”.  Originalmente, por lo tanto, un poema con shiori describía unos versos lo suficiente ambiguos para permitir varias interpretaciones.  Pero había otro verbo, también shioru, aunque se escribía con sinogramas diferentes, con el significado de “marchitarse”. Los poetas de la escuela de Bashō aplicaban la cualidad de shiori con un sentido entremedias de ambas acepciones; es decir, flexible y a la vez con una sensación de soledad y tristeza, la sensación que puede despertar una flor marchita.

   Las mariposas revoloteando en un prado sobre flores negras y dolientes por la muerte de un ser querido es una imagen funesta: de shiori. Es un haiku triste (como enuncia claramente el primer verso), pero a la vez contiene varios sentidos: el canto a la profesión del poeta que persigue la belleza simbolizada por las mariposas, la inocencia de su actividad aludida por el verbo de “jugar”, y, sobre todo, la impersonalidad de la naturaleza (simbolizada por el mes de mayo) que, como el océano voraz, engulle toda emoción, todo sentimiento.

    El cuatro principio poético de Bashō es “esbeltez”. El próximo mes.

ARTÍCULOCLÁSICOSTRADUCCIÓN

CON-DES (CARLOS RUBIO)

MAYO 2021

1 MAYO, 2021

CONSTRUIR

Junto a los iris.

De un seco  castaño,

el grueso tronco.

DECONSTRUIR

Quería escribir un haiku que expresara la soledad fría y distante de ciertas escenas de la primavera. Un  poema impersonal, desnudo de acción verbal, de agentes personalizados. Esta estación del año, exuberante hasta la crueldad, en que todo germina y todo crece imparablemente, siempre me despierta un desasosiego indefinible. En estos versos he deseado emparejar la antigüedad de un árbol y la frescura de unas flores, uno al lado de las otras, cada primavera en que florecen los morados  y elegantes iris (acompaño foto). Un emparejamiento debido a que la naturaleza ha deseado que  compartan en mismo espacio en mi jardín.  Pero sobre todo, he deseado dotar a la escena de la atmósfera impersonal de esta caprichosa naturaleza que, ciertamente, tiene vida, una vida voraz en primavera, pero que carece de emociones como tal, aunque el castaño y los iris, individualmente, las tengan. La visión de un árbol de grueso y curtido tronco decorado con macetas desnudas de flores, al lado de la inocencia pura de las esbeltas flores recién abiertas me inspira soledad, una soledad extraña, la soledad, tal vez, de saber que vivimos en el seno de una naturaleza sin emociones. Una madre fría y absurda que acoge en un mismo abrazo a la muerte y a la vida, la experiencia y la inocencia,  el vacío y el color.

    La soledad fría que inspira una madre así es, en japonés, sabi.

   Y justamente del SABI como principio poético del haiku quería escribir hoy algo.

En mi anterior entrega prometí comentar, uno por uno, los diez principios de la poesía de Matsuo Bashō. El primero, ya tratado, era el de espíritu poético. El segundo es este: sabi. Este concepto, introducido como valor poético por Saigyō a finales del siglo XII y consolidado en el XIII en la poesía canónica japonesa, tal vez sea el más conocido de las ideas de Bashō sobre el arte del haiku. Pero nuestro gran poeta raramente usó el término; sí que usó, en cambio, el de sabishii del cual se deriva. Este adjetivo de sabishii significa solitario en el japonés de hoy, con referencia al estado de ánimo en que se echa en falta la compañía.  Bashō, sin embargo, lo empleó en un sentido más concreto y limitado, en un sentido impersonal y, por así decir, objetivo. Como en este famoso poema:

La soledad.

Inhiesto, entre las flores,

Un, un ciprés.

Bashō concebía la soledad, nos informa Makoto Ueda en el libro citado en mi anterior entrega, como una atmósfera impersonal, a diferencia de la pena o la aflicción que son personales y subjetivas. La disolución de las emociones personales en una atmósfera carente de ellas constituye –afirma Ueda– el corazón de la actitud de Bashō hacia la vida. Tal fue la técnica mediante la cual él mismo trató de sobrellevar las penas y dolores inherentes a la existencia humana. Y eso a riesgo de parecernos un hombre frío y hasta desalmado. Un ejemplo de esto aparece en uno de sus diarios. Un día, de viaje, se encontró con un niño abandonado en la cuneta de un camino que lloraba amargamente. Le dijo calmadamente:

    —¿Ta han abandonado porque tu padre te odiaba o porque tu madre se olvidó de ti? Pero no: no estás aquí por el odio de tu padre ni por el olvido de tu madre. Estás aquí por tu destino. Laméntate por tu destino aciago.

    La soledad impersonal, fatídica y fría de sus poemas alude al mismo desapego, a la misma carencia de emociones. Eso es sabi.  La frialdad, la impersonalidad de la escena donde se ve un tronco rugoso al lado de la tersura fresca de unas flores. En el cruel mes de abril.

     El próximo mes comentaré el tercer principio poético de Bashō: shiori.

ARTÍCULOCLÁSICOS

CON-DES (CARLOS RUBIO)

ABRIL 2021

1 ABRIL, 2021

CONSTRUIR

La primavera.

Caída, ¿soñando qué?

La roja camelia.

DECONSTRUIR

Quise escribir un haiku sobre las flores del cerezo, ahora que lo tengo en plena flor en mi jardín, pero me salió este otro cuando bajaba la vieja escalera donde, junto al muro, crece un camelio. Siempre me han llamado la atención estas flores

especialmente en el momento en que caen al suelo, sin marchitarse, y, si tenemos la suerte de estar en ese momento ahí, cuando se desploman estas flores relativamente pesadas de carnosos pétalos, produciendo al caer un sonido profundo, sedoso, eterno. Es difícil no recibir una carga de espíritu poético cuando lo oímos. Yo no tuve la suerte de oírlo estos días en que está en flor, pero sí que me llegó de algún modo el espíritu poético para componer este haiku cuando vi algunas de sus flores rojas.

Hace tiempo que deseaba hablar a los amigos del Rincón del Haiku sobre “espíritu poético”, el regalo de los dioses que nos permite volar sin el peso de la gravedad de formas ni tradiciones ni cánones.

Makoto Ueda en un libro titulado Literary and Art Theories in Japan, publicado en los años sesenta por la Universidad de Michigan, tiene un iluminador artículo sobre los principios poéticos que regían el arte de Matsuo Bashō. Este poeta, dice Ueda, no escribió nada parecido a un manual poético, pues parece que pensaba que unas reglas fijas sobre cómo componer haikus podían frenar la imaginación creativa del haijin. Pero sus discípulos, especialmente Kyorai y Dohō, basándose en conversaciones con el maestro, sí que formularon diez principios poéticos que el mismo Bashō en cartas y diarios de viaje parece que había refrendado en varias ocasiones.  Estos son los diez principios del arte de Bashō según estas fuentes:

Espíritu poético, sabi, shiori, esbeltez,  inspiración, fragancia, eco, reflejo, sencillez y ligereza.

   Me voy a proponer comentar cada uno de estos diez principios en las entregas sucesivas al Rincón que haré en los próximos meses. Hoy toca, entonces, decir algo de ESPÍRITU POÉTICO.

  Es de los diez, la unidad importante, como el pastor es la unidad más importante en el rebaño de sus ovejas (aquí, nueve ovejas). El espíritu poético no cambia en mil años ni en diez mil: siempre estaba ahí. Según Bashō, todos los estilos del haiku caen en una de estas dos categorías: el que posee cualidades que trascienden tiempo y espacio (tienen un atractivo universal) y el que está anclado en el gusto de los tiempos (pueden tener frescura de expresión). Pero los dos proceden, como el agua de una fuente, del mismo manantial: el espíritu poético.  De Bashō son esas conocidas palabras con que define el espíritu poético:

«El espíritu poético lleva al poeta a seguir el camino del universo y a intimar con las cosas de cada estación del año. Para alguien con espíritu poético todo lo que ve es una flor y todo lo que imagina se convierte en una luna. Los que no ven la flor no se diferencian de los bárbaros, y los que no imaginan la luna son como las bestias…»

Al buen entendedor…

ARTÍCULOHAIKUS

., CON-DES (CARLOS RUBIO)

MARZO 2021

1 MARZO, 2021

CONSTRUIR

Caída la tarde,

inmóvil en los charcos,

hilal, hilal

DECONSTRUIR

Incluir palabras extranjeras en un haiku japonés que se escribe en español puede parecer poco canónico.

Pero el espíritu del haiku es libre y la ruptura del canon no creo que le haga menos libre, sino más.

En mi entrega del mes pasado me referí al haiku como expresión de inocencia; y puse el ejemplo de la poesía de una niña de seis años al observar, asombrada, la huella de la pisada de una sandalia impresa en la nieve.

Al niño que llevamos dentro no le importa que una palabra sea extranjera o no.

Para empezar, es muy probable que tal niño no llegue a diferenciar las palabras por su origen, es decir, por si es extranjera o no. Su corazón inocente, como es puro, no puede ser léxicamente “racista”, por así decir.

Cualquier palabra le vale si se ajusta a su sensación.

En este poema que presento he incluido el término repetido de hilal que, en árabe, quiere decir “luna nueva”, esa luna, delgada como el borde de la uña, que vemos en el cielo los dos o tres primeros crepúsculos del ciclo lunar. Tan delgada que, en su primera aparición, apenas se distingue del cielo crepuscular del final de la tarde.

Cuando la veo en el cielo,  inconscientemente viene a mi labios esta palabra, hilal, que aprendí durante mi estancia de tres años en Irak. No aprendí mucho árabe, pero de esta palabra no me olvido. Los árabes tienen otras tres o cuatro palabras para referirse a la luna, dependiendo del tamaño con que la ven en el cielo.

La versión “no hilal” del haiku podría ser esta:

Caída la tarde,

inmóvil en los charcos,

la luna nueva.

Pero, para mí, no tiene gracia si comparo esta versión con la otra.

Este uso de términos extranjeros en la poesía me recuerda el empleo revolucionario que en ella realizó una poeta japonesa contemporánea. Se llama Machi Tawara y en su libro Aniversario de la ensalada (editorial Verbum) tiene tankas de una frescura y libertad sorprendentes, refrescantes. Como este:

Kono kyokuto

Kimete kaigan

zoi no michi

tobaru kiminari

hoteru Kariforunia

Escuchando la canción,

la canción de siempre

aceleras

por la carretera de la costa.

Hotel California.

En su poema, Hotel California, –dos términos extranjeros– es el título de un famoso álbum,  y una canción, del grupo rockero Eagles. ¿Qué importa?  Palabras del inglés (hoteru), del español (California), del árabe (hilal). Son solo palabras.

Y las palabras son solo flechas que lanzamos al espacio. Ni las palabras, ni su origen, deben embridar nuestra inspiración. ¿Se preocupa una flecha de su origen una vez que sale del arco?  Hilal, hilal.

FEBRERO 2021

31 ENERO, 2021

CONSTRUIR

 En el camino.

Bajo la nieve oculto

un viejo tronco

DECONSTRUIR

Este enero del 2021 se ha ido dejándonos nevadas históricas en partes de España donde ya no es frecuente ver la nieve.  Donde yo vivo, en la sierra de San Vicente toledana, al lado de Ávila, cayó una buena. Estuvimos una semana rodeados de un paisaje nevado. Ese haiku del viejo tronco me vino en el curso de uno de los paseos de esos días.

Soy de la opinión de que en el haiku lo más importante es la inocencia de la mirada. La inocencia de la mirada se traslada por lo general  en la sencillez de los versos, en la falta de artificio, de intelectualidad, de segundas ideas.

Maestros de la inocencia son los niños.

Hablando de nieve y de niños, me viene a la memoria un haiku compuesto por una niña de seis años. Andando el tiempo esta niña se convertirá en una famosa “haijina”: Den Sute-jo (1633-1698). Al igual que la gran Chiyo y muchas otras «haijinas» de la Era Edo, Sute-jo se hizo monja a la muerte de su marido. Sute-jo tuvo como maestro a Kitamura Kigin, el mismísimo maestro de Bashō.  Su estilo poético, muy personal, se basaba en el principio de «unidad con la naturaleza».  Al final de su vida, en 1686, aprendió Zen adoptando el nombre de Teikan.

El haiku de la nieve que compuso de nieve se refiere a la impresión que en su pupila infantil tuvo de las huellas de unas rústicas geta (sandalia con una suela de madera formada por dos tablillas) en la superficie nevada. Dice así:

雪の朝        Yuki no asa   

二の字 二の字 の                ni-no-ji ni-no-ji no

 下駄の跡       geta no ato                                         

 En la nieve de la mañana

la letra dos, la letra dos

al pisar con la sandalia.

Hay que indicar que el sinograma que representa el número dos se representa en japonés con dos rayas horizontales,   二 , cuya marca es la misma que  las dos tablillas de la suela de la sandalia tradicional japonesa (geta) imprimen al pisar en una superficie como la nieve. Dos sandalias, dos letras dos; y los dos ojos bien abiertos de una niña para apreciarlo.

Los  niños, maestros del haiku.

ARTÍCULOCLÁSICOSHAIKU NIÑOS

CON-DES (CARLOS RUBIO)

ENERO 2021

29 DICIEMBRE, 2020

Queridos amigos de El Rincón:

Mi colaboración de este mes. La imagen reúne, esta vez, el Construir y el Deconstruir.

¡Felices Fiestas y Año Nuevo!

Un abrazo,

ARTÍCULOFOTO-HAIKU

CON-DES (CARLOS RUBIO)

DICIEMBRE 2020

1 DICIEMBRE, 2020

CONSTRUIR

 Del cristal colgada

una gota de lluvia.

Mis sueños vuelan.

DECONSTRUIR

De repente, mi mirada perdida en el cielo gris y lluvioso de noviembre se concentra en una gota tenazmente pegada al cristal de la ventana del dormitorio en el que debo pasar la mayor parte del día durante esta larga convalecencia.  Su redondez diminuta y translúcida contiene tantas cosas que me hace soñar.

   Soñar con épocas lejanas, con princesas y chamanas, con jardines, cabalgatas, cruces poéticos.  Soñar, por ejemplo, con la princesa Nukata que en el Japón de finales del siglo VII era todo esto: chamán, poeta y princesa. También esposa sucesiva de dos hermanos. Esta mujer fue la protagonista de uno de los primeros cruces poéticos de la literatura japonesa. En él, Nukata, casada ya con su segundo marido por razones políticas, se dirige al príncipe quien antes había sido su marido y al que seguía amando fielmente. Lo documenta así la antología Manyōshū:

«Durante la cacería, la princesa Nukata, temerosa de que su anterior marido atraiga la atención si lo ven ondear las mangas hacia ella como saludo, compuso estos versos:

De acá para allá

en sagrados campos de violetas,

señor, cabalgas.

¿Se dará cuenta alguien de que

con tus mangas me saludas?

Estos fueron los versos de respuesta del príncipe:

Delicada como

aroma de violetas

 eres tú. Dime:

¿por qué te amo tanto

siendo la esposa de otro? »

(El pájaro y la flor. Mil quinientos años de poesía japonesa, Madrid, Alianza, 2011)

Hemos volado a un campo de violetas situado en el Japón del siglo VII.

¡La fuerza que puede tener una pequeña gota de lluvia! Volar a tal sitio y en tal época es hermoso pretexto para cumplir la promesa que hice en mi entrega del mes pasado: hablar de violetas y de la osadía de los traductores.

   En los dos tanka de este cruce poético entre la princesa Nukata y el príncipe Oma (futuro emperador Temmu), el término japonés de “violeta” es murasaki. Y murasaki en aquellos lejanos tiempos indicaba una pequeña flor de cinco blancos pétalos que brota en verano y que era emblema del amor constante. Se asemeja a nuestra violeta solo en el color morado de su raíz usada como tinte (de ahí el significado de “color violeta” que en japonés moderno posee la palabra murasaki, también usada como apodo de una heroína del Genji monogatari y, por eso, de su autora). En las plantas de nuestro entorno no parece existir equivalente de esta especie vegetal, científicamente denominada Lithospermum officinale. La más parecida es la borraja comestible o de jardín que posee flores también blancas. ¿En aras de las fidelidad debiera haber traducido el murasaki del original japonés como “borraja”? ¿Y escribir “aroma de borrajas?

    Hubiera sido, francamente, horroroso. Primero por la ruda fonética de este término, malsonante en la situación amorosa del poema; segundo, porque para el lector hispanohablante “borraja” evoca el conocido dicho “quedarse en agua de borrajas”, o bien, especialmente para los habitantes de Aragón y Navarra, una deliciosa verdura que comen cocida rociada de aceite. Connotaciones muy alejadas, por lo tanto, del campo semántico del amor.

  Es posible que haya traductores que hubieran traducido la delicada murasaki como “borraja”. Habrían puesto en grave peligro, a mi juicio, la belleza de estos dos breves poemas. Como puede poner, también en grave peligro, una relación sentimental si el enamorado le dice a su enamorada que su cuerpo exhala aroma de borrajas.

    Murasaki por “violeta”, sí, es inexacto, pero traslada, por un lado, la delicadeza de esta bella flor; por otro, la connotación de suave y agradable fragancia. El buen traductor debe ser, en efecto, inexacto, osado, creativo.

   ¡A todo lo que lleva la visión de una diminuta gota de lluvia pegada al cristal de una ventana!

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CON-DES (CARLOS RUBIO)

NOVIEMBRE 2020

1 NOVIEMBRE, 2020

CONSTRUIR

Aguas mansas

En bahía  violeta.

Tarde de otoño.

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Se me ocurrieron estos versos hace tres o cuatro días desde uno de los puentes que salvan el río Tajo en Talavera de la Reina. A la hora del crepúsculo. Voy a acompañar la fotografía correspondiente.

En fin,  llamar “bahía” al modesto remanso de un río es atrevido, pero la osadía de la dicción es una de las herramientas que no le deben faltar al haijin si aspira a elevar a cotas altas su arte.

    El gran poeta mexicano Octavio Paz tiene un verso parecido en su magnífica versión de un tanka de Ono no Komachi, la poetisa del siglo IX más relevante para muchos de toda la Era Heian. Dice así su versión:

Tan fuerte

es mi deseo

que vuelvo al revés mi camisa:

Bahía violeta de la noche.

El poema original de Komachi, al lado de mi versión publicada en El pájaro y la flor, dice así:

Ito semete                                  Cuando de amores

Koishiki toki                              tanto peno, en la noche

Ubatama no                              como azabache

Yoru no koromo wo                lo espero con la ropa

Kaeshite zo kiru                       al revés extendida.

Puede ayudar a enmarcar este poema escrito en la remota Era Hean saber que, entre las muchas supersticiones de aquella sociedad cortesana, estaba la de creer que dormir con alguna prenda de ropa al revés ayudaba a ver en sueños a la persona amada.

Ono no Komachi es famosa por el tono apasionado, intenso y directo de su poesía, en oposición al arte poético contenido, rígidamente codificado y oblicuo a fuerza de elegante de la poesía, sobre todo la escrita por hombres, que predominará en el siglo siguiente en Japón, el siglo X, anunciado por la antología Kokinshū.

   En mi próxima entrega hablaré más de la “violeta” en la poesía clásica japonesa y de las inimaginables osadías de poetas y traductores.

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CON-DES (CARLOS RUBIO)

OCTUBRE 2020

4 OCTUBRE, 2020

CONSTRUIR

Bajo los líquenes

yace el monje guerrero.

¡Mis sueños andan!

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Fue solo ayer cuando, de viaje por la Galicia interior, descubrí la figura yacente de una lápida funeraria medieval. Medio abandonada, hace mucho desalojada del interior de algún templo o monasterio, hoy solo sirve para hacer muro. Es el muro que rodea la iglesia de Santa María de Mixós, cerca de Verín, provincia de Orense. La figura sostiene una espada entre sus manos y presenta la cabeza tonsurada: un monje guerrero custodiando el paso de los siglos de esta pequeña iglesia visigótica-románica.

   En la entrega de septiembre hablé del dinamismo del haiku, de su movimiento oculto. También el tercer verso de este haiku quiebra el inmovilismo del sujeto de los dos primeros versos, un inmovilismo acentuado por la palabra “líquenes” evocadora de antigüedad. ¡”Mis sueños andan!”.  Pero, bueno, sin quererlo, he plagiado el tercer verso de un famoso poema del maestro Bashō que dice así:

Un pato enfermo

rezagado en la noche.

¡Mis sueños andan!

En mi antología El pájaro y la flor, el tercer verso apareció traducido como “Sueño en viaje”.  Me gusta más, sin embargo, esta nueva versión: el verbo “andar” lo convierte en un verso más eufónico, evocador y dinámico que el sustantivo “viaje”. Este plagio me recuerda uno de los recursos estilísticos de la poética del waka de la poesía japonesa, especialmente de moda entre los poetas de los siglos XIII y XIV a raíz de las innovaciones de estilo y valores aportadas por el gran Fujiwara no Teika. Me refiero al recurso del honkadori.   .

Honkadori es una variación o, más bien, un préstamo intertextual en poesía japonesa. En nuestra cultura, en donde prospera el mito de la “originalidad”, lo llamaríamos “plagio poético”. Honkadori es, en otras palabras, la inconfundible citación de una idea expresada en una poesía antigua, o incluso la repetición de un verso entero, que el poeta introduce en su poema. En Japón, ya se sabe, “o tradición o plagio”.  En una poesía, como la japonesa clásica, en la cual la tradición era principio rector, valorándose especialmente la evocación ingeniosa de imágenes del pasado, el honkadori oportuno constituía un logro literario de primer orden. Estaba, además, el factor de la complicidad que el ejercicio poético comunicativo poseía en la sociedad cortesana de aquellos lejanos siglos, para la cual escribir o recitar un poema era un forma elevada de diálogo. Es decir, se pensaba que el lector u oyente reconocería el poema aludido y que, en consecuencia, apreciaría la sutileza de la alteración o asociación introducidas para comunicar la emoción renovada  de una voz poética revivida doscientos o más años después. He aquí un ejemplo en el cual «se responde» más de trescientos años después a un poema que, publicado en  el Kokinshū, había compuesto el monje Henjō,  uno de los Seis Genios de la Poesía. Henjō  es autor del siguiente famoso poema en el cual adopta el punto de vista femenino de una dama a la espera del galán:

Wagayadowa                            ¡Tantas hierbas

Michimonakimade                    que invisible hacen la senda

Arenikeri                                       que a mi casa llega!

Tsurenaki hito wo                       ¡Cómo lo lamento mientras

Matsutoseshima ni                   a mi cruel amado espero!

Pues bien, el nuevo poema de la princesa Shokushi (o Shikishi, hija del emperador Goshirakawa y suma sacerdotisa del santuario de Kamo), que florece en el siglo XIII y publica en la antología Shinkokinshū,  readapta la poesía de Henjō con estos versos:

Kiri no ha mo                                Hojas de paulonia,

Fumiwakegataku                        tantas que, por entero,

Narinikeri                                      el suelo han cubierto.

Kanarazu hito wo                       Aunque ni esperanza tengo 

Matsutonakeredo                      de que mi amado venga.

Basta una ojeada al original japonés para apreciar la similitud ortográfica del tercer verso de los dos poemas y la repetición de palabras en el cuarto y el quinto de ambos. Pero el honkadori se reconoce también en el plano  semántico. Al lado de la similitud en la ambientación del poema de los tres primeros versos de uno y otro poema, contrasta una «dama» que se lamenta en el poema de Henjō en sus dos últimos versos con la mujer resignada (¿ficticiamente?) a no recibir la visita de su amado en la poesía de la princesa.

Apelo a la bondad de los conocedores del mencionado haiku de Bashō para que sean indulgentes con mi torpe honkadori, inspirado por la visión de este anónimo monje guerrero inmóvil (adjunto fotografía) bajo el peso de los siglos en una perdida aldea gallega. ¡Mis sueños andan!

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CON-DES (CARLOS RUBIO)

SEPTIEMBRE 2020

31 AGOSTO, 2020

CONSTRUIR

El nuevo día

en la blanca cortina.

El cielo azul.

DECONSTRUIR

¿Hay dinamismo en este haiku? Aparentemente no. Sin embargo…

el movimiento, al lado de la pureza del nuevo día y de la alegría de la vivencia del instante, sí que está ahí: es un movimiento escondido. Bien, esas son, quizás, las dos o tres sensaciones que, sin proponérmelo, evoco en este haiku. ¿Su inspiración? Fue ayer cuando, temprano por la mañana, observaba cómo la cortina de la puerta que da acceso a la terraza del salón era movida suavemente inflándose, como si algún juguetón duende desde atrás la llenara de aire,  por una refrescante ráfaga de la brisa de la mañana. Ocurre, con frecuencia, a esa hora, pues el salón está en un séptimo piso y el viento se deja sentir.

Arriba, distante, el cielo a pesar de permanecer impasible envuelto en su majestuoso azul del verano, estaría –se me antojó pensar– entretenido con este suave movimiento de la blanca cortina del salón. O, más japonés, debía ser algún kami,  alguna juguetona divinidad dándome los buenos días.

Poco después, la persiana iba a ser bajada y la puerta cerrada para mantener el aire fresco de la mañana dentro de la habitación durante el resto del día estival. La cortina quedaría entonces inmóvil, triste, pensativa. Y la deidad o bien se alejaría de la cortina o bien actuaría en ella de otra forma inapreciable.

En estas diecisiete sílabas he pretendido, nuevamente afirmo, aunque suene paradójico, que sin proponérmelo, crear movimiento. Es más: es el diosecillo del movimiento el que  las ha escrito. No podía dejar de ser, por eso, un haiku dinámico. A pesar de la aparente quietud que parece evocar.

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CON-DES (CARLOS RUBIO)

AGOSTO 2020

31 JULIO, 2020

CONSTRUIR

Feo y sin brillo.

De calores vencido,

viejo geranio.

DECONSTRUIR

Cuando hablo del amor del culto del pueblo japonés por la flor del cerezo (la famosa sakura),  que apenas dura dos o tres día en la rama, como encarnación de su amor a la belleza efímera, a menudo la opongo del gusto de los españoles por el geranio, tal vez por sus tonos frecuentemente vivos, intensos, por su fuerza, por la duración de su flor. Pero el calor ardiente de final de julio, vuelve mustia y sin brillo hasta al geranio. Como este en tiesto que hay en la terraza de mi casa y tal vez a muchos les parezca FEO.

Pero yo, torpemente, he deseado capturar la esencia de la voz derrotada, intimar con el aspecto marchito de esta humilde flor.

Capturar esencias e intimar con las cosas. He ahí, para mí, las dos esencias del haiku.

Nos lo recuerda Akiko Yosano, la gran poeta del Midaregami (Pelo alborotado), de 1900, el libro de apasionados tanka con que revolucionó el mundo de la poesía tanka japonesa, como poco antes había hecho Masaoka Shiki en el mundo del haikai.

Estas son sus palabras, que aunque ella las aplicaba al waka, se pueden aplicar al haiku (el subrayado es mío).

«La poesía de Japón posee una forma particularmente breve diferente a cualquier otra del mundo. No solo no acepta una sola palabra o sonido en exceso, sino que busca eliminar las explicaciones tanto como le es posible, de tal manera que la combinación de palabras, limpia y sutil, consigue que flote la esencia de una flor o colorea la niebla de una montaña  con el color del sol naciente, dejando que estas imágenes intangibles produzcan un contorno de sentimiento claro y definido.  .   .   .»

Yo he experimentado que, cuando me siento a escribir poesía, mi “amor” se amplía y define. Es más, mi interés por la “belleza” se eleva y enriquece. La maleza y las flores a las que no había prestado atención, las hojas caídas, guijarros y piedras, árboles mustios –en estas cosas descubro líneas y ángulos interesantes, colores, delicadeza y muchos otros tipos de belleza que se me escapan­–. Y, entonces, surge en mí un sentimiento de amor hacia esas cosas; siento una intimación con ellas como si pudieran compartir conmigo las penas y alegrías de la vida. Para el ojo frío de la racionalidad, todo esto puede sonar a algo así como una emoción boba, pero la mayoría del tiempo vivimos inmersos en ese tipo de sentimiento, no en la razón».

[de “La mente de un poeta”, en La literatura japonesa en sus textos”, págs. 1158-1159]

ARTÍCULOHAIKUS

CON-DES (CARLOS RUBIO)

JULIO 2020

1 JULIO, 2020

CONSTRUIR

 Entre la tierra

la cabeza de un ajo.

El mundo gira.

DECONSTRUIR

 «Entre san Juan y san Pedro, saca tus ajos del huerto».  Tal vez por eso, anteayer, que era 28 de junio (san Juan es el 24 y san Pedro, el 29), pasé un rato a primera hora de la mañana sacando, de la ya dura tierra de mi pequeño huerto familiar, los ajos que en cuatro o cinco surcos había sembrado seis meses antes, allá, a final del diciembre pasado.

   Mientras lo hacía, con cuidado para no lastimar las cabezas de los emergentes ajos con el borde cortante del azada, pensaba varias cosas y sentía muchas. Un amasijo de pensamientos y sensaciones: el sabor hiriente del ajo restregado en una tostada de pan, la generosidad de la tierra por darnos sus frutos, la inutilidad del esfuerzo humano, la indiferencia con que la Tierra gira a pesar del acre gusto de este humilde producto,  a pesar de nuestras labores y ambiciones, la maravillosa sencillez con que los dientes se disponen en la cabeza del ajo, la complicidad juguetona de las hierbas que crecían entre los tallos marchitos de los ajos, la búsqueda afanosa entre la tierra de los dientes perdidos de alguna cabeza, la intensa felicidad del momento en las primeras horas del día, la suavidad del aire fresco de la mañana, etc.

   Tantas y tan variadas sensaciones e ideas que hallaron plasmación en esos tres versos.

   La cabeza del ajo, terrosa, negruzca y sucia, que oculta acritudes palatales y promete guisos sorprendentes, fue para mí metáfora del planeta Tierra, obsesionado con su mecánico girar alrededor del Sol, planeta maltratado y generoso que nos da y nos quita todo en este breve rato que es la vida. Entremedias, tiempo para sostener una azada y hurgar en su superficie en busca de una ilusión: la cabeza de un ajo. La-ca-be-za-deun-a-jo, siete sílabas, siete dientes de intenso sabor con los cuales, entre la tierra y el cielo, componer un suspirillo de uniones. Componer un torpe haiku.

   Incumplí mi promesa de hablar hoy de las ideas sobre haikus de la gran Akiko Yosano. Los ajos tienen la culpa.

Información fresca a los amigos del Rincón del Haiku:

 Este 7 de julio, día de la bonita fiesta de Tanabata, daré una charla online (inscripción gratuita, en http://www.veranoculturaljapon.es organizado por la Embajada japonesa en Madrid) sobre “Escritoras japonesas contemporáneas”.  Entre estas, brilla la voz de Tawara Machi, una poetisa cuyo libro “Aniversario de la ensalada” (editorial Verbum), publicado no hace muchos años en Japón causó sensación por la frescura y espontaneidad de sus waka-tanka. Algunos críticos han comparado la revolución de esta poeta en el mundo del viejo waka, con la que hizo Masaoka Shiki en el mundo de haikai-haiku a final del siglo XIX.

  He aquí una muestra del librito de Machi:

Después de que me dijera

«no me puedo

casar contigo».

aquí estoy,

Desayunando como siempre.

El ajo es el amor, es el “tú”: acre, oloroso, intenso;

pero el desayuno es la Tierra que gira, como siempre.

ARTÍCULOTRADUCCIÓN

CON-DES (CARLOS RUBIO)

JUNIO 2020

1 JUNIO, 2020

CONSTRUIR

 En el paseo,

miró atrás y sonrió.

La primavera.

 DECONSTRUIR

Los que escribimos haikus en español tenemos la suerte de no precisar escribir los pronombres personales. En japonés antiguamente apenas se usaban; y todo el mundo entendía (aunque fuera sin “entender”) quién ejecutaba la acción verbal.

Para mi coleto, en este haiku, el sujeto de “mirar” y “sonreír” es “ella”, “una joven”. Es decir, pienso en una muchacha, consciente de su belleza, que, ante el estímulo que sea, gira la cabeza y sonríe adorablemente (aunque, oh, sea con la mascarilla puesta). Ahora bien, para quienquiera que lea estos versos, podría tratarse de otro sujeto verbal, un hombre, un anciano, un niño, qué sé yo.  Y estaría también muy bien así que así fuera.

Y es que la impersonalidad del haiku es, para mí, uno de los grandes tesoros de esta forma poética que tanto nos gusta a quienes nos acercamos a El Rincón del Haiku. También la naturaleza es impersonal, ¿verdad?

 La impersonalidad es un puente vaporoso uno  de cuyos finales está suspendido, en el aire. Y esto es cosa de maravilla. Pura magia de la poesía. La personalidad, por el contrario, el corsé del “tú”, “yo” y otros pronombres, me parece que limita la dimensión poética. En fin, cuestión de gustos, ¿verdad?

 La verdad es que esos versos me los inspiraron dos hermosos tankas sobre la primavera de la gran poetisa japonesa Akiko Yosano, una mujer valiente, que en 1901 revolucionó la poesía japonesa del tanka –creo que en mayor grado que hizo Masaoka Shiki con el haikai– con su libro Midaragemi (Cabello alborotado). Un apasionado himno a la belleza de la entrega amorosa y del cuerpo femenino. Un himno que antes, en Japón, simplemente no se llevaba.

 Los dos poemas de la gran Akiko los comenté recientemente en el curso online que esta extraña primavera del 2020 imparto, todos los martes por la tarde, en Casa Asia titulado “Escritoras japonesas del siglo XX y XXI”. Además tuvimos la fortuna de que  nos fueron leídos en la propia voz declamatoria de Akiko Yosano, gracias a la generosidad de una de las participantes al curso, Begoña Castro, que también los interpreta con su danza. En fin, los dos poemas en cuestión son estos:

 “«La primavera es corta,

¿Quieres sentir su eternidad˛», le dije,

Y, tomando sus manos,

Las hundí en mis pechos

Rebosantes de vida”.

 Y el otro:

 Pregunta al verso

Quién osa rechazar

El rojo de las flores.

¡Oh, qué encantadoras

las chicas pecando en primavera.

 De ambos ofrezco la versión original en El pájaro y la flor (Alianza, 2011).

En mi siguiente entrega de CONDES hablaré de las ideas de Akiko Yosano sobre poesía que publica en un ensayo de 1931 titulado “La mente de un poeta”.

ARTÍCULO

CON-DES (CARLOS RUBIO)

MAYO 2020

1 MAYO, 2020

CONSTRUIR

  Tan ignorante

de la muerte que llega.

Ze, ze, ze, ze, ze.

Otro:

En soledad

Una vida se esfuma.

El cielo azul.

DECONSTRUIR

Estos dos haikus nos hablan de la muerte. Rehuir este tema es hacer el juego a la innaturalidad de no tenerla presente en nuestros pensamientos. ¿Podemos vivir sin tener presente a la vida? La vida es parte de la muerte, tanto como la muerte es parte de la vida. Somos invitados en este mundo y los invitados, tarde o temprano, se van. Quedan el aire, la tierra, el agua, elementos que, forzoso es reconocerlo, parecen estar mejor sin nuestra actividad y presencia. Nada pues más natural que tener presente en nuestros poemas a la muerte, a nuestra partida, a nuestra salida de la jaula, al comienzo del vuelo hacia la nada.

El primer poema recrea uno famoso de Bashō sobre una cigarra que dice:

Yagate shinu

Keshiki wa miyezu

Semi no koe

De su pronta muerte

Sin señales mostrar,

Voz de cigarra.

A mi entender, todo el peso de este maravilloso haiku está en el tercer verso: el canto de este insecto que, en Japón, nos evoca el calor sofocante del verano.

En una vuelta de tuerca, yo he pretendido reproducir torpemente, por falta de consonantes apropiadas en español, el sonido de la cigarra: un “ye, ye, ye, ye, ye”, pero pronunciando esta “ye” algo así como con una palatal fricativa, parecido al inglés “je” aunque alargando del fricación, como con un prolongado roce. En suma, el canto de la cigarra.   Este poema siempre me ha llamado la atención porque, en contra de la opinión de la tesis moralista de algunos que afirman la lección sobre la fugacidad de la vida que nos puede dar Bashō con estos versos, creo que la cigarra se ríe de nuestra preocupación por la muerte o por las cosas que no han llegado.

Compongamos haikus, con la inconsciencia con que canta la cigarra, sobre la vida o sobre la muerte porque lo único importante es el AQUÍ y el AHORA, es decir, el espíritu del haiku.

En cuanto al segundo poema que hoy presento a la atención de los amigos de El Rincón del Haiku, incide sobre la misma sensación: la indiferencia del azul del cielo (antes era el canto de la cigarra) ante el insignificante drama de la desaparición de una vida. Al fin y al cabo, como he comentado antes, ¿no va estar más limpio y más azul el cielo cuando nos hayamos ido?

La foto que adjunto, con la ramita de cerezo en flor en primer plano, lo dice mejor.

Ni el azul del cielo ni la cigarra tienen temor a la muerte. Son intrépidos, como intrépido es el haijin cuando con la flecha de su arte perfora el Inconsciente, es decir, la vida interior de las cosa

rchivo de la categoría: Con-des (Carlos Rubio)

CON-DES (CARLOS RUBIO)

ABRIL 2020

4 ABRIL, 2020

CONSTRUIR

Voy esperando

Las flores del celindo

Que en mayo llegan.

DECONSTRUIR

Aquejados todos, contagiados o no contagiados, sintomáticos o asintomáticos, hospitalizados o no hospitalizados, muertos o vivos, por esta pandemia del coronavirus, es tiempo de esperanza.

Enjaulados en el mundo, la esperanza es nuestro resorte de supervivencia, nuestra respuesta instintiva al peligro.

Doble esperanza: la de saber que esta prueba nos está haciendo más fuertes (solidarios, compasivos, sabios, humildes, y todo lo que queramos añadir, sin excluir el comentario cínico de que a algunos pocos les está haciendo más ricos; o desengañados o amargados) y la esperanza de sentir que algún día todo esto tendrá un fin y habrá sido una terrible pesadilla.

Para mí el comienzo del fin de esta terrible pesadilla es el mes de mayo, dentro de muy poco, y el perfume embriagador de las blancas florecillas del celindo. Es el arbusto que forma la pared del patio de mi casa. Esperanza en forma de la blanca luz del final de un túnel.

Tengamos fe o Fe (el esqueleto de la esperanza). La fe o Fe es otro de los términos con que podemos significar nuestra intuición del Inconsciente. Y este Inconsciente (o inconsciente, como escribiría un agnóstico) es el océano inabarcable, inagotable que nutre nuestra inspiración poética.

Con este poema, además, quiero rendir un insignificante tributo a la tradición poética japonesa de la que bebemos quienes componemos haikus. Concretamente a un celebérrimo poema amoroso, un tanka, el nr. 139 de la antología Kokinshū o Colección de poemas antiguos y modernos (Hiperión, 2005), publicada el año 905, la más canónica e influyente de las antología japonesas.

Satsuki matsu

Hana tachibana no

Kao kageba

Mukashi no hito no

Sode no ka zo suru.

Mi traducción al famoso y anónimo (en el Kokinshū y otras antologías clásicas, “anónimo” suele ser sinónimo de antigüedad)  tanka dice así:

Voy esperando

La flor del mandarino

Que en mayo llega.

¡Cómo añoro el aroma

de las mangas de aquel hombre!

Tan famoso, en efecto, que la protagonista de El diario de la Dama Izumi (Satori, 2017), un intrigante manual del código amatorio de la época escrito a principios del siglo XI, repite espontáneamente el último verso del poema cuando se fija en la ramita de azahar que sostiene en la mano el mensajero que le trae una carta de amor del príncipe Atsumichi. Gracias a la mención de este poema, la dama Izumi pasa con nota alta la prueba de mujer refinada a que la somete el príncipe. Será el comienzo de una maravillosa historia de amor.

ARTÍCULOHAIKUS

CON-DES (CARLOS RUBIO)

MARZO 2020

28 FEBRERO, 2020

CONSTRUIR

La talanquera.

De líquenes vestida

Ya nadie la abre.

DESTRUIR

Acompaño este haiku con foto de este humilde objeto –la talanquera– que todavía perdura bravamente en los alrededores del pueblo donde vivo. Es una puerta rústica y tosca hecha de palos de enebro que da acceso a los huertos o pequeñas propiedades agrícolas. La flanquean piedras y la corona un tosco tejadillo de paja, tejas, como en este caso, o una lancha. Su anchura permitía el paso de una caballería, pero, eso, sí, sin caballero pues su altura no daba para más. La foto la saqué en el paseo de ayer tarde. Por desgracia ya no se hacen nuevas talanqueras. Cuando se deterioran por el paso del tiempo, son sustituidas por feas puertas de hierro o, en algunos, casos, por abyectos somieres viejos.

Los etimologistas no se ponen de acuerdo sobre el origen de esta hermosa palabra. «Talanquera». Algunos dicen que mozárabe? Celta, dicen otros haciéndola derivar de «tranca». Pero lo que deseaba destacar es su desoladora y lastimosa belleza. Con mucho sabi dirían los que conocen la estética japonesa. Sin darme cuenta he contrastado, por un lado, el encanto que resalta el discreto color de los líquenes amarillentos, apenas perceptibles en la fotografía, aferrados a la madera de sus palos horizontales (también a sus viejas tejas), y, por otro, el abandono a que está sometida ella y la tierra a que da acceso ya que «nadie la abre» desde hace mucho tiempo.

Otra variación de este haiku, que deseché a favor del primero, es:

Nadie la abre.

Del huerto abandonada,

La talanquera.

Me gusta de esta variante la ambigüedad que presenta: ¿es el huerto quien mantiene abandonada a la talanquera o es el hortelano que ya no la abre? Aunque la palabra «huerto» es sugerente, la de «líquenes» me ha parecido más expresiva, inesperada, rica por su cromatismo. Esta riqueza acentúa mejor la humildad de la rústica puerta, ¿no?

ARTÍCULOHAIKUS

CON-DES (CARLOS RUBIO)

FEBRERO 2020

1 FEBRERO, 2020

CONSTRUIR

Tic tac de reloj.

En la ventana de un hospital

Ha amanecido.

DESTRUIR

En medio de las alharacas navideñas y de Año Nuevo de estos días, sean ruidosas y rutilantes o calladas y espirituales, tal vez resulte hasta saludable que los sanos (o los que creemos estar sanos) pensemos un instante en la habitación de un hospital donde yace alguien confinado en su lecho de enfermo. Podríamos ser nosotros.

   Por la ventana este enfermo ver cómo la luz del nuevo día se adueña lenta y suavemente de su pequeña estancia. ¿Es un amanecer que le traerá un día de alivio, de dolor, de desconsuelo, de indiferencia? ¿O le traerá amargura ante otra jornada más de sufrimiento? ¿O esperanza por una recuperación? No importa.

El amanecer es el tiempo diluido en luz, un tiempo que no le pertenece. Solo él conoce su estado de ánimo, cualquiera que sea, ante este prodigioso acontecimiento que el nacimiento del nuevo día. El hecho está ahí, anunciado inexorablemente por la pulsación del reloj.

Me recuerda este haiku uno famoso de la haijin Chiyo (1703-75). Las circuns-tancias en que lo compuso nos las cuenta Daisetz Suzu-ki en su clásico El Zen y la cultura japonesa.

   Esta gran poetisa, deseando mejorar su arte, visitó a un célebre maestro del haiku. El maestro le dio un tema sobre el cual componer un haiku. Era un tema favorito de la poesía clásica japonesa: el cuclillo (hototogisu). Una característica llamativa de esta ave es que es muy difícil verla u oírla pues solo canta cuando vuela por la noche.

   Chiyo compuso varios poemas sobre el cuclillo, pero ninguno la satisfacía y rechazaba todos porque le parecían conceptuales o vacíos del espíritu del haiku. No sabía qué escribir ni cómo expresar su genio poético. Temía no cumplir la tarea que le había encomendado el maestro. Una noche estuvo en vela dándole vueltas al tema tan concentrada que se olvidó del paso de las horas. Sin saber cómo, empezó a clarear el nuevo día. Al tomar conciencia de esta luz débilmente vista por los paneles de papel de su casa, en la mente de Chiyo se formó el siguiente haiku:

Hototogisu,

Hotogogisu tote,

Akenikeri!

Una traducción torpe puede ser esta:

Al cuclillo,

Llamando al cuclillo todo el tiempo,

Ha amanecido.

Cuando mostró estos versos al maestro, este lo aceptó como una de los más bellos haikus que había leído. La razón de su satisfacción era que comunicaba genuinamente el sentimiento más hondo sobre el cuclillo, sin artificiosidad ni esquemas intelectuales destinados a lograr determinado efecto estético. Era un haiku inocente y puro.

   Tal vez la larga meditación nocturna de Chiyo sobre el cuclillo le había ayudado a abrirse al Inconsciente, a dejar a un lado su ego, a vaciarse de sí misma. Zen en estado puro.

   Zen puede ser la habitación de un hospital en el momento en que el tic tac deja de sonar y cede el protagonismo a la luz del amanecer. Aunque en la cama no haya nadie.

   Zen puede ser que quien ocupa el lecho de enfermo sea yo o el dueño del ojo que lee estas líneas; o él o ella. Digo «sea» como podía haber dicho «haya sido» o «será». Aquí el tiempo no importa. Tampoco importa quien sea el sujeto.

Solo importa este fugaz regreso al Inconsciente.

ARTÍCULO

CON-DES (CARLOS RUBIO)

ENERO 2020

1 ENERO, 2020

… la sección se denominará “Con-des”, las sílabas iniciales, o casi, de “construir” y “destruir”. Con “construir» significo un haiku propio con que iniciaré mi colaboración. Con “destruir» significo el comentario, el análisis, la anécdota, o la mención de algún haiku o waka famoso en la literatura japonesa relacionado con algún motivo con el haiku propio aportado…

-.-

Entre la niebla,

la luna, el árbol, el monte.

Lejos, ladridos.

Compuesto en el curso de mi paseo cuando caía la noche y se elevaba la luna creciente sobre la Cabeza del Oso (el cerro que acoge mi casa en la sierra de Gredos). Un paseo que realizaba en compañía de mi fiel perrito Zarco. La visión mencionada, entre la niebla del vallejo, era espectacular. Una visión, borrosa, espectral, que los poetas antiguos japoneses denominaban «honobono». «Honobono» es eso: entrevisto a duras penas. Uno de esos términos entrañables para la sensibilidad de los japoneses. Quizás porque apunta a la ambigüedad y falta de precisión en los contornos.

Uno de los poemas «waka» (cinco versos) más célebres de la literatura japonesa empieza con tal palabra. Dice «Honobono to / Akashi no ura ni / asagiri ni / shima gakure yuku / fune o shi zo omou».  Muchos creen que es un poema anónimo, por sus arcaísmos y aire antiguo, aunque en el Kokinshu, la antología del año 905, se le atribuye al poeta Kakinomoto. Su traducción:

“Al alba tenue

en la bahía de Akashi,

y entre la bruma,

un barco de nostalgias

tras las islas se pierde.»

(Es la misma versión que aparece en «El pájaro y la flor. Mil quinientos años de poesía clásica japonesa» donde, por supuesto, lo «destruyo» con algún breve comentario)

El tercer verso de este haiku de la niebla vista con Zarco podría haber sido: «Al caer la noche» o «Tarde de otoño». En este último caso tendría entonces este verso cinco sílabas, que es lo que mandan los cánones del haiku convencional, pero quería darle una fuga acústica. Los cánones están, al fin y al cabo, para saltárselos. Es más divertido. Y, ciertamente, se oían ladridos a lo lejos. También, pues estaba en pleno campo, yo oía en mi paseo distantes esquilas de ovejas, pero este sonido me parecía demasiado bucólico, demasiado «hermoso». «Ladridos» me parecía más como viril. Y yo no persigo la belleza en mis modestos haikus. ¿Qué persigo?  Tampoco virilidad, claro. ¡Ah! Si lo supiera.

Esta vez no incluyo foto alguna. Que como lector/lectora te lo puedas imaginar es más sugerente, ¿verdad?

No Necesito Casi Nada… — El Rincón de Rovica

He vivido horas buenas y horas malas como para empezar a colocar las cosas en su sitio. Será, quizá, porque algún bendito ángel ha pasado por aquí cerca y ha dejado llegar una bocanada de su aliento hasta mí. El caso es que tengo la sensación (al menos la sensación) de que…

No Necesito Casi Nada… — El Rincón de Rovica

Piel canela canción de Boby Cappo

Compartiendo

Bobby Capó

(Félix Manuel Rodríguez Capó; Coamo, 1922 – Nueva York, 1989) Compositor y cantante puertorriqueño autor de célebres boleros y canciones románticas. Volcado en la música desde muy temprana edad, fue clarinetista en la Banda Escolar José Ignacio Quintón y compuso su primera melodía con sólo trece años.


Bobby Capó

Tras graduarse en la escuela superior, comenzó su carrera como intérprete. Como miembro del Cuarteto Victoria, de Rafael Hernández, efectuó una gira en 1940 y grabó en Nueva York sus primeros temas: Noche y díaLo siento por ti, Francia y El soldado, algunos de ellos con la orquesta de Xavier Cugat. En la década de los 40 cantó temas exitosos, como La Cocaleca o La Mucura, y su popularidad se incrementó hasta el punto de convertirse en una de las principales estrellas de la televisión en Hispanoamérica. Participó además en películas mexicanas, en las que interpretó sus temas más famosos.

Su labor como compositor fue ingente: legó alrededor de dos mil canciones, entre ellas numerosas piezas inolvidables como el celebérrimo bolero Piel canela, la balada Llorando me dormíSoñando con Puerto Rico (expresión de su nostalgia por el país natal), El aguinaldo navideño, De la montaña venimosEl BardoQue falta tú me haces y Sin Fe, que luego serían versionadas e interpretadas por destacadas figuras internacionales como José FelicianoDaniel SantosIsmael Rivera o Joséphine Baker.

¿Qué se puede hacer en diez minutos o los flujos de Rubén García García

Sendero

Qué se puede hacer en 10 minutos, — preguntó a su examante

—Esto, dijo ella.

Abrió la blusa y dejo al aire sus pechos canela.

—¿Entonces serán sólo diez minutos…? Dando una entonación burlona.

Besó el sendero que divide sus colinas, el café con leche de sus pezones. La respiración se iba de los silbidos a los hipos. A punto de volar la parvada hacia el abismo del cielo sintió el piquete de una aguja que penetraba su nuca y traspasaba la médula.

—¡Esto es lo que se puede hacer! —exclamó ella, poco antes de que la sordera le llegase.

Ella se retiró reacomodando su ropa. Miró por última vez el hilo bermellón que salía de la nuca y al mismo tiempo percibió derramarse otro flujo que encontró reposo en el algodón que forraba el puente de la braga.

En el cementerio de Rubén García García

Sendero

—Buenas noches —le dije.

—Buenas sean para usted.

— ¿No ha pasado el autobús?

—Creo que no. Ya tengo rato y no llega. Oiga…

—Sí

— ¿A poco se vino por el cementerio?

—Sí, ¿usted cree?

— ¿No tuvo miedo?

—Un poquito

Se quedó en silencio, como pensando y como si disparara me preguntó:

— ¿No le salió un perro?

Le iba a contestar, pero llegó el camión. Abordamos. La señora se acomodó cerca de la puerta. Intrigado por lo del perro, me acerqué y pregunté. Insistió en saber si me había encontrado un perro corriente y con manchas negras. Le dije que sí.

Se levantó de su asiento. Pidió que la dejaran en la siguiente parada, y sin preguntarle, se acercó al oído y me dijo: es que el perro anda en pena.

—Entonces ¿mataron al dueño del perro?

—No. El dueño salvó su vida y se fue. A quien mataron fue al perro.

El reporte de Rubén García García

Sendero

Con el parabrisas estrellado, reclamé el seguro. La secretaria me dio un formato que tendría que llenar. En uno de los apartados, con suficiente espacio, te solicitan que describas el accidente.

Era una tarde tibia, caía el sol tras los montes arbolados. El asfalto parecía una piel morena que se perdía entre los vericuetos, cuando un objeto desconocido impacto contra el parabrisa quedespués semejaba los hilos plateados de una telaraña.

Le di los papeles a la secretaria. Después de darle lectura me dijo con seriedad. «realismo señor, realismo, el modernismo pasó de moda»

El corredor de Rubén García García

Sendero

Escucho el motor de una “Honda” que pasa veloz a mi lado. y se vuelve diminuta, de juguete. El sol cae sobre mi espalda y sobre el asfalto goteo el asma y regatos de sudor. Al llegar a la loma se mira el río. ¡Qué ganas de meter la cabeza y limpiarme el cansancio en los meandros donde la corriente se estanca!

La “Honda” viene de regreso, rugiendo, tan veloz que en un hipo se pierde en la curva y reaparece montada en las tiras del cielo. Es un caballito poni trotando sobre las nubes.