Discurso indirecto libre (22) de Eduardo Benavides

Decíamos respecto al discurso indirecto que es la manera más sencilla que tiene el narrador de recorrer grandes distancias del relato haciéndonos creer que es la voz del personaje la que escuchamos. En realidad es el narrador el que habla, a diferencia de lo que ocurre en el discurso directo, en que sí se escucha de viva voz al personaje. Pero a veces, el estilo indirecto presenta la inconveniencia de que su abuso destaca de manera evidente la presencia del narrador, cuando en realidad lo que quisiéramos es que el lector piense que está escuchando todo el tiempo al personaje. Ello se debe fundamentalmente a que la estructura de la frase utilizada en el discurso o estilo indirecto nos remite una y otra vez al narrador: «Dijo que». Es el mensajero el que termina por cobrar protagonismo y por eso no conviene abusar del indirecto. ¿Pero… y si no queremos tampoco abusar del discurso directo? No se olviden que en la consigna anterior advertimos que el abuso de este último ponía en evidencia la imposibilidad de trasladar correctamente la esencia de la oralidad al lenguaje escrito. Y es así porque el lenguaje oral está cargado de una serie de elementos no trasladables a lo escrito: el lenguaje fático, los gestos, los movimientos de cabeza, la entonación de la voz y las muchas inflexiones que llevan estas… elementos todos que al no acompañar al discurso en su tránsito al papel, hacen que este pierda fluidez y naturalidad. Por lo tanto, y volviendo a la pregunta: ¿Y si no queremos abusar del estilo directo o del indirecto? Aparece entonces el sutil y algo esquivo discurso o estilo indirecto libre. Este permite que la voz del personaje siga siendo interpretada por el narrador (cuando hablamos del indirecto o del indirecto libre, se observará que siempre se construye la frase en tercera persona). El indirecto libre suprime el verbo y la partícula del discurso indirecto simple. El efecto que causa es que parece que estuviéramos escuchando la voz del personaje, aunque en realidad este no habla. Y la línea que demarca la voz del narrador de la voz del personaje queda muy difuminada. Sólo un rastreo a consciencia nos lo hace patente. Veamos un ejemplo:
«Ernesto entró al comedor de su casa y ante la sorpresa de todos exigió que lo escucharan, él era un hombre libre y dueño de sus actos, y que a partir de ese momento no permitiría, no señor, que nadie le dijera lo que tenía que hacer. Como todos se quedaron mudos, Ernesto prosiguió su encendida perorata. Él jamás iba a permitir que volvieran a inmiscuirse en su vida y fisgonearan su intimidad, caramba. Y diciendo esto, dio media vuelta y se marchó.»
Observen que nuestro encendido Ernesto en realidad jamás habla, pero por la forma de la narración, cualquiera diría que sí. Ello ocurre porque al suprimir el verbo y la partícula, el discurso queda fusionado, por decirlo así, con los fragmentos esencialmente narrados. Veámoslo convertido en discurso indirecto:
«Ernesto entró al comedor de su casa y ante la sorpresa de todos exigió que lo escucharan, dijo que él era un hombre libre y dueño de sus actos, y agregó que a partir de ese momento no permitiría, no señor, que nadie le dijera lo que tenía que hacer. Como todos se quedaron mudos, Ernesto prosiguió su encendida perorata. Explicó que él jamás iba a permitir que volvieran a inmiscuirse en su vida y fisgonearan su intimidad, caramba. Y diciendo esto, dio media vuelta y se marchó.»
Como podrán observar, al introducir verbo y partícula hemos vuelto al indirecto, de tal manera que es fácil identificar la separación entre la voz del narrador y la voz del personaje. El indirecto libre (libre del verbo y la partícula) permite que se difuminen las fronteras entre lo narrado y lo hablado.

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Por eso escribo Vila-Matas

«Alguna vez leí sobre un niño que se negaba a hablar. Preocupados, sus padres ordenaron hacerle todos los estudios imaginables y los especialistas encontraron que no había ninguna razón médica para su silencio. Es decir, no hablaba aun pudiendo hacerlo. Así creció. Sus padres se acostumbraron a comunicarse con él sin palabras y todos en paz. Por fin, cuando tenía 35 años un día le sirvieron un helado y dijo: ‘Este helado está horrendo’. En cuanto pudo reponerse, la madre le preguntó cómo era posible, por qué llevaba todos estos años sin hablar. Él dijo, simplemente: ‘Antes todo estaba perfecto’. Por eso escribo, por eso escribimos: porque no todo es perfecto».

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Tortugas y cronopios de J. Cortázar


Ahora pasa que las tortugas son grandes admiradoras de la velocidad, como es natural. Las esperanzas lo saben, y no se preocupan. Los famas lo saben, y se burlan. Los cronopios lo saben, y cada vez que se encuentran una tortuga, sacan la caja de tizas de colores y sobre la redonda pizarra de la tortuga dibujan una golondrina.

Una sospecha de Nathaniel Hawthorne

Una familia compuesta de padre, madre y dos niños, salió a pasear y se sentó a descansar en medio de un bosque. La niña oyó un llamado, se fue a corretear por el interior del bosque y volvió minutos más tarde. Al principio los padres ni veían cambio en ella, pero gradualmente empezaron a notar algo raro, lo fueron siguiendo cada vez más y más, hasta que, pasando los años, sospechaban que otra niña, no la suya, volvió del bosque aquella vez.

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El discurso indirecto (21) Eduardo Benavides

Como hemos visto hasta el momento, la forma más sencilla y habitual de que aparezca el personaje de viva voz en el relato es apelar al discurso directo. Este permite «escucharlo» sin (aparentemente) la intermediación del narrador, que se inhibe momentáneamente y ofrece la posibilidad de que sus personajes se manifiesten sin interferencias. Pero a veces es necesario que sea el narrador el que se encargue de decirnos lo que hablan los personajes. Actúa así como intermediario, gracias a la oratio oblicua, entre el personaje y nosotros. Se trata del discurso o estilo indirecto. En el habla coloquial es bastante frecuente pues quien cuenta una pequeña anécdota o situación se propone como intermediario de la voz de los otros participantes de dicha anécdota. «Me encontré con Javier y me dijo que no había podido ir a clase. Yo le pregunté que por qué y me contestó que estuvo enfermo.» Como podemos observar, aquí el narrador nos dice lo que dijo el otro, cuya voz queda así acoplada al discurso del narrador. El discurso indirecto es muy fácil de localizar pues siempre tiene el verbo y la partícula «dijo que». Naturalmente, ya lo sabemos, el verbo «decir» se puede cambiar por otro que indique lo mismo. Lo importante es que este vínculo le permite al narrador seguir manejando la situación sin perder las riendas y además avanzar con rapidez en ciertos tramos o pasajes del relato que de otro modo serían demasiado largos. Así, una de las ventajas del discurso o estilo indirecto es que permite acortar aquellos pasajes en los que el narrador elige pasar rápidamente, dándole preeminencia a otros, cuya importancia resulta mayor en la narración.
«Aquel hombre me miró con desdén y dijo que él realmente no se fiaba de los músicos que iban mostrando su carnet del sindicato, como si este fuera algo importante para su oficio. Además, agregó que un carnet se lo podía hacer cualquiera.
-Hasta yo mismo tengo uno. »
Observen la rotundidad de la frase final, que destaca de todo lo que ha dicho anteriormente el personaje en discurso indirecto. Ello es así porque se ha elegido una frase en discurso directo que se desprende del parlamento previo, otorgándole  mayor énfasis.
«– Yo no me fío de los músicos que van mostrando su carnet del sindicato, como si este fuera importante para su oficio. Además un carnet se lo puede hacer cualquiera. Hasta yo mismo tengo uno.»
Naturalmente, en el segundo ejemplo, llevado todo a discurso directo, se pierde la jerarquía de la frase al concederle a todo el parlamento del personaje el mismo nivel. Prueben ponerlo todo en discurso indirecto y verán que ocurre lo mismo. Este último permite además evitar uno de los grandes problemas de verosimilitud que tienen las narraciones que abusan del estilo directo: Es imposible trasladar la oralidad al lenguaje escrito sin que pierda en el trasvase parte de su esencia. Por ello, los buenos narradores saben que casi nunca deben apelar al discurso directo de forma masiva: prefieren usar el indirecto y salpimentarlo con el estilo directo para lograr una combinación más rica. A veces incluso se pasan fácilmente al siguiente discurso que veremos en quince días: el discurso o estilo indirecto libre.

 

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¿Y si fuera otra? #52RetosLiterup (Relato 25) — Entramado de sentimientos

Queridos lectores: ¡Casi vamos a la mitad de los retos! ¿Están listos para seguir incursionando en las cosas que mi mente imagina? ¡Adelante! Reto: Personifica uno de los siete pecados capitales y escribe un relato sobre su intento de cambiar. Envidia, a través del gran ventanal de la casa que comparte con sus hermanas (los […]

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Gabo Fragmento

Cuando estaba solo, José Buendía se consolaba con el sueño de los cuartos infinitos. Soñaba que se levantaba de la cama, abría la puerta y pasaba a otro cuarto igual, con la misma cama de cabecera de hierro forjado, el mismo sillón de mimbre y el mismo cuadrito de la Virgen de los Remedios en la pared del fondo. De ese cuarto pasaba a otro exactamente igual, cuya puerta abría para pasar a otro exactamente igual, y luego a otro exactamente igual, hasta el infinito. Le gustaba irse de cuarto en cuarto, como en una galería de espejos paralelos, hasta que Prudencio Aguilar le tocaba el hombro. Entonces regresaba de cuarto en cuarto, despertando hacia atrás, recorriendo el camino inverso, y encontraba a Prudencio Aguilar en el cuarto de la realidad. Pero una noche, dos semanas después de que lo llevaron a la cama, Prudencio Aguilar le tocó el hombro en un cuarto intermedio, y él se quedó allí para siempre, creyendo que era el cuarto real.

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Los discursos narrativos Eduardo Benavides (20)

Sin excepción, todos los cuentos, relatos y novelas tienen un personaje o una voz narrativa adecuada para persuadir respecto de lo que se cuenta, pues tal es la naturaleza de la ficción. Muchas veces, como un oculto director de orquesta, nos encontramos con una voz que organiza, dispone y dosifica los elementos constitutivos del relato, bien ralentizando la acción, bien acelerándola, encubriendo parte de la información o mostrándola sorpresivamente, pintando a grandes trazos el escenario donde transcurre la historia o deteniéndose en el detalle mínimo. Suele ser el narrador omnisciente que parece no participar en lo que se cuenta sino simplemente contarnos lo que ocurre. Decimos «suele ser» porque a veces se trata de un narrador testigo -esto es, un personaje de la historia- que apela a ciertas argucias de omnisciencia para posicionarse mejor y narrar con facilidad. Pensamos por ejemplo en el Ismael de Moby Dick, en el narrador de Circe, de Julio Cortázar o más recientemente en el que utiliza Muñoz Molina en El invierno en Lisboa.
Pero volviendo al narrador omnisciente: a menudo se enfrenta con la enojosa situación de que debe recatar su ejercicio ególatra y poderoso para permitir que hablen los personajes, que sean ellos los que cuenten fragmentos de la historia, so riesgo de perder credibilidad… o aburrir. Entonces aparecen en la narración los cuatro discursos o estilos narrativos, que son las formas que tienen los personajes de irrumpir en el relato con su propia voz, o al menos así nos debe parecer. Quiere decir entonces que el discurso narrativo -en sus cuatro modalidades y en las innumerables variaciones de las mismas- es la manera que tiene el narrador de ceder la palabra a sus criaturas y dejarlas explicar, hablar, conversar y en fin, manifestarse en las páginas que componen la ficción. Si nos fijamos bien, estos modos en los que el narrador permite la entrada y participación activa de los personajes son una manera distinta de contar, pues frente a la narración de los hechos y paisajes «objetivos» ahora nos encontramos con lo que opinan los personajes. Es decir, con su interioridad. En ocasiones estas opiniones y esta manera de hablar pueden distanciarse de la manera en que el narrador compone la ficción, y en ese cruce de equívocos y diferencia de perspectivas se encuentra la riqueza de un relato.
Veamos ahora el primer de ellos, que muchos de ustedes han utilizado y utilizan de forma intuitiva: el discurso directo. Se llama así porque el narrador cede momentáneamente la palabra al personaje y así el lector escucha la propia voz y los pensamientos del mismo. Naturalmente, es un artificio. Pero muy interesante. Normalmente, como explica Anderson Imbert, hay unas advertencias tipográficas que nos indican que la narración se ha detenido y ha pasado a ser la voz del personaje: comillas, guiones, cursivas… aquello que separa texto de contexto y no ofrece confusión alguna. El narrador nos dice: «estaba tan tranquilo Juanito pensando en las musarañas cuando la voz tronante de su jefe lo interrumpió: «Martínez, venga a mi despacho en este momento».» O bien: «Julián se acercó a su hermano y le dijo, con tono amenazante:
– ¿Por qué has llegado tan tarde?
-No te lo tengo que decir- Pedro se cruzó de brazos.»
Como podemos observar, en ambos casos el narrador se ha inhibido de contarnos más y ha dejado que sean los propios personajes los que hablen y se expliquen, aunque él matice la inflexión de la voz («con tono amenazante») e incluso pueda comentarnos el gesto que acompañó a la voz («Pedro se cruzó de brazos»).
Clase XXII. Las acotaciones Oct.2008
Como dijimos en la consigna anterior, antes de continuar con los discursos narrativos vamos a detenernos un momento en un pequeño elemento propio (aunque no exclusivo) del discurso directo y que resulta de capital importancia para que los diálogos funcionen bien. Son las acotaciones. Cuando colocamos un guión que separa la voz del personaje de la voz del narrador, estamos estableciendo una precisión que ayuda a entender mejor el parlamento leído. Así por ejemplo, puedo tener un diálogo entre dos personajes y aunque escuchemos sus voces, la intensidad de estas dependerá, en gran medida, de las llamadas acotaciones.
-Pensé que te ibas ya -dijo Iván mirando al suelo.
-He decidido quedarme- la voz de Carmen era apenas un susurro-. Pero pondré mis condiciones.
Iván alzó los ojos hasta enfrentar los de su mujer.
-¿Cuáles son esas condiciones?- encendió un cigarrillo con dificultad y aguardó.
-Ya te las diré-gruñó ella.
-Vale, esperaré entonces.
A lo lejos se oyó el ladrido de un perro.
Aquí podemos observar que hay unas acotaciones como la primera («dijo Iván mirando al suelo»), bastante común, pues usa el verbo decir para indicar que habla el personaje; como la segunda («la voz de Carmen era apenas un susurro») que evitan el uso del verbo introductor y polisémico pero que nos dan cuenta de cómo era el registro de la voz; como la tercera, llamadas acotaciones dramáticas, porque no usan el verbo «decir» ni ningún otro que se refiera a la voz del personaje sino que pasa directamente a la acción que acompaña a la voz («encendió un cigarrillo con dificultad y esperó») y también una variación de la primera forma de acotación en la que se evita el verbo polisémico «decir» y se utiliza otro que precisa la voz del personaje aunque sin perder la forma simple de la primera acotación: «gruñó ella.» Observen además que hay una pequeña interrupción del narrador que, subrepticiamente, se ha colado en medio de la conversación para decirnos que «Iván alzó los ojos hasta enfrentar los de Carmen» y proponer así una brevísima explicación de lo que ocurre a la vista del lector, acerca de cómo reacciona uno de los personajes. Lo mismo ocurre al final con la frase colofón, aparentemente inconexa en medio del diálogo, «A lo lejos se oyó el ladrido de un perro», pero que permite dar espacio al escenario, así como actuar como un elemento dosificador de la tensión narrativa por su carácter ajeno a los hechos. Y también podemos ver que hay una última voz que no tiene acotación (-Vale, esperaré entonces.), porque no hay que abusar de ella…
Decíamos que el narrador se ha colado subrepticiamente en medio de los diálogos, pero no es cierto: en realidad está siempre, ya que acota prácticamente en todo momento. Lo que ocurre es que la acotación es como una trinchera en el campo de batalla de los diálogos y así debe pasar para el lector: casi desapercibida. El lector debe creer, mientras escucha el diálogo de los personajes, que sólo los está escuchando a ellos. Nosotros sabemos -pero no se lo digamos a nadie- que no es cierto.
Para que un diálogo en discurso directo funcione a cabalidad debe ser limpio, claro, bien estructurado. Y eso se consigue evitando el texto «en bandera» (es decir sin justificación), usando los guiones largos y puntuando correctamente, sin sobrecargar las acotaciones y procurando que la voz de los personajes destaque con naturalidad de lo que se narra. Esa voz debe decir con exactitud lo que quiere, ser nítida, rotunda, (incluso si es vacilante, pues no olvidemos que todo en la ficción es un artificio) y no muy extensa, ni estar cortada en exceso por varias acotaciones.  A veces basta una acotación de cuña para darle énfasis a la frase.  La acotación de cuña es la que separa un parlamento en dos frases cortas. Fíjense en este ejemplo:
-No tendremos posibilidad de alcanzarlos -Pedro encendió un cigarrillo con aspereza-. Ya deben estar muy lejos.
Como pueden observar, la acotación de cuña nos obliga a detenernos y darle un nuevo énfasis a la segunda frase, casi obligando al lector a modular su voz para denotar el cambio. Prueben leer el párrafo en voz alta y se darán cuenta del efecto.
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La hija del cineasta por Adela Fernández*

“Comencé a escribir contestando cartas de amor a las novias abandonadas que dejaba mi padre, como reprobé toda la primaria aprendí a imitar su letra para firmar las boletas de calificaciones”, asegura Adela Fernández, hija del cineasta Emilio “Indio” Fernández.
“A las abandonadas les escribía plagiando a otros autores. Si leía, “volverán las oscuras golondrinas, en su balcón sus nidos a colgar” yo ponía “el canario que visitó nuestra ventana regresa todas las mañanas” con rimas espantosas que cuando se enteró mi padre se dio una enojada ¡fue terrible!

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Narrar con verbos

Casi todos los escritores primerizos se hacen siempre preguntas de toda índole al analizar las palabras. Una de las más usuales es: ¿cómo narrar con verbos? Es decir, ¿cómo hago para emplear los tiempos verbales de la forma más correcta? No existe una normativa rígida al respecto, pero pueden darse algunos consejos útiles.

Narrar con verbos

¿QUÉ PRETENDEMOS HACER AL NARRAR CON VERBOS?

Lo primero que tendremos en cuenta es lo que queremos lograr con la historia que vamos a relatar. ¿Nos vamos a apoyar en la memoria? Porque entonces utilizaremos tiempos del pasado. ¿Queremos explicar algo que ocurrirá el año que viene? Nuestro tipo preferido será el futuro. ¿Vamos a tener en cuenta posibilidades o condiciones? Sería con el condicional, ¿no es cierto? El presente es una especie de comodín que puede simular otros tiempos verbales, especialmente el pasado. Por último, si queremos introducir subjetividad en la narración, no tendremos más remedio que apoyarnos en los tiempos del subjuntivo. Por cierto, el último artículo versaba sobre este último tiempo verbal.

EJEMPLOS I (LO QUE NO DEBE HACERSE)

Lo que no es conveniente de ninguna manera es mezclar algunos tiempos verbales diferentes en algunas líneas (por decir algo, en dos o tres frases seguidas). Para narrar con verbos de forma óptima es esencial no cometer este error elemental. No solo elemental, sino bastante frecuente. Por ejemplo:

Luis partió de Barcelona el 18 de abril. Al poco, comienza a pensar en llegar cuanto antes. De todos modos mantendrá un buen ánimo durante la duración del viaje.

Examinemos este pequeño fragmento. ¿Qué nos llama la atención de inmediato? Es relativamente fácil darse cuenta que nos encontramos con cuatro tiempos verbales diferentes: pasado (partió), presente (comienza), infinitivo (pensar y llegar) y futuro (mantendrá). Es como si hubiera un montón de relojes encendidos con diferentes horas y alarmas. Solo nos puede traer problemas narrar con verbos de esta forma. Puede (es incluso probable) que el lector se haga un monumental lío. Lo más inmediato es que no sepa en qué momento de la acción se halla. ¿Ayer, hoy, mañana, nunca?

Por supuesto, no tiene importancia si se trata de un par de frases, incluso de un párrafo. Sin embargo, ¿qué decir si el problema se repite durante todo el texto? Esta forma de utilizar los tiempos volvería loco al más pintado. Es como si en una película te hacen un montaje yendo continuamente al pasado, al futuro y al presente sin ninguna clase de patrón. Los que hemos sido correctores de estilo nos encontramos habitualmente con este problema y sabemos lo desagradable que es.

En definitiva, narrar con verbos significa encontrar el tiempo verbal más adecuado para cada oración. ¿Eso quiere decir que debemos atenernos a un solo tiempo verbal durante el texto? Ni mucho menos, serán las necesidades de la narración las que nos orientarán en un sentido u otro.

EJEMPLO 2: LO QUE PUEDE Y DEBE HACERSE

En el ejemplo anterior, el autor podría haber hecho un uso alternativo para narrar con verbos de una forma ideal. Veamos cómo:

Luis hizo la maleta y se preparó para el viaje. Había sacado el billete por la mañana. Tuvo que buscarlo. Después se dirigió a la estación. Partió de Barcelona a las 20 horas.

Está claro que este pequeño fragmento utiliza los  tiempos verbales en pasado porque describe acciones ya realizadas. Es coherente con los hechos. Como curiosidad, casi toda la literatura está escrita en pasado. Es fácil de entender, lo normal es describir acciones ya completadas. Algo hecho en un momento dado, al cabo de un segundo ya puede considerarse pasado. Es normal, pues, que el escritor lo refleje así en sus textos.

EJEMPLO 3: LAS MEZCLAS DE TIEMPOS VERBALES

Ahora bien, imaginemos a Luis en la escena siguiente, ya en el tren, sentado en su butaca. Y comienza a pensar. Podemos variar a tiempo presente, porque se supone que el pensamiento es instantáneo y que es adecuado hacerlo así. Por ejemplo, el relato podría seguir:

Luis comienza a pensar en Marta. Cree que lo ha hecho todo por ella. Sin embargo, Marta no reconoce su esfuerzo y siempre le reprocha lo egoísta que es.

Narrar con verbos, en este caso, ha significado hacer un viraje de 180 grados hacia el presente. Es como si el personaje hablara consigo mismo, a pesar de describir acciones ya pasadas, pero el escritor cree que así personaliza un poco más el relato. Se halla más próximo del lector que si lo hubiera escrito en pasado.

Es más, podría haber dado una vuelta de tuerca más. ¿Para qué? Para cambiar incluso de persona, pasando de la tercera a la primera. Quedaría así:

Comienzo a pensar en Marta. He hecho todo lo que he podido por ella, pero es una ingrata. No reconoce mi esfuerzo y me trata de egoísta.

Se gana de esta forma, de nuevo, más proximidad con el lector.

 

Tomado de comoescribirbien.com

 

Choka a la soledad

Se van los pájaros;
antes, las mariposas.
Vendrán los grises…
desvestidos los árboles;
y yo, solo y carente.

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