Sendero
Cayó la niña al pozo. Ocho días después, se despertó. Los padres dejaron de sonreír cuando ella preguntó ansiosa ¿Dónde está mamá Lucha?, nadie se llamaba así.

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Sendero
Cayó la niña al pozo. Ocho días después, se despertó. Los padres dejaron de sonreír cuando ella preguntó ansiosa ¿Dónde está mamá Lucha?, nadie se llamaba así.

Sendero
Amaneció.
Llegó con la tormenta,
logré apresarla,
le di calor
la vi dormir,
estremecerse.
¿Recordará
el remolino
que la extravió?
Fue coincidencia
que golpeara mi puerta
y la apresara.
¿O fue una señal?
Ayer se fue con el rocío.

Sendero
Se levanta en la madrugada impulsado por un sueño, y apoyándose con el bordón camina hacia las afueras del pueblo. Escucha en la lejanía el grito de los animales. Al cruzar el zapote un aleteo lo sorprende. Queda en su nariz aguileña un olor de plumas húmedas. Se dirige hacia la cañada. Camina afirmando su talón. Huele el moho que cubre las rocas. ¿Soñaría con su madre? Hubo un grito que lo despertó. Desde adentro, desde una oscuridad que no precisa.
La luz niquelada de la luna cae en la higuera lejana, y sobre la falda del cerro se extiende el cementerio. Allá, camino al río, vivió con su madre
La recordó barriendo la hoja minúscula del tamarindo y del frondoso guayabo. Desgranaba las mazorcas y de su boca salían chasquidos para llamar a las gallinas y polluelos. Oía el ruido del agua, el golpeteo de la ropa en la batea y montones de ropa que le daban a lavar. Él se veía en el patio con su pantalón raído, flaco, mugriento viendo a dos polluelos correteando a otro que intentaban arrebatarle una lombriz. Los siguió y fue tras ellos, no les dio descanso, hasta que piando cayeron sin vida.
Regresó sigiloso. Su madre se dio cuenta cuando los encontró con los ojos abiertos y aún tibios. Solo movió la cabeza, “algo comieron”. Cuando iba a la tienda del pueblo no pudo evitar la sonrisa al recordar el esfuerzo que hizo de corretearlos y aquella sensación de placer al escuchar su piar de angustia. Sabía que aquello no estaba bien y por un tiempo se contuvo. Volvió a las andadas, pero ahora se los llevaba entre los zacatales y lo volvía a hacer, hasta que un día tras de él iba su madre rabiosa con una vara de tamarindo. Se escondió bajo las ramas del guayabo que caían a ras del suelo. En el crepúsculo, escucharon sus gritos de dolor. Las larvas negras y peludas cayeron en su espalda cuando las gallinas trepaban al árbol. Tres días estuvo con fiebres y delirando.
La alborada está por llegar. Así, en un momento, piensa que está atardeciendo y que pronto llegará la noche. En un instante el bordón resbala. Pierde el equilibrio, da varias vueltas. Cae y sin poder detenerse rueda, rueda sobre las peñas. Desesperado intenta asirse. La vida se le va entre los dedos. llega hasta el fondo. Respira atropellado, es fría la humedad y se moja del sonido del agua que corre. Quiere sentarse y, al apoyar la mano, rompe la corteza de un fruto y corren atropellándose cientos de gusanos. No puede controlar la saliva, la náusea y se orina sin que pueda contenerse.
Al mirar hacia arriba se encuentra con unas aves encuclilladas que en hilera lo escrutan con fingida indiferencia. Aletean al parejo, como si quisieran iniciar el vuelo. Pero no; solo llaman a otras plumíferas que planean en círculo y que se retratan sonrientes, en los ojos del viejo.
La mañana se abre con un insolente olor a guayabas.

sendero
Se tallan, se miman, se regodean. Pasaron muchos años—quizá siglos— para encontrarse en las orillas del río, y sus corazones duros están inflamados. Por la mañana llega un niño, toma una como botín, y la tira viendo como hace giros sobre los reflejos del agua.

Sendero

Sendero
Cuando caminas
por un viejo sendero;
siempre hay una rama que quiebras.
Es leve su ruido
y se escucha en el envés de la hoja.
En mi interior
tengo talluelos
pardos y secos.
que caen sobre la senda,
y me desgajan:
un amigo que engaña
o el hijo que nos miente.

Sendero
Ayer la vi.
Cincuenta años después.
Ella con reumas en tejado
Y yo… con goteras.

Sendero
El minuto envenenado de Rubén García García
— ¿No has visto el libro, donde aparece mi cuento?
—No se. Sé de mis cosas, de las tuyas solo puedes saberlo tú, me contestó molesta mi mujer.
—Hace una semana lo dejé sobre mi escritorio. Debiste verlo cuando hiciste la limpieza.
—Recuerda que la limpieza la hizo la muchacha que viene cada ocho días. Mañana, vendrá. Pregúntale a ella.
Guardé silencio, mientras ella trabajaba haciendo artículos navideños que entregaría a sus pupilos. El brillo del metal me atraía, así que tomé las tijeras y… en el instante que iba a levantar el brazo, escuché su voz.
—¿Verdad que me odias?
—¡Cómo crees! Simplemente me perturba no encontrar mi libro.
dándole las tijeras, le dije: estaban escondidas entre la tela y seguro las vas a necesitar. Abrí la puerta del jardín y respiré profundo.

Sendero
La tarde en la que me introduje al cine tuve el presentimiento de que me seguían. En la oscuridad del pasillo me cambié de ropa, salí por la puerta de emergencia y regresé en taxi a mi departamento, que había dejado a propósito sin luz.
Llegué al país hace menos de un año. Concursé por una beca para hacer el servicio social en una institución de salud y fui aceptada. Me incorporé al trabajo. Inicié un proyecto de investigación. Me asignaron un escritorio, un ordenador y una impresora. Mi compromiso era exponer los resultados al final del año lectivo. Tenía un tutor y una jefa que era la encargada de los pasantes que hacían su servicio social. La señora Andrea, amable distinguida y con carácter.
Una ciudad arbolada. Los domingos me cautivaban porque la gente iba a la alameda donde, las personas mayores, bailaban al son de una música tropical. Vivía en un departamento que se ajustaba a mi economía. Mi padre y mi novio estaban pendientes de mi quehacer,pero nunca los molesté.
La institución, si había un auto me llevaba al área de trabajo. Regresaba en algún móvil urbano. Como tutor me asignaron a un médico responsable de llevar la vigilancia de las enfermedades. Supervisor de las áreas rurales por lo que solo permanecía en la oficina una semana al mes y ocupado en sus reportes. Muy amable, galante, conocedor del proceso de investigación. Es él quien me orientó para darle forma a mi trabajo.
Conocí al señor secretario cuando iba por los pasillos. Levanté la mirada para verlo y seguí en mi trabajo. En una brevedad estuvo frente a mí, acompañado por mi jefa. Me levanté, le di la mano. La señora Andrea le dijo: “ella es la que ganó la beca”. “Me llamo Sonia para servirle. “La felicito y sea bienvenida”, “estoy muy agradecida”, “nada de agradecimiento, si está aquí es por sus méritos. Se retiró dejando un aroma con discreto olor naranja.
Al día siguiente me llamó a su oficina y se mostró interesado en los pormenores del trabajo, hizo un gesto de desaprobación cuando supo en que colonias hacia las entrevistas. En la siguiente semana el operador de una camioneta reciente se ocuparía de mis traslados. El Chofer era una persona mayor de la confianza del señor secretario.
Fui a agradecerle el gesto. Y ordenó que trajesen dos capuchinos. Poco más de media hora estuvo preguntando sobre mis impresiones acerca del país, la ciudad y la manera como el personal me había recibido. La veré cada semana para que me cuente de sus avances. Me despedía, pero él dio la vuelta al escritorio y estrechó cálidamente mi mano. “bienvenida”, me dijo y besó mi mejilla y el olor a cítricos volaba de su barba cuidada. Ese fue el inicio, y si bien fue una vez cada semana, en ocasiones me mandaba a llamar. Era un hábil platicador y lleno de anécdotas. El tono de su voz claro y cálido. Agradaba escucharlo; ameno y cauto, pero en ocasiones se le escapaba una mirada de cálculo. Cuando me retiraba sentía en la espalda la fuerza de sus ojos. Con él sentía el respeto al superior, y al hombre culto que intentaba encubrir la fuerza de su genero. Supe que era un varón dispuesto a conseguir, pero prudente. Un tropiezo y su carrera política se truncaría. Yo no era connacional, y él sabía que guardaba una buena relación con el consulado.
Desde la ventana de mi departamento me gustaba ver a los transeúntes, oír a los vendedores que van gritando: pan, nieve, tamales y desde la camioneta con una bocina “compro fierro viejo, estufas, refrigeradores, colchones que venda”. Una tarde se sitúo un carrito que vendía hot-dogs. No le di importancia. Un martes salí temprano y reconocí el vehículo que transportaba el mueble. Hice conjeturas y entré en la sospecha de que me vigilaban. Cuando apagaba las luces de mi departamento el vendedor se iba.
Entre los pasillos los cotilleos se pasaban de un departamento a otro. Cada vez que salía de la oficina del señor, mi jefa se hacía la aparecida. Me escaneaba. Le sonreía como diciéndole: mira todo está en su lugar. Mi cabello, el carmín de mis labios y la ropa sin arrugas. Dos pretendientes que tenía fueron removidos y no los volví a ver. El único que le permitía me tomara del brazo, hombros o cintura era al chofer. Un hombre cano, respetuoso, y caballero. Manejaba en silencio y al despedirme, me decía: cuídese, dándole un acento de más a la palabra.
En la libreta escribí:
«El señor tiene una memoria privilegiada, me interrumpe para contarme alguna vivencia. Le encanta sentir que se le escucha. Tiene una voz suave, educada que envuelve con seda. Su pelo crespo, entrecano, lo hace atractivo. Cuando su secretaria le dice que el gobernador desea que lo llame. Me despide con un beso en la mejilla y de manera “accidental” rueda sus manos por mi talle. No intento rechazarle; acepto su cortejo, sin que encuentre en mis ojos nada que lo haga pensar que lo acepto».
Hace un mes recibí la orden de atender a un grupo de estudiantes para darles estadísticas de nutrición. Un equipo de profesionales que me agradó servir por espacio de varios días, ya que realizaban un estudio de investigación.
Un domingo salí con mi bolsa de compras. En el baño me cambié de ropas para confundir, por si alguien me vigilaba. Fue un escape para disfrutar de unos momentos en la playa. El mar, la inmensidad, y la plática de él fueron los que me sedujeron para tener una tarde intensa, acalorada y prometerle una plática diferente.
Lo enteré que me vigilaban, “estará el departamento a oscuras, dejaré la puerta entreabierta”. había una luz mínima con sabor a canela. Estaba pendiente a todo ruido que escuchaba. Por el hueco de la cortina veía hacia la calle, para fortuna el vendedor de Hot-dog ya se había ido. Hablábamos con voz baja y disfrutamos de algunos bocadillos con un blanco espumoso, muy rico. Pasé la noche con él. No me dio descanso hasta que la madrugada nos alcanzó. Dos noches que conocí paisajes, colores, sensaciones y mis gemidos sofocados con la complicidad de las almohadas. Él Se iba antes de que abriera el día.
Él ya no está, terminaron el estudio. La Primera intimidad nunca se olvida. La mujer se enamora en un clic y en una noche… fiel a la pasión destraba el nudo de la barca y deja que la corriente se la lleve.
Las tardes son calmas, se ven los pasillos deshabitados. Saqué la carpeta de mi escritorio y me encontré en el pasillo con él. Con el pretexto de enseñarme un área que estaban remodelando me invitó a cenar. Rechacé la invitación. Tuve una sensación de inquietud y pretexté que tenía trabajo, pues ya faltaban pocos días y detallaba el informe final. No se anduvo por las ramas y soltó a los felinos que lleva. “Bien sabe que disfruto su compañía y no puedo negar que las horas contigo se esfuman. Deseo darte la mejor noche que hayas pasado. (me puse en guardia, deduje que sabía mi secreto). Acepté que me llevase a mi departamento, pero tomó otra avenida hacia la salida. “solo tomaremos un café”. Iba hacia la zona donde se sitúan los moteles. “¡Déjeme aquí! Alcé la voz, sin gritar, ni mostrarme histérica. Apretó los dientes, me miró con reclamo. Dio la vuelta y regresamos. Antes de bajarme me pidió disculpas, “no se asuste, yo me dije y qué tal si acepta”, hizo que me sonriera y ambos reímos.
“Es usted una mujer bella, inteligente y deseable, quien la conquiste y la haga su esposa será afortunado. De buena gana me iba con usted y pedía su mano, ”¿solo la mano?”, le dije, y nos carcajeamos. “ Ah, tenía escondido el humor, eso es algo que la embellece”. Déjeme darle un abrazo de los míos. Se acercó y su aroma de cítricos me sedujo y acepté ese abrazo y un beso en la mejilla que lo corrió hacia mi boca y sí, nada podía hacer, y le correspondí. Pensé que un beso no es caro, pues pude estar en un infierno o en un cielo de mentiras. No creo que sea prudente humillar al tigre.

sendero
A fines de otoño
llegan a mi jardín,
pájaros extraviados.

Sendero
Una mujer frente a mí descruza las piernas y no evito ver su ropa interior. Ruborizada me dice «¡ay ya lo retraté! » expresión que me hizo retroceder a mis días de niñez en la escuela. Con gravedad, pero sonriendo le contesté: sígale y me animo con una de cuerpo entero.

Sendero
Por el dolor y una enfermedad cangreja le fue amputada la pierna. Salvó su vida, pero el dolor seguía terco en donde tuvo el miembro. Después de varios tratamientos el dolor no tan solo persistía, sino que aumentaba. ¿Cómo convencer a su cerebro que su pierna era un desecho? Era la neblina como un lienzo en la oscuridad en aquel pueblo solitario, cuando se acostó sobre la vía para que le pasara el tren de la media noche.
Durmió como bendito y se levantó preocupado porque soñó que el tren ya venía de regreso.

Sendero
No, no soy mayor de edad, Si me mira disfrutando del recreo con mi uniforme, me dirá que soy una escolar. Si me ve en una fiesta con mi falda pegada bailando con ritmo tendrá la impresión de una muchacha y si me maquillo y porto un vestida largo quizá exprese que soy una hermosa mujer. Soy la misma, pero su óptica cambia. No tiene la capacidad de mirar mi interior, ni leer mis pensamientos. Conoce la forma, pero no el fondo. Puede que me siga considerando una niña o que después de platicar conmigo le haga cambiar de opinión. Recuerdo que cuando iba a la primaria leí en un rincón de la puerta la palabra “cógeme” simplemente la asocie al hecho de tomar algún objeto. Ya en la secundaria supe que se refería a la relación sexual. Tiempo después la impronta de la palabra me explotó con toda su magnitud, fue aquella vez, que yo se lo pedí a él, con urgencia, apurada por un deseo que nunca había experimentado. Es una palabra tan intensa, lengua de fuego, tan demandante como o más que la sed, y que es el mismo cielo de Van Gogh.

Sendero
Ayer se oía
el graznar de los patos;
ahora el viento
hace volar las hojas.
Bajé del monte
apresuradamente,
en la penumbra,
en mi desolación:
el canto del sinsonte.

Sendero
Tiró de las sábanas para cubrirse, mientras miraba la habitación desconocida. La cama era enorme y estaba decorada en tonos joya. Tenía una mano sobre su cadera, por el anillo, reconoció que era la de Toño, el mejor amigo de su marido, que dormía a su lado. Fuera de la cama y ya vestida salió hacia la calle. ¡Laura!, escuchó que la llamaban. Era la voz de su marido.
¡Laura! despiértate que no tarda en llegar Toño.
