Minipoesía por Rubén García García

sendero

Amanece en mi oído,

la neblina de mi sueño

no me deja.

Vuelo.

Extiendo las alas

y canto.

Molina Campos , pintor argentino

Música para ratas por Rubén García García

Sendero

Por la mañana recorrió el pueblo tocando la flauta y las ratas empezaron a seguirlo hacia el río; la mayoría se ahogaron. Las restantes, empapadas y aturdidas, caminaron de vuelta al pueblo de Hamelín.

Jorge Luis Borges: Utopía de un hombre que está cansado

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Utopía de un hombre que está cansado

Jorge Luis Borges - Utopía de un hombre que está cansado

Jorge Luis Borges
(Cuento completo)

Llamóla Utopía, voz griega cuyo significado es «no hay tal lugar».
QUEVEDO

No hay dos cerros iguales, pero en cualquier lugar de la tierra la llanura es una y la misma. Yo iba por un camino de la llanura. Me pregunté sin mucha curiosidad si estaba en Oklahoma o en Texas o en la región que los literatos llaman la pampa. Ni a derecha ni a izquierda vi un alambrado. Como otras veces repetí despacio estas líneas, de Emilio Oribe:

En medio de la pánica llanura interminable
Y cerca del Brasil,

que van creciendo y agrandándose.

El camino era desparejo. Empezó a caer la lluvia. A unos doscientos o trescientos metros vi la luz de una casa. Era baja y rectangular y cercada de árboles. Me abrió la puerta un hombre tan alto que casi me dio miedo. Estaba vestido de gris. Sentí que esperaba a alguien. No había cerradura en la puerta.

Entramos en una larga habitación con las paredes de madera. Pendía del cielo raso una lámpara de luz amarillenta. La mesa, por alguna razón, me extrañó. En la mesa había una clepsidra, la primera que he visto, fuera de algún grabado en acero. El hombre me indicó una de las sillas.

Ensayé diversos idiomas y no nos entendimos. Cuando él habló lo hizo en latín. Junté mis ya lejanas memorias de bachiller y me preparé para el diálogo.

—Por la ropa —me dijo—, veo que llegas de otro siglo. La diversidad de las lenguas favorecía la diversidad de los pueblos y aun de las guerras; la tierra ha regresado al latín. Hay quienes temen que vuelva a degenerar en francés, en lemosín o en papiamento, pero el riesgo no es inmediato. Por lo demás, ni lo que ha sido ni lo que será me interesan.

No dije nada y agregó:

—Si no te desagrada ver comer a otro ¿quieres acompañarme?

Comprendí que advertía mi zozobra y dije que sí.

Atravesamos un corredor con puertas laterales, que daba a una pequeña cocina en la que todo era de metal. Volvimos con la cena en una bandeja: boles con copos de maíz, un racimo de uvas, una fruta desconocida cuyo sabor me recordó el del higo, y una gran jarra de agua. Creo que no había pan. Los rasgos de mi huésped eran agudos y tenía algo singular en los ojos. No olvidaré ese rostro severo y pálido que no volveré a ver. No gesticulaba al hablar.

Me trababa la obligación del latín, pero finalmente le dije:

—¿No te asombra mi súbita aparición?

—No —me replicó—, tales visitas nos ocurren de siglo en siglo. No duran mucho; a más tardar estarás mañana en tu casa.

La certidumbre de su voz me bastó. Juzgué prudente presentarme:

—Soy Eudoro Acevedo. Nací en 1897, en la ciudad de Buenos Aires. He cumplido ya setenta años. Soy profesor de letras inglesas y americanas y escritor de cuentos fantásticos.

—Recuerdo haber leído sin desagrado —me contestó— dos cuentos fantásticos. «Los viajes del capitán Lemuel Gulliver», que muchos consideran verídicos, y la «Suma teológica». Pero no hablemos de hechos. Ya a nadie le importan los hechos. Son meros puntos de partida para la invención y el razonamiento. En las escuelas nos enseñan la duda y el arte del olvido. Ante todo el olvido de lo personal y local. Vivimos en el tiempo, que es sucesivo, pero tratamos de vivir sub specie aeternitatis. Del pasado nos quedan algunos nombres, que el lenguaje tiende a olvidar. Eludimos las inútiles precisiones. No hay cronología ni historia. No hay tampoco estadísticas. Me has dicho que te llamas Eudoro; yo no puedo decirte cómo me llamo, porque me dicen alguien.

—¿Y cómo se llamaba tu padre?

—No se llamaba.

En una de las paredes vi un anaquel. Abrí un volumen al azar; las letras eran claras e indescifrables y trazadas a mano. Sus líneas angulares me recordaron el alfabeto rúnico, que, sin embargo, sólo se empleó para la escritura epigráfica. Pensé que los hombres del porvenir no sólo eran más altos sino más diestros. Instintivamente miré los largos y finos dedos del hombre. Éste me dijo:

—Ahora vas a ver algo que nunca has visto.

Me tendió con cuidado un ejemplar de la Utopía de More, impreso en Basilea en el año 1518 y en el que faltaban hojas y láminas.

No sin fatuidad repliqué:

—Es un libro impreso. En casa habrá más de dos mil, aunque no tan antiguos ni tan preciosos.

Leí en voz alta el título.

El otro se rió.

—Nadie puede leer dos mil libros. En los cuatro siglos que vivo no habré pasado de una media docena. Además no importa leer sino releer. La imprenta, ahora abolida, ha sido uno de los peores males del hombre, ya que tendió a multiplicar hasta el vértigo textos innecesarios.

—En mi curioso ayer —contesté—, prevalecía la superstición de que entre cada tarde y cada mañana ocurren hechos que es una vergüenza ignorar. El planeta estaba poblado de espectros colectivos, el Canadá, el Brasil, el Congo Suizo y el Mercado Común. Casi nadie sabía la historia previa de esos entes platónicos, pero sí los más ínfimos pormenores del último congreso de pedagogos, la inminente ruptura de relaciones y los mensajes que los presidentes mandaban, elaborados por el secretario del secretario con la prudente imprecisión que era propia del género.

»Todo esto se leía para el olvido, porque a las pocas horas lo borrarían otras trivialidades. De todas las funciones, la del político era sin duda la más pública. Un embajador o un ministro era una suerte de lisiado que era preciso trasladar en largos y ruidosos vehículos, cercado de ciclistas y granaderos y aguardado por ansiosos fotógrafos. Parece que les hubieran cortado los pies, solía decir mi madre. Las imágenes y la letra impresa eran más reales que las cosas. Sólo lo publicado era verdadero. Esse est percipi (ser es ser retratado) era el principio, el medio y el fin de nuestro singular concepto del mundo. En el ayer que me tocó, la gente era ingenua; creía que una mercadería era buena porque así lo afirmaba y lo repetía su propio fabricante. También eran frecuentes los robos, aunque nadie ignoraba que la posesión de dinero no da mayor felicidad ni mayor quietud.

—¿Dinero? —repitió—. Ya no hay quien adolezca de pobreza, que habrá sido insufrible, ni de riqueza, que habrá sido la forma más incómoda de la vulgaridad. Cada cual ejerce su oficio.

—Como los rabinos —le dije.

Pareció no entender y prosiguió.

—Tampoco hay ciudades. A juzgar por las ruinas de Bahía Blanca, que tuve la curiosidad de explorar, no se ha perdido mucho. Ya que no hay posesiones, no hay herencias. Cuando el hombre madura a los cien años, está listo a enfrentarse consigo mismo y con su soledad. Ya ha engendrado un hijo.

—¿Un hijo? —pregunté.

—Sí. Uno solo. No conviene fomentar el género humano. Hay quienes piensan que es un órgano de la divinidad para tener conciencia del universo, pero nadie sabe con certidumbre si hay tal divinidad. Creo que ahora se discuten las ventajas y desventajas de un suicidio gradual o simultáneo de todos los hombres del mundo. Pero volvamos a lo nuestro.

Asentí.

—Cumplidos los cien años, el individuo puede prescindir del amor y de la amistad. Los males y la muerte involuntaria no lo amenazan. Ejerce alguna de las artes, la filosofía, las matemáticas o juega a un ajedrez solitario. Cuando quiere se mata. Dueño el hombre de su vida, lo es también de su muerte.

—¿Se trata de una cita? —le pregunté.

—Seguramente. Ya no nos quedan más que citas. La lengua es un sistema de citas.

—¿Y la grande aventura de mi tiempo, los viajes espaciales? —le dije.

—Hace ya siglos que hemos renunciado a esas traslaciones, que fueron ciertamente admirables. Nunca pudimos evadirnos de un aquí y de un ahora.

Con una sonrisa agregó:

—Además, todo viaje es espacial. Ir de un planeta a otro es como ir a la granja de enfrente. Cuando usted entró en este cuarto estaba ejecutando un viaje espacial.

—Así es —repliqué—. También se hablaba de sustancias químicas y de animales zoológicos.

El hombre ahora me daba la espalda y miraba por los cristales. Afuera, la llanura estaba blanca de silenciosa nieve y de luna.

Me atreví a preguntar:

—¿Todavía hay museos y bibliotecas?

—No. Queremos olvidar el ayer, salvo para la composición de elegías. No hay conmemoraciones ni centenarios ni efigies de hombres muertos. Cada cual debe producir por su cuenta las ciencias y las artes que necesita.

—En tal caso, cada cual debe ser su propio Bernard Shaw, su propio Jesucristo y su propio Arquímedes.

Asintió sin una palabra. Inquirí:

—¿Qué sucedió con los gobiernos?

—Según la tradición fueron cayendo gradualmente en desuso. Llamaban a elecciones, declaraban guerras, imponían tarifas, confiscaban fortunas, ordenaban arrestos y pretendían imponer la censura y nadie en el planeta los acataba. La prensa dejó de publicar sus colaboraciones y sus efigies. Los políticos tuvieron que buscar oficios honestos; algunos fueron buenos cómicos o buenos curanderos. La realidad sin duda habrá sido más compleja que este resumen.

Cambió de tono y dijo:

—He construido esta casa, que es igual a todas las otras. He labrado estos muebles y estos enseres. He trabajado el campo, que otros cuya cara no he visto, trabajarán mejor que yo. Puedo mostrarte algunas cosas.

Lo seguí a una pieza contigua. Encendió una lámpara, que también pendía del cielo raso. En un rincón vi un arpa de pocas cuerdas. En las paredes había telas rectangulares en las que predominaban los tonos del color amarillo. No parecían proceder de la misma mano.

—Ésta es mi obra —declaró.

Examiné las telas y me detuve ante la más pequeña, que figuraba o sugería una puesta de sol y que encerraba algo infinito.

—Si te gusta puedes llevártela, como recuerdo de un amigo futuro —dijo con palabra tranquila.

Le agradecí, pero otras telas me inquietaron. No diré que estaban en blanco, pero sí casi en blanco.

—Están pintadas con colores que tus antiguos ojos no pueden ver.

Las delicadas manos tañeron las cuerdas del arpa y apenas percibí uno que otro sonido.

Fue entonces cuando se oyeron los golpes. Una alta mujer y tres o cuatro hombres entraron en la casa. Diríase que eran hermanos o que los había igualado el tiempo. Mi huésped habló primero con la mujer.

—Sabía que esta noche no faltarías. ¿Lo has visto a Nils?

—De tarde en tarde. Sigue siempre entregado a la pintura.

—Esperemos que con mejor fortuna que su padre.

Manuscritos, cuadros, muebles, enseres; no dejamos nada en la casa.

La mujer trabajó a la par de los hombres. Me avergoncé de mi flaqueza que casi no me permitía ayudarlos. Nadie cerró la puerta y salimos, cargados con las cosas. Noté que el techo era a dos aguas.

A los quince minutos de caminar, doblamos por la izquierda. En el fondo divisé una suerte de torre, coronada por una cúpula.

—Es el crematorio —dijo alguien—. Adentro está la cámara letal. Dicen que la inventó un filántropo cuyo nombre, creo, era Adolfo Hitler.

El cuidador, cuya estatura no me asombró, nos abrió la verja.

Mi huésped susurró unas palabras. Antes de entrar en el recinto se despidió con un ademán.

—La nieve seguirá —anunció la mujer.

En mi escritorio de la calle México guardo la tela que alguien pintará, dentro de miles de años, con materiales hoy dispersos en el planeta.

Para tenerlo presente

Correctores, Redactores, Editores y Traductores de Argentina de Fb

SUMEMOS PALABRAS

● Introducir suavemente un líquido entre los poros de un sólido es INFILTRAR

● Humedecer algo de modo que quede enteramente penetrado de un líquido es EMPAPAR

● Cuando un cuerpo sólido absorbe uno líquido, se dice EMBEBER

● Humedecer algo con agua u otro líquido es MOJAR

● Meter a alguien en el agua o en otro líquido es BAÑAR

● Producir o causar humedad en algo es HUMEDECER

● Esparcir en gotas menudas agua u otro líquido es ROCIAR

● Empapar con grasa el pan u otro alimento es PRINGAR

● Aplicar y extender superficialmente aceite u otra materia grasa sobre algo es UNTAR

Olvido por Rubén García García

Sendero

En la mañana fría los internados del hospital de psiquiatría van en fila hacia las regaderas, el agua hace que sus cuerpos tiriten. Castañeando los dientes esperan a la asistente, que tarda con las toallas. Torpes y temblando sin contenerse cogen la bata raída y regresan a sus camas.

Para ella, la más vieja, nada ha cambiado.

El concierto por Rubén García García

Sendero

Los dedos del pianista alcanzaron velocidades fantasmales y en una serie de arpegios que imitaban alas en movimiento, las manos escaparon hacia el cielo.

La salamandra de Rubén García García

Sendero

La herida por Rubén García García

Sendero

El recuerdo tuyo perturba. Suspiré profundo y llegué a una estación. Compré boleto para ir a cualquier parte. Lo llevé conmigo, lo acicalé, hasta que el aroma de tu nuca se hizo ralo. Una tarde de otoño rehíce el almizcle de tus senos y lo exhalé como una copa de rosas. Volví a verte y supe que estabas ya, en la gaveta de mi memoria.

El «pastor», «cuando ya no me quieras» «tú mi segundo amor» canciones emblemáticas de México, sus autores. Los «Cuates Castilla»

Sendero

Pepe y Miguel Castilla, gemelos idénticos e inspirados compositores nacidos en Veracruz, fueron quienes llevaron la música mexicana (el bolero. el son huasteco y la canción ranchera) por diversos países de Europa y Asia, durante la época de la postguerra, es decir, después de 1947. Como compositores, lograron éxito con canciones que mantienen su vigencia; por ejemplo: “Cuando ya no me quieras”, “El pastor” y “Plegaria guadalupana”. No hay que olvidar que sus primeras incursiones en radio se dieron en la XEB, alrededor de 1929.

Miguel Angel y José Angel Díaz y González de Castilla nacieron el día 2 de septiembre de 1912, en Veracruz. En 1924, a la corta edad de 12 años, iniciaron su carrera de compositores, cantantes y guitarristas, debutando en el Teatro Principal de su tierra natal, Veracruz; hoy en día Teatro Francisco Javier Clavijero.

Autores y compositores, de más de 1,000 canciones de todos los estilos. Las primeras fueron «Tu alma» (1924), la que inicio la era del bolero en América; siguiéndole como afirmación otro bolero que llegó para quedarse «Cuando ya no me quieras» (1928). Ellos se apartaron del estilo conservador de las canciones de sus contemporáneos: Esparza Oteo, Mario Talavera, Tata Nacho, Guty Cárdenas, María Greever, Barcelata. y crearon el falsete Huasteco. Un nuevo tipo de canción mexicana; la canción Huasteca, con el falsete esporádico, largo y sostenido. Las canciones precursoras fueron: «Lamento Huasteco»«El Pastor»«El Repatriado»«Flor Silvestre» y «Plegaria Guadalupana». También lograron éxitos con el folklor de su tierra natal, componiendo una «Bamba», que fue tema obligado del conjunto «Los Costeños», que encabezaba el desaparecido arpista, Andrés Huesca.
Otro ritmo que demuestra su gran genio de inventiva musical, fue el Cha Cha Cha, el cual nace en el año de 1932, Los Cuates Castilla actuaban en un restaurante en la ciudad de Monterrey llamado Azteca; su propietario era Tony Morales, quien dentro de su buen humor, tenía la costumbre de exclamar, para evitar hacer concesiones, la misma frase; cha cha cha…, siempre repetía la misma estrofa, cada vez que algún artista le pedía dinero, A los Cuates les hizo tanta gracia que se les ocurrió dedicarle a su amigo y patrón una Guaracha lenta, entre Danzonete y Habanera, que la titularon así: «Cha Cha Cha Corta»; tres años después, en 1935, llegaron a Cuba y entre todo su repertorio no dejaron de cantar «Cha Cha Cha Corta»; y «Cha Cha Cha Corta», logró un fenómeno pues hizo que todo el pueblo de la Habana repitiera el ritonelo de la canción «Cha Cha Cha Corta» haciendo el movimiento de la tijera con los dedos, Otras de sus composiciones que más se destacó  «Mi segundo amor».

Pero su galardón que merece reconocimiento es que llevaron la canción por todo el mundo «Trotamundos de la Canción». En mayo del año 1974 cumplieron cincuenta años de vida artística, de los cuales 30 dedicaron a viajar por todos el mundo. De 1924 al 28 actuaron en Veracruz. De 1928 al 31 en la ciudad de México. De 1931 al 33 todo el norte de México y el oeste de los Estados Unidos. De 1933 al 35 Hawai, Filipinas, Japón, Hong Kong, Shangai, Indonesia, Singapur, Calcuta, y demás países de oriente. De 1935 al 39 México, Centro América, Venezuela, Cuba, Puerto Rico, Santo Domingo, Haití, Islas Canarias, España, Francia, Alemania, Austria, Hungría, Rusia, Irán, Grecia, Creta, Líbano y Egipto.
En el año de 1930 grabaron el primer disco que se fabrico en México, también filmaron el primer corto musical que se hizo en México, anterior a la película «Santa», en 1929, asimismo fueron pioneros de la radio comercial mexicana, pues debutaron en la única radiodifusora profesional que existía en México, la X.E.B. en las calles de Madero y Gante. Del mismo modo aparecieron en el primer programa de televisión en el mundo, que se verifico en París, Francia, a fines de 1936.
De 1939 al 40 Estados Unidos, Canadá y México. De 1940 al 49 Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Chile, Argentina, Paraguay, Uruguay y Brasil. De 1949 al 50 Bermudas, New York, Chicago y Boston. De 1950 al 56 vuelven a Europa y actúan en Portugal, Inglaterra, Escandinavia y en todos los países de Europa y Norte de Africa.
Miguel «Cuate» Castilla falleció en la ciudad de México, Distrito Federal, el 21 de junio de 1979.
José «Cuate» Castilla falleció en la ciudad de México, Distrito Federal, el 13 de septiembre de 1994. https://www.elcuerpoaguanteradio.com.mx/los-cuates-castilla-talento-veracruzano/

https://cuatescastilla.blogspot.com/2009/08/miguel-angel-y-jose-angel-diaz-miron-y.html

En este video se mira a los hermanos Castilla en una canción de su autoría, en donde uno no sabe si reir o llorar…

La esperanza por Rubén García García

Sendero

El mascarón de proa por Rubén García García

Sendero

Soy el mascarón de proa.

He viajado por los siete mares. Los mejores días son los encrespados; aquellos en que el mar se irrita sin ser violento. Cuando la quilla se hunde y el agua cubre mis pechos y nunca faltan los delfines atrevidos.