¿Te desperté? tu cuerpo se tensó al escuchar el rechinido de la puerta. Por un instante abrió los ojos, pero volvieron a cerrarse,-suspiré aliviado. Ya se fueron los días en los que disfrutábamos las ciruelas, que solíamos compartir en el mismo plato. Ahora te veo, pero no estás; ya no encuentro mi reflejo en la pupila de tus ojos. Caminas a mi lado como si no estuviera presente. ¿Quién ha cavado en nuestros cuerpos y solo ha dejado la soledad? Nos hemos convertido en cascarones de carnaval, aquellos que al final de la fiesta quedan derramados. Tal vez el hijo que alguna vez deseamos leyó que era mejor volverse una estrella fugaz.
Se tallan, se miman, se regodean. Pasaron muchos años—quizá siglos— para encontrarse en las orillas del río. Por la mañana llega un niño, toma una de ellas y sin mirarla la tira viendo como hace giros sobre los reflejos del agua.
Escena: La capilla de la funeraria Universal en la Avenida Lexington y la calle Cincuenta y dos, Nueva York. Un interesante grupo representativo se apretuja en los asientos: celebridades, en su mayoría, del ambiente teatral, cinematográfico y literario internacional presentes todos en homenaje a Constance Collier, la actriz nacida en Inglaterra, que murió el día anterior, a los setenta y cinco años.
Nacida en 1880, Miss Collier comenzó su carrera como corista de teatro de variedades, pasando de allí a convertirse en una de las principales actrices shakesperianas de Inglaterra (y novia, de por vida, de Sir Max Beerbhom, con quien nunca se casó, siendo tal vez por esa razón la inspiración de la traviesa e inconseguible heroína de la novela de Sir Max, Zuleika Dobson). Después de un tiempo emigró a los Estados Unidos, donde se convirtió en una importante figura en el teatro de Nueva York y en el cine de Hollywood. Durante las últimas décadas de su vida vivió en Nueva York; allí daba clases de teatro de alto nivel: sólo aceptaba profesionales como estudiantes, y por lo general profesionales que ya eran “estrellas”. Katharine Hepburn fue su alumna permanente. Otra Hepburn, Audrey, fue igualmente una de las protegidas de la Collier, igual que Vivian Leigh y, unos meses antes de su muerte, una neófita a quien Miss Collier llamaba “mi problema especial”: Marilyn Monroe.
Marilyn Monroe, a quien conocí por intermedio de John Huston cuando dirigía La jungla de asfalto, la primera película en que Marilyn habló, pasó a ser protegida de Miss Collier por sugerencia mía. Conocía a Miss Collier desde hacía unos seis años, y la admiraba como mujer de mucho valor en el aspecto físico, emocional y creativo, y por ser, a pesar de sus modales altaneros y de su voz de gran catedral, una persona adorable, levemente malvada pero excesivamente cálida, digna pero gemütlich. Me encantaba ir a los pequeños almuerzos que ofrecía con frecuencia en su oscuro estudio victoriano en el centro de Manhattan; tenía una infinidad de historias acerca de sus aventuras como primera figura con Sir Beerbhom y el gran actor francés Coquelin, su relación con Oscar Wilde, Chaplin de joven y la Garbo en los primeros años de la sueca, en las películas mudas. En realidad, era una delicia, igual que su fiel secretaria y compañera, Phyllis Wilbourn, una solterona brillante pero callada que, después de su muerte pasó a ser, y sigue siendo, acompañante de Katharine Hepburn. Miss Collier me presentó a muchas personas de quienes me hice amigo: los Lunt, los Olivier y especialmente Aldoux Huxley. Pero fui yo el que le presentó a Marilyn Monroe, y al principio no le interesó conocerla, no veía muy bien, no había visto las películas de Marilyn, y en realidad no sabía nada de ella, excepto que era una especie de bomba sexual de pelo platinado, de fama mundial. En fin, no parecía arcilla adecuada para la severa y clásica formación de Miss Collier. Pero yo pensé que podían hacer una combinación estimulante.
Así fue. “Oh, sí”, me informó Miss Collier. “Tiene algo. Es una hermosa niña. No lo digo por lo obvio, tal vez demasiado obvio. No es una actriz, en absoluto, en el sentido tradicional. Lo que ella tiene, esa presencia, esa luminosidad, esa inteligencia deslumbrante, nunca podría salir a relucir en el escenario. Es algo tan frágil, tan sutil, que sólo la cámara puede captarlo. Es como un colibrí en vuelo: sólo la cámara puede congelar su poesía. Pero quien piense que la chica es otra Harlow, o una puta, está loco. Hablando de locura, es de eso que nos estamos ocupando: de Ofelia. Supongo que la gente se reiría de sólo pensarlo, pero realmente podría ser la Ofelia más deliciosa del mundo. Estaba hablando con Greta la semana pasada, y le hablé de Marilyn como Ofelia, y Greta dijo sí, que lo creía porque la había visto en dos películas, muy comunes y vulgares, pero que de todos modos dejaban entrever las posibilidades de Marilyn. En realidad, Greta tiene una idea divertida. ¿Sabes que quiere hacer una película de Dorian Gray? Con ella como Dorian, por supuesto. Bueno, dijo que le gustaría que Marilyn fuera una de las chicas que Dorian seduce y destruye. ¡Greta! ¡Tan desaprovechada! Y qué talento, bastante parecido al de Marilyn, cuando se piensa. Por supuesto, Greta es una actriz consumada, de máximo control. Esta hermosa criatura carece de todo concepto de disciplina o sacrificio. No sé por qué, pero me parece que no llegará a vieja. Es absurdo que lo diga, pero siento que morirá joven. Espero, ruego, que viva lo suficiente para liberar ese talento tan extraño y encantador que es en ella como un espíritu prisionero.”
Ahora Miss Collier ha muerto, y yo estaba en el vestíbulo de la capilla Universal esperando a Marilyn. Hablamos por teléfono la noche anterior y quedamos en sentarnos juntos en el servicio, que empezaría al mediodía. Ya llevaba más de media hora de retraso. Siempre llegaba tarde, pero pensé que, por una sola vez, podía llegar a horario. ¡Por el amor de Dios! ¡Maldición! De repente llegó, pero no la reconocí hasta que me dijo…
MARILYN: Querido, perdóname. Pero como ves, me maquillé y luego pensé que no debería ponerme pestañas postizas ni pintarme los labios ni nada, de modo que me lavé la cara, y no sabía qué ponerme…
(Lo que se había puesto finalmente habría sido apropiado para la abadesa de un convento que asiste a una audiencia privada con el Papa. Tenía el pelo totalmente cubierto por un pañuelo de chifón negro, un vestido negro suelto, largo, que parecía prestado, medias de seda negra que opacaban la rubia belleza de sus esbeltas piernas. Seguro que una abadesa no se habría puesto los zapatos de tacos altos, negros y vagamente eróticos, que había elegido, ni los anteojos oscuros, de lechuza, que tornaban dramática la palidez de vainilla de su fresca piel.)
TC: Se te ve muy bien.
M: (royendo la uña del pulgar, ya totalmente comida): ¿Estás seguro? Estoy tan nerviosa, ¿sabes? ¿Dónde está el baño? Si pudiera ir un momento…
TC: ¿A tomarte una píldora? ¡No! Shhh. Esa es la voz de Cyril Ritchard: ya ha empezado el panegírico.
(De puntillas, entramos en la capilla llena de gente y logramos ubicarnos en un espacio estrecho en la última fila. Cyril Ritchard terminó de hablar. Lo siguió Cathleen Nesbitt, colega de toda la vida de Miss Collier, y finalmente Brian Aherne se dirigió a los presentes. Durante todo este tiempo, mi acompañante no cesaba de quitarse los anteojos para enjugar las abundantes lágrimas que brotaban de sus ojos azul grisáceos. Algunas veces la había visto sin maquillaje, pero hoy presentaba una nueva experiencia visual, un rostro que no había observado antes, y al principio no me di cuenta de qué pasaba. ¡Ah! Era por el pañuelo de cabeza. Con el pelo oculto, el cutis sin cosméticos, parecía de doce años, una virgen pubescente recién admitida en un orfelinato, que se lamenta por su suerte. Por fin la ceremonia terminó, y la congregación comenzó a dispersarse.)
M: Por favor, sentémonos aquí. Esperemos a que se vayan todos.
TC: ¿Por qué?
M: No quiero tener que hablar con todo el mundo. Nunca sé qué decir.
TC: Siéntate tú aquí, que yo esperaré afuera. Tengo que fumar un cigarrillo.
M: ¡No me puedes dejar sola! ¡Dios mío! Fuma aquí.
TC: ¿Aquí? ¿En la capilla?
M: ¿Por qué no? ¿Qué vas a fumar? ¿Marihuana?
TC: Muy graciosa. Vámonos.
M: Por favor. Hay un montón de fotógrafos abajo. Y por supuesto que no quiero que me saquen fotos con esta ropa.
TC: No te culpo.
M: Dijiste que se me veía muy bien.
TC: Y es verdad. Estás perfecta para el papel de la novia de Frankenstein.
M: Te estás riendo de mí ahora.
TC: ¿Te parece?
M: Te ríes por dentro. Y ésa es la peor clase de risa. (Frunciendo el ceño; mordiéndose la uña del pulgar.) En realidad, podía haberme puesto maquillaje. Todo el mundo aquí estaba maquillado.
TC: Incluso yo.
M: Hablando en serio. Es el pelo. Necesito tintura, y no tuve tiempo. Todo fue tan inesperado. La muerte de Miss Collier. ¿Ves?
(Se levantó un poquito el pañuelo para mostrarme una franja negra en la raya del pelo.)
TC: Pobre e inocente de mí. Yo que creía que eras una rubia auténtica.
M: Lo soy. Pero nadie es tan natural. ¿Por qué no te vas a la mierda?
TC: Bueno, ya se han ido todos. Vamos, levántate.
M: Estos fotógrafos están ahí todavía. Lo sé.
TC: Si no te reconocieron al entrar, no te reconocerán cuando salgas.
M: Uno me reconoció. Pero me metí por la puerta antes de que empezara a gritar.
TC: Debe haber una puerta posterior. Podemos salir por ahí.
M: No quiero ver ningún cadáver.
TC: ¿Por qué vamos a ver cadáveres?
M: Esto es una funeraria. Deben guardarlos en alguna parte. Lo único que me falta, entrar en un cuarto lleno de muertos. Ten paciencia. Iremos a alguna parte y te invitaré a tomar champagne.
(De modo que nos quedamos sentados y Marilyn dijo: “Odio los funerales. Me alegro de no tener que ir al mío. Sólo que no quiero funeral, y que uno de mis hijos, si tengo alguno, tire mis cenizas al viento. Hoy no habría venido de no ser porque Miss Collier me quería, se preocupaba por mi porvenir y era como una abuelita, una abuelita severa, pero que me enseñó muchas cosas. Me enseñó a respirar. Lo he aprovechado, y no sólo cuando actúo. Hay otros momentos cuando respirar es un problema. Pero cuando me enteré de la muerte de Miss Collier, lo primero que pensé fue: Oh, Dios mío, ¿qué pasará con Phyllis? Miss Collier era toda su vida. Pero me enteré de que se fue a vivir con Miss Hepburn. Feliz de Phyllis. Lo pasará tan bien ahora. Me gustaría cambiar con ella. Miss Hepburn es una persona maravillosa. En serio. Ojalá fuera amiga mía. Podría llamarla a veces y… bueno, no sé, charlar con ella”.
Hablamos de cómo nos gustaba Nueva York y de cuánto aborrecíamos Los Angeles. “Aunque nací ahí, no se me ocurre nada bueno que decir de Los Angeles. Si cierro los ojos, y me imagino Los Angeles, todo lo que veo es una gran várice.” Hablamos de actores y actuaciones. “Todos dicen que no sé actuar. Decían lo mismo de Elizabeth Taylor. Y se equivocaron. Estuvo magnífica en Ambiciones que matan. A mí nunca me darán el papel apropiado, algo que realmente quiera hacer. No me ayuda el aspecto físico. Demasiado específico”; hablamos un poco de Elizabeth Taylor; quería saber si yo la conocía y le dije que sí, y ella dijo bueno, cómo es, cómo es en realidad, y yo dije bueno, es algo parecida a ti, es muy franca y dice cualquier cosa, y Marilyn dijo vete a la mierda y me dijo bueno, si alguien te preguntara cómo era Marilyn Monroe, cómo era Marilyn Monroe en realidad, qué dirías, y le dije que tenía que pensarlo.
TC: ¿Te parece que podemos irnos de una vez? Me prometiste champagne, ¿recuerdas?
M: Recuerdo. Pero no tengo dinero.
TC: Siempre llegas tarde y nunca tienes dinero. Por casualidad, ¿no estás bajo la impresión de que eres la reina Isabel?
M: ¿Quién?
TC: La reina Isabel. La reina de Inglaterra.
M (frunciendo el ceño): ¿Qué tiene esa mierda que ver conmigo?
TC: La reina Isabel nunca lleva dinero encima. No le está permitido. El vil metal no debe mancillar la palma de la mano real. Hay una ley, o algo así.
M: Ojalá pasaran una ley parecida para mí.
TC: Sigue así y a lo mejor sucede.
M ¿Cómo paga cuando va de compras?
TC: Su dama de compañía trota a su lado con una bolsa llena de peniques.
M: ¿Sabes una cosa? Te apuesto a que le dan todo gratis. Como pago cuando ella dice que usa el producto.
TC: Es muy posible. No me sorprendería en lo más mínimo. Proveedores de Su Majestad. Perros galeses. Todas esas golosinas Fortum & Mason. Marihuana. Preservativos.
M: ¿Para qué quiere ella preservativos?
TC: Ella no, tonta. Para ese bobo que la sigue dos pasos atrás. El príncipe Felipe.
M: Para él. Oh, sí, me gusta. Debe tener un lindo aparato. ¿Te conté esa vez que Errol Flynn sacó el aparato y tocó el piano con él? Bueno, fue hace cien años. Yo recién empezaba y fui a una fiesta tonta. Estaba Errol Flynn, muy contento consigo mismo. Aporreó las teclas. Tocó Eres mi rayo de sol. ¡Cristo! Todo el mundo dice que Milton Berle tiene el schlong más grande de Hollywood. Pero ¿a quién le importa? Eh, ¿tienes dinero encima?
TC: Unos cincuenta dólares.
M: Eso nos debe alcanzar para un poco de champagne.
Afuera, Lexington estaba vacía de sospechosos: nada más que inofensivos transeúntes. Eran como las dos de una linda tarde de abril, ideal para caminar. Deambulamos hasta la Tercera Avenida. Unos pocos dieron vuelta la cabeza, no porque reconocieran a Marilyn como Marilyn, sino debido a su atavío funerario. Ella rió con esa sonrisa suya tan especial, tentadora como cascabeles, y dijo: “A lo mejor siempre debería vestirme así, verdaderamente anónima”.
Mientras nos acercábamos al bar de P. J. Clarke, dije que éste sería un buen lugar para tomar un refresco, pero Marilyn lo vetó. “Está lleno de esos idiotas de publicidad. Y esa perra Dorothy Kilgallen siempre está allí, emborrachándose. ¿Qué les pasa a estos irlandeses? Chupan más que los indios.”
Me sentí obligado a defender a la Kilgallen, que era algo amiga mía, y dije que en ocasiones podía llegar a ser muy graciosa. Marilyn dijo: “Sea como sea, ha escrito cosas terribles acerca de mí. Todas esas perras me odian. Hedda, Louella. Sé que supuestamente una debe acostumbrarse a eso, pero yo no puedo. Lo que dicen, duele. ¿Qué he hecho yo a esas brujas? El único que escribe cosas decentes de mí es Sidney Skolsky. Pero él es hombre. Los tipos me tratan bien. Como si fuera un ser humano. Por lo menos me otorgan el beneficio de la duda. Y Bob Thomas es un caballero. Y Jack O’Brian”.
Miramos las vidrieras de las tiendas de antigüedades. En una había una bandeja con anillos viejos y Marilyn dijo: “Ese es bonito. El granate con las perlitas. Me gustaría poder usar anillos, pero no me gusta que la gente se fije en mis manos. Son demasiado gordas. Elizabeth Taylor tiene las manos gordas. Pero con los ojos que tiene, ¿quién se va a fijar en sus manos? Me gusta bailar desnuda frente a un espejo y ver cómo se me mueven las tetitas. No son feas. Ojalá no tuviera las manos tan gordas.”
En otra vidriera vimos un hermoso reloj de péndulo, lo que le hizo decir: “Nunca tuve un hogar. Una casa verdadera, con muebles míos. Pero si vuelvo a casarme, y gano mucho dinero, voy a alquilar un par de camiones y recorreré la Tercera Avenida comprando todo lo que se me ocurra. Una docena de relojes de péndulo. Los pondré todos en un cuarto, y todos a la misma hora. Eso sería como un verdadero hogar. ¿No te parece? ¡Eh! ¡Mira! ¡Enfrente!”
TC: ¿Qué?
M: ¿Ves el letrero con la palma de la mano? Ahí deben leer el futuro.
TC: ¿Tienes ganas de entrar?
M: Bueno, vamos a ver cómo es.
(No es un lugar acogedor. Por una vidriera sucia percibimos un cuarto desprovisto de muebles con una mujer flaca, con aspecto de gitana, sentada en una silla de lona debajo de una lámpara roja como el infierno que colgaba del techo y que esparcía un brillo torturador. Estaba tejiendo un par de escarpines. No nos miró. Marilyn estuvo a punto de entrar, luego cambió de idea.)
M: Hay veces que me gusta saber qué pasará. Pero después pienso que es mejor no saberlo. Me gustaría saber dos cosas, sin embargo. Una, si voy a adelgazar.
TC: ¿Y la otra?
M: Es un secreto.
TC: Vamos, vamos. Hoy no puede haber secretos. Hoy es un día de dolor, y los que sufrimos compartimos los pensamientos más recónditos.
M: Bueno, es acerca de un hombre. Hay algo que quiero saber. Pero no diré más. Realmente es un secreto.
(Y pensé: Eso es lo que tú crees. Ya te lo sacaré.)
TC: Estoy preparado para invitarte con champagne.
(Terminamos en la Segunda Avenida, en un restaurante chino vacío, decorado chillonamente. Pero tenía un bar bien provisto, y pedimos una botella de Mumm. Llegó, pero sin helar y sin balde. La tomamos en vasos altos, con cubitos adentro.)
M: Esto es divertido. Como filmar en exteriores. Si a una le gusta. A mí no. Niagara. Qué película mala. Horrible.
TC: Hablemos de tu amor secreto.
M: (silencio).
TC: (silencio).
M: (risitas).
TC: (silencio).
M: Conoces a tantas mujeres. ¿Cuál es la mujer más atractiva que conoces?
TC: Barbara Paley. No tiene rival.
M (frunciendo el ceño): ¿Esa a la que le dicen “Babe”? A mí no me parece una beba. La he visto en Vogue. Es elegante. Encantadora. Mirando las fotos una se siente como una chancha.
TC: Le divertiría oír eso. Te tiene celos.
M: ¿Celos de mí? Te estás burlando de nuevo.
TC: No. Está celosa.
M: Pero ¿por qué?
TC: Por lo que dijo en los diarios una periodista, creo que la Kilgallen. Algo así: “Se rumorea que Mrs. Di Maggio tuvo una cita con el mayor magnate de la televisión, y no precisamente para hablar de negocios”. Ella leyó la nota y creyó que era verdad.
M: ¿Que era verdad qué?
TC: Que su marido tiene un asunto contigo. William S. Paley. El mayor magnate de la televisión. Le gustan las rubias bien formadas. Las morochas también.
M: Eso es un disparate. No conozco a ese tipo.
TC: Ah, vamos, vamos. Conmigo puedes ser franca. Este amante secreto es William S. Paley, n’est-ce pas?
M: ¡No! Es un escritor. El es un escritor.
TC: Eso es mejor. Ya vamos a alguna parte. De modo que tu amante es un escritor. Debe de ser malísimo, o no te avergonzarías de decirme su nombre.
M (furiosa, frenética): ¿Por qué es la “S”?
TC: La “S”. ¿Qué “S”?
M: La “S” en William S. Paley.
TC: Oh, esa “S”. No quiere decir nada. La metió allí porque quedaba bien.
M: ¿Sólo una inicial que no reemplaza nada? Por Dios. Mr. Paley debe de ser un poquito inseguro.
TC: Tiene un montón de tics. Pero volvamos a tu misterioso escriba.
M: ¡Basta! No entiendes. Tengo tanto que perder.
TC: Mozo, otra botella de Mumm, por favor.
M: ¿Estás tratando de aflojarme la lengua?
TC: Sí. Te diré una cosa. Hagamos un trato. Yo te cuento un cuento, y si te parece interesante, tal vez podamos hablar de tu amigo el escritor.
M (tentada, pero renuente): ¿Un cuento de qué?
TC: De Errol Flynn.
M: (silencio).
TC: (silencio).
M (enojada consigo misma): Bueno, empieza.
TC: ¿Recuerdas lo que me contaste de Errol? ¿Lo contento que estaba con su pito? Yo soy testigo de eso. Una vez pasamos juntos una noche muy agradable. Si me entiendes.
M: Lo estás inventando. Estás tratando de engañarme.
TC: Lo juro. Estoy jugando limpio. (Silencio. Pero veo que está muy interesada, de modo que después de encender un cigarrillo, prosigo.) Bueno, sucedió cuando yo tenía dieciocho años. O diecinueve. Durante la guerra. El invierno de 1943. Esa noche daba una fiesta Carol Marcus, que no sé si ya estaba casada con Saroyan, en honor de su mejor amiga, Gloria Vanderbilt. La fiesta fue en la casa de su madre, en Park Avenue. Una gran fiesta. Habría unas cincuenta personas. Como a la medianoche entra Errol Flyn con su doble, un playboy que hacía las escenas de capa y espada, llamado Freddie McEvoy. Los dos estaban bastante borrachos. De todos modos, Errol se puso a charlar conmigo. Era inteligente, y nos reíamos mucho. De pronto dijo que quería ir a El Morocco, y por qué no iba con él y con su amigo McEvoy. Dije que sí, pero McEvoy no quería irse de la fiesta, que estaba llena de jovencitas recién presentadas en sociedad, de manera que Errol y yo nos fuimos solos. Sólo que no fuimos a El Morocco. Tomamos un taxi hasta la zona de Gramercy Park, donde yo tenía un departamento de un ambiente. Se quedó hasta el día siguiente, al mediodía.
M: Y ¿cómo calificarías? ¿En una escala de uno a diez?
TC: Francamente, si no hubiera sido Errol Flynn, ni siquiera me acordaría.
M: No es un gran cuento. No mereces el mío. Ni por asomo.
TC: Mozo, ¿y el champagne? Los dos tenemos sed.
M: Y no me has dicho nada nuevo. Ya sabía que Errol caminaba en zigzag. Tengo un masajista que es como mi propia hermana, que era masajista de Tyrone Power, y él me contó la relación que había entre Errol y Tyrone. De modo que tendrías que contarme algo mejor.
TC: Es difícil hacer tratos contigo.
M: Estoy lista a escuchar. De modo que cuéntame cuál fue tu mejor experiencia. En ese sentido.
TC: ¿La mejor? ¿La más memorable? Mejor que contestes tú primero.
M: ¡Y dices que yo soy difícil! ¡Ja! (tomando champagne) Joe no es malo. Juega bien al béisbol. Si fuera por eso, aún seguiríamos casados. Todavía lo amo. Es sincero.
TC: Los maridos no cuentan. En este juego.
M (mordisqueándose la uña; pensando, realmente): Bueno, conocí a un hombre, medio pariente de Gary Cooper. Un corredor de bolsa, no gran cosa: sesenta y cinco años, usa anteojos gruesos. No sé qué era, pero…
TC: Puedes parar ahí. Sé todo acerca de él por otras chicas. Ese viejo espadachín sigue recorriendo mundo. Se llama Paul Shields. Es el padrastro de Rocky Cooper. Se supone que es sensacional.
M: Lo es. Bueno, vivo. Tu turno.
TC: Olvídalo. No tengo por qué contarte nada. Porque ya sé quién es tu maravilla oculta: Arthur Miller. (Bajó los anteojos negros. Si las miradas mataran…)
M (tartamudeando): Pero ¿cómo? Quiero decir, nadie… Es decir, casi nadie…
TC: Hace por lo menos tres o cuatro años, Irving Drutman…
M: ¿Irving qué?
TC: Drutman. Un escritor del Herald Tribune. El me contó que tú andabas con Arthur Miller. Que estabas enamorada de él. Soy demasiado caballero para haberlo mencionado antes.
M: ¡Caballero! (tartamudeando de nuevo pero con los anteojos negros en su lugar) Tú no entiendes. Eso fue hace mucho. Eso terminó. Pero esto es nuevo. Todo es diferente ahora y…
TC: No olvides invitarme a la boda.
M: Si dices algo de esto, te mato. Te hago eliminar. Conozco un par de hombres que me harían ese favor con todo gusto.
TC: Es algo que no dudo ni por un minuto.
(Por fin regresa el mozo con la segunda botella.)
M: Dile que se la lleve. No quiero más. Quiero irme de aquí.
TC: Siento haberte molestado.
M: No estoy molesta.
(Pero lo estaba. Mientras pagaba la cuenta, fue al toilette. Deseé tener conmigo un libro para leer: sus visitas al toilette a veces duraban tanto como la preñez de una elefanta. Mientras pasaba el tiempo, me puse a pensar si estaría tomando píldoras tranquilizantes o estimulantes. Tranquilizantes, sin duda. Había un diario en el bar. Lo tomé. Estaba escrito en chino. Después de unos veinte minutos, decidí investigar. A lo mejor se había tomado una dosis letal, o cortado las muñecas. Encontré el baño de damas y llamé a la puerta. Dijo: “Pasa”. Estaba frente a un espejo mal iluminado. Pregunté: “¿Qué estás haciendo?”. Ella contestó: “Mirándola”. En realidad, se estaba pintando los labios color rubí. Además, se había quitado el pañuelo de la cabeza y peinado ese pelo brillante y finito que tenía.)
M: Espero que te quede bastante dinero.
TC: Depende. No como para comprar perlas, si es tu idea de hacer las paces.
M (riendo, nuevamente de buen humor. Decidí no volver a mencionar a Arthur Miller): No. Para un viaje en taxi, nada más.
TC: ¿Adónde vamos, a Hollywood?
M: Diablos, no. A un lugar que me gusta. Ya verás cuando lleguemos.
(No tuve que esperar tanto, pues no bien subimos al taxi, oí que le decía que nos llevara al muelle de la calle South, y pensé: “¿No es allí donde se toma el ferry para Staten Island?”. Y mi conjetura fue: tomó píldoras además del champagne, y está loca ahora.)
TC: Espero que no vayamos a tomar un barco. No llevo dramamine encima.
M (feliz, riendo): Vamos al muelle, nada más.
TC: ¿Puedo preguntar por qué?
M: Me gusta. Huele a otro país, y puedo dar de comer a las gaviotas.
TC: ¿Qué les darás? No tienes nada.
M: Sí, tengo la cartera llena de bizcochitos chinos. Los robé del restaurante.
TC (haciendo una broma): Sí, sí. Mientras estabas en el baño abrí uno, y el papelito de adentro era un chiste verde.
M: Por Dios. ¿Obscenidades en vez del porvenir?
TC: Seguro que a las gaviotas no les importará.
Pasamos el Bowery. Tiendas diminutas de empeño, estaciones de donación de sangre, cuartos con camas por cincuenta centavos, pequeños hoteles sórdidos de alojamiento por un dólar, bares de blancos, bares de negros y por todas partes vagos, vagos jóvenes, ancianos vagos en cuclillas sobre la vereda sentados en medio de vidrios rotos y de vómitos, vagos apoyados contra las puertas y acurrucados como pingüinos en las esquinas. En una oportunidad, al detenernos ante una luz roja, un espantapájaros de nariz roja avanzó tambaleándose hacia nosotros y empezó a limpiar el parabrisas del taxi con un trapo húmedo que aferraba su temblona mano. Nuestro conductor protestó, gritando obscenidades en italiano.
M: ¿Qué es esto? ¿Qué pasa?
TC: Quiere una propina por limpiar el vidrio.
M (cubriéndose la cara con la cartera): ¡Qué horrible! No lo aguanto. Dale algo. Apúrate. ¡Por favor! (Pero ya el taxi partía, derribando casi al viejo borracho. Marilyn lloraba.) Estoy descompuesta.
TC: ¿Quieres irte a casa?
M: Se ha arruinado todo.
TC: Te llevaré a casa.
M: Espera un minuto. Ya estaré bien.
Así seguimos hasta la calle South; ya allí, el ferry anclado, la vista de Brooklyn del otro lado, las gaviotas que revoloteaban y se divertían, blancas contra el horizonte marino y el cielo veteado de vellones de nubes, diminutas y frágiles como encaje, pronto tranquilizaron su espíritu. Al bajar del taxi vimos a un hombre que llevaba a un perro chino de una correa. Era un pasajero que se dirigía al ferry. Al pasar junto a él, mi compañera se detuvo a acariciar el perro.
EL HOMBRE (firme y poco amistosamente): No debería tocar perros desconocidos. Especialmente a éstos. Podrían morderla.
M: Los perros nunca me muerden. Sólo los humanos. ¿Cómo se llama?
EL HOMBRE: Fu Manchu.
M (riendo): Oh, como en el cine. Qué amor.
EL HOMBRE: Usted, ¿cómo se llama?
M: ¿Yo? Marilyn.
EL HOMBRE: Eso pensé. Mi mujer no me creería. ¿Me puede dar su autógrafo?
(Sacó una tarjeta y una lapicera. Utilizando su cartera como apoyo, ella escribió: Que Dios lo bendiga — Marilyn Monroe).
M: Gracias.
EL HOMBRE: Gracias a usted. Voy a mostrar esto en la oficina.
(Seguimos hasta el borde del muelle, donde nos pusimos a escuchar el ruido del agua.)
M: Yo solía pedir autógrafos. Todavía lo hago, a veces. El año pasado vi a Clark Gable sentado cerca de mí en Chasen, y le pedí que me firmara la servilleta.
(Apoyada contra un poste de amarras, la observé, de perfil: Galatea oteando las distancias no conquistadas. La brisa le esponjaba el pelo. Volvió la cabeza hacia mí con gracia etérea, como si la hiciera girar la brisa.)
TC: ¿Cuándo alimentamos los pájaros? Yo también tengo hambre. Es tarde, y no almorzamos.
M: Recuerda, te dije que si alguna vez te preguntaran cómo era yo, cómo era, en realidad, Marilyn Monroe, ¿cómo contestarías esa pregunta? (Su tono era juguetón, burlón, sin embargo sincero al mismo tiempo: quería una respuesta honesta): Apuesto a que dirías que era una palurda.
TC: Por supuesto, pero también les diría…
(Ya se iba la luz. Ella parecía desvanecerse con la claridad, mezclarse con el cielo y las nubes, retroceder y ocultarse detrás. Yo quería alzar la voz por encima de los gritos de las gaviotas y preguntarle: “Marilyn, Marilyn, ¿por qué todo tuvo que salir así? ¿Por qué es una mierda esta vida?”)
TC: Yo diría…
M: No te oigo.
TC: Diría que eres una hermosa criatura.
*Este perfil se publicó orginalmente en el último libro del autor, Música para camaleones, en el año 1980.
En la noche, bajo la ceiba platicaba don Sapo con el Topo, que traía lentes oscuros. Una luna brillante de diciembre.
―¿Ha escuchado hablar de Santa Claus?
―Para nada Sapo.
―¿Pero sí de la navidad?
―Sí, mamá platicaba que era el día en que había nacido Jesús. ¿Y quién es Santa Claus?
―También le dicen papá Noel. Es un señor gordo, vestido de rojo que cada veinticuatro de diciembre llega y obsequia a los niños un regalo para festejar el nacimiento del niño Jesús.
―Por acá no viene: ¡estamos tan lejos!
―Le muestro como es.
El Topo se quitó los lentes oscuros. Las veía, y volvía a verlas .
―¡Pero es igualito a ti! si te ponemos el gorro, un vestido rojo, tus botas y te inflas, serías el Sapo Claus de la selva.
―¡Qué cosas dice señor Topo! —miró hacia la luna y llegó un olor a jazmines. Y se imaginó vestido de rojo con un gorro. —Sería bondadoso que los pequeños de la selva recibieran un regalo de navidad . dijo en voz alta
―Verá que todo se puede. Soy buen amigo del Rey de los Ratones. Él nos dará toda la ayuda, si se lo pido.
-¿Quieres que los pequeños sean felices?
―¡Claro que sí! –refiere el topo―entonces, ¿te parece si por un día te conviertes en Papá Noel?
Don Sapo se quedó mudo y el Topo dando una media vuelta y levantando los brazos al cielo estrellado, dijo:
―¡Dios nos ayudará!
Armaron un plan y se despidieron moviendo la cola. La noticia corrió de hocico en hocico. Santa Closs vendría a la selva y daría a los cachorros que se hubiesen aplicado en sus quehaceres un regalo de navidad, para festejar el nacimiento del Niño Dios.
—¡Cómo se le ocurre señor Sapo decir que Santa Closs vendrá! Me dijeron que informó a los padres, que él llegará a repartir regalos entre los animalitos de la selva. ¡Eso no se hace! No de esperanzas. Bien sabe que apenas hay para comer. -dijo el señor Lechuza.
―No tenga desconfianza. Ya verá usted, que si los niños hacen su carta bien clarita, sin faltas de ortografía y diciendo por qué son merecedores de regalos, Santa, cumplirá.
― El regalo es un estímulo para que los niños sigan haciendo bien sus quehaceres. ―exclama el Topo.
El Sapo se fue a ver al Rey de los Ratones, brincó por los camelotes del río. Después de muchas horas llegó donde estaba su reino. Encontró al Rey en la biblioteca, era su mansión. Le contó acerca de los planes
― Es grato, señor Sapo que la navidad la lleve al corazón de la selva. ― dice el Rey. Aquí tengo las fotos de Papá Noel. Don Sapo, usted tiene mucho parecido con él. —intervino la esposa del rey, Mamá Ratona.
―¿Usted cree? -Preguntó emocionado, don Sapo.
―¡Claro que sí! lo feliz que haría a los animalitos del monte, si en la navidad encontraran en su casa un regalo.
―¿y los regalos? Dijo don Sapo
―Eso es lo de menos, en la ciudad son tan desperdiciados, que los niños caprichosos tiran sus regalos y, al rato, piden otro nuevo. Los papás con tal de que no los molesten, vuelven a comprarles más. Dijo el Rey de los ratones. —Yo tengo tela roja. Ahora llamo a las costureras del reino para que le tomen medidas y le confeccionen su traje.
―¿Y los regalos? —insistió don Sapo.
Mamá Ratona chifló sacando la lengua y frunciendo los labios. los ratones prestos, llegaron.
―Esta noche traigan muchos juguetes. Ordenó: cada ratón debe de traer dos por lo menos.
Por la mañana había cientos de muñecas, ositos, jirafas, carretas, trenes, planchas, trasteros con sus vasijas, estufas con sus peroles. —gracias a los niños caprichosos y a padres complacientes.
―¿Y cómo podré llevarme tanto?
―Nuestras primas, las ratas de agua nos ayudarán.
Un ejercito de artesanos se encargaron de dejar como nuevos, los obsequios. La niña fea dejo de ser fea, y la flauta se reconcilió con el viento. Los embolsaron poniéndoles un moño rojo con diferentes leyendas: ayuda a tu mamá, no faltes a la escuela, estudia a diario, respeta a las niñas y ama a tus padres y hermanos. ¡Feliz navidad! El Niño Dios nació.
Cuando mamá Ratona vistió de Santa Closs a Don Sapo, todos exclamaron: ¡ohh !, también recordó que al señor Santa se reconocía por su carcajada de JO, jo, jo . don Sapo empezó a practicarla.
Un camelote fue adaptado como balsa. Éste fue reforzado con raíces trenzadas por las ratas de agua. Lo esencial era que estuviese protegido por la madre tierra en contra de los malos espíritus que son fluidos que se transforman en cualquier tipo de maldad.
―Recuerde don Sapo, dijo el rey, que el mal tiene muchas caras: una roca, un viento furibundo, una neblina, un grito desgarrador o quizá una voz melosa. Si bien va protegido, eso no quiere decir que sea a prueba de todo. Abra los ojos, que desde este momento, usted pertenece a la bondad. Le acompañaran mi guardia personal, y mis amigas las Nutrias que impulsaran el camelote hasta la profundidad de la selva y otro viajero, que es un secreto.
En el cielo había una luna veleidosa. Por momentos parecía decir véanme, y en otras se envolvía entre las nubes. En el primer tercio del trayecto el camelote avanzó sin sorpresas. Gritos en la lejanía, chicharras en coro. Al llegar a la mitad del trayecto la luna se ocultó. La noche se hizo densa, la brisa se calmó. Ahora, el viento llegaba frío y zarandeaba a los árboles, don Sapo arrugaba y desarrugaba la frente, era un tic de sobresalto. Lejos el aullido de una bestia y el agua encrespada se oía como el ronroneo de un perro cuando duerme. Poco después se hizo un profundo silencio.
Los ojos de don Sapo no daban crédito. En el agua había círculos de colores brillantes, pero al afinar la mirada un avispero de latidos golpeaba su pecho: vio con terror que eran víboras entrelazadas que rodaban sobre la superficie y amenazaban con tomar la ínsula de los juguetes. Las Ratas, guardianes del reino, se ordenaron en fila con los ojos casi cerrados, para no ser hipnotizadas. Las Nutrias formaron la primera defensa. Con sus colas golpeaban el agua; el ruido intenso, y las olas formadas, detuvieron el avance, sin embargo, una de ellas logró de un salto descomunal llegar hasta la isla con las fauces abiertas para deglutir de un solo bocado el cuerpo obeso de don Sapo. Solo que, en el último instante, el Jaguar de un zarpazo le arrancó la cabeza.
Los ataques se concentraron en don Sapo que se escondió tras un peluche de águila que parecía tan real que las víboras con un silbido se retiraron.
Regresó la calma. La luna asomó nítida. Poco después, una docena de nubes gordas la envolvió, y la oscuridad se hizo densa. Un silencio sospechoso bostezaba. Rompió el sonido del río: splash splash: golpes en el agua; tambores líquidos que anunciaban otro suceso. Las Ratas olfateaban, divisaban el horizonte a ras del agua; al tiempo exclamaron: ¡lagartos! Hay muchos, que están de rivera a rivera.
El camalote se detuvo. Los caimanes nadaban lentamente hacia él. La luna abrió un instante dejando ver una fila de ojos, de donde fluía un brillo verdoso y rojizo. Los habitantes de la isla se agruparon, al frente se plantó el Jaguar. Dos enormes caimanes se adelantaron a golpear para derribarlos de la ínsula. Escucharon la voz de don Lechuzo que les gritaba:
– ¡Cierren los ojos! ¡cierren los ojos!
Un enjambre de luciérnagas voló sobre los lagartos prendiendo y apagando su luz, lo que hizo que miraran hacia arriba; y al hacerlo llegaron miríadas de moscos que se incrustaron en sus párpados, obligándolos a hundirse en las aguas del río.
A don Sapo hubo que acomodarle el gorro, la bata roja, y sus botas. le forjaron una canasta sobre su lomo. Así, mientras dormían fue dejando juguetes a los cachorros y a los padres, un nacimiento para venerar la llegada del hijo de Dios.
Solo don Lechuzo y el Topo supieron que Don Sapo había terminado. El Jo,jo, jo aflautado, cada vez se oía más lejos, camino a los pantanos.
Por más que la procuran, su salud es precaria y ha disminuido el brillo de sus ojos. Su abuelo, para distraerla, la llevó a la feria. ¡Sorpresa!, ella abrazó a un Santa Claus y sonrió. Ivi es su único familiar, y oír su risa es contemplar un día luminoso en el invierno. Dueño de una cadena de casas comerciales, le ofreció oro y plata para que estuviera al lado de su nieta, «Si quieres más, dímelo». La niña le dijo al oído: «no se lo has pedido por favor».
El Santa Claus de la feria le dijo que aceptaba, siempre y cuando el abuelo estuviera presente y si se diera un cambio en la niña; hablaría del dinero. Un mes después, la niña jugaba, comía y ya escribía sobre magos, hadas y flores.
En privado, le dijo: «Me debe la mitad de las ganancias que haya tenido en el año», le dio un número de cuenta y se fue.
El abuelo no cumplió el compromiso. Un día, la niña desapareció sin dejar rastro. El magnate movilizó a la policía de todo el mundo. La foto de la niña se reprodujo en periódicos, televisoras e internet. Nadie sabía de ella. Nadie dio informes sobre el paradero del Santa Claus de la feria. Cada día que no escuchaba la risa de ella, una montaña más se encaramaba en su corazón. La soñaba con harapos pidiendo limosna y la voz de ella en su oído: «¡ayuda abuelo!, ayuda». La policía le informó que no había rastros de él. Esa noche la miró jugando en un callejón y dentro de una vecindad. Se despertó húmedo de sus mejillas sin que después conciliara el sueño.
«Oh Dios las pirañas muerden el alma de mis huesos, cómo pude ser tan vil y dejarme llevar por mi afán de tener más» Ya ordené que transfirieran y en el banco dicen que esa cuenta no existe. ¡Ivi, dónde estás!
Los días previos a la festividad mayor estuvo comprando juguetes, abrigos, frazadas y girando invitaciones. Su mansión, que por años fue una fortaleza, abrió las puertas a todos los niños y sus padres para festejar la Nochebuena. Los niños de toda la ciudad se fueron cantando villancicos de navidad, cada uno abrazando a su juguete.
Esa noche, en el entredormir, escuchaba su voz tan diáfana, tan clara que se despertó con un gemido. Seguro que era otra mala broma de la vida; intentó dormir. Sintió en el rostro las manos de ella, como aquellas veces que por la mañana llegaba a su dormitorio a despertarlo. Fue tan real que abrió los ojos y estalló en sollozos al abrazarla. La voz de Ivi, acariciándolo, le decía: «te quiero mucho, abuelito».
En la madrugada, hablaba con el músico Mardonio. El viento filoso de la serranía traía un olor de elotes tiernos.
—Tu mujer está muy delicada, el niño está atravesado en su panza. Hay que trasladarla a un hospital. Hay que operarla.
—No tengo dinero, doctor. Usted sabe lo que ganamos y lo caro que es una operación. Además, ¿Cómo la llevamos?
Me quedé en silencio, tratando de digerir lo que dijo. El vaho del aliento se ocultaba en la niebla. Su pregunta se sobrepuso a la primera que me había hecho.
—Dígame, médico, ¿podemos hacer algo?
Tardé en contestar. Ya uno que otro gallo cantaba.
—Corremos el riesgo de que se muera —le dije.
—Como quiera se va a morir, doctor.
«¡Qué poca madre! Tiene dos hijos más que van a la primaria. Y poco le importa que su compañera se muera. Me mordí el labio para no insultarlo. Le vale madre los quejidos de ella. Si él tuviese entre sus tripas un niño atravesado luchando por salir, y que cada vez que se mueve sintiera el filo de un cuchillo». La voz aguda y aflautada me volvió.
—Mire, médico, si decido llevarla, hay que armar una parihuela, pedirles a los compadres que me ayuden a cargar a la enferma. Son seis horas de camino hasta el río. Si está el lanchero, cruzaremos rápido. Llegar a la carretera, buscar quien nos lleve en el vehículo al hospital; a buen paso son dos horas. Esperar a que te atiendan, que bien sabe usted, que a la indiada ni caso nos hacen. Y si se me muere allá, ¿cómo la traemos?, de que se muera allá, mejor que se muera aquí…
Lo dijo como si me estuviese dando la instrucción de cómo cocinar un conejo. Escupí al viento y moví la cabeza. Entré de nuevo a la vivienda a enfrentarme con algo que solamente había leído en los libros y en la vos de un viejo maestro.
Mardonio era el encargado de tocar el violín en los velorios; tenía tanta cercanía con el murmullo del rezo y el aroma triturado de las flores. Iba con la mujer cuando escuché su voz desafinada: «Allí se la encargo, doctorcito».
En la densa oscuridad se prendieron las respiraciones, la boca del hombre iba y venía y ella se dobló mirando sus rodillas. Las respiraciones goteaban y el quejido del placer se confundió con el chillido de una paloma. El fuego corrió por las laderas tibias de las ingles hasta ser una mansa chispa.