A Enrique Peña Nieto por Héctor Suárez**

EPITAFIO : » Aquí yace Enrique Peña Nieto* que hizo en vida , mal y bien : el bien que hizo lo hizo mal y el mal que hizo lo hizo bien «

*

** Comediante méxicano  y para demostrarlo allí está el vídeo, se vale reír

 

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En busca del lenguaje perdido (11) Eduardo Benavides

No dejo de darle vueltas al asunto. Y ello es así porque al fin y al cabo son las palabras el único material con el que trabajamos. No tenemos ninguna ventaja audiovisual para recrear nuestros escenarios ni a nuestros personajes. Ese delicadísimo y arbitrario material es la sustancia de la ficción, con ellas -con las palabras- elaboramos todo el universo de nuestra narración. Y además debemos lograr que mediante su uso nuestro lector se vea transportado a ese mundo que hemos creado para él, que se olvide por un momento del propio y que se instale en el nuestro. ¿Pero… y qué queremos decir? A simple vista la pregunta parece ociosa, pero nada más lejos de la verdad. Saber exactamente lo que queremos decir entraña un sutil ejercicio de reflexión e indagación personal. Después de muchas sesiones de taller literario he llegado a la conclusión de que la mayoría de los problemas a los que se enfrenta el escritor en ciernes consiste en no saber con exactitud lo que realmente quiere decir, más allá de una idea bastante general y por lo tanto ambigua. Y sin embargo se lanzan a escribir como kamikazes. pero no suele funcionar así, pues el escritor se maneja con precisiones, o más bien con un afán de precisión a la hora de contar que es lo que espolonea su trabajo creativo, y una de las claves para lograrlo consiste en esquivar el bombardeo irrestricto del lenguaje convencional, de las palabras que tiene al alcance de la mano. Si a cada sustantivo que colocamos en nuestro texto le crece el musgo de los adjetivos inmediatos (La noche era… tenebrosa, su sonrisa era… cálida) pronto nos descubriremos arrastrados hacia el bosque de la inexactitud: al final no sabemos lo que queremos decir, sino que es el lenguaje -arbitrario, antojadizo, lleno de frases hechas- el que nos gobierna a nosotros y nos lleva por donde quiere. ¿Sabemos lo que queremos decir? Mejor darse un tiempo y reflexionar hasta que la imagen o la idea venga a nosotros con precisión.  No me refiero, claro está, a saber qué historia queremos contar, pues eso lo damos por supuesto. Me refiero más bien al cuadro, al detalle que creemos nos resulta útil para avanzar por nuestra ficción: ¿realmente es ese el ademán que hace el personaje cuando está contrariado? ¿Aquella habitación que describimos es tal cual lo estamos haciendo?, ¿Así suena la voz de ese otro personaje rencoroso?
Tengamos en cuenta que a menudo no escribimos con claridad porque no pensamos con claridad. Esta es la primera condición para escribir bien. La claridad significa exponer de manera limpia los acontecimientos que narramos, de manera que el lector llegue sin esfuerzo a percibir la idea que le proponemos. No confundir ésta con superficialidad. Para John Gardner la idea expuesta  tiene que ser tan evidente, se tiene que ver tan nítida como un oso en una cocina bien iluminada… La naturalidad es otra virtud apreciada por el narrador solvente, en  la medida que huye de la afectación, de lo enrevesado y artificioso, procurando siempre que las palabras y las frases usadas sean aquellas que el tema requiere. Naturalidad y sencillez son dos términos que van de la mano…al menos en literatura. Sencillo es aquel escritor que usa frases de fácil compresión para todo el mundo. Un escritor vanidoso, más interesado en demostrar su amplia cultura y la extensión de su vocabulario rara vez puede resultar sencillo, y por ende, natural. La concisión nos obliga a emplear sólo las frases y palabras absolutamente precisas para expresar lo que deseamos; no hay pues que confundir concisión con laconismo: ser conciso significa ser denso, en la medida en que cada frase escrita está cargada de sentido. Detengámonos en este punto. Debemos tener en cuenta que en literatura no existen trabajos cortos o largos, sino buenos o malos textos. Si éste resulta bien escrito no cansa (lo mal escrito cansa casi de inmediato, aún siendo breve). No es menester pues quitarle color y riqueza a nuestro cuento en aras de la concisión, simplemente procurar que cada frase tenga sentido, sin olvidar que estas son como los eslabones de una cadena cuyo vigor origina la belleza del estilo.
Para lograr  un buen estilo es preciso trabajar mucho, escribiendo con constancia, devoción, pulcritud y sentido crítico.

En busca del lenguaje perdido (10) Eduardo Benavides

Tengo la impresión de que -en rigor- para poder escribir una buena ficción no es necesario aprender muchas más palabras de las que habitualmente manejamos en nuestra vida diaria. Obviamente, parece indudable que si tenemos un vocabulario rico y extenso, resultará más fácil abocarnos a la redacción de un texto cualquiera y conferirle todos los matices que lo enriquezcan. Sin lugar a dudas, pero  ello por sí sólo no garantiza la calidad de ese texto. Como lectores, muchas veces advertimos en un cuento o en una novela, la impostura del lenguaje empleado por el narrador,  cierta rigidez en las frases que no sabemos bien a qué atribuir. Detrás de esos textos casi siempre acecha un escritor que no reflexiona con sus palabras sino que apela a otras nuevas, recién estrenadas, por así decirlo, y de las que piensa -sin lugar a dudas de forma equivocada- que resultan más atractivas que las otras, las habituales.  Decía Ernesto Sábato que la diferencia entre un buen escritor y un mal escritor radica en que el primero dice grandes cosas con pequeñas palabras y el segundo dice pequeñas cosas con grandes palabras. Grandes, pomposas palabras, he ahí uno los peligros que debe sortear el escritor. Las palabras pequeñas, sencillas, normalitas, suelen ofrecernos la ductilidad de su uso común -como unos viejos zapatos cómodos- pero sacan todo su poder cuando se combinan de forma novedosa con otras palabras igual de sencillas. Así, de la combinación de unas cuantas palabras sencillas puede surgir una agudísima descripción. Fíjense en esta descripción de Manuel Vicent  y observen que ninguna de las palabras que ha utilizado es extraña, solemne o acartonada. Todas las que maneja son viejas conocidas nuestras, ¿verdad? palabras oídas, leídas y utilizadas por nosotros una y otra vez.  Naturalmente, el uso reflexivo de las mismas es la que obra el milagro, el cuidado, la audacia y la novedad de su combinación nos sugiere la idea de un trabajo reflexivo. Pero para ello debemos intentar que los campos semánticos que manejamos no sean excesivamente rigurosos, al menos en este caso. En otros casos -como ya veremos más adelante- puede resultar una virtud. Pero pro ahora más bien tenemos que abrir el redil de nuestras palabras para poder combinarlas de manera sugerente y aguda, evitando pensar en ellas como unidades cuyo roce resulta restringido por asociaciones inmediatas de ideas. ¿Por qué una sonrisa tiene que ser siempre cálida? ¿Por qué la noche es siempre (y sólo) oscura y el silencio sepulcral? Es necesario pues combinar nuestras viejas palabras de forma novedosa e inesperada.

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Polar

Avatar de Marti LelisCEREMONIA DE PALABRAS

Polar

Marti Lelis

La fila para entrar al banco salía del edificio y se extendía bajo el sol quemante en la plaza. Tomé mi turno, ocupé el último lugar y levanté al cielo una mirada de resignación.

Respiré profundo y aparecieron de la nada nubes de tormenta. Llevaba esperando más de media hora. El viento, de súbito helado, impactó los copos de nieve contra los rostros temerosos en la fila: ya oscurecía, pronto rondarían los osos reclamando su parte en el reparto de la ballena. Instintivamente llevé mi mano a un costado, apreté el cuchillo por la empuñadura y me sentí seguro. Un minuto después, el ladrido de los perros anunció el ataque: una mole de garras y pelos cayó sobre mí, en un segundo sentí una pierna entre las fauces y que la bestia me arrastraba, empuñé el cuchillo y asesté un primer golpe; el oso me soltó y…

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Historia de la canción «al tiempo», José José y Marco Antonio Muñis

Una apuesta, entre Renato Leduc, y un condiscipulo en la clase de Julio torri trajo como consecuencia el soneto.

Un saltillense, Julio Torri, fue causa indirecta de que Renato Leduc escribiera su más conocido poema, aquel soneto tan conocido que comienza con el verso «Sabia virtud de conocer el tiempo…». Don Julio, en efecto, era maestro de la Escuela Nacional Preparatoria. No era -hay que decirlo- un buen maestro. Sus clases aburrían de tal manera a los alumnos que éstos se dedicaban a los más variados entretenimientos mientras Torri, con voz en tono menor, y vacilante, hablaba a las paredes. Leduc hizo una apuesta con uno de sus condiscípulos, de nombre Adán Santana, y para ganarla escribió en la clase de Torri aquel celebérrimo soneto en que se usa la palabra «tiempo» que, como se sabe, no rima con ninguna otra, si no es con sus derivados. En superar esa dificultad consistió la apuesta.

“Sabia virtud de conocer el tiempo” escribió Renato Leduc como pie de un poema que, transformado en canción, adquirió gran popularidad. Cuentan los enterados que todo surgió por una apuesta que el autor pactó con sus amigos bohemios quienes lo retaron a escribir un soneto con la palabra tiempo, a sabiendas de que en español no tiene consonante.  La rima es un elemento formal para la construcción de esta complicada expresión de la poesía clásica: un soneto sin ritmo, métrica y rima no es soneto.
La mayor parte de los sustantivos, adjetivos y algunas otras expresiones gramaticales en nuestro idioma, es de naturaleza polisémica; esto es, las palabras pueden tener diferente significado en relación con su contexto.  Así, el poeta utilizó la misma palabra, en distinto sentido para ganar la apuesta y conseguir un equilibrio estético entre el fondo y la forma.  Versificar no es lo mismo que hacer poesía.

 
 

Sabia virtud de conocer el tiempo,
a tiempo amar y desatarse a tiempo;
como dice el refrán: dar tiempo al tiempo,
que de amor y dolor alivia el tiempo.

Aquel amor a quien amé a destiempo
martirizóme tanto y tanto tiempo,
que no sentí jamás correr el tiempo
tan acremente como en ese tiempo.

Amar queriendo como en otro tiempo,
ignoraba yo aún que el tiempo es oro.
Cuánto tiempo perdí, ay, cuánto tiempo.

Y hoy que de amores ya no tengo tiempo,
amor de aquellos tiempos, cuánto añoro
la dicha inicua de perder el tiempo.

Renato Leduc

renato leduc y leonora carrington - Buscar con Google: | Leonora  carrington, Carrington, Female artists

Una historia que vale la pena  contarla…Renato Leduc y Leonora Carrington, pintora

 

 

 

 

En busca del lenguaje perdido de Eduardo Benavides(9)

Una de las características del buen escritor es su aguda capacidad de observación y la honestidad para relatar las cosas con sus propias palabras. Y es esto precisamente lo que nos lleva a buscar, en esta lección, la mejor forma de descubrir y manejar nuestro lenguaje. Para  lograr una buena historia es menester trabajar con honestidad, es decir, utilizando nuestro propio lenguaje, y no ese artificioso y falso lenguaje del  escritor que apela a las frases hechas, a los tópicos y las muletillas. Un buen escritor sabe observar la vida, esforzándose por encontrar sus propias palabras para describirla en toda su intensidad. Primero: No hay que limitarse a explicarle al lector lo que le ocurre a nuestro personaje sino que debemos pintar la situación para que él mismo saque sus conclusiones. Huyamos pues de los tópicos y apelemos a nuestra reflexión sobre el mundo que nos rodea para escribir sobre él. La impostura es el primer obstáculo que hay que vencer para que el lector pueda seguirnos sin complicaciones a lo largo de nuestra historia. Segundo: También, como ya hemos dicho en otras oportunidades, es conveniente prescindir de palabras rebuscadas y difíciles cuando los hechos relatados se pueden contar con palabras sencillas y asequibles. El escritor que dice: «el cielo estaba poblado de estratocúmulos», cuando en realidad lo único que quería decir es que en el cielo habían unas cuantas nubes está cometiendo el peor de los errores: mirar por encima del hombro a su lector. Finalmente, todo cuento o toda novela nos ofrece un cuadro -fugaz o minucioso- en el que nosotros como lectores también participamos de manera activa: somos nosotros los lectores quienes opinamos acerca de los personajes y sus situaciones, somos quienes descubrimos que detrás de aquella historia late algo más profundo y complejo. Y por eso los escritores saben que palabras como Hombre, Humanidad, Amor, Destino, etc son palabras casi siempre prohibidas en literatura, toda vez que designan los grandes temas que abordamos y que por lo tanto deben mostrarse a través de las historias que contamos. Fíjense qué distinto es decir: «Esa mañana Javier salió de su casa feliz y contento. Realmente iba pletórico de alegría», que decir: «esa mañana Javier bajó saltando las escaleras. Al llegar a la calle descubrió un cielo espléndido y azul que le invitó a silbar una canción de moda» En el primer caso hemos utilizado frases que nos invitan más que a ver a nuestro personaje, a escuchar las reflexiones del narrador. En el segundo ejemplo el narrador nos describe la actitud de Javier y de ello inferimos su estado de ánimo. Observen ahora la historia del criado del mercader y la muerte. En la historia, el tema del que se habla naturalmente es la fatalidad, el destino, la imposibilidad de escapar de éste último, ¿verdad? Pues esas palabras abstractas son precisamente las que no se han mencionado. Es la propia historia la que permite que el lector saque sus conclusiones.  Un buen narrador nunca olvida este principio: contar es siempre mostrar y sugerir. Y nada más.

 

Recordando a Don Renato Leduc

https://www.eluniversal.com.mx/opinion/mochilazo-en-el-tiempo/renato-leduc-y-el-amor-por-su-cantina-la-jalisciense

 

 

http://elrincondelosfilosofos.blogspot.com/2011/04/y-todo-por-cogerse-unas-putas-de-toston.html

 

Y si algún lector tiene el texto o sabe donde encontrarlo,  manden la infor, no sean ojo.

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Elena Poniatowska

Renato Leduc, Prometeo sifilítico

El Prometeo sifilítico nació en contra del Prometeo liberado de José Vasconcelos. Renato Leduc había leído las tragedias de Sófocles y de Esquilo hasta sabérselas de memoria, y su fuerte era la literatura griega. Como las enfermedades venéreas abundaban en los años veinte y treinta, Renato se inspiró en ellas. En el Prometeo encadenado, de Esquilo, éste le roba el fuego a los dioses para dárselo a los hombres; en el Prometeo sifilítico de Luduc le roba a los dioses sus secretos eróticos:

 

Transido de dolor

Yo enseñé a los mortales industriosos

Cuarenta y seis maneras de joder.

Tal es, dulces deidades, mi delito:

tal es el crimen de que se me acusa;

por él se quiere convertirme el pito

en una inútil cafetera rusa.

París y el surrealismo

Renato siempre puso más énfasis a las parrandas y a la vida de bohemia que a la soledad y el rigor que impone la creación llamada literaria. El periodismo se lo tragó, y su periodismo es más circunstancial y menos rescatable que el de José Alvarado, por ejemplo. Uno puede preguntarse desencantado qué queda de Francisco Martínez de la Vega, de Rafael Carrillo, de Elvira Vargas, todos extraordinarios periodistas. Pero hay un aspecto de Renato desconocido: el del diplomático, el que se inclina con singular cortesía y savoir faire frente a jefes de Estado y miembros de la familia real.

Fue un gran representante de México que todos recordaban en París, porque hizo amigos buenos y duraderos. Narciso Bassols lo escribió según lo consigna José Ramón Garmabella en su Por siempre Leduc. »Es hombre de muy raros méritos. Bohemio -esto es lo único que saben de él los que con el trasnochan-, es el primero en estar en su oficina; y gracias a él los embajadores tenemos el sueldo en las manos el día preciso, y hombre desenfadado, nadie maneja cualquier situación política o diplomática con más tacto y con la exquisita educación mexicana cuando debe dejar su lenguaje militar».

Renato trató a los surrealistas: André Breton (»alto, corpulento y melenudo»), Yves Tanguy, Paul Eluard, Louis Aragon y Elsa Triolet, Pierre Mabille y Benjamín Péret, que hacía pareja con Remedios Varo. Conoció en un café de Montparnasse a Leonor Fini, que llegó una noche acompañada por una de las pintoras más decisivas en el arte del siglo XX (y XXI): Leonora Carrington. Testigo de la entrada de los alemanes en París, Renato asistió a las primeras presentaciones de Edith Piaf, quien pretendió enseñarle la vida en rosa. Picasso le preguntaba por su buen amigo Diego Rivera y por el muralismo mexicano.

Renato vivía en el hotel Saint Pierre, en el centro mismo del Quartier Latin y a un lado de la Escuela de Medicina, célebre por los originales desmanes de estudiantes en sus bailes de fin de año. En ese Barrio Latino, Renato recibió a mexicanos de la talla del astrónomo Luis Enrique Erro (»un hombre en verdad inteligente»), con quien compartió amiguitas y parrandas. Cuenta Renato que Erro era socio de una agrupación europea que se denominaba Amigos de las Estrellas Variables, y un día le preguntó:

-Oyeme, mano, Ƒy por qué eres amigo de las estrellas variables y no de las fijas?

Luis Enrique respondió:

-Porque un error cualquiera puede atribuirse a la naturaleza misma de las estrellas.

José Alvarado (otro personaje igualmente entrañable sobre quien todavía esperamos un libro) llamaría más tarde a Renato gran jefe pluma blanca. Renato se casó con Leonora Carrington, porque era la única manera de sacarla de España. Ambos estaban en Portugal; Lisboa era un nido de agentes de la Gestapo. Leonora esperaba una visa mexicana que tardaba en llegar. El matrimonio con Renato solucionó el problema. Ella se quedaría en Nueva York, pero una vez allá, después de un accidentado viaje en el Exeter, decidió seguirse a México con Renato y vivieron un año juntos en un barrio que Leonora siempre consideró peligroso. Por ello, Leonora pidió un perro guardián ya que Renato salía y la dejaba sola.

Comentarios sexistas

Amigo de Antonio Arias Bernal, El Brigadier; de Alejandro Gómez Arias, de Pepe Alvarado, de El Chango García Cabral, de José Pagés Llergo y de toda la vieja guardia del periodismo mexicano, Renato cuenta que una de sus novias se alarmó visiblemente cuando le dijo que salía a París y le rogó: »Por favor, no te vayas a París, pues con lo mujeriego y lo borracho que eres allá te vas a perder». Lo cierto es que Renato era mucho menos mujeriego que su leyenda; sabía apreciar un buen vino de Burdeos, pero jamás fue borracho. Utilizaba, eso sí, el lenguaje sexista de la época, porque cuando las calles de México se llamaban del Esclavo, de la Amargura y del Campo Florido, los hombres presumían mucho sus conquistas. Renato decía: »Las mujeres deben ser como un buen toro de lidia, ni muy reservadas (que no embistan) ni muy pregonadas (que embistan al primer capotazo), o sea, ni muy inteligentes ni muy pendejas». Sus comentarios son anteriores al Women’s Lib y a la defensa de los gays, y tienen mucho de grito a media canción ranchera, pero curiosamente nadie se lo toma a mal.

Pocos hombres pueden decir que se sienten satisfechos con su vida. Renato (novelista frustrado) alegaba que la mejor novela que había leído era Los bandidos de Río Frío, y escribió: »He llegado hasta donde podía llegar; he corrido cuanto podía correr; he atravesado esta llanura, a ratos plácida, tormentosa a ratos, cabalgando en el lomo tornadizo de lo transitorio y lanzando ligeras azagayas de displicencia sobre esto y sobre aquello.

»Estuve en un tris de ser héroe, porque como solía decirme Dolores, la de la cabellera impecable: ‘Con esas piernas tan largas que tú tienes, se llega a cualquier parte… Ƒno ves a Lindbergh?’ […]

»Corrí, corrí por la llanura, frenéticamente alegre, sin saber por qué; sólo de vez en vez recuerdo que reían los coyotes con tal desolación… sólo de cuando en cuando lloraba la luna en tal forma contenciosa, que una tristeza sub-lunar me llenaba el corazón y veíame precisado a sacudirla arrojando al haz del desierto este grito a todas luces estentóreo: šviva México, jijos de la chingada!»

Genio y figura hasta la sepultura. Renato Leduc se ganaba la vida con su verbo pero jamás se consideró poeta. Trató a su poesía sin benevolencia, en cuanta entrevista, en cuanta charla posible; la hizo menos. La palabra »prestigio» no existió para él.

Pedro Vargas, Marco Antonio Muñiz y José José cantaron su soneto sobre el tiempo que recorrió los salones de baile, los cabarets, las plazas, las calles de México musicalizado por Rubén Fuentes. Entonces los choferes de taxi, los taqueros y las meseras empezaron a pedirle a Renato su autógrafo, pero Renato trató a su propia obra poética como a una arrimada del periodismo que ejercía a diario.

Como dice Carlos Monsiváis: »Así, la autodenigración haya sido tan convincente que a su muerte los comentarios destacan sin cesar al personaje y sólo mencionan de paso al poeta que sí fue y es extraordinario:

[…]

 

Si usted me permitiera, yo le daría mi nombre

Soy un hombre de pluma y me llamo Renato,

Lo de la pluma es subsidiario en el hombre

Mas tengo un porvenir color permanganato».

 

Carlos Monsiváis, prologuista de la Obra completa de Leduc, afirma que al Renato que presenció la invasión nazi en París lo aguardaba en México, »gracias a la difusión oral de sus poemas y su leyenda, el destino temible: convertirse, gracias a su rechazo de la institucionalidad, en institución.»

Hoy la leyenda de Renato Leduc recorre no sólo la redacción de los periódicos y esas otras salas de redacción que son bares y cantinas y antesalas de secretarías de Estado, sino el canto grande de la poesía mexicana en el que Renato Leduc ocupa un lugar único. Es como lo dijo Salvador Novo en 1938 y lo consigna Edith Negrín, »maravilloso, genial, exquisito poeta».

Renato sigue siendo leyenda por donde quiera que se le mire, y la leyenda del personaje singular que le ganó al poeta es una poderosa razón para que Edith Negrín rescate su obra completa, Monsiváis la prologue y el Fondo de Cultura Económica la edite.

https://www.jornada.com.mx/2002/02/25/05aa1cul.php?printver=1

Simone y Pablo Milanes, Brasil, Cuba y México

 

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Y si les gustó,  van unos boleros. Es una hermosa voz, musical, suave y educada.

 

El argumento(8) Eduardo Benavides

De más está decir que una historia es, en rigor, cómo se cuenta, más que lo que se cuenta. Así, de la elección de nuestro lenguaje, punto de vista y estructura dependerá el interés de nuestra historia y de nada vale que un escritor se esfuerce en encontrar argumentos fabulosos si no sabe sacarles partido, si no domina estos aspectos. Como creo que hemos dicho en alguna ocasión, hacemos nuestra la máxima de Albalat: «Escribir con precisión ayuda a pensar con precisión.» En ello  hemos trabajado hasta el momento y en ello seguiremos trabajando, hasta que le saquen todo el partido posible a su lenguaje y se sirvan de las técnicas y recursos a los  que apelan los escritores cuando se enfrentan con sus ficciones. Pero también vamos a familiarizarnos con el argumento, la secuencia de eventos que componen la trama de la ficción, esa peripecia que les ocurre a nuestros personajes y que nos llevan del principio al final, a menudo enredándose las pequeñas historias hasta formar un todo. En un cuento sólo cabe el desarrollo de una peripecia y su tensión argumental se debe precisamente a que el narrador se afana en no desviarse de esa dirección marcada ya desde las primeras líneas; en la novela por el contrario, son muchas las historias que se entrecruzan y se alimentan recíprocamente hasta darnos esa sensación poderosa y coral que suelen tener las buenas novelas, incluso aquellas en que parecen apenas sutiles esbozos intimistas. Pero en ambos casos, en cuento o novela, dar con una historia sugerente y rica tiene que ver con nuestra atención respecto al mundo que nos rodea, a la mirada que dirigimos sobre lo cotidiano. Hay historias que parecen larvadas durante mucho tiempo dentro de nosotros, y otras que brotan inesperadamente gracias a una imagen, a un recuerdo, a un encuentro inesperado. Otras más parece surgir como excursus o digresiones de una historia mayor… pero casi siempre es la mirada del escritor lo que la hace destacar de lo cotidiano. Acostumbrarse a mirar la  realidad desde otro ángulo suele ser el principal motor para encontrar los argumentos de lo que queremos contar. Por ello, esta semana vamos a cambiar el «enfoque habitual» de nuestras ficciones y vamos a empezar por el título. De hecho, ya lo tenemos: elijan ustedes un título de los muchos que colgaron la semana anterior. ¿Y ahora, a contar una historia? No,  vamos a seguir un poco el consejo (o boutade) de Borges respecto a lo artificioso que es contar una historia de quinientas páginas cuando lo mejor es imaginarse que ya está escrita…y comentarla. De manera que elegimos un título, es decir, una película, y haremos la crítica de la misma. Cuenten pues de qué va la película, cuál es la historia, cómo están contada, quienes son los actores y el director,(no escatimen en presupuesto), qué tal los escenarios, los planos, la luz y en fin, todo aquello que se suele reseñar en una crítica de las que aparecen en los medios escritos, tratando de imitar además el lenguaje periodístico apropiado. Pueden incluso recomendarla o lapidarla. Buen rodaje!

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En la voz de…

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Gabriela Mistral, seudónimo de Lucila Godoy Alcayaga​ (Vicuña, 7 de abril de 1889-Nueva York, 10 de enero de 1957), fue una poeta, diplomática y pedagoga chilena. … Como poeta, es una de las figuras más relevantes de la literatura chilena y latinoamericana. Entre sus obras destacan Desolación, Tala y Lagar.