Conciencia de Rubén García García

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Aquel tipo declaró que mató a más de cuarenta. En un acto de remordimiento aceptó donar una cornea, un riñón, una porción de hígado. Así cuando Dios lo llame a cuentas, la deuda será menos.

Un día en la vida de una mujer deRubén García García

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Era un día soleado sin embargo el fino sentido de la mujer llama con gritos a los chamacos. «¡Díganle al inútil que venga!». El agua no tarda. Solo pasó un instante cuando se inició la tormenta. Entre todos descuelgan la ropa del tendedero, pero el cielo como olla quebrada deja escapar cascadas de agua. El “inútil” dice: «deja que se moje, que ya se secará» La mujer que se fregó desde la mañana sacando agua del pozo y lavando a mano se le traban las mandíbulas de coraje e impotencia. Era ropa ajena y de la casa. El marido tiene quince días que no lo llama el patrón y ni la cama tiende. Fue media hora de agua y habrá que pedir fiado el jabón.

Fragmento erótico de la duda que no está incluida en la historia

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Esta parte del trayecto hacia las cabañas es poco transitado, es como una brecha entre ceibas y zacatales. Nos desprendemos del cinturón de seguridad y nos besamos una y otra vez. Me recorre el talle y la parte abultada de la blusa. Me toma de la muñeca y la conduce hacia su pierna. Me incita y recorro y aprieto su muslo hasta llegar hacía lo que se esconde bajo su pantalón. Él se ha bajado el zipper. Abarco su dureza y no entiendo cómo es que todo esto lo haya abrigado. Percibo el latido de sus venas. Él conduce despacio, y por el vaivén me balanceo. Ha tomado mi nuca y comprendo lo que desea. No lo rechazo, también me perturba y pasan por mis ojos escenas eróticas de la televisión. Cautelosa olisqueo, lamo. Apenas si puedo. Aprendo. El sabor de su transparencia, el olor, su gemido su cara de satisfacción y el amor son una fuerza poderosa que está por encima, él disfruta y eso es una razón poderosa. Todo lo de afuera desaparece y te concentras en el placer que se muestra al sentir que una laguna se ha formado entre las piernas. También hay temor a que alguien entre los zacatales pueda imaginarse. Es un plus que excita y no sabes el porqué. El paisaje era silencio y complemento, es de mañana y el aire apenas mueve los árboles. Me transporta la imagen donde el amor florece entre la hierba.

Salgamos, la mañana es linda. Al quedar frente a frente, me besa, le respondí entrelazando mis manos a su cuello. Me llevó cargada y me sentó sobre la cajuela del carro. Me abrazó de la cintura y escondió su cara entre mis piernas. Sentía su boca y leves mordidas en mis muslos. Levantó mi vestido y desde las rodillas empezó a besarme hasta llegar a mi centro. Un cielo claro. De no sé dónde el ruido de las chicharras fue de lo último que tuve conciencia. Lo abrace con mis piernas. Cerré los ojos, apreté dientes y puños. Cientos de descargas que reunidas corrieron hasta el fin de mi abdomen. Vibré, reía, me quejaba, no lo sé, pero al final solo tuve fuerzas para echarme a sus brazos.  Minutos después almorzábamos con mucho apetito.

Nocturna de Rubén García García

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Háblame. Toca sutil y aúna, con tu respiración, el labio que me erice. Con tus manos en Re conviérteme en saxo y afina el silencio con solos íntimos escondida en la plaza de tus deseos.

Un tigre para Juan de Rubén García García

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Había un tigre hambriento en la espesura y le dio la mitad de su comida. A lo lejos se escuchaban ladridos ansiosos y comprendió que seguían su rastro. Le habló en lengua de tigre y lo transformo en un perro atigrado. Regresó a su choza, detrás lo seguía el perro. Vivían juntos, en armonía con la buena gente del pueblo.

Cambiaron las autoridades que llenaron la canasta de promesas. Tiempo después se presentó a su parcela el nuevo comisario de tierras. Escuetamente le comunicó que su parcela ya no le pertenecía de acuerdo al nuevo censo, que si estaba interesado, que se anotara en la lista para solicitar un nuevo lote. No dijo nada, sería inútil. Antes de retirarse le dijo que tenía un mes para desalojar.

Meses atrás un criador de caballos de pura sangre compró la hacienda. El viejo Anselmo la vendió. Fueron vecinos muchos años y la amistad jamás estuvo en juego.  Ambos tenían en común el respeto. El nuevo dueño no se presentó y en lugar de él mandó a su ranchero de confianza. Que se despidió exclamado “que bonito manantial tiene vecino”. No había que ser inteligente. Sabía por donde venía el olor del golpe.

Don Juan tenía algunos años en la región, llegó de las tierras áridas del norte, a sugerencia de su compadre de batallas Remigio que vivía más hacia el sur, muy cercano a una zona rica en tradiciones. Ambos se veían cuando se tenían que ver y sin previo aviso aparecían en el patio de la choza platicando animadamente.

«Ni me cuentes Juan estoy enterado que te quieren quitar las tierras y como al parecer tu eres el vecino más débil te han echado a la autoridad, y si eso no funciona tiene una cuadrilla de malosos que seguramente quemarían tu casa y dirán que fue un accidente.  El criador de caballos es todo un personaje en la capital y tiene el permiso de los peces gordos. Ama los caballos más que a sus hijos. Recién le trajeron una pura sangre árabe de color negro.

Remedios Ancira ensilló su caballo al amanecer. Le gustaba trotar y dejar que la mirada se le escapase por el llano y en otras por la espesura del monte. Era un admirador de las aves y por eso había respetado el monte, Así que esa vez se acercó tanto que pudo divisar en la espesura unos ojos amarillentos que lo veían fijamente. Sí, era la cabeza de un tigre que sobresalía de entre los helechos. De regreso pensaba que solo fue su imaginación. En la noche soñaba que un animal se había echado sobre sus pies y adormilado se sentó y un cuerpo felino salió por la ventana. La tercera vez que vio al tigre casi se desmayó. Montaba al potro negro como un jinete. Cuando despertó supo que en sueño él se vio desmayado.

Una semana antes de que terminara el plazo, el comisariado se hizo presente para advertirle. «dile a tu patrón que por favor le haga caso a sus sueños» Sin mirarle los ojos, le ordenó al comisariado que desistiera. Que lo había pensado y que era un buen vecino.

El comisario desobedeció. «Tienes que desalojar». Satisfecho de su mentira cabalgó de regreso. Al pasar el río dejó que la bestia bebiera.

Solo escuchó un estruendo, uno solo. Al voltear llegó en avalancha el agua que la presa descargó sin motivo.

«Ya vi Juan que te gusta dar de sustos a la gente». «Y a ti Remigio te gusta bañar a la gente y los dos rieron por un buen rato.

La duda, o anotaciones de una adolescente, entrega ocho

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Mi madre se dio cuenta que Aymara me tenía aprecio y que le correspondía. Mi padre la trataba con respeto y platicaba con claridad lo que sucedía política y económicamente en la ciudad, Mi padre se movía en el negocio de bienes y raíces. Tenía facilidad para la compra y venta lo que le daba holgura económica y Aymara lo apoyaba. Mi madre pertenecía a grupos de ayuda y su tiempo lo dedicaba a organizar eventos. Era incansable, se daba tiempo de revisar los quehaceres de la servidumbre, atenderlo en la comida y tenerle su ropa ordenada. La servidumbre, terminada su labor volvía a su vivienda. A las seis de la tarde no había nadie en casa; hasta las ocho llegaban mis padres.
Estaba haciendo mi tarea, cuando entró Aymara con mi teléfono envuelto en una franela. Me quedé fría y antes de hablar me dijo: «Tu mamá estaba en el patio y el móvil empezó a sonar. Le dije que la llamada era para mí. Lo encontré en una cajita de madera».

Mi madre siempre está atenta.
Él nunca me llama. Madre salió de la casa, padre aún no llega. Le hablé ansiosa, preocupada. Me contestó. Él no llamó, quizá se activó solo el móvil. Aprovechó para decirme que saldría de viaje hacia un lugar muy alejado. Es la sierra de Zacualopan, un lugar famoso por su medicina herbolaria y sus chamanes. El manantial cristalino que dotaba de agua a la población se volvió turbia. La población cree que es a consecuencia de alguna brujería. «No sé cuánto tiempo me lleve la investigación. Te mandé un regalo, recógelo en el correo, Espero te guste. Cuídate y te amo». También yo me cuidaré.
¿Cómo fue posible que sonara el teléfono si él no me llamó? Gracias a eso me enteré que estaría ausente ¡qué será lo que me mandó? Tengo que hablar con Aymara. Si no hubiese sido por ella, mi madre se hubiese enterado de todo.

Aymara me llamó para que la acompañase a tomar café. Es buen momento para platicar. Después de los primeros sorbos, ella tomó mi mano y me dijo: cuéntame. Cuántos cambios habré tenido en mis gestos, que Ayma (le diré por afecto también nana) me acarició la mano, como diciénd que me calmara.
«Empieza por el principio».
«Hace meses encontré a un muchacho mayor que yo y volví a toparme con él al siguiente día. Me invitó a dar un paseo y terminamos en intimidad. Acepto que me ganó el deseo. Yo fui quien lo apremió a que me hiciera mujer. Me prometí no buscarlo, pero muchas dudas se abrieron y lo llamé después de tres meses de no verlo. Él me obsequió el teléfono, con la sugerencia que solo lo utilizara para llamarlo. He estado saliendo con él y para serte franca he disfrutado mucho de nuestra intimidad. Quiere platicar con mis padres y pedir mi mano para formalizar el noviazgo, pero intuyo que ellos pondrán el grito en el cielo. Si no hubiese sido por ti, mi madre estaría interrogándome.
Veo en tus ojos dos miradas, una es de profunda alegría y la otra de culpa. Amar no es motivo para que te encuentres angustiada. Limpia tu corazón y no cargues tablones en el alma. Lo que se hizo, está hecho, nadie te va a regresar lo que se ha ido. Lo que debes de tener presente es que diste un enorme salto de pequeña a mujer, por lo que debes de portarte como mujer, y ser responsable de lo que haces. Lo que haces tiene consecuencias que debes de afrontar, uno de ellos sería un embarazo. ¿tu sangrado te ha llegado? No me contestes sé que sí. Ocultas bien la ansiedad, pero intuyo que te reprochas haberle fallado a tus padres, que has pisoteado valores religiosos y familiares. Compara esa culpa con la satisfacción. Tú eres la que tiene que decidir que tiene más peso si la culpa o el haber conocido tu sexualidad. Solo tú sabrás si te conviertes en un lamento o una sonrisa Yo no diré nada a tus padres.
Escuché el motor del carro de mi padre. Quedamos en silencio tomando el café. De hoy en adelante intentaré enseñarte, lo que aprendí de tu bisabuelo. Siempre y cuando lo aceptes. Consúltalo.
Fui a recoger el paquete, me imaginaba un anillo, aretes, collar, pero todo esto que es hermoso para cualquier mujer, no era adecuado para mi, llegarían las preguntas de madre. El paquete no era grande, cabía en mis manos. Lo abrí llegando a mi estudio y me encontré con un pequeño gato negro en actitud de acecho de color más negro que la noche. Aymara me diría después que era de obsidiana y que te daría protección y suerte. Cómo era pesado su utilidad sería la de un pisa papel. De esa manera me estaba diciendo que estaría lejos, pero pensando en nosotros. Me emocionó y desde mi lugar le mandé un suspiro y mi abrazo a la distancia. Donde fue es muy lejos y lleno de leyendas y supersticiones.

Desde mañana empiezo. Aymara consiguió que mis padres me permitieran ir hacía el pueblo donde ella nació para conocer la herbolaria de la región. Está como a tres horas y ya tengo una bolsa parecida a la que tiene mi nana.

El día infame de Rubén García García

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Las siete de la mañana. Era un día de perros. La lluvia helada caía desde el alba. La clínica de salud en el área de urgencias médicas estaba desierta. Era atendida por el médico de base y una enfermera.

—Enfermera.  Dijo con voz grave el médico.

 —Dígame.

—Por favor ponga agua a calentar.

—¿Para?

—¿No le caería bien un café calientito? Se hace uno y de paso me lo hace a mí.

—Hágaselo usted. Soy enfermera, no su sirvienta.

Si llegaba un herido lo atendían en profundo silencio, sin dirigirse la palabra. Tenían meses y solo se hablaban si era necesario, por ejemplo, cuando pasaba el señor director, ambos bromeaban y sonreían.

Ese día, el tiempo no estaba de buenas, y el médico menos, el desprecio de la enfermera había colmado su importancia personal. «solo le daré un susto a la enana». Ella también estaba de malas. Casi para llegar a la clínica pasó velozmente un auto y levantó una cortina de agua que la empapó.

Le dieron ganas de orinar. Los baños estaban hasta el fondo del servicio, a un lado del botiquín de instrumental y medicinas. Lo que más le molestaba era pasar frente al médico, que era mal encarado. Bigotudo y con el pelo siempre parado. Pasó sin mirarlo. En el wáter aprovecharía para cambiarse las medias y los zapatos.

Cuando quiso gritar, la mano cerró su boca; hábil, bajó su ropa interior «¡Vas a saber lo que es un hombre! Te quitaré la cara de seria que siempre tienes conmigo. Veras que de hoy en adelante me respetarás, sonreirás; y dejaremos de ser comidilla» El agua arreció, truenos lejanos. Dentro, el forcejeo fue substituido por caricias y besos. No llegó urgencia alguna.

A diario, sobre el escritorio del médico, aparecía en el florero un clavel rojo y en la mesita de ella, escondido entre la papelería un sobre y dentro, una barra de chocolate. Tomaban café en silencio, pero había un parloteo con los ojos que era un jardín en floración.

El callejón de la rana de Rubén García García

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Es una noche bochornosa, y percudida por el humo de los vehículos y el aceite donde fritan los tacos.

Hay una paloma indiferente en la cúpula de la iglesia. Muy cerca está el callejón de la Rana con luces fosforescentes y música pesada de rock. Es una pasarela con dos bandas. En una, las mujeres van de una esquina a otra moviendo la bolsa al compás de sus caderas. En la contraparte los varones debidamente maquillados hincan fuerte el tacón y la bolsa bambolea en desorden.

Un policía sigue con la mirada la banda de los “mujercitos”. A pocos metros un mozo quinceañero mira hacia ambos lados, y de su bolsillo saca una moneda que la hace girar en el viento.

Pareciera que el pueblo es otro o la modernidad de Rubén García García

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Tenemos ahora una carretera asfáltica que comunica a la gran ciudad. Estos ingenieros de obras les valió madre la piedra de siglos y la arrancaron para poner una capa de asfalto que en breve estará llena de hoyos. A la laja se le resbalaron los siglos y estaba lozana, como si ayer las manos abuelas la hubiesen colocado. Las casas, que eran de techos de teja, están cambiando a losas de cemento. Los aromas que revoloteaban por la mañana o tarde los siento lejanos. Caminaba por la calle y llegaba el olor a pan, a café recién tostado y el revuelo que hacía el aroma de la vainilla cuando se asoleaba en los patios. Hoy, los olores son a diesel quemado y, en vez de escuchar el griterío de los cotorros, se oye el ruido de los motores. Cada tarde aún doblan las campanas.

Fragmento del envió (8)de la duda o anotaciones de una adolescente

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Veo en tus ojos dos miradas, una es de profunda alegría y la otra de culpa. Amar no es motivo para que te encuentres angustiada. Limpia tu corazón y no cargues tablones en el alma. Lo que se hizo, está hecho, nadie te va a regresar lo que se ha ido. Lo que debes de tener presente es que diste un enorme salto de pequeña a mujer, por lo que debes de portarte como mujer, y ser responsable de lo que haces. Lo que haces tiene consecuencias que debes de afrontar.

Tanka de Rubén García García

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Las tardes frías

incendian mi memoria.

Mercurial niebla,

que opaca los cristales,

donde florea tu ausencia.

Función de media noche de Rubén García García

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La jovencita parecía super niña. la mujer barbada levantó al elefante. El hombre bala regresó disfrazado de hombre pájaro. Los payasos acróbatas hicieron que el público riera hasta morir. Cuando el primer gallo cantó, el pueblo fantasma se hizo transparente, y del circo solo quedó la lona destrozada por la lluvia del tiempo.

El oficio de Rubén García García

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El silbato sonaba a las seis cuarenta y cinco de la mañana. Quince minutos después volvía a pitar y marcaba el inicio de labores de la empresa. Un día no me desperté, e imaginaba que un buque rompía sobre el oleaje de un rio embravecido. El capitán eludía los gigantescos árboles que la tormenta había segado y desviaba la nave para llevarla hacia el río que cruza el patio de la escuela, para que los niños conocieran el barco y al marinero pata de palo. Del entresueño se abría paso la voz de mi madre que me apuraba a que me levantase a desayunar, cuando preparaba las preguntas para entrevistar al capitán y a Pata de palo, el marinero con su cotorro parlanchín.

Un beso en la mejilla de Rubén García García

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Confidencia de una amiga

Esa tarde llegó su padre y media hora después el esposo. Fernando, su pareja, traía puestos unos lentes oscuros. Se vieron en la sala de estar y cruzaron un saludo parco. Unos segundos después el padre le dijo en tono jocoso y burla.

—¡Qué bien se le ven esas gafas! y sin esperar contestación, volvió con el mismo acento: — ¿Qué, anda de clandestino?

—Para nada suegro, me lastimé un ojo y solo sigo recomendaciones del médico. —Vaya vaya, así parece de la mafia.

Noches después, poco antes del parto, ya en el dormitorio, el esposo le confiesa.

—Hace unos días, por el mercado, encontré a una querida amiga de años y le dio tanto gusto verme que me plantó un beso cerca de la boca.

—¿Qué tiene de malo?

—Nada, nada, pero creo que tu papá nos vio. ¿Te contó algo?

—Mi padre nunca me dice nada.

—Cómo te he visto seria.

— Qué otra cara puedo tener…me gustaría que cargaras mi panza unos minutos.

El esposo se dio la vuelta y minutos después ya roncaba.

El macho alfa de Rubén García García

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La bruja del barrio de Rubén García García

Revuelcan los olores de fritangas, música y luces de color. Ella camina con caderas de danzón. Calza un vestido que no esconde la sinuosidad de su cuerpo. Lo sabe, y sonríe. Busca un varón, un macho alfa.

Sabe que la siguen, se da la vuelta y sonríe. Se miran, se entienden y acuerdan ir a un privado.

La mañana llegó abrupta, la mujer con caderas de danzón ya no estaba. En el baño había un drama. Un grito implosivo, el alfa tomó conciencia que no tenía a su amigo. Para orinar tuvo que sentarse.

Mueve la cabeza, se dice que es una pesadilla. El tiempo le dice que no, que es ahora una mujercita.

Tiene dos opciones: matarse o aceptar lo que ya es, generalmente pasa lo segundo y al tiempo algunas se convierten en lesbianas, otras, transforman y subliman su realidad y las encuentras como excelentes muchachas que disfrutan del retozo y que luchan por conseguir un trato igual al de los varones. Defienden lo que antes tanto asco y odio les causaba.