Entre el debe y el haber de Rubén García García

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Aquel tipo declaró que mató a más de cuarenta. En un acto de remordimiento aceptó donar una cornea, un riñón, una porción de hígado. Así cuando Dios lo llame a cuentas, la deuda será menos.

El canto de las sirenas

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Yo tambien quería escuchar el canto de las sirenas! A todos los remeros les pusieron cera en los oídos, yo me la quité. El canto me infundió tal poder que dirigí la nave buscando su voz. Así mientras Ulises imploraba que lo soltaran, yo reencausaba el barco. Cuando solo quedó el silencio, la nave estaba en medio de otra tormenta.

Nada es verdad de Rubén García García

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Con el zoom veo en los ojos del niño, los ojos de un pájaro. El ave nerviosa brincotea en el alfeizar de la ventana. ¡Cuánto asombro tiene la cara del niño! El reflejo que se ve en el cristal, dice que veo lo que no es. Ellos se miran tranquilos y platican como dos viejos amigos.

Poema de Rubén García García

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Siguen al sol

los pájaros de fuego;

y a la lluvia

los paraguas de Cherburgo.

Perseverancia de Rubén García García

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Salió al jardín, contempló la rosa claridad entre los árboles. Pasaban de las seis de la mañana y era el tercer día que no podía dormir. Había tomado de todo, desde remedios caseros hasta las grageas del homeópata. Cuando los bostezos se juntaban se tiraba a la cama y el sueño desaparecía. Sacó del cajón una pistola que parecía de juguete y se disparó. Abrió los ojos y a través del cristal del ataúd observaba a una araña que se columpiaba en la viga del techo.

Haiku de Rubén García García

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Pelea de ratas.
Sobre el árbol lleno de nidos
cae la nieve.

Las noches del hubiera de Rubén García García

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Nunca comprendí cómo es que decías quererme y en tu carta me dices: “…lo mejor sería que te propusieras objetivos nuevos”. Por la noche dije: ¡es qué esto, no puede decirlo ella!, y movía la cabeza, como las marionetas estúpidas que encuentras en los mercados de vecindad. Entonces, cerré el libro y acepté de una vez por todas, que lo que escribiste era una indicación de que la complicidad se había roto.

Han pasado veinte años y cada quien rehízo el camino. No sé de ti, pero más de alguna noche me da por pensar en el hubiera; aunque bien sé que el hubiera no existe.

Lunares de calor de Rubén García García

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Hay pelotas de neblina rodando de cerro en cerro. En el imaginario meteorológico presumen que el sol se pondrá bravo después de la media mañana y atormentará a la flor de la limonaria. Los perros se echarán debajo de los carros y el silencio con la siesta dormitarán en la hamaca. Cuando el bochorno cruce la pierna, fume su puro y trastabillando agarre camino; los grillos saldrán del sopor y brincarán para cualquier parte, tan felices y despreocupados que más de alguno cantará en la bodega de un sapo.

La cabaña abandonada de Rubén García García

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Su vestido sobre la silla desvencijada. El cuarto lo aluzaba una veladora. Se quitó su ropa interior y se acostó al lado de él.

Llegó a la hacienda “la corona” a pedir trabajo como vaquero. No había, pero aceptó apoyar en la cocina.

Desgajaba un enorme tronco con el hacha. Resaltaba el brillo del sudor que definía el perfil de la espalda y el lomo. Traer el agua del pozo, y encender el fuego eran tareas diarias.

La patrona, a la que todos saludaban con respeto, le dijo:

—¿No eres de la región?

—Vengo del mar pacífico

—¿Mataste a alguien?

—Solo me defendí.

—¿Y la familia?

—Nunca tuve, ni tengo.

Bajo la luz de los candiles, sin que nadie se percatara, la mano de ella buscó su mano y le dio un papel doblado.

En un lugar apartado leía: “rumbo al cementerio, se cruzan los caminos, toma el de la izquierda. Toparás con una casa abandonada. La puerta está abierta. Te espero.

Miró dentro de la noche, y en medio la luz de una veladora que aluzaba a un antiguo calendario con la imagen de un león.

La mujer le había exigido al límite, abrió sus brazos, tan bella, tan de fuego… El cansancio fue el preámbulo de un profundo reposo.

Un ruido seco cimbró la luz de la vela. La bala se incrustó en la boca.

—¿Seguro que estás en tus dias fértiles?

Aturdida y salpicada de sangre, contestó.

Sí.

La soledad de un rojo de Rubén García García

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¡Vaya, si qué está en problemas! La fiesta es en casa del embajador y usted ha escogido un vestido plateado. Todo hace juego, pero hay un detalle: su collar de plata tiene en el centro un rubí. Se ve muy solitario el rojo, ¿un pormenor que lo acompañe? ¿no tiene aretes rubí? o bien otra piedra en rojo. Veo en su cara que no. A esta hora las joyerías están cerradas, no es descabellado sugerirle que repinte sus uñas, por supuesto, las veinte, de un color rojo paloma. Recuerde que al llegar a la fiesta la escanearan de arriba abajo, y el rubí ya no se verá tan solo.

Es de algodón y fina caída

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He comprado un vestido negro, discreto. Suelto, tres cuartos, de buen algodón, fina caída.

Por fin lo lucí con un maquillaje discreto.

Mi esposo y yo, en este ahora solo coincidíamos en una capacidad innata de ocultar las emociones. Él deseaba mi muerte y yo más. No, no había dinero de por medio, sino solo era odio. Un profundo odio.

Es cierto, lucí con glamur en el velatorio, mis familiares exclamaban: ¡Qué hermosa se ve! hasta parece que está dormida!

El genio cuento de Frank O’Connor

compartiendo

Frank O’Connor es uno de los grandes maestros del relato corto. Su obra retrata como pocas la idiosincrasia de la cultura irlandesa: el opresivo poder de la iglesia, la desigualdad entre géneros, la claustrofobia en el seno de la familia, los problemas con el alcohol… Todos estos elementos configuran la vida en Éire, nombre en lengua irlandesa de lo que nosotros llamamos Irlanda.

En Zenda ofrecemos el arranque de uno de los relatos que aparecen en El genio y otros relatos (La navaja suiza), de Frank O’Connor.

***

EL GENIO

1

Algunos niños son cobardicas por naturaleza, pero yo lo era por convicción. Mi madre me había hablado de los genios; yo quería ser uno de ellos y podía ver por mí mismo que pelearse, además de ser un pecado, era peligroso. Los chicos del barrio militar en el que vivía estaban siempre peleándose. Mi madre decía que eran salvajes, que yo necesitaba amigos más educados, y que los haría cuando fuera lo bastante mayor para ir al colegio.Si alguien quería pelear conmigo y me veía acorralado, mi método consistía en trepar al muro más cercano y soltarle con voz chillona un sermón sobre los buenos modales y Nuestro Señor Bendito. Era una manera de llamar la atención y solía funcionar, porque el enemigo, después de observarme atónito durante varios minutos preguntándose si le daría tiempo a aplastarme la cabeza contra la acera antes de que apareciera alguien, solía gritar algo por el estilo de «maldito cobardica», y se marchaba asqueado. No me gustaba que me llamaran cobardica, pero lo prefería a pelear. Me sentía como uno de esos pobres chuchos que vagaban con sigilo por nuestro barrio y salían por patas cuando alguien se les acercaba, y siempre intentaba hacerme amigo de ellos.

Me gustaba jugar, y acostumbraba a caminar por la acera con una pelota en los pies hasta que descubrí que los demás niños se volvían violentos y empezaban a darme empujones cuando se me unían. Prefería a las niñas porque no peleaban tanto, aunque aparte de eso las encontraba insípidas y me parecía que no eran una gran fuente de información. Las únicas mujeres que me interesaban eran mayores, y mi mejor amiga era una vieja lavandera llamada señorita Cooney que había estado en el manicomio y era muy religiosa. Fue ella quien me lo enseñó todo sobre los perros. La señorita Cooney habría perseguido durante más de una milla a cualquiera que hubiera visto dañar a un animal, e incluso los denunciaba a la policía, pero los agentes sabían que estaba loca y no le hacían caso.

Era una mujer de aspecto triste con el cabello gris, mejillas pronunciadas y encías sin dientes. Mientras ella planchaba, yo solía sentarme durante horas en su cocina cálida, húmeda y humeante, y hojeaba sus libros religiosos. Ella también me tenía cariño, y siempre decía que estaba segura de que sería sacerdote. Yo convenía en que tal vez me convirtiera en obispo, pero ella no parecía tener en alta estima a los obispos. Y se limitaba a sonreír cuando le contaba que había muchas otras cosas que me gustaría ser, tantas que no podía decidirme. Para la señorita Cooney, un genio no podía ser más que una cosa: sacerdote.

Por lo general, me parecía que terminaría siendo explorador. Nuestra casa estaba en una plaza situada entre dos calles construidas a distintos niveles, una a mayor altura que la otra. Podía salir de casa, caminar por la calle situada en el nivel superior durante casi dos millas más allá de las viviendas militares, girar a la izquierda en cualquiera de las calles y caminos adyacentes y regresar sin apenas bajar de la acera. Era increíble la cantidad de información valiosa que uno podía conseguir en aquellas exploraciones. De regreso en casa escribía mis aventuras en un libro titulado Los viajes de Johnson Martin, «con abundantes mapas e ilustraciones, The Irishtown University Press. Precio neto: 3 chelines y 6 peniques». También estaba recopilando El libro de canciones para uso de colegios e instituciones de The Irishtown University Press, por Johnson Martin, que contenía la letra y la música de mis canciones favoritas. Aunque por entonces aún no sabía leer partituras, copiaba las que llegaban a mis manos, y prefería las que representaban las notas con símbolos a las que lo hacían con letras porque quedaban mejor en la página. Pero seguía sin estar seguro de lo que sería de mayor. Todo lo que sabía era que quería ser famoso y hacer que levantaran una estatua en mi honor junto a la del padre Matthew, en Patrick Street. El padre Matthew era conocido como el Apóstol de la Abstinencia, aunque a mí la abstinencia me importaba bien poco. Nuestra ciudad nunca había tenido un genio en condiciones, y yo me proponía cubrir esa carencia.

Pero mis investigaciones no hacían más que mostrarme las inmensas lagunas de mi conocimiento. Mi madre comprendía mis desvelos y se esforzaba al máximo en encontrar respuestas a mis preguntas, pero ni ella ni la señorita Cooney andaban sobradas de la clase de información que yo necesitaba, y mi padre, más que una ayuda, era un estorbo. Le encantaba hablar sobre ciertos temas que le interesaban, pero yo no los encontraba tan interesantes. «Ballybeg», —decía con aire jovial—. «Ciudad de mercado. Población, 648. Estación más cercana, Rathkeale». También era de lo más comunicativo sobre otros asuntos, pero luego mi madre me llevaba aparte y me explicaba que mi padre solo estaba bromeando, lo cual me sacaba de mis casillas, porque nunca sabía cuándo bromeaba y cuándo no.

Ahora, por supuesto, entiendo que nunca le gusté. No era culpa suya. El pobre no esperaba ser el padre de un genio y aquello lo llenaba de malos presentimientos. Miraba a su alrededor y veía que todo el mundo tenía hijos normales, brutos, analfabetos, y se estremecía al pensar que yo nunca sería bueno para otra cosa que ser un genio. Para ser justos con él, no se preocupaba por sí mismo, pero nunca había habido nada parecido en la familia y temía que aquello nos hiciera caer en desgracia. Cuando llegaba a casa con la gorra sobre los ojos y las manos en los bolsillos, me miraba malhumorado al encontrarme sentado a la mesa de la cocina, rodeado de papeles, ocupado en dibujar mapas e ilustraciones para mi libro de viajes o en copiar la música de «The Minstrel Boy».

—¿Por qué no puedes salir a la calle y jugar con los Horgan? —me incitaba, tratando de hacerlo sonar atractivo.

—No me gustan los Horgan, papi —contestaba yo educadamente.

—¿Qué tienen de malo? —preguntaba él irritado—. Son unos chicos magníficos y unos auténticos machotes.

—Siempre están peleándose, papi.

—¿Y qué hay de malo en las peleas? ¿No puedes devolverles los golpes?

—Gracias, papi, pero a mí no me gustan las peleas —decía yo, aún con perfecta cortesía.

—Sabe Dios que el chico tiene razón —salía en mi defensa mi madre—. No entiendo qué clase de niños son esos.

—Ah, sois tal para cual —soltaba mi padre, y se iba muy ofendido, torturado por el pensamiento del hijo tan maravilloso y tan normal que podría haber tenido de no haberse casado con la mujer equivocada. La abuela siempre había dicho que mi madre no era la mujer adecuada para él y aquello demostraba que tenía razón.

Ella había demostrado tener tanta razón que mi padre no me quitaba los ojos de encima, por temor a que la locura se apoderara de mí en cualquier momento. Una de las cosas que no le gustaban era mi Palacio de la Ópera. El Palacio de la Ópera era una caja de cartón que yo había armado sobre dos sillas en la penumbra del pasillo. Lo había equipado con un proscenio, y había pintado varios telones de fondo con dibujos de montañas y del mar, y bastidores con forma de árboles y de rocas. Los personajes eran dibujos recortados y coloreados que movía con pequeños palitos. Estaba iluminado gracias a unas velas para las cuales había fabricado pantallas de colores, untadas con aceite para que fueran transparentes, y había escrito óperas a partir de libros de historietas y fragmentos de canciones. Una vez, mientras cantaba un apasionado dueto para dos de los personajes al tiempo que manipulaba las pantallas para producir el efecto de la luz de la luna, una de las pantallas echó a arder y las llamas lo envolvieron todo. Grité y mi padre vino y sofocó el fuego, y se puso a maldecirme hasta que mi madre, perdiendo la paciencia, le dijo que era peor que seis niños juntos, tras lo cual él no volvió a hablarle en una semana.

En otra ocasión, mi fascinación por un profesor cojo al que conocía me hizo decidirme a cojear yo también, y en casa se desató una tormenta que duró varios días. A mi madre le parecía evidente que mi pie estaba mal. Mi padre, en cambio, se limitaba a mirarlo y a resoplar con desprecio. Yo estaba furioso con él, y mi madre lo acusó de ser poco menos que un monstruo. Discutieron tanto durante los días siguientes que aquello empezó a hacerme sentir incómodo, porque, aunque estaba más que harto de cojear, sentía que pondría a mi madre en evidencia si me recuperaba. Cuando caminaba hacia la plaza dando tumbos de un lado a otro, mi padre permanecía de pie ante la verja y me observaba con una sonrisa maliciosa, y el modo en que se burló de mi madre cuando al fin dejé de lado la cojera fue de veras repugnante.

Caliope de Rubén García García

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—Has implorado que te otorgue el don para la microfición. Y ahora que te lo ofrezco, me haces una mueca de disgusto.

—¡Cuánto te lo agradezco amada diosa! Dime, ¿no tendras una moneda? Ya no tarda Caronte y no traje suelto.

Pedimento de Rubén García García

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«¡Ven! escucha los grillos. Mira el vuelo del murciélago. ¡Anda! no seas floja y llénate de olores de geranio. ¡Levántate! y vamos para que el viento nos traiga el aroma del pan recién hecho. ¡Apura! Que ya las nubes emboscan a la luna». La luna antes de perderse aluza la palidez de la niña que reposa flácida en los brazos del abuelo.

Las Chachalacas de Rubén García García

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Allá, entre los aguáchales, rompían el rumor del río las chachalacas y si cruzabas, del otro lado estaba el mar y al final de cada ola dejaba en la arena: peces, jaibas, pulpos. Mamá veo la casa de mi abuela. Blanca por dentro, blanca por fuera con olor a barro fresco con que se boleaba el piso. La sombra fresca de los caimitos y las parvadas de los cotorros. Mamá, mamá, no te vayas mamá. Se fue el rumor, el viento y también mamá. Muy lejos, en mi cabeza, el griterío de las Chachalacas.