Hace cuatro años…

Hace cuatro años y un día cavaron mi espalda

desdoblaron mi columna

cascada por el  tiempo  y el trote de subir y llenarme de colinas.
Tengo remaches y escaleras de titanio

y llevo el quehacer de los cirujanos bajo mi piel.

De ese momento sólo recuerdo flechas luminosas y un despertar borracho y la nausea columpiándose bajo mi lengua.

Dentro de mí, había unas manos amantes y una voz acariciando mis sienes.
Hace cuatro años y un día …

Resultado de imagen de trotando en la cima

Más seguro… más amarrado

La marcha fúnebre se detiene, se abre el ataúd, corroborado que el cuerpo está, se prosigue. Y no es para menos Harry Houdini tiene fama de ser el mejor escapista del mundo.

Harry Houdini, de nombre verdadero Erik Weisz​, fue un ilusionista y escapista austrohúngaro nacionalizado estadounidense. Wikipedia
Fecha de nacimiento24 de marzo de 1874, Budapest, Hungría
Fallecimiento31 de octubre de 1926, Sinai-Grace Hospital
Nombre completoErik Weisz
Años activo1896-1926
OcupaciónIlusionista, actor, productor de cine, mago, piloto, escapista, historiador
Resultado de imagen de harry houdini

‘La negación de la muerte’ de Ernest Becker — infomag.es

La negación de la muerte es la culminación de una vida de trabajo. La negación de la muerte -galardonada con el premio Pulitzer- es una brillante y apasionada respuesta al “por qué” de la existencia humana. En fuerte contraste con la predominante escuela freudiana de pensamiento, Becker aborda el problema de la mentira vital: el rechazo del hombre […]

a través de ‘La negación de la muerte’ de Ernest Becker — infomag.es

La tensión narrativa Por Manuel Cuellar del Río

Para que un texto funcione y logremos embaucar y crear interés en el lector necesitamos crear una cierta tensión narrativa. En contra de lo que pueda parecer, esta tensión narrativa no sólo se da en las obras más comerciales, sino en cualquier texto literario que se precie. Básicamente todas las estrategias de tensión narrativa se fundamentan en generar preguntas y posponer las respuestas, lo que alienta al lector en un avance continuado por el texto, en su necesidad de “querer saber”. Es muy sencillo. Imaginemos La isla del tesoro, por ejemplo, de Stevenson. Gran parte de la tensión narrativa de este texto se fundamenta en el interrogante: ¿logrará Jim Hawkins encontrar el tesoro? El lector quiere llegar al final del texto para ver si esto es así. También hay otros interrogantes que alimentan este avance.

¿Qué tipo de preguntas podemos plantear para generar esa tensión? Veamos algunos ejemplos.

Un poco de suspense

El suspense es quizá el modo más efectivo de generar tensión dramática y se sustenta en la posibilidad de que la vida del protagonista corra un peligro real. La definición que hace Patricia Highsmith del suspense es la expectativa de que algo vaya a terminar de modo violento. El modo más básico de crear suspense consiste en la aparición de armas o similares. En El último encuentro, de Sándor Márai, Henrik y Konrad vuelven a encontrarse después de 41 años. Konrad tuvo una aventura con Kriztina, la mujer de Henrik. Un día, durante una cacería, Heinrik siente que su amigo le apunta con un arma. El crimen no llega a producirse y Henrik lo recuerda así: “Esto mismo sentiste tú quizás por primera vez en tu vida, cuando en aquel bosque, en aquel punto de acecho, levantaste el arma y apuntaste para matarme’. Se inclina por encima de la pequeña mesa que hay entre los dos, delante de la estufa, se sirve una copita de licor, y saborea el líquido color púrpura con la punta de la lengua. Satisfecho, vuelve a poner la copita sobre la mesa”.

La novela se inicia mientras el general Henrik espera la llegada de su antiguo amigo. Entonces saca una pistola del cajón y la acaricia. Inmediatamente la tensión dramática se dispara. ¿Matará a Konrad?, ¿qué le mueve exactamente a hacerlo? ¿Quizá le tiene miedo? ¿Quizá es una simple cuestión de precaución? ¿La necesidad de una respuesta? ¿La reconciliación? ¿La venganza? ¿La necesidad de recuperar una amistad en otro tiempo apasionada? ¿El perdón? ¿La envidia? Sea como fuere, la aparición de ese objeto con capacidad de matar, carga la escena de expectativas y plantea un interrogante de primer orden. Estas expectativas no solo deben ser planteadas, sino mantenidas a lo largo del texto, convertidas en un “estado de vigilia”.

Muchas veces el suspense dimana, más que de una situación generada por los personajes, por la coyuntura en que estos se encuentran. En Las hormigas, del escritor francés Boris Vian, el protagonista es un soldado de la Primera Guerra Mundial. Al comenzar el relato, el protagonista pisa una mina. En el momento en que levante el pie la mina explotará. En esta situación tan comprometida, el soldado va recordando escenas fragmentadas de lo que ha sido su vida durante una veintena de páginas. Sea como fuere, ante la inminente muerte del soldado, el lector querrá leer para ver qué sucederá.

La aparición de un arma (o estrategias similares) son el modo extremo, y no pocas veces zafio, de plantear una situación de suspense. Pero hay otros modos más sutiles y quizá más interesantes. Cortázar, en Casa tomada, donde los protagonistas se sienten acorralados por una fuerza innominada, trabaja en un plano menos explícito y mucho más efectivo: ¿qué representa exactamente esa fuerza que va tomando la casa?, ¿por qué les va arrinconando?, ¿qué tipo de metáfora representa? Como venos, no es necesaria la presencia explícita del foco generador de suspense y es suficiente con que esta sea presentida.

Es importante entender que estos elementos no funcionan al margen de la historia, sino que generan significado. En el excepcional relato de Gregor von Rezzori Sobre el acantilado, el protagonista es un escultor que vive en una casa al borde de un acantilado. Su oficio es tallar vírgenes, piedades, anunciaciones y se plantea cada día si lo que hace es arte o solo se limita a replicar algo que ya está hecho, más o menos perfectas, de algo que ya está hecho. Saltar hacia el acantilado, simbólicamente, representa lograr algo realmente artístico. Pero un día llega otra excursionista llamada Lisa y se queda a vivir con él. Es en este momento cuando se inicia la escena (simbólica) que habla de cómo el pintor nunca tendrá valor para «saltar al abismo». Veamos cómo Rezzori trabaja el suspense situacional y lo carga de significado:

“—El amor espera una obediencia incondicional —le dije a Lisa—. ¿Te lanzarías por mí desde el acantilado?

Ella, serenamente, respondió:

—Si fuera preciso hacerlo, tal vez.

Yo le dije:

—Eso no vale. No si fuera preciso hacerlo, sino, sencillamente, porque yo te lo pido. ¿Lo harías?

Ella se acurrucó en su rincón, envuelta en la vieja chaqueta de lana.

—Si te vieras obligado a pedírmelo, probablemente sí —respondió—. Ya no tengo miedo.

—¿Ningún miedo?

—¡Ninguno!

—¡Demuéstramelo!

Lisa se levantó con el propósito de salir de la casa. La seguí. Se dirigió hasta el acantilado.

—¡Pero no así! —grité a sus espaldas—. Eso es demasiado fácil. Tienes que cerrar los ojos y caminar de espaldas, siempre confiando en que, en el momento preciso, en el último instante, yo te grite: «¡Detente!». Pero debes contar con que eso ocurrirá sólo en el último instante.

Ella se dio la vuelta, dando la espalda al acantilado, cerró los ojos y avanzó de ese modo, como una sonámbula, acercándose paso a paso al abismo. Ni yo fui capaz de soportarlo por mucho tiempo. Así que grité «¡Detente!» cuando Lisa aún estaba a varios pasos del precipicio. Ella se detuvo, abrió los ojos, miró por encima del hombro, midió la distancia y se encogió de hombros en un gesto de desprecio. Luego vino hacia donde yo estaba con el mismo paso de sonámbula, con la mirada clavada en la mía. Cuando estuvo delante de mí, me escupió en la cara. Al día siguiente había desaparecido, y su maleta se había ido con ella. La chaqueta de lana me la dejó”.

‘Sobre el acantilado’. (Gregor von Rezzori)

Ocultar información. La intriga

Todas las historias ocultan algún tipo de información. Para que esta información despierte las expectativas de un lector deberá ser relevante para el transcurso de la acción dramática. Esta información se revelará progresivamente a través de indicios, de respuestas, incluso de nuevas preguntas. O, como veíamos en la introducción, a veces estas preguntas carecerán de respuesta.

La selección de un correcto punto de vista es fundamental a la hora de manejar mecanismos de ocultación. Si usamos un narrador interno en primera persona, a priori no parece muy buena idea ocultar algo que el protagonista sabe. Imaginemos que ha cometido un asesinato. El narrador podrá ocultar esta información unas páginas, pero no mucho más. Si lo hacemos, el lector extraerá la idea de que algo le ha sido ocultado deliberadamente, de un modo falso y artero, y sentirá la manipulación. Las estrategias para generar tensión dramática por ocultación, se dividen en dos grandes grupos:

  • Cuando el lector sabe más que los personajes. En este caso la tensión se genera en dirección lector-personaje, por superioridad u omnisciencia con respecto a la situación dramática.
  • Cuando el lector sabe menos que los personajes. Este modo de generar tensión dramática también se conoce con el nombre de “intriga”. En este caso la tensión se genera en dirección personaje-lector mediante la ocultación de algún tipo de información relevante al lector. En La invención de Morel, de Bioy Casares, un náufrago llega a una extraña isla. La isla parece desierta, pero al poco empieza a ver hombres y mujeres jugando al tenis, aparentemente veraneando. El protagonista investiga quiénes pueden ser, qué hacen allí. Poco a poco veremos que son una suerte de hologramas proyectados por un ingenio diseñado por Morel usando la fuerza de las mareas. Es decir, Morel nos lo oculta y como lectores vamos sabiendo poco a poco, de un modo dosificado y estratégico, quién es quién, qué sucede. Este tipo de ocultación es la que usan, de forma generalizada, las novelas policiacas y de misterio.

Pulsión sexual

En lenguaje cinematográfico y de creación de guiones estas expectativas se conocen con el nombre explícito de tensión sexual no resuelta, si bien este apelativo resulta limitado y refiere un solo tipo de pulsión sexual. Si echamos un vistazo a la historia de la literatura, observaremos que gran parte se asienta sobre las relaciones de seducción, de acercamiento y ruptura, de flirteo y consumación. Orgullo y prejuicio, de Jane Austen; El amante de Lady Chatterley, de D. H. Lawrence; Madame Bovary, de Flaubert, o Retrato de una dama, de Henry James, son algunos ejemplos de este planteamiento decimonónico de la novela.

El lector de hoy sigue experimentando esa pulsión por las relaciones amorosas no consumadas, que se retardan o que durante páginas figuran en calidad de expectativa. El mar, el mar, de Iris Murdoch; Pieza de verano, de Christa Wolf, o Malina, de Ingeborg Bachmann son tres ejemplos actuales de expectativas amorosas tradicionales. En todas ellas es necesario barajar constantemente las dos alternativas: la consecución del amor o su frustración. En el momento en que una de ellas se perfila por encima de la otra, la tensión sexual desaparece. En estas historias, el clímax se produce cuando, después de una aproximación progresiva, que hace vislumbrar la relación, se produce una ruptura definitiva, que convoca el desenlace, consistente en una última y definitiva unión. Este esquema, insistentemente repetido en la historia de la literatura, procede de la filiación temática del Pigmalión. En ella, el rey de Chipre se enamora de su estatua, del mismo modo que el profesor Higgins, de Bernard Shaw, se enamora de una violetera.

Lo importante es hacer notar que cuanto mayor es la disimetría entre los caracteres de los personajes que comparten la relación, mayor es la generación de expectativas sobre el final. La violetera deslenguada y el aristócrata, la prostituta tierna y el empresario desalmado. ¿Os suena? Para que exista tensión de origen sexual no es suficiente que dos personas compartan historia, sino que esta debe ser activada por medio de una atracción real y creíble entre ellos. Este tipo de tensión dramática se fundamenta en mecanismos de carácter primario, es decir, que si nuestro personaje tienen cien años, por ejemplo, o está gravemente enfermo, esta estrategia, vinculada al deseo sexual, no va a funcionar porque estas circunstancias, de mayor peso, los van a desactivar y exigirán un replanteamiento en el enfoque de la historia.

Reloj narrativo

Una de las estrategias más eficientes para generar tensión es instalar, en el corazón del texto, un reloj narrativo. Es decir, acotar temporalmente la acción. Imaginemos el ejemplo clásico de una bomba que se activa y da diez segundos para que el desenlace se resuelva. No solo despertará expectativas violentas, como veíamos al principio, sino que el lector tendrá la sensación de una cierta inmediatez en el desenlace, algo que no tiene por qué ser cierto.

Cuanto menor sea el intervalo de tiempo que activa este reloj narrativo, mayor será la tensión producida. Es decir, es más intensa la cuenta atrás de un tren a punto de chocar con un carro interpuesto en la vía (La bestia humana, Émile Zola), que Los cien años de soledad de Gabriel García Márquez, aunque sepamos que, en ambos casos, el protagonista puede morir. El tiempo se convierte así en un personaje más de la historia al que conviene regresar cada poco.

Ambigüedad narrativa

La ambigüedad narrativa englobaría todos aquellos interrogantes que tienen que ver con la interpretación del texto: ambigüedades, correlato objetivo, etc. El lector no sabe si el protagonista de Hamlet está loco o se finge loco, o si Yvonne Firmin (Bajo el volcán, de Malcolm Lowry) se queda con Geoffrey por amor o por pena, si lo que siente John (el profesor de Oelana, de David Mamet) por Carol es odio o culpa. La percepción de su personaje es manipulada por el autor y traslada al lector. En Otra vuelta de tuerca, de Henry James, una institutriz, hija de un pastor, llega a la mansión de Bly para educar a unos niños. Sobre La mansión flota un aura de perversidad. Los dos niños, sin embargo, son la pura imagen de la inocencia. La institutriz empieza a ver a los fantasmas de la señorita Jessel, la antigua institutriz, y de Quint, un criado muerto en extrañas circunstancias. Conforme avanza la narración, sin embargo, el lector empieza a desconfiar del testimonio en primera persona de la institutriz. El lector no sabe si las apariciones son reales o simplemente se trata de los desvaríos de una neurótica reprimida. Henry James, con su habitual prosa subordinante, nunca se decanta por ninguna de las dos versiones. Cuando una parece dibujarse, la institutriz dice algo que inclina la balanza en la otra dirección. No existen informaciones concluyentes. Las pistas son contradictorias. En realidad, ambas interpretaciones son igual de factibles y es la ambigüedad, paradójicamente, la que le da sentido al texto.

Fijar un norte o meta

El hecho de que exista una meta, un fin, despierta también expectativas. Si el reloj narrativo acotaba temporalmente una historia, la existencia de una meta lo hace con la trama. En La carretera, de Cormac McCarthy, un padre y su hijo transitan una autopista tras una especie de hecatombe nuclear. De algún modo, lo que impele a los personajes a seguir adelante y no rendirse es saber qué hay exactamente al final de esa carretera, cuando esta termine y alcancen el mar. La existencia de una meta, no solo física o geográfica, sino de cualquier tipo posiciona firmemente al lector en una dirección, ayudando a fomentar sus expectativas.

Atmósfera

También la atmósfera por la que transitan los personajes ayuda a generar tensión en el texto. Es el caso de gran parte de la literatura de terror o misterio. Por ejemplo, La caída de la casa Usher, de E. A. Poe, comienza así:

“Durante todo un largo día de otoño, triste, pesado y sombrío, de aquellos en que cuelgan las nubes opresivamente bajas en el firmamento, atravesaba solo, a caballo, un monótono erial para encontrarme al fin, conforme avanzaban las sombras de la noche, al frente de la melancólica casa de Usher. No sé por qué, pero a la primera ojeada al edificio, un sentimiento de tristeza intolerable se apoderó de mi espíritu. Digo intolerable, porque esta impresión no estaba siquiera atenuada por aquella sensación casi agradable, por cuanto poética, con que generalmente recibe el cerebro las imágenes naturales aunque austeras de lo desolado y lo terrible. Miraba la escena que se desarrollaba ante mis ojos: la casa y las simples líneas del paisaje de los alrededores del dominio, los muros helados, las ventanas semejando cuencas vacías, unos cuantos lozanos juncos y algunos blancos troncos de árboles moribundos; mirábalo todo con depresión de ánimo tan profunda que sólo puede compararse con propiedad al despertar de los sueños de un fumador de opio, al amargo ingreso a la vida, al desgarramiento horrible de los velos. Sentíase tal frialdad, tal desfallecimiento, tal angustia del corazón, una melancolía tan irremediable de la mente, que ningún estímulo era capaz de impulsar la imaginación hacia la idea de lo sublime”.

‘La caída de la casa Usher’ (Edgar A. Poe).

El escritor pretende tensionar el texto desde sus primeras líneas, predisponiendo al lector contra el espacio que rodea la acción dramática. Pero sería un error pensar que la generación de expectativas a través de la atmósfera es predio exclusivo de la literatura de género. Otros autores buscan el mismo efecto de un modo más sutil, pero igual de desconcertante. Es el caso, por ejemplo, de Juan Rulfo.

Ahora te toca a ti. Concurso de Escritura Escuela de Escritores / El Asombrario

Como siempre, la lección de hoy sirve de base para nuestro concurso. El ganador podrá disfrutar de un mes gratis en cualquiera de los cursos que ofrece la Escuela de Escritores, tanto presenciales como por internet, y el texto se publicará en El Asombrario.

Este mes vamos a trabajar en una historia donde combinemos las siguientes estrategias de tensión dramática: intriga anticipada, suspense, ambigüedad y reloj narrativo. El protagonista de tu historia debe formar parte de una familia en la que hace tiempo murió una hermana deficiente en circunstancias poco esclarecidas y seguramente violentas. El caso fue cerrado, pero nadie cree la versión oficial. Uno de los hermanos (no el protagonista) ha alquilado una cabaña en un lugar apartado, sin posibilidad de comunicación y donde los teléfonos no tienen cobertura. A todos les ha dicho que ha de comunicarles algo importante y todos (incluido tu protagonista) piensan que tiene que ver con aquella muerte. La familia se reúne. El texto comienza cuando todos llegan a la cabaña. Todos, menos el hermano que conoce la verdad.

https://elasombrario.com/escueladeescritores/como-crear-tension-en-una-historia/

 

 

Resultado de imagen de misterio

El dream team de Olga Tokarczuk Nobel 2019

Hacía un buen rato que todos habíamos terminado de comer, pero como a mí me tocaban los trastes, me quedé en la cocina. Terminé de lavar, sequé todo, guardé todo y volví a la mesa a comer galletas; era mi postre y era una mínima recompensa por mi trabajo. De pronto sentí raro que hubiera tanto silencio y me vino el presentimiento: el abuelo. Me levanté como resorte y fui a la sala en busca de mi mamá, quien estaba viendo la televisión en el sofá:

—¿Y el abuelo?

—¡Mi papá! —exclamó ella, y se levantó también.

Fuimos juntos a la habitación del viejo. Efectivamente, había escapado una vez más. Siempre se las arreglaba: a veces se brincaba por la ventana, a veces hurtaba las llaves de alguien o esperaba a que nos descuidáramos y dejáramos la puerta sin cerrojo… sus estratagemas eran diversas. Lo que no cambiaba eran las consecuencias. El abuelo estaba pirado, loco, borderline. De verdad. Tenía una necesidad compulsiva de demostrar que era más listo que todas las demás personas. Por eso le daba por escapar cuando había tenido una pelea con mi madre o con alguno de nosotros, o cuando sentía que de alguna manera habíamos vulnerado su autoestima. Así nos lo dijo el doctor: era su manera de castigarnos. Se salía a la calle, tomaba el tranvía y se iba a robar a las tiendas. Sabía hacerlo y en general lograba burlar vigilantes, espejos, sensores y circuitos cerrados. Llegaba a la casa con su bolsa llena de porquerías: dulces, pantimedias, latas de atún, cremas faciales, velas perfumadas… pero cuando en verdad quería castigarnos, dejaba que lo cacharan. Y entonces sí: venían los problemas. Llamaba por teléfono —o hacía que llamaran los empleados de la tienda— para que fuéramos a rescatarlo. Y ahí íbamos, a veces mi pobre madre y yo. Hablábamos con el empleado, le explicábamos que el viejo estaba mal de la cabeza, nos disculpábamos y pagábamos o devolvíamos lo robado. Algunas personas eran amables y no llevaban el problema a mayores. Hasta les caía en gracia lo del viejito cleptómano. Pero otros se engorilaban y empezaban a amenazar con que iban a llamar a la policía y sólo se calmaban si pagábamos el triple de lo que costaba la mercancía robada. No siempre era posible, claro. Entonces había que pelear. Pero hasta eso, el abuelo era considerado: entraba a tiendas baratas y se birlaba sólo cosas baratas; nunca se metió a una joyería, por ejemplo, aunque yo sé que tenía esa fantasía.

Pues otra vez se había metido en líos. O estaba por hacerlo. Le marqué al celular, resignado. Desde la mesa de la cocina empezó a sonar, inmediatamente, su canción favorita: We are the Champions. Genial: no se lo llevó.

—Ya vendrá —le dije a mi madre, que me miraba con su eterna cara de preocupación.

—Tu hermano va a llegar tarde —me contestó—. Fue a hacer un trabajo en equipo.

—Pues yo no voy a ir a buscar a mi abuelo. No tengo idea de dónde esté.

Mi madre se me quedó viendo ya sin decir nada, con los ojos vidriosos de angustia.  Pero no quise dejar que me manipulara.

—Siempre agarra un camino distinto —le expliqué.

Empezó a estrujarse las manos.

No le hice caso. Regresé a la cocina a servirme un vaso de agua de tamarindo. Le eché hielos y me lo subí a mi cuarto. Me eché en la cama a oír música, a ver si me quedaba dormido y cuando despertara ya no me dolía la cabeza. Pero de pronto sentí que mi madre me estaba observando desde la puerta. Volteé. No había nadie ahí: la puerta estaba cerrada. Era el resultado de dieciséis años de condicionamiento moral familiar. Sencillamente no podía librarme de él. Me levanté y volví a la sala, donde mi madre no había dejado de retorcerse las manos. Tomé mi sudadera, que había dejado aventada en el respaldo del sofá.

—Dame dinero, pues.

Con más angustia que si yo hubiera seguido negándome, me entregó un billete que ya tenía preparado —así de bien me conoce— y todavía tuvo la desfachatez de encargarme que no me tardara.

Una vez en la calle, la pregunta era: ¿derecha o izquierda? Por la izquierda se iba al mercado, al cine El Ángel Azul y a la estación del tren: tiendas que iban de medio pelo a más o menos; por la derecha, al centro y a los portales y luego a la plaza comercial y al parque. Tomé este camino.

En la primera cuadra había una tienda de deportes, una de regalos y una tabaquería. Ni siquiera me asomé: ésa no era la línea de mi abuelo. A partir de la segunda cuadra empecé a mirar adentro: libros, música y DVDs, perfumes, papelería, lencería, arreglos florales… Ni sus luces. También por ahí estaba la pastelería El Tiempo Perdido, así que pasé a comprarme una magdalena aprovechando que llevaba dinero. Me atendió la hija de la dueña, una chica de lentes que me gusta y a quien pienso invitar a salir un día de éstos, cuando su madre no esté ahí cuidándome los ojos.

Me fui comiendo en el camino y me alegré un poco con eso. Luego vi a otra muchacha que me pareció interesante: tenía aspecto de vaga, pero una cara linda, entre melancólica y agresiva, algo así. Estaba parada ante el aparador de una zapatería, comentando con un chico de pelo largo que parecía niña.

Llegué a Plaza Marsh —nuestro flamante centro comercial con dos plantas completas de como veinte tiendas cada una y cuatro salas de cine—. Recorrí el primer pasillo, luego el segundo y ahí… ahí lo encontré. Estaba en una tienda de ropa para caballeros y de inmediato vi cuál era el objetivo de la presente misión: las corbatas. No era mala idea: una corbata ocupa poco

Hacía un buen rato que todos habíamos terminado de comer, pero como a mí me tocaban los trastes, me quedé en la cocina. Terminé de lavar, sequé todo, guardé todo y volví a la mesa a comer galletas; era mi postre y era una mínima recompensa por mi trabajo. De pronto sentí raro que hubiera tanto silencio y me vino el presentimiento: el abuelo. Me levanté como resorte y fui a la sala en busca de mi mamá, quien estaba viendo la televisión en el sofá:

—¿Y el abuelo?

—¡Mi papá! —exclamó ella, y se levantó también.

Fuimos juntos a la habitación del viejo. Efectivamente, había escapado una vez más. Siempre se las arreglaba: a veces se brincaba por la ventana, a veces hurtaba las llaves de alguien o esperaba a que nos descuidáramos y dejáramos la puerta sin cerrojo… sus estratagemas eran diversas. Lo que no cambiaba eran las consecuencias. El abuelo estaba pirado, loco, borderline. De verdad. Tenía una necesidad compulsiva de demostrar que era más listo que todas las demás personas. Por eso le daba por escapar cuando había tenido una pelea con mi madre o con alguno de nosotros, o cuando sentía que de alguna manera habíamos vulnerado su autoestima. Así nos lo dijo el doctor: era su manera de castigarnos. Se salía a la calle, tomaba el tranvía y se iba a robar a las tiendas. Sabía hacerlo y en general lograba burlar vigilantes, espejos, sensores y circuitos cerrados. Llegaba a la casa con su bolsa llena de porquerías: dulces, pantimedias, latas de atún, cremas faciales, velas perfumadas… pero cuando en verdad quería castigarnos, dejaba que lo cacharan. Y entonces sí: venían los problemas. Llamaba por teléfono —o hacía que llamaran los empleados de la tienda— para que fuéramos a rescatarlo. Y ahí íbamos, a veces mi pobre madre y yo. Hablábamos con el empleado, le explicábamos que el viejo estaba mal de la cabeza, nos disculpábamos y pagábamos o devolvíamos lo robado. Algunas personas eran amables y no llevaban el problema a mayores. Hasta les caía en gracia lo del viejito cleptómano. Pero otros se engorilaban y empezaban a amenazar con que iban a llamar a la policía y sólo se calmaban si pagábamos el triple de lo que costaba la mercancía robada. No siempre era posible, claro. Entonces había que pelear. Pero hasta eso, el abuelo era considerado: entraba a tiendas baratas y se birlaba sólo cosas baratas; nunca se metió a una joyería, por ejemplo, aunque yo sé que tenía esa fantasía.

Pues otra vez se había metido en líos. O estaba por hacerlo. Le marqué al celular, resignado. Desde la mesa de la cocina empezó a sonar, inmediatamente, su canción favorita: We are the Champions. Genial: no se lo llevó.

—Ya vendrá —le dije a mi madre, que me miraba con su eterna cara de preocupación.

—Tu hermano va a llegar tarde —me contestó—. Fue a hacer un trabajo en equipo.

—Pues yo no voy a ir a buscar a mi abuelo. No tengo idea de dónde esté.

Mi madre se me quedó viendo ya sin decir nada, con los ojos vidriosos de angustia.  Pero no quise dejar que me manipulara.

—Siempre agarra un camino distinto —le expliqué.

Empezó a estrujarse las manos.

No le hice caso. Regresé a la cocina a servirme un vaso de agua de tamarindo. Le eché hielos y me lo subí a mi cuarto. Me eché en la cama a oír música, a ver si me quedaba dormido y cuando despertara ya no me dolía la cabeza. Pero de pronto sentí que mi madre me estaba observando desde la puerta. Volteé. No había nadie ahí: la puerta estaba cerrada. Era el resultado de dieciséis años de condicionamiento moral familiar. Sencillamente no podía librarme de él. Me levanté y volví a la sala, donde mi madre no había dejado de retorcerse las manos. Tomé mi sudadera, que había dejado aventada en el respaldo del sofá.

—Dame dinero, pues.

Con más angustia que si yo hubiera seguido negándome, me entregó un billete que ya tenía preparado —así de bien me conoce— y todavía tuvo la desfachatez de encargarme que no me tardara.

Una vez en la calle, la pregunta era: ¿derecha o izquierda? Por la izquierda se iba al mercado, al cine El Ángel Azul y a la estación del tren: tiendas que iban de medio pelo a más o menos; por la derecha, al centro y a los portales y luego a la plaza comercial y al parque. Tomé este camino.

En la primera cuadra había una tienda de deportes, una de regalos y una tabaquería. Ni siquiera me asomé: ésa no era la línea de mi abuelo. A partir de la segunda cuadra empecé a mirar adentro: libros, música y DVDs, perfumes, papelería, lencería, arreglos florales… Ni sus luces. También por ahí estaba la pastelería El Tiempo Perdido, así que pasé a comprarme una magdalena aprovechando que llevaba dinero. Me atendió la hija de la dueña, una chica de lentes que me gusta y a quien pienso invitar a salir un día de éstos, cuando su madre no esté ahí cuidándome los ojos.

Me fui comiendo en el camino y me alegré un poco con eso. Luego vi a otra muchacha que me pareció interesante: tenía aspecto de vaga, pero una cara linda, entre melancólica y agresiva, algo así. Estaba parada ante el aparador de una zapatería, comentando con un chico de pelo largo que parecía niña.

Llegué a Plaza Marsh —nuestro flamante centro comercial con dos plantas completas de como veinte tiendas cada una y cuatro salas de cine—. Recorrí el primer pasillo, luego el segundo y ahí… ahí lo encontré. Estaba en una tienda de ropa para caballeros y de inmediato vi cuál era el objetivo de la presente misión: las corbatas. No era mala idea: una corbata ocupa poco espacio, no pesa, se oculta fácilmente. El viejo hacía como que las miraba con ojos de conocedor sin poder decidirse entre una roja con lunares blancos y una azul con rayas diagonales verdes y amarillas. Conozco los métodos de mi abuelo: la que pensaba llevarse no era ninguna de esas dos; ésa ya la tenía en el bolsillo del saco. Ahora tomaría una chamarra cualquiera y se la llevaría al probador; una vez ahí le quitaría el clip magnético a la corbata con una herramienta especial que había diseñado él mismo… y ya estaba.

Sin embargo, fuera porque ya lo conocían ahí o porque su actitud resultara sospechosa, una de las empleadas no dejaba de vigilarlo disimuladamente. Él seguro se había dado cuenta: tiene el mismo sexto sentido de las muchachas bonitas, que les advierte enseguida cuando alguien las está mirando. Como quiera, peligraba la misión. Y yo no tenía el mínimo interés en volver a caer en una de esas situaciones humillantes en que hay que entrar al rescate, explicar, disculparse, pagar, sonreír vergonzosamente… se me ocurrió hacer lo que nunca había hecho. Caminé directamente hacia la señorita, quien no le quitaba los ojos de encima al viejo y le pregunté si tenía calcetines negros. Me llevó al fondo de la tienda y ahí se puso a mostrarme distintos modelos, que yo miraba indeciso. Finalmente le di las gracias y me fui a mirar las chamarras. El abuelo iba saliendo.

Por supuesto, me esperaba afuera.

—¡Estuvimos geniales! —me dijo con un entusiasmo ridículamente infantil. Y sacó de su bolsillo, no una sino dos corbatas.

—Escoge la que quieras —me dijo—. Es tu parte del botín.

Acepté, más por diversión y por ahorrar palabras que por otra cosa, y tomé la más bonita de las dos corbatas: una amarilla con dibujos de los Simpson. Nos fuimos a casa en silencio, el abuelo caminando detrás de mí como perrito satisfecho de su paseo. Le dije a mi mamá que no había pasado nada, que había interceptado a su señor padre antes de que pudiera hacer una travesura, y le devolví su dinero, menos lo de la magdalena. Ella no preguntó más y el resto de la tarde transcurrió en paz.

Sin embargo, en la noche, cuando ya era yo el único que seguía despierto y estaba en la computadora checando el Face, el viejo se acercó a mí sigilosamente y me dijo en voz baja:

—Oye, la operación de hoy estuvo de veras genial. ¿Qué te parece si nos hacemos socios? Vamos a michas.

Aparté la vista de la pantalla y me le quedé viendo.

—Ándale —insistió—. Haríamos algunas operaciones facilitas, de entrenamiento, y luego nos vamos a la joyería Gina, ¿qué te parece? Ya la tengo bien estudiada. Todo el plan hecho.

No pude evitar sonreír. La idea no era tan descabellada. Tal vez el abuelo estaba pirado, pero en eso de robar cosas tenía su talento.

—¿Lo puedo pensar? —le pregunté, con miedo de sonar como niña en su primer noviazgo.

—Piénsalo de aquí a mañana. ¡Rayos! Vas a ver que no te arrepientes. Haremos el dream team y luego hasta podemos especializarnos en obras de arte o algo así de picudo —con esto dio por terminado su discurso de convencimiento y se retiró a su cuarto con cara de ensoñación.

Yo me quedé un rato más en la computadora y, por supuesto, pensando en la propuesta. Sí, sonaba tentador, pero había cosas que me daban mala espina. Por eso le dije que necesitaba pensarlo, no por hacerme el interesante. Me fui a dormir con la pregunta en la mente y al otro día la traje conmigo todo el tiempo como un zumbido en los oídos.

El abuelo no me buscó ni intentó salirse a la calle ni hizo nada loco. Se la pasó oyendo música: sus viejos discos de Emerson, Lake & Palmer. Cómo no iba a estar tranquilo. ¿Qué podía perder? Si nos caían en algo gordo, él de todas maneras ya estaba viejo: había vivido todo lo que tenía que vivir. No pasaría muchos años en la cárcel de cualquier manera. Y a la mejor hasta le rebajaban la condena en atención a su avanzada edad. En cambio yo… el reformatorio, el estigma de la sociedad, la pena para mis padres. Ahora que, ¿y si hacíamos nada más lo de la joyería y que ahí muriera? Con lo que sacáramos se resolverían las necesidades más inmediatas de la familia. Mi papá podría pagarle al banco, mi mamá ya no tendría que trabajar tanto, por lo menos unos meses… yo me compraría una MacAir y unos Converse… Pero, ¿cómo le haríamos para vender las cosas? Habría que esperar a que se enfriaran, como decían en las películas, y mientras tanto no podríamos dormir en paz ni una sola noche. Y seguro el abuelo querría hacer otros robos. Podría chantajearme si yo no aceptaba; ahora tendría con qué.

Mi ángel bueno y mi ángel malo siguieron peleándose así todo el día, sin que ninguno de los dos pudiera llegar a una victoria clara.

Finalmente, en la noche, llegó el momento que temía: el abuelo vino a verme a la computadora. Lo sentí acercarse desde mucho antes que llegara. Y bueno, no tenía yo ninguna respuesta para él, no había podido llegar a nada. Pero él no me preguntó.

—No sé qué hayas pensado —me dijo—, pero creo que yo me rajo.

Sonreí con desencanto a pesar de todo.

—¿Ya no me vas a invitar a tu dream team? —le pregunté.

—Ya no habrá tal cosa. Me retiro. A partir de hoy soy un hombre nuevo. No más sobresaltos, no más humillaciones ni vergüenzas para la familia.

—¿Es en serio, abuelo?

—Completamente.

—¿Y crees que te lo va a creer mi mamá?

—Me creerá porque nunca antes se lo había prometido. Y nunca le he dejado sin cumplir una promesa. Pues qué te crees: soy ratero, pero honorable.

Sentí que un gran peso desaparecía de mis espaldas. Adiós ayuda para mis padres, adiós MacAir, adiós autoestima, adiós todo. Pero qué geníal sería ya no tener que vigilar al abuelo, ya no ver a mi madre tronándose los dedos de preocupación; eso sería en sí una gran ayuda para ella.  Cuando me convencí de que el viejo hablaba en serio, de que no me iba a salir con una broma tonta, me vino la idea de volteársela:

—¿Le vas a sacar entonces? Yo ya estaba listo, jefe. Hasta la mochila tenía preparada.

—Ya te dije.

—Para eso me gustabas, sacatón.

Y así lo seguí jorobando, no sólo unos días, sino todos los meses que le quedaban de vida. Porque, ciertamente, el abuelo cumplió su promesa y no volvió a dar lata. Pero tampoco volvió a vérsele en los ojos el brillo de antes, de cuando lograba escapar a nuestra vigilancia y salirse a robar a las tiendas. Sin esa emoción, lo poco que le quedaba de vitalidad se resecó como un charco al sol.

Le daría gusto saber que en su funeral, a pesar del regaño de mi madre y las miradas criticonas de muchos de los asistentes, usé la corbata de los Simpson que fue lo primero y lo último que robamos juntos.Traducción castellana de Agatha Orzeszek, para Anagrama. Traducción catalana de Xavier Farré, para Rata Editorial (esta versión va seguida de una traducción informativa al castellano).

decidirse entre una roja con lunares blancos y una azul con rayas diagonales verdes y amarillas. Conozco los métodos de mi abuelo: la que pensaba llevarse no era ninguna de esas dos; ésa ya la tenía en el bolsillo del saco. Ahora tomaría una chamarra cualquiera y se la llevaría al probador; una vez ahí le quitaría el clip magnético a la corbata con una herramienta especial que había diseñado él mismo… y ya estaba.

Sin embargo, fuera porque ya lo conocían ahí o porque su actitud resultara sospechosa, una de las empleadas no dejaba de vigilarlo disimuladamente. Él seguro se había dado cuenta: tiene el mismo sexto sentido de las muchachas bonitas, que les advierte enseguida cuando alguien las está mirando. Como quiera, peligraba la misión. Y yo no tenía el mínimo interés en volver a caer en una de esas situaciones humillantes en que hay que entrar al rescate, explicar, disculparse, pagar, sonreír vergonzosamente… se me ocurrió hacer lo que nunca había hecho. Caminé directamente hacia la señorita, quien no le quitaba los ojos de encima al viejo y le pregunté si tenía calcetines negros. Me llevó al fondo de la tienda y ahí se puso a mostrarme distintos modelos, que yo miraba indeciso. Finalmente le di las gracias y me fui a mirar las chamarras. El abuelo iba saliendo.

Por supuesto, me esperaba afuera.

—¡Estuvimos geniales! —me dijo con un entusiasmo ridículamente infantil. Y sacó de su bolsillo, no una sino dos corbatas.

—Escoge la que quieras —me dijo—. Es tu parte del botín.

Acepté, más por diversión y por ahorrar palabras que por otra cosa, y tomé la más bonita de las dos corbatas: una amarilla con dibujos de los Simpson. Nos fuimos a casa en silencio, el abuelo caminando detrás de mí como perrito satisfecho de su paseo. Le dije a mi mamá que no había pasado nada, que había interceptado a su señor padre antes de que pudiera hacer una travesura, y le devolví su dinero, menos lo de la magdalena. Ella no preguntó más y el resto de la tarde transcurrió en paz.

Sin embargo, en la noche, cuando ya era yo el único que seguía despierto y estaba en la computadora checando el Face, el viejo se acercó a mí sigilosamente y me dijo en voz baja:

—Oye, la operación de hoy estuvo de veras genial. ¿Qué te parece si nos hacemos socios? Vamos a michas.

Aparté la vista de la pantalla y me le quedé viendo.

—Ándale —insistió—. Haríamos algunas operaciones facilitas, de entrenamiento, y luego nos vamos a la joyería Gina, ¿qué te parece? Ya la tengo bien estudiada. Todo el plan hecho.

No pude evitar sonreír. La idea no era tan descabellada. Tal vez el abuelo estaba pirado, pero en eso de robar cosas tenía su talento.

—¿Lo puedo pensar? —le pregunté, con miedo de sonar como niña en su primer noviazgo.

—Piénsalo de aquí a mañana. ¡Rayos! Vas a ver que no te arrepientes. Haremos el dream team y luego hasta podemos especializarnos en obras de arte o algo así de picudo —con esto dio por terminado su discurso de convencimiento y se retiró a su cuarto con cara de ensoñación.

Yo me quedé un rato más en la computadora y, por supuesto, pensando en la propuesta. Sí, sonaba tentador, pero había cosas que me daban mala espina. Por eso le dije que necesitaba pensarlo, no por hacerme el interesante. Me fui a dormir con la pregunta en la mente y al otro día la traje conmigo todo el tiempo como un zumbido en los oídos.

El abuelo no me buscó ni intentó salirse a la calle ni hizo nada loco. Se la pasó oyendo música: sus viejos discos de Emerson, Lake & Palmer. Cómo no iba a estar tranquilo. ¿Qué podía perder? Si nos caían en algo gordo, él de todas maneras ya estaba viejo: había vivido todo lo que tenía que vivir. No pasaría muchos años en la cárcel de cualquier manera. Y a la mejor hasta le rebajaban la condena en atención a su avanzada edad. En cambio yo… el reformatorio, el estigma de la sociedad, la pena para mis padres. Ahora que, ¿y si hacíamos nada más lo de la joyería y que ahí muriera? Con lo que sacáramos se resolverían las necesidades más inmediatas de la familia. Mi papá podría pagarle al banco, mi mamá ya no tendría que trabajar tanto, por lo menos unos meses… yo me compraría una MacAir y unos Converse… Pero, ¿cómo le haríamos para vender las cosas? Habría que esperar a que se enfriaran, como decían en las películas, y mientras tanto no podríamos dormir en paz ni una sola noche. Y seguro el abuelo querría hacer otros robos. Podría chantajearme si yo no aceptaba; ahora tendría con qué.

Mi ángel bueno y mi ángel malo siguieron peleándose así todo el día, sin que ninguno de los dos pudiera llegar a una victoria clara.

Finalmente, en la noche, llegó el momento que temía: el abuelo vino a verme a la computadora. Lo sentí acercarse desde mucho antes que llegara. Y bueno, no tenía yo ninguna respuesta para él, no había podido llegar a nada. Pero él no me preguntó.

—No sé qué hayas pensado —me dijo—, pero creo que yo me rajo.

Sonreí con desencanto a pesar de todo.

—¿Ya no me vas a invitar a tu dream team? —le pregunté.

—Ya no habrá tal cosa. Me retiro. A partir de hoy soy un hombre nuevo. No más sobresaltos, no más humillaciones ni vergüenzas para la familia.

—¿Es en serio, abuelo?

—Completamente.

—¿Y crees que te lo va a creer mi mamá?

—Me creerá porque nunca antes se lo había prometido. Y nunca le he dejado sin cumplir una promesa. Pues qué te crees: soy ratero, pero honorable.

Sentí que un gran peso desaparecía de mis espaldas. Adiós ayuda para mis padres, adiós MacAir, adiós autoestima, adiós todo. Pero qué geníal sería ya no tener que vigilar al abuelo, ya no ver a mi madre tronándose los dedos de preocupación; eso sería en sí una gran ayuda para ella.  Cuando me convencí de que el viejo hablaba en serio, de que no me iba a salir con una broma tonta, me vino la idea de volteársela:

—¿Le vas a sacar entonces? Yo ya estaba listo, jefe. Hasta la mochila tenía preparada.

—Ya te dije.

—Para eso me gustabas, sacatón.

Y así lo seguí jorobando, no sólo unos días, sino todos los meses que le quedaban de vida. Porque, ciertamente, el abuelo cumplió su promesa y no volvió a dar lata. Pero tampoco volvió a vérsele en los ojos el brillo de antes, de cuando lograba escapar a nuestra vigilancia y salirse a robar a las tiendas. Sin esa emoción, lo poco que le quedaba de vitalidad se resecó como un charco al sol.

Le daría gusto saber que en su funeral, a pesar del regaño de mi madre y las miradas criticonas de muchos de los asistentes, usé la corbata de los Simpson que fue lo primero y lo último que robamos juntos.

Traducción castellana de Agatha Orzeszek, para Anagrama. Traducción catalana de Xavier Farré, para Rata Editorial (esta versión va seguida de una traducción informativa al castellano).

Resultado de imagen de viejito cariacatura

Es que ustedes… de Max Aub

Es que ustedes no son mujeres, y, además, no viajan en camión, sobre todo en el Circunvalación, o en el amarillo cochino de Circuito Colonias, a la hora de la salida del trabajo. Y no saben lo que es que la metan a una mano. Que todos y cualquiera procuren aprovecharse de las apreturas para rozarle los muslos y las nalgas, haciéndose los desinteresados, mirando a otra parte, como si fuesen inocentes palomitas. Indecentes.
Y una procura hurtarse a la presión y empuja hacia otro lado. Y ahí otro cerdo, con las manos en los bolsillos rozándola a una. ¡Qué asco! Pero ese tipo se pasó de la raya: dos días seguidos nos encontramos lado por lado. Yo no quería hacer un escándalo, porque me molestan, y son capaces de reírse de una. Por si acaso me lo volvía a encontrar me llevé un cuchillito, filoso, eso sí. Sólo quería pincharle. Pero entró como si fuera manteca, puritita manteca de cerdo. Era otro, pero se lo merecía igual que aquél.

 

Nació el 2 de junio de 1903 en París (Francia) en 1903.

Su padre era alemán y su madre francesa. Se instalaron en Valencia (España) en 1914.

Estuvo al cargo de la dirección, entre 1935 y 1936, del teatro universitario «El búho» perfilándose como uno de los escritores jóvenes influido por la Revista de Occidente y José Ortega y Gasset.

Cuando estalló la Guerra Civil española, colaboró con André Malraux en la filmación de L’Espoir (1937). Republicano, cruzó la frontera en 1939 y fue internado en un campo francés. Deportado a Argelia, logró escapar en 1942 y partió hacia México, donde publica la parte más significativa de su obra literaria.

Antes de la Guerra Civil ya se habían publicado Los poemas cotidianos (1930), Teatro incompleto (1930), Espejo de avaricia (1935) y Yo vivo (1936). A finales de la década de 1960 regresó a España, y escribió La gallina ciega, diario español (1971). Publicó revistas muy personales: Sala de Espera (1960) y Los 60.

u obra narrativa comprende las novelas del ciclo «El laberinto mágico» (Campo cerrado, 1943; Campo de sangre, 1945; Campo abierto, 1951; Campo del moro, 1963; Campo francés, 1965; y Campo de los almendros, 1968); varios volúmenes de cuentos y, entre otras novelas, Juego de cartas (1964), compuesta de 108 naipes en cuyo reverso van escritas misivas que trazan el retrato del protagonista, Máximo Ballesteros.

Max Aub falleció el 22 de julio de 1972 en Ciudad de México.

Obras seleccionadas

Novelas

Luis Álvarez Petreña
El laberinto mágico
Las buenas intenciones
Jusep Torres Campalans
La calle de Valverde
Juego de Cartas

Relatos

No son cuentos
Revista Sala de espera
Algunas prosas
Cuentos ciertos
Cuentos mexicanos
La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco y otros cuentos
El Zopilote y otros cuentos mexicanos
Historias de mala muerte
Mis páginas mejores
Últimos cuentos de la guerra de España

Teatro

Una botella
El desconfiado prodigioso
Espejo de avaricia
Narciso
San Juan
Morir por cerrar los ojos
El rapto de Europa
De algún tiempo a esta parte
Deseada
No

Poesía

Los poemas cotidianos
Diario de Djelfa
Antología traducida
Versiones y subversiones
Imposible Sinaí
Antología de la poesía mexicana

Biografía

Conversaciones con Luis Buñuel

Resultado de imagen de max aub bio

Variaciones de un poema

Después del carnaval.

Y me la lleve al río creyendo que era mozuela, y no… Era mi mujer. Y me dijo la muy masoquista: pégame, humíllame, muérdeme…  Se denudo y me dio el látigo. Lo levanté para azotarla, pero no lo hice… mañana te doy, -le dije. y salí rumbo a la ciudad silbando.

Resultado de imagen de fiesta de carnaval