La bolsa interior de FRANCESC MIRALLES 

LA BOLSA INTERIOR

Alfonso sopló con triste resignación las dos velas con el 4 y el 0 sobre la tarta. Nunca había sido aficionado a las fiestas, pero esperaba algo más brillante para su entrada en la cuarentena. Había convocado a media docena de personas, pero sus invitaciones habían sido rechazadas con todo tipo de excusas. Todo lo que tenía para celebrar su cumpleaños, además de aquella tarta, eran dos felicitaciones formales –una de su banco, otra de su gestor– y un obsequio de un familiar lejano que le había herido en lo más hondo: un fin de semana para dos personas en un balneario.

Se guardó el cupón en su bolsillo trasero para tirarlo en una papelera cuando saliera a la calle. Alfonso no tenía novia ni amigos que quisieran compartir un aburrido fin de semana en aguas termales. Atribuía su nula vida social al exceso de trabajo. Desde que había estallado la crisis, su profesión de analista financiero le obligaba a estar de sol a sol delante de una pantalla llena de cifras. Sus propios números no iban mal, se dijo mientras bajaba a la calle para dar un paseo nocturno. A sus 40 años ya casi había pagado la hipoteca del piso. Tenía, además, una plaza de aparcamiento en propiedad, un coche deportivo y una motocicleta que solo había sacado un par de veces. Su plan de pensiones empezaba a estar nutrido, y una herencia en metálico que tenía a plazo fijo le garantizaba buenos intereses.

Pese a disponer de todo aquello, la noche de su cumpleaños se sentía vacío. Tal vez fuera porque ese domingo ya habían cerrado los pocos bares de su barrio. Alfonso deseaba tomar una cerveza antes de acostarse, con el murmullo de solitarios clientes de barra que charlaban con el camarero. Buscando un lugar con vida en el desierto urbano, se dio cuenta de que se había alejado mucho de casa. Miró el reloj y vio que ya era medianoche. Aquel largo paseo nocturno había sido una triste celebración de cumpleaños. Resignado a iniciar como cuarentón una semana más, Alfonso se sintió repentinamente cansado y decidió que tomaría un taxi para regresar.

Mientras trataba de descubrir entre el escaso tráfico una salvadora luz verde, se le ocurrió revisar su cartera y advirtió, fastidiado, que no llevaba dinero en metálico. Contrariado, decidió proveerse de fondos en un cajero antes de subirse a un taxi. Miró a su alrededor. Por suerte, había un cajero justo al otro lado de la acera donde él se encontraba. Cruzó la calle a grandes zancadas movilizado por su impaciencia para regresar a casa.

El cajero se hallaba dentro del vestíbulo de una oficina bancaria, y Alfonso vio con desagrado que un indigente dormía junto a la máquina dispensadora de billetes. Le violentaba sacar dinero al lado de alguien que no tiene absolutamente nada. Le hacía sentirse vencedor de una guerra en la que no había pedido tomar parte. Fue ese sentimiento de pudor el que hizo que, tras obtener cuatro billetes de 20 euros, dejara uno de ellos en la mano abierta del mendigo, que parecía dormido. Como si hubiera notado el peso ínfimo del billete, los dedos callosos de la persona que parecía dormir se cerraron para atrapar los 20 euros. Justo entonces abrió sus ojos y le habló con refinado acento:

—Le agradezco la dádiva, caballero, y la acepto solo por no hacerle el feo de devolver un regalo. Lo cierto es que no necesito nada, soy inmensamente rico.

Alfonso se quedó boquiabierto ante las palabras de aquel hombre, al que calificó enseguida de chiflado. Por la propiedad con la que se expresaba, dedujo que había sido alguien que, tiempo atrás, había gozado de una posición acomodada. Quizá una quiebra, un divorcio mal negociado, el alcohol o alguna enfermedad mental le habían hecho caer en desgracia. Sintiendo lástima por aquel indigente, Alfonso le preguntó:

—Si es tan rico… ¿qué hace durmiendo aquí?

—Hace un poco de frío en casa, por eso me he venido a echar una cabezadita aquí dentro. Además, en este lugar se hacen amigos. ¿Vamos a tomar un café?

El hombre le guiñó el ojo mientras se levantaba de su lecho formado por periódicos y se sacudía el polvo.

—Está todo cerrado –dijo Alfonso, sorprendido por el rumbo inesperado que estaba tomando aquella noche.

—No todo. En una gasolinera a tres calles de aquí podemos tomar un café y un bocadillo.

Cuando se pusieron en camino, Alfonso pensó que sus situaciones vitales no podían ser más diferentes, pero le resultaba muy fácil hablar con aquel hombre caído en desgracia.

—¿Dice entonces que hace un poco de frío en su casa? ¿Dónde vive usted?

—En una vivienda que tiene miles de metros cuadrados. ¿Qué digo, miles…? ¡Millones!

—La calle, claro –supuso Alfonso tristemente.

—No hay casa más grande, aireada y diáfana. Además, como y ceno cada día de restaurante, como un señor.

—¿Y eso?

Tengo una ruta de varios establecimientos donde me respetan y me guardan siempre las sobras. Nunca me falta un plato caliente. A cambio, yo les aconsejo dónde pueden invertir lo que tienen.

El analista financiero se quedó pasmado ante esto último. Al notar su asombro, el indigente le dijo:

—También le puedo asesorar a usted.

—Pero… no tiene ni idea de mis propiedades ni de mis activos. ¿Cómo va a aconsejarme entonces?

No necesito conocer el estado de sus cuentas bancarias para saber que un hombre que pasea solo a estas horas ha errado en sus inversiones. Puede que tenga propiedades y activos, como bien ha dicho, quizás haya ganado incluso en la bolsa, pero allí no se negocia la auténtica riqueza.

—¿Dónde se encuentra entonces? —preguntó Alfonso fascinado.

—En la bolsa interior –dijo el hombre señalando su corazón– es donde se encuentran las divisas que nunca pierden valor, como el amor o la amistad. Si hubiera invertido en esa cartera, no se encontraría deambulando solo un domingo por la noche.

Un día como tantos de Rubén García García

sendero

En el patio solo lucía el silencio. Un patio que le habían prestado. Los pocos dineros los había invertido en comprar pollitos y criarlos. Se hicieron robustos, dejó uno para gallo y los otros entre la venta y la comida se fueron acabando. Ayer se fue el gallo, lo cambio su marido por una botella de aguardiente. El niño lloraba, se sacó la teta y le dijo «anqué sea chupa el cuerito». Hasta la cocina llegaban los ronquidos de perro viejo. Era mejor; despierto pedía de comer y si no había la jalaba de la trenza. «busca con los Martínez, y pregunta si no tienen ropa sucia » Solo había pasado más de un año y la criatura pedía. Recordó que había escondido un billete. Con el podían vivir una semana a lo más. El esposo resollaba como si tuviese una olla de tamales hirviendo. La vieja maleta estaba oculta debajo de la cama, así que solo tomó a la cría y salió sigilosamente hacía la terminal de autobuses. Irse con su madre, para qué, si ella la corrió cuando supo del embarazo. Tenía la dirección del novio que despreció. ¿Qué era el orgullo? Ma, ma, ma. Lo apretó contra su pecho y subió al autobús.

la sirenita de Rubén García García

Sendero

El pescador regresaba sin peces. Pronto llegaría la noche y seguramente su nieta lo esperaba en el muelle. Tuvo una sensación de apremio y extendió las alas de la red por última vez al mar.

Dentro de la trama había una sirenita de ojos verdes y cejas color carbón que lo veía con ojos grandes y brillosos. Se dijo en voz alta, «¡Seguro qué me haré rico!». Ella estaba sentada en la cubierta y se dejó llevar. Tenía el cabello largo y obscuro. Miraba sin mirar y por momentos hacía pequeñas escapadas al horizonte.

Él siguió remando hacia el muelle. Una gaviota se posó en el costado de la barca y al espantarla observó en su cara los ojos de su nieta. Quizá la misma edad, tal vez tuviese un abuelo…

Casi al llegar al muelle la liberó. La sirenita le dio un beso llevando su mano a los labios antes de perderse entre los retazos espumosos del mar.

Premio Cervantes

Sendero

https://www.elmundo.es/cultura/literatura/2023/11/07/654a7471e4d4d81e578b456d.html

Has o haz tomado de «Redacción sin dolor» y un añadido de la RAE

Tomado de «capsulas de la lengua» de «Redacción sin dolor»

Error común número 20: confundir «has» y «haz»

Tanto «has» como «haz» son verbos, pero son verbos muy diferentes. «Has» es la segunda persona singular presente del verbo «haber»:

• Tú me has hecho feliz.

• ¿Qué has hecho?

• Has entendido, por fin.

• ¡Tú lo has dicho!

«Haz», por otro lado, es el imperativo singular familiar del verbo «hacer»:

• Haz lo que quieras.

• Hazme feliz.

• ¡Hazlo rápido!

• Haz mi día. (Con el perdón de Clint Eastwood).

Lo contrario de «haz» es «no hagas»:

• No lo hagas.

• No hagas olas.

En América, «has» y «haz» son homófonos, pues suenan igual. De ahí el problema… Pero uno debe razonar que «has» viene del verbo auxiliar «haber» (he, has, ha, hemos, habéis, han; en presente). La «s» de «has», entonces, se debe a su condición de segunda persona singular familiar, que siempre trae la marca «s»:

• amas

• comes

• sales

• amarás

• comerás

• saldrás

«Haz», en cambio, viene de «hacer». Por esto se entiende la razón por la cual el imperativo «haz» tiene «z» y no «c»: no puede escribirse: «hac». El fonema [s] al final de la palabra, cuando proviene de la «c» de «hacer», solo puede escribirse con «z»: haz.

La mayoría de los españoles, que diferencia entre «z» y «s», no tiene este problema. Y recordemos que la secuencia «ze» y «zi» no existe: tiene que ser «ce» y «ci» (salvo en algunos apellidos).

Por esto debemos entender que hay, con frecuencia, una relación íntima entre las letras «z» y «c», pero nada tienen que ver con «s». Así, en resumen, «haz» de «hacer» solo puede escribirse con «z», jamás con «s».

haz1

Del lat. fascis.

1. m. Atado de mieses, lino, hierba, leña o cosas semejantes.

2. m. Conjunto de partículas o rayos luminosos de un mismo origen.

3. m. Anat. Conjunto de fibras musculares o nerviosas agrupadas en paralelo.

4. m. Geom. Conjunto de rectas que pasan por un punto, o de planos que concurren en una misma recta.

5. m. pl. Fasces de cónsul romano.

Día de muertos de Rubén García García

Sendero

Deeini era ágil y ligera. ¡Hasta parece que escucho su carcajada! Corríamos hasta el punto más alto. Veíamos el río que al pasar los arrieros simulaba una culebra de fulgores. Mañana tendríamos tianguis. Me acariciaba los cabellos y al regreso me mostraba en la hondonada: «esa es la flor de noche buena. Son verdes y en diciembre se vuelven rojas para celebrar el nacimiento del niño Jesús».

Dormíamos juntos en la choza cuando escuché a mamá gritándole.

—¡Levántate, levántate!

Al darse cuenta que seguía acostada la zarandeó de su pelo.

¡Qué! ¿No oyes?

Le di mi jorongo de franela para que se cubriera, pero mamá volvió a apresurarla. Ella se defendió del frío con sus brazos. Papá había llegado borracho y levantó de la cama a mamá para que le diera de cenar. Deeini regresó temblando con el aguardiente que mi papá reclamaba.

En la mañana, mi madre le puso la mano sobre la frente. ¡Por Dios! ¡Está ardiendo!, y le puso lienzos de agua con alcohol. Por la noche tosía con dolor, sumía la panza al respirar, el pecho le gorgoteaba y los ojos idos. Papá fue al pueblo por el médico y cuando llegó mi hermana no respiraba.

Mi madre se hincaba frente al doctor.

—¡Regrésemela doctorcito! ¡Le pago lo que quiera, ándele no sea malito! ¡Regrésemela, por lo que más quiera! ¡Por lo que más quiera!

Cuando la enterraron llovía finito y camino al cementerio la recordé cuando subíamos al cerro a divisar el río. A ella le gustaba una fruta que solo se da en el monte. Eran pequeñas pelotas ovaladas que al abrir se dibujaba la imagen de la virgen de Guadalupe y contenía abundantes semillas. Me dijo que se llamaban “lupitas”.

La tristeza no se va como lo hacen las semillas que vuelan con el viento. lloro a diario, nadie me ve porque lo hago hacia adentro. Si voy al monte a traer leña me acuerdo de mi hermana. Mamá me dice siempre lo mismo: «échate agua en tus ojos que se te ven rojos».

¡Después de la media noche veré a mi hermana! Dice la abuela que el primer día de noviembre llegan los niños. El altar se adorna con las hojas de palmilla, de un verde brillante, con flores de cempasúchil que se disponen en abundancia y son la luz que guía a las almas. De entre las hojas cuelgan las naranjas, mandarinas, limas como si salieran de las ramas. Sobre la mesa las veladoras con su luz de cobre y la ofrenda; lo que más les gustaba en vida a los difuntos. A mi hermana le puse “lupitas”. Una se la abrí y la otra no, para que se la llevara de regreso.

¡Había prometido no dormir para verla! pero me ganó el sueño. Antes del amanecer sin hacer ruido, fui hacia el altar. «Las lupitas están en el mismo sitio, ¡nadie las ha tocado!, o sea que quizás Deeini no encontró el camino, no la dejaron venir o, lo peor, no quiso. No sé, no sé. Me fui hacia el monte corriendo. La mañana estaba gris, el viento sacudía mi cabello, llegué al sitio donde mi hermana y yo cortábamos las “lupitas”: es un rincón en el que las enredaderas se tuercen formando un cielo de hojas y cuelgan los frutos de un amarillo intenso. No puedo callar y grito con todas mis fuerzas su nombre, pero sólo escucho mis sollozos. Corrí hacia el camino y con mi pequeño machete desgajé las hierbas del camino. En el aire se respiraba el olor de las ramas tasajeadas. Algo me detuvo el machete, volví la mirada a la hondonada del cerro y divisé en el centro de la maleza la tupida floración roja de las nochebuenas.

Poesía de Rubén García García

Sendero

Tirita el árbol.

No se oyen los graznidos,

y solo canta el búho.

Cojean las horas,

avanzan en silencio;

con su capa de grises.

Nada interrumpe;

solo el viento del sur

que toca a mi puerta.

La mosca de Rubén García García

sendero

Acostado en el chinchorro me despertó una mosca minúscula que hurgaba entre los vellos de mi brazo. Parecía olerme, abrirse paso entre mis vellos hasta que la espanté. Un minuto después, la misma llegaba al mismo sitio, hizo lo mismo. Ahora doblaba el abdomen y volvía a su quehacer. Se fue. Recordé que ellas podían percibir el olor de un cadáver a quince kilómetros. Yo no lo era. No hacía más de unas horas que me había tomado un coctel doble de vodka que me quitó la sed y me llevó a un sueño profundo. Ya volvió. La duda es: «¿seguiré soñando, o le aplaudo a la mosca por ser la primera que llega? Ya me da que pensar, ahora explora mis oídos».

minipoema

Sendero

La libélula volando roza el agua.

¿estará sedienta? o solamente se admira.

Cocoroca de Rubén García García

Sendero

“Necesitas una mujer”. Tu esposa no creo que regrese. Me dijo mi hermana. “A mi edad lo que menos quiero es una mujer”. “Al menos busca una que te ordene la casa, te haga de comer para que mejore tu salud”.

Llegó porque le contaron que me estaba muriendo, exageraciones de la gente, pero sí, si estuve enfermo y me dejó como perro revolcado el covid.

Recuerdo que a la casa de mi madre pasaban muchachas pidiendo trabajo, pero no en estos días. Puse un anuncio en el periódico y solo una vez sonó el teléfono. “solo puedo ir una vez a la semana”. Ya me había hecho a la idea de que seguiría yendo a la fonda y dándole a la tintorería mi ropa.

Una mañana llegó una mujer que vestía con falda larga oscura, y sobre la cabeza, un velo. Parecía sacada de algún convento. Pensé al verla que pertenecía a alguna secta. Pero no, “me dijeron que usted solicitaba una señora para trabajar en casa”. Ese día el sol apareció bravo, y ya, a media mañana se sentía el bochorno. Una pañoleta negra le cubría la cabeza y como una cuerda se la enroscaba en el cuello. Fernanda era su nombre. Después de convenir, la acepté. “¿y su esposa?, me preguntó, le dije que vivía solo. Pestañeo y se quedó en silencio. Pensé: ” falta que me diga que no trabaja con hombres solos”

Vendría de lunes a viernes. Haría limpieza, lavado de ropa y prepararía alimentos para ella y para mí. Recordé las veces que iba al mercado con mi esposa para comprar víveres frescos. Ella se fue siguiendo a sus hijas, y cuando las hijas se fueron al extranjero, ella decidió seguirlas y ninguna regresó. Algunas noches desperté abrazando a la almohada, hasta que una noche decidí no traer a mi cabeza ningún recuerdo.

La casa se veía ordenada, limpia. Cocinaba con buena sazón, y era un placer oler a lavanda la ropa interior y calzar una camisa bien planchada. Estaba encantado, pero siempre hay un pero, me sacaba de quicio ese atuendo de monja de la edad media. Supe por boca de ella que era una manda, una promesa que se hizo de esperar un año más a su esposo, que se fue hacia el norte y nunca más supo de él.

Una de esas tardes de bochorno, dijo:

–Dentro de un mes termino mi manda.

—¡Por fin! ¿se quitará el hábito?

– Si viera que ya me he acostumbrado.

– Entonces, ¿no se quitará el hábito?

Pestañeo dos veces más y no me contestó.

Para no verla con su atuendo le dejaba víveres y salía a visitar a mis amigos, o a sentarme en el parque leyendo algún libro de interés. Regresaba a la hora de comer. Lo hacía solo, ella comía antes.  Terminada su labor se retiraba. Me dijo que vivía con su mamá en una colonia lejana. En más de alguna ocasión mis amigos del club de dominó la llegaron a ver. “de qué convento la sacaste”. “no se le ve la cara, apenas la punta de los zapatos”.

Había pasado ya más de un mes de aquella plática cuando le dije que deseaba hacer un trato. “¿qué le parece, si al menos en casa se viste como yo deseo?”. Parpadeo tres veces, tragó saliva, arrugó la frente y quedó en silencio. Por supuesto que usted no comprará nada. “¿Me está pidiendo que me vaya?”, de ninguna manera. Solamente deseo verla diferente, terminada su labor, vuelve a ponerse su ropa. Destensó su frente. Su mirada se iba hacía el patio deshierbado, por debajo del durazno, que estaba tirando su flor. Había entrelazado sus manos apretándose una contra la otra. Entendí que tenía una lucha interior. Le aumentaré el sueldo, y si acepta, le daré un bonito uniforme y si me lo permite, le daré para un arreglo de su cabello, que seguro lo tiene maltratado.

-Déjeme pensarlo.

No fue al siguiente día, y estuve de malas. Pensé que a lo mejor ya no vendría, Tampoco fue los siguientes días, pero una semana después llegó. Creí que solamente vendría a pedirme el dinero de su sueldo, pero grande fue mi sorpresa cuando me dijo:

– ¿Y mi uniforme?

Este día lo dedicaremos a hacer compras, le dije. También deseo dejarla en un centro de belleza para que usted disponga de un nuevo corte de cabello y lo que le sugieran las encargadas. Mientras, yo iré a una tienda de uniformes y se lo escogeré.

Cuando regresamos a la casa vestía con su traje de monja, sin el velo.

“Si gusta bañarse ya sabe dónde. Le dejé su ropa en la cama. Tengo una reunión de amigos. Luego, regreso. Le dije.

En realidad, iba a hacer tiempo a un café para darle su espacio de intimidad que toda mujer requiere. Además del uniforme le regalé otro vestido estampado de pequeñas flores. Como no se había hecho comida, pedí que llevaran una pizza.

Ella apareció tapándose la cara. Era evidente el cambio. Las del centro de belleza, le habían dejado con un corte moderno, con un color acorde a su piel, arreglaron sus cejas, y ella puso algunas sombras que resaltaban sus ojos negros. El uniforme verde enmarcaba sus formas y sólo ella sabía que no tenía sujetador, pero era evidente que los años habían respetado la vitalidad de sus senos. La hice darse una vuelta y encontré a la mujer que llevaba escondida.

“¡Se ve estupenda! ¡Qué cambio! ¿Ya se vio en el espejo? ¡Mírese! ¡Está usted irreconocible! Hoy es un día diferente, así que la invito a comer”.

“Pero… si no he hecho la comida”.

“No se preocupe, ya viene en camino una pizza”.

Los días siguientes hacía sus quehaceres con otra energía. La cadencia al caminar volvió. Mis amigos me visitaban con más frecuencia, y ella se daba cuenta de que sus miradas la recorrían. En confianza le decía que no se avergonzara, que si el Señor le había dado esa armonía, entonces que la luciera.

Hoy, cuando estoy sentado y ella limpia las ventanas, ayudándose de una escalera, veo de reojo sus muslos cálidos. Ella lo sabe y de vez en cuando me lanza una mirada viva y una sonrisa cocoroca*.

*Me llamó la atención la palabra y aunque tiene varias acepciones me quedé con ese estado de alegría entre dos personas. Después de saber, salió el cuento que leyeron. Muchas gracias por tu lectura.

Otros datos acerca de la palabra, es utilizada por los hermanos Chilenos.

*Cocoroco / cocoroca

Publicado el febrero 25, 2009 por María Pastora Sandoval | 7 comentarios

Viendo el Festival de Viña me doy cuenta que Soledad Onetto, la animadora, está muy “cocoroca» con Juanes, quien confesó que era “su cantante favorito de esta versión» del certamen.

Pues bien, en Twitter lo comenté, pero no sé si quienes no son chilenos entienden el término.

Estar “cocoroco» o “cocoroca» es más o menos lo que en Argentina es “chinchoso» o “chinchosa», según tengo entendido.

Es un estado de coquetería entre dos personas, se evidencia que se gustan y que “se hacen ojitos» o “cambio de luces», se sonríen nerviosamente.

Aunque, como pasó en este caso, era la Onetto la que estaba cocoroca porque Juanes le cantaba…

Celomanía de Rubén García García

En la agonía, el abuelo le dice al nieto: «ahora que no está tu abuela pon en mi féretro el frasco de pastillas azules, no sea que me tope con alguna de las once mil vírgenes que viven en el cielo, y si lo sabe, es capaz de venirse conmigo».

El tordo de Rubén García García

Sendero

El gusano recorre con la mirada la vastedad del paisaje. En lo alto hay una flor de espiga que abre. Él se relame y saliva y emprende el recorrido desde la raíz hasta la cúspide. De los diez pétalos ya se comió uno. Entre las ramas un tordo lo ha visto y espera.

El pájaro lo lleva en el pico «tanto esfuerzo que hizo para llegar a la cima, que él merecía el placer de un bocado».

El almohadón de Rubén García García

Sendero

En la cocina teníamos acción. Había un clima de caricias ocultas bajo la mesa. A la mirada solo se veía a una pareja que disfrutaba de una cerveza. Desde ese sitio, su mamá siempre estaba al alcance de la mirada.

Juana, la madre, padecía de una limitación auditiva. Ella tenía afición por las películas programadas para la televisión y se hundía en el mullido sillón, de tal manera que solo se le veía su cabello entrecano.

Bajo la mesa, ella subía su pie por mis piernas hasta llegar a mis ingles y frotaba y frotaba hasta que conseguía alterarme, se retiraba y volvía, se retiraba y seguía. Así que después de una hora los ojos me brillaban, como un reflejo de lo que por dentro ardía.

La mamá la llamó con una seña. Interrumpimos el juego y ella se recargó en el filo del mueble quedando su cuerpo en forma de arco. Su cara pegada a la mejilla de su progenitora. Algo le contaba. Vestía una falda rabona, dejando ver sus pliegues y el borde de su ropa interior.

Me situé detrás de ella, mis yemas la rozaron, su piel blanca se hizo de gallina. La recorrí desde el hueco de su rodilla hasta el ángulo de su muslo. Me hizo una seña con el entrecejo de su frente de que me calmara; eso aumento mi deseo y recargué mi cuerpo sobre el de ella. Con la mano quiso apartarme. Topó con mi dureza. Cerré los ojos y aprete mi boca y cuando creí que me daría un pellizco, empezó a deslizar su mano. Abria sus piernas y las cerraba imitando a las alas de una mariposa. Ella seguía escuchando, casi impertubable, con su mamá.

Después de las nueve, la mamá decidió ver otra película porque se le había ido el sueño. Aún con la efervescencia acepté que lo mejor sería despedirme.

Sin que se percatara tomé un almohadón de la sala. En la oscuridad del pasillo iniciamos con frenesí una nueva ronda de caricias, la ropa caía una a una sobre los escalones. Cuando apoyaba sus rodillas escuché la voz de quejido: ¡Ya súbete! ¡y por favor no maltrates el almohadón!, que es el que hace juego con el color de la sala.

El día infame de Rubén García García

Sendero

Las siete de la mañana. Era un día de perros. La lluvia helada caía desde el alba. La clínica de salud en el área de urgencias médicas estaba desierta. Era atendida por el médico de base y una enfermera.

—Enfermera. Dijo con voz grave el médico.

—Dígame.

—Por favor ponga agua a calentar.

—¿Para?

—¿No le caería bien un café calientito? Se hace uno y de paso me lo hace a mí.

—Hágaselo usted. Soy enfermera, no su sirvienta.

Si llegaba un herido lo atendían en profundo silencio, sin dirigirse la palabra. Tenían meses y solo se hablaban si era necesario, por ejemplo, cuando pasaba el señor director, ambos bromeaban y sonreían.

Ese día, el tiempo no estaba de buenas, y el médico menos, el desprecio de la enfermera había colmado su importancia personal. «solo le daré un susto a la enana». Ella también estaba de malas. Casi para llegar a la clínica pasó velozmente un auto y levantó una cortina de agua que la empapó.

Le dieron ganas de orinar. Los baños estaban hasta el fondo del servicio, a un lado del botiquín de instrumental y medicinas. Lo que más le molestaba era pasar frente al médico, que era mal encarado. Bigotudo y con el pelo siempre parado. Pasó sin mirarlo. En el wáter aprovecharía para cambiarse las medias y los zapatos.

Cuando quiso gritar la mano cerró su boca; hábilmente la despojó de su ropa interior «¡Vas a saber lo que es un hombre! Te quitaré la cara de seria que siempre tienes conmigo. Veras que de hoy en adelante sonreirás» El agua arreció y hubo truenos lejanos. Dentro, el forcejeo fue substituido por caricias y besos. No llegó urgencia alguna.

A diario, sobre el escritorio del médico, aparecía en el florero un clavel rojo y en la mesita de ella, escondido entre la papelería un sobre y dentro, una barra de chocolate. Tomaban café en silencio, pero había un parloteo con los ojos que era un jardín en floración.