Bajo el tejado, las palomas esperan a la mujer que canturrea y dará semillas a los cotorros de cabeza azul. Las perras dormitan cerca y son indiferentes al robo de girasol que hacen los pichones. Saben las perras que su alimento no será tocado. Un día, las granujas lo intentaron y pagaron cara su osadía. Hay en el patio un perico verde, pequeño y desazulado , que alimentan con maní. Sale y entra de su jaula, como “Juan va por su casa”. Las palomas tampoco se meten con él y si lo intentan eriza sus plumas, gruñe y ladra como el feroz Pitbull del vecino y ellas vuelan asustadas y el perico se carcajea.
Moví la cabeza, herido. Cerré el libro y acepté de una vez por todas, que tu silencio era una indicación de que la complicidad se había roto. No había en la ofrenda los tamalitos de chipilin; causa y razón por los que me casé contigo.
Tres años esperó para tener derecho a visitar lo que había sido su hogar. La viuda le ofrendó su ron, su cerveza y unos tamales de chivo*, que tenían el mismo olor que cuando los degustaba en vida.
*“tamales de chivo” expresión de México que denota que tu mujer tiene un amante”
Por la luz parecían las cinco de la tarde. Era mediodía. El departamento olía a vejez. El ventilador gemía. Cerca de los cuarenta grados. La voz gritona de un comercial. Subió treinta escalones aún en obra negra. — ¡Buenas tardes! La señora que miraba la televisión no se dio por enterada y desde una de las recámaras se oyó una voz estropeada. —Pásele doctor, es por acá. En la cama, con el pelo revuelto, blusa holgada color de rosa, short de mezclilla deslavado y recargada la espalda sobre los almohadones. —Siéntese médico, disculpe el desorden. Se sentó en el borde de la cama, le sonrió. Era el mismo ventilador —el que gemía— Tenía el rostro de una muñeca de trapo. La reconoció por el lunar que ensombrecía una parte del ala de la nariz. Anteayer en un auditorio, al finalizar su ponencia se acercó para solicitarle si la podría repetir en una estación de radio. Él le dio su tarjeta y quedaron de comunicarse. Cuarenta y ocho horas después, estaba frente a ella. — ¿Qué le sucede? — Me da pena haberlo molestado — No se preocupe. — Pero también me apena. Mire en que fachas me encuentra. —Está enferma. -Sabe, tengo un dolor intenso en la mitad de la cabeza, me punza, otras me late y cuando hay mucha luz o ruido siento que la cabeza me explota. Tengo asco.
La exploró. El ojo, oído, garganta. corazón, abdomen. desprendió una hoja del recetario y escribió con claridad lo que tendría que tomarse. A punto de marcharse encontró en su cara una crisis de dolor. No dijo nada y preparó la jeringa para inyectarle. Esperó para comprobar el efecto. Quince minutos después se aflojaron los músculos de la cara. Al cerrar el maletín, ella estalló en sollozos. —¿Te volvió el dolor? —No doctor, es que ayer hice un coraje. —La escucho. —Le quito el tiempo, no me haga caso, debe de tener más pacientes. No quiero entretenerlo. —Para su descanso, usted fue mi última paciente. Ahora solo está el amigo. ¡Cuénteme! —Anoche hice coraje con mi novio. Estaba molesta de que llegara tarde a la cita. No me bastaron sus disculpas. Lo dejé con la palabra en la boca y tomé el primer taxi. ¿Qué piensa? — Debiste escucharlo. Sollozó. Una lágrima caía y él la interrumpió con el pulpejo de su dedo. Ella se aferró a su mano y la deposito sobre su pecho. Un calor que se hizo frío recorría su brazo. Tamborileo los dedos como un tic. Fue como si accionara el interruptor de la luz; el pezón se erectó y la mano de él, con rapidez, la retiró. Ella parecía no darse cuenta. —¿No siente que tengo calentura? Tomó la mano de él y la sitúo sobre su frente. Él la recorrió hacía abajo buscándole los pulsos del cuello y registró con el tacto un corazón en huida. Bajó su cabeza y cerró los ojos para concentrarse en el pulso. Cuando él volteó la cara se encontró con los labios de ella. Poco después sudaban y las ropas estaban a uno y otro lado de la cama. El golpeteo de sus cuerpos era intenso. El desvencijado colchón con base de metal y resortes crujía, haciendo un ruido mayúsculo. Exhausto y recuperándose volvía a escuchar el ruido del ventilador. Cuando él se vestía le preguntó: —¿Vive sola? —No, con mi mamá. —¿Dónde está? —Está viendo la televisión. Se quedó frío. Y en voz baja le dijo: ¿escucharía? —No. — Pero hicimos mucho ruido. — No te preocupes, mi mamá está sorda y cuando se pone a ver películas viejas nadie la saca.
Ella le dio un beso y su mano la descansaba en la nalga, al mismo tiempo le preguntaba: ¿Vendrás en la noche por si vuelve la migraña?
Es desesperante sentir que no respiras, pero todavía escuchas. Y si abriera los ojos sería inutilidad. En el silencio el roer de los gusanos; en ese trabajo finito de convertirte en polvo. ¡Cómo llegar al sueño eterno si esas mandíbulas nunca descansan de roer.
penas entreabre los ojos cuando me saluda. Me da los buenos días con pausas e intenta hacerme plática, pero algo se lo impide y suspira. Después de su dificultad logra preguntarme: «¿en qué piensa?».
Sé que le gusto a Esteban, si le diese una mínima seña de que sería correspondido, seguro saltaría de un lado a otro y correría para todos lados. Sin gestos, con una cara de mármol, me le quedo viendo de arriba abajo y él levanta la mano, como saludando a quien sabe quién.
Pienso en alguien, que no es Esteban. No lo es. Él me mira y me hace temblar, me derrite. Si me besara me dejaría llevar a cualquier parte.
¿Qué puedo hacer? Si quién me prende, no es como Esteban.
En silencio trota. Chillidos de aves que llegan desde la zona boscosa de la ciudad. El resplandor de la cruz de la iglesia destaca. Recuerda su cara de niña, la misma que ve en sus hijos. Está cerca del parque central, a una cuadra de la escuela en donde aprendió a leer. Se ve jugando con sus amigas, «¿Qué habrán hecho de su vida?» Reconoce su antigua casa y parece oír la voz de su madre quien la abrigaba en las noches de frío. Se oye el canto de los pájaros, y la brisa del amanecer que toca sus mejillas. Entreve el color rosa de la cordillera y se escucha cantar el himno escolar. Su primer novio, y el único, que aun al evocarlo la estremece. Suspira. El inmenso placer de amarlo con todo.
Sube por la pendiente. La respiración es asmática; el sudor la recorre. Se ve en su departamento. Los años pasan. El esposo vive obseso de su trabajo, apenas si se da cuenta que ella y los hijos existen. Al dar la vuelta, se topa con la mujer que barre, que viste la misma falda. Su escoba es la que cambia; hecha de ramas y con los ojos escrutando el pavimento. Desea darle los buenos días, y solo mueve la mano. Va aclarando el día. Levanta la mirada y divisa los cerros que son puños de laja. Sobre el horizonte el sol se muestra y deja en las paredes del caserío un color tierno. Desde el pensamiento corren los silencios y el desamor de un hombre que se extravió en la vida. Respira profundo, con dificultad y a punto de desfallecer y quedarse a la vera del camino, saca del vientre un impulso más y logra rebasar la loma. Pareciera que corre por inercia. Llega una ventisca tímida con olor de frutas y divisas en la lejanía el bermellón de las montañas. Hay momentos en que pareces no tocar el suelo. En el horizonte una parvada de patos simulan una estela de luz. El día abre con esplendor. y sobre el asfalto corres con más fuerza y abres la zancada como una cabra que salta cruzando el abismo.
Aymara fue tras de ella. Era importante disminuirla y anular su magia para romper el lazo que lo ataba a Virgilio. Tan compenetrada me sentía con mi nana que podía visualizarla. Corría, sin que sus pies tocaran el suelo.
Mi amante Virgilio permanecía indiferente, sentado sobre una roca, que al tocarla me dio escalofrío, aquella laja caliente y rojiza lo dañaba. Lo tomé del brazo y él se negaba a seguirme. Acaricié su pelo, le hablé al oído y no reaccionaba. Lo jale con fuerza y para mi sorpresa descubrí que podía levantarlo como si cargara un ramo de naranjas. Lo llevé a otra roca. Volví a tallarle su pelo, a recordarle el mar, la cabaña y como si despertara de un largo sueño me veía sin saber quién era y dónde se encontraba. Levanté la cara hacia el sur. Vi a la nana que la habían cercado en un redondel de fuego. Un viento amentado me levantó y volé entre nubes amargas. «solo tienes una oportunidad, entrarás al círculo y al vuelo la sacarás. No salgas del ruedo de fuego, te elevarás rumbo al cielo, no mires hacia atrás e ignora las lenguas de fuego que estarán tras de ti y cuando sientas la brisa fresca y limpia te sales del círculo». Tomé a mi nana de la cintura y al percibir la frescura del viento regresé. Virgilio poco a poco recuperaba el sentido de realidad. Aleyda me dio un líquido ámbar que olía a mar y me ordenó que lo besara y le diera el elixir con mi boca.
Ya podía caminar y su conciencia regresaba. Lo besé de nuevo, lo inflé como una llanta y me reconoció. Alcánzame le dije y empecé a correr tras Aleyda. Y él tras de mí. Entramos a una choza donde lo dejamos. La voz de Aleyda ordenándome: «cierra los ojos y repite los rezos que te enseñé». Al abrirlos me vi, apagamos las veladoras y se escuchó el canto de los pájaros chisteadores. Regresé a mi dormitorio. De acuerdo al reloj de mi buró solo habían pasado unos minutos.
Supe que Virgilio se había quedado en el refugio de una amiga de Aleyda, para que tornara a su normalidad. Donde se encontraba era un sitio de poder y la indicación era que volviese lo más pronto a la ciudad, «No recordará nada, tal vez solo le lleguen imágenes neblineadas sin contexto». Me dijo mi nana.
«¿Y de cuando acá ya no duermes en tu cama?» le contesté que no podía dormir y fui a mi estudio a terminar una tarea. «Por un momento pensé que te habías ido a una fiesta o estarías con Aleyda en su cuarto. Tenía tanto sueño que regresé y rápido me dormí con todo y los ronquidos de tu padre».
Anoche platiqué con mi nana. Me tranquilizó escuchar que su amiga le comunicó que Virgilio ya había regresado a la ciudad y que el agua había tornado a ser clara. Una compañía minera, la misma que recogía muestras depositaba los desechos en un pozo profundo que contaminaba uno de los acuíferos que daban agua al pueblo.
Días después recibía en mi móvil la primera carita sonriente con un ramo de rosas y dos corazones. Era la señal para que yo le hablase. Días después supe que era onomástico de la abuela y que mis padres irían a pasarla con ella.
Le hablé y me dijo que deseaba verme, que tenía muchas cosas que contarme. Te espero donde siempre le contesté.
Ve con él, es un buen muchacho. Me dijo Aleyda.
Salí temprano de casa, a cada paso mi corazón tocaba en mi pecho. El viento parecía saltar sobre mi pelo. El rocío no tenía mucho que se había retirado, aún quedaban huellas entre las hojas. Silbaba.
No apareció su auto, pero sabía que venía tras de mí. Seguí el paso por la alameda, hasta que me tomó de la cintura y besó mi mejilla. Se me quedó viendo aún con restos de una mirada extraviada. No me contuve y tomándolo de las mejillas lo besé. No se lo esperaba. Respondió a mi beso. «nos pueden ver» me sonreí y lo volví a besar. «¿nos vamos?» con un movimiento de cabeza le di a entender que deseaba seguir, «abrázame», nos fuimos sin rumbo recobrando y perdiendo esquinas hasta llegar a un restaurante donde el café con pan es delicioso. Parecía no comprender. Pero yo si entendía bien lo que me sucedía. Al oído le dije ¿quieres ser mi novio? Me estrechó con sus brazos y quebrando su voz salió un sí, que lo sentí íntimo y profundo.
Volvimos a caminar por la alameda, nos sentamos. Me acariciaba diciéndome tanto que las palabras no serían capaces. Abrazados por las calles de la ciudad terminamos fatigados de tanto platicar y reír. Le dije que deseaba una nieve y entramos a uno de esos centros comerciales que todo tienen. El comió de mi nieve, yo de la suya, cruzamos las cucharas y al mismo tiempo engullimos la porción y volvimos a reír. Poco después entramos a la función de cine y nos emocionamos. El tiempo se hizo veloz y en la claridad de la noche, me dice que la institución le daría una semana de descanso. Me dejó frente a la casa y quedamos de vernos temprano en el mismo lugar.
Ahora tú serás mi mujero. Iremos a la cabaña que está entre los pinares. Había gente, me lo hizo notar, pero no le di importancia. En el restaurante disfrutamos de un café de olla con canela y panecillos de la casa. Caminamos entre los pinares por una vereda que nos llevaba hacia una cima. Cuando se haga el camino tortuoso me cargas “amamanche” le dije. Desde lo alto divisamos la cascada sentados uno al lado del otro, Las mejores pláticas de amor son con el silencio, y acurrucándose con la mirada. Regresamos con hambre y sudorosos y oliendo el fino polen que caía de los árboles. Comimos con el placer de estar juntos, y cuando íbamos a la cabaña, le dije; «nos bañaremos juntos. Y en la cama nos pondremos a ver películas. Tengo deseos de jugar contigo. De que me platiques tus planes, tus pensamientos, tus gustos, de sentirme a tu lado y por la noche no nos iremos, dormiremos con la misma sábana y podremos mimarnos, bueno si es que todavía tenemos fuerza cuando empiecen a cantar los gallos. Seré tu “hembro” y voy a caminar centímetro a centímetro por tu piel. No habrá parte de ella que no tenga tu olor, el mío. Estoy festejando la vida y tu eres lo que elegí para que me acompañase. Mañana lunes conocerás a mis padres. Y si no te arrepientes pedirás permiso para verme.
Mis padres me dieron sus razones para no casarme y les respondí que no me estoy casando. Que tampoco abandonaré mis estudios. Que soy muy joven, y me lleva unos ocho años de edad. No hay edad para enamorarse, y ¿el tiempo para que me llegue el arrepentimiento? ni yo lo sé, puede ser uno o muchos años. Supongamos, sin conceder, que en veinte años estoy hecha un río de lágrimas, no es difícil preguntarse ¿y todo ese tiempo que se vivió en armonía, se tira al bote de la basura? La vida es cambio y uno no es indemne a ese paso. Quien se crea que la vida es “y vivieron siempre felices” es bobería. Me propongo vivir día a día. Aceptar la tristeza, el dolor como parte; es sano. ¿Cómo podríamos disfrutar de una alegría si no se conoce al opuesto?
Han pasado algunos meses y mis padres han aceptado que ya no soy una niñata, que tengo carácter para enfrentarme a la vida. Aleyda en una ceremonia con Chamanes nos ha bendecido. Cuando tengo días feriados voy a su casa y me recuerda que lo que encontré en la bodega son escritos de mi bisabuelo acerca de las plantas y hongos. Y una frase inquietante: “aunque no te conozco un día me haré presente en tu vida”. Me sigue adiestrando en los quehaceres del arte del cazador, de las diferentes realidades, de cómo salirse del cuerpo y viajar. Ambas hemos ido a conocer los chamanes de las montañas de la sierra madre y entre los místicos del desierto. La sensación que te da el estar en armonía con la madre tierra, de intentar ser uno y luchar y luchas por ser mejor cada día. Que la felicidad es un ideal. Que el ayer es el ayer, y el futuro es incierto, que la vida debe de ser siempre vivida. Solamente vuelvo a ser niña cuando me refugio con virgilio. Me encanta estar bajo la regadera con él. Coincidir en llenarnos de pájaros y soltarlos al mismo tiempo con suspiros, aleteos y chillidos y después ser cobijada. ¿Qué cuánto durará? No lo sé ni me lo pregunto, solo lo vivo. Pero entiendo que nada es para siempre y lo acepto.
Fin.
Mi agradecimiento a quienes siguieron la narrativa. Jamás había escrito tanto y siguiendo solo lo que me venía a la cabeza. Es cierto hay algunos desfaces en el tiempo, que la adolescente no es la tipica adolescente. Creo que el autor tiene ciertas licencias y sé también que hay jóvenes muy despiertos y adultos encerrados en su «sapiencia».
Ximena, la hija del cavador de tumbas, fue al cementerio a dejarle comida a su padre en el momento en que él terminaba de abrir una fosa para exhumar a un cadáver.
En los siguientes días su padre la notó alejada, desatenta.
—¿No has dormido bien?
—No.
—¿Pesadillas?
—No sé
—¿Qué sientes?
—Cuando estoy por dormir, en el letargo, siento un tronco pesado sobre mí. Un rato después respiro asustada, sudorosa y con un cansancio que me dura toda la mañana. Algo baila sobre mí.
La llevaron con la sanadora y les dijo seria:
—A la muchacha se le subió el muerto. Ya nada se puede hacer, como vino se irá.
Meses después tuvo un crío que parecía no tener vida. Creció con la mirada lejana y caminaba engarrotado y dando traspiés. Un día se fue a buscar a su padre. Y ya no regresó. Ximena recuerda al muerto entre sueños y acude al cementerio en la tarde húmeda y gris a sembrar margaritas de monte.