sendero
La nieve cae.
Bajo el árbol con nidos
pelean las ratas.

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sendero
La nieve cae.
Bajo el árbol con nidos
pelean las ratas.

Sendero
Paula, esposa de Alfredo, llevó a su ahijada al templo, para pedirle al santo niño de Atocha que le diese un compañero. A más de una hora de rezo, de pie frente a la imagen, le dice: «Madrina, estoy cansada». «Descansa, te dejo mi lugar». le contestó.
Seis meses después Otilia ,que así se llama la ahijada se casaba. Paula murió y ella ocupó su lugar.

Sendero
Los maestros esotéricos aconsejan que apliques tu ojo a las pequeñas cosas de la vida; si deseas armonía, una cajita de cedro que resguarde el ópalo y el cuarzo es recomendable para tener una buena salud. En días de incertidumbre proponen que no abandones la cueva; solo si es estrictamente necesario. Sugieren que estés pendiente a lo que dice tu oído. Si al descansar por las noches escuchas latidos saltones, huracanes sibilantes o pompas que se rompen en tu pecho será necesario que llames al médico y a una excelente modista para tener a la mano un buen traje que te haga ver elegante y no ser un pobre muerto que sea el hazme reír en tu velorio.

Sendero
Aquella vez, en el patio de su casa, le dije a la Cristina que el mango de don Nicolás estaba a reventar, que todavía teníamos tiempo de ir a cortar. «Ya es muy tarde», «No lo es», «Y si llega mi mamá y no me encuentra, me deja sin cabellos», «No. Vi que se llevó su librito de rezar y estará ocupada con el difunto», «¿Estás seguro?», «Claro que lo estoy, pues mi mamá también fue al velorio. Así, mientras me subo al árbol, los corto y tú los cachas».
Eso se lo había dicho tres meses antes. Días después de haber hecho el corte, dejó de hablarme y me evadía. Aquella vez que salimos de clase, me dijo que me esperaba bajo el mango, ,
Teníamos la misma edad y en la escuela nos llevábamos bien; por eso algunas veces hacíamos la tarea en su casa o en la mía. Y, cuando terminábamos, sonreíamos a la menor provocación. La Cristina me gustaba para novia.
Esa tarde cortamos mangos de un amarillo radiante y nos ganó el deseo de comerlos. Le hincamos toda la dentadura. Sonreíamos y sonreíamos porque a ella y a mí se nos escurrían hilos dorados que llegaban a la barbilla y al cuello. En un impulso, se los quité del mentón y me dejó seguir como si ella fuese el mango. Se hacía de lado, pero fue cediendo y llegué al cuello y más abajo. Después me quité la camisa y me embarré de pulpa y le dije: «Te toca a ti …». Pensé que no iba a querer, pero sí quiso. Después destripamos más frutos. Y, con la lengua y los labios, sorbíamos el dulce arroyo que regaba nuestros cuerpos. Regresamos sin mangos.
Bajo la sombra del árbol le reclamé a la Cristina que por qué no me hablaba. «No me hagas caso, ya te platicaré». Entonces, la tomé de la cintura y la besé. Ella no dijo nada, pero al tocarle sus pechos saltó hacia atrás y dijo que no, que estaba asustada y ahora contenta porque la regla ya le había bajado, aunque con muchos dolores, que mejor la viera en el patio de su casa en tres días, que sus padres se irían a la ciudad a visitar a un compadre. Antes de despedirme me dijo al oído: «Cortas mandarinas».

Sendero
Anexo a los quirófanos se ubican los vestidores médicos, sitio de enormes tensiones, los que estamos como aprendices, nos limitamos. El paciente era un niño de cinco años con un tumor alojado en faringe. El anestesiólogo con ojos de raya y espejuelo. Él normalmente serio, ahora parecía más. Se cambiaba sentado en una esquina, alejado de los demás. El cirujano se la había pasado contando situaciones jocosas que festejábamos y se cambiaba de pie en una esquina contraria a la del anestesista. Hubo un momento en que nos quedamos callados. El otorrino se despojó de los pantalones, al mismo tiempo, el anestesiólogo sentado, hacia lo mismo. Cuando escuchamos del otorrino y cirujano «ay ay ay», amanerado y reculando hacía donde estaba su compañero y exclamando «¡Ay… ay qué me vas hacer…!, qué me vas a hacer», hasta que se topó con las piernas de su colega. Rompimos en carcajadas. Él se puso de mil colores mientras el otro imitaba movimientos copulatorios y seguía con su vocecita amanerada “qué me vas a hacer”, “qué me vas a hacer” Instantes después se paró y serio le dijo: «ánimo colega, deje esa cara, que vamos a salir bien de la cirugía».

Baja sigiloso
de la buganvilia.
plumas entre el viento.

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Amar hasta que te duela
y quedarse con la experiencia.
¡Nunca se sabe!
si será el último,
con la mujer,
o con la vida…

Sendero
alió al patio. Pasaban de las tres de la mañana y era el tercer día que no podía dormir. Había tomado de todo, desde remedios caseros hasta las grageas del homeópata. Cuando los bostezos llegaban, se tiraba a la cama y el sueño desaparecía. En la séptima madrugada sacó del cajón una pistola, y se voló la tapa de los sesos. A través del cristal del ataúd reconoció a la araña, que se columpiaba indiferente al murmullo de los rezos, y era la misma que él veía, mucho antes de que pensara en meterse una bala.

Sendero
Ella, la que hubiera amado tanto,
La que hechizó con música mi alma,
Me pide con ternura que la olvide
Que la olvide sin odios y sin llanto.
Yo que llevo enterrado tantos sueños,
Yo que guardo tantas tumbas en el alma,
No sé por qué sollozo y tiemblo
Al cavar una más en mis entrañas.
«Domingo Casanova Heredia era un conductor de Calesa (Carro tirado por un caballo)que gustaba de la música Yucateca. Un día encontró estos versos tirados en su calesa, pues alguien los había olvidado. Y le gustaron a tal grado que decidió ponerles música. De esta manera nació esta bella creación de la trova de Yucatán. Ha sido grabada en varios idiomas y le ha dado la vuelta al mundo. Yo mismo la grabé con mi voz en una versión en Maya para el hotel Fiesta Americana Mérida en el año 2000, en un CD promocional del Hotel. Este autor escribió otros temas, pero ninguno tan importante como éste que espero sea de su agrado. Felipe García, trovador».
En la tierra de la fe,
la zopilotada vuela
a ras de tierra.

Sendero
Mar de verano.
Entre el adobe del muro
se oye el piar.

Sendero
El chipi chipi transforma los caminos en lodazales. Es el invierno, donde los días se alargan. Mi auxiliar, una muchacha de la comunidad, conoce a toda la etnia y gracias a ella la gente me va conociendo. Amen de que el consultorio es un paso obligado para llegar al centro del pueblo.
Juana vende tamales que trae desde su comunidad y llega sucia de los zapatos y con el vestido salpicado de lodo. Angela, que es el nombre de mi auxiliar, me dice que si le doy permiso a Juana de entrar al baño. Cuando sale me percato de que se ha lavado pies y piernas, en sus mejillas tiene una fina capa de polvo, sus labios tienen el color de la granada y su cabello negro y peinado. Lleva otras sandalias con un pequeño tacón. Juana se transformó en una adolescente hermosa.
Un rato platicaba con Ángela. ¿qué se dirán?, no lo sé, Le dije a mi secretaria: «se me hace que Juana anda de novia» y ellas volvían a la plática y sonreían con malicia. A Juana se le forman dos hoyuelos a uno y otro lado de la boca y sus ojos negros dejan ver sus pestañas rizadas.
Más tarde le pregunté a mi auxiliar que habían platicado. Y mi secre sin mirarme me dijo «le dejó dos tamales para que almorzara». Meses después tomando café supe lo que platicaron. Me dejó sin palabras y la mocita recién adolescente es de armas tomar.

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Las ideas sin puerto,
son pájaros que se van.
El recuerdo se construye con días intensos.
El hombre tiene riqueza,
cuando es capaz de sembrar sus emociones.
¿Qué ejercicio me darán si después de mi muerte,
hay arboles carentes,
retorcidas osamentas,
donde no sacie un clarín,
y el camino sea un edén de ortigas?

Sendero
¡Esto no puede quedar así!
Quiero una guitarra
que tenga cantos de sirena,
maderas de naufragio
y vientos de fino olor.

Sendero
Si Romualdo Godínez hubiera leído el epitafio de su tumba con seguridad iría hasta su domicilio para reclamarle a su esposa, que tuvo la osadía de la siguiente inscripción: «A mi marido, al año de su muerte. De su esposa, con profundo agradecimiento»
