Llovía, llovía intensamente…Detuvo el carro. Soltó la mano del volante y la depositó en la frágil nuca de la mujer. En silencio toleraba el martilleo en su cabeza. Era un cuello frágil y llovía, llovía, llovía…. La mano subía y bajaba. Eran caricias analgésicas obsequiadas con las yemas de los dedos. Sólo se detenían entre los dorsales y el Nilo de la espalda. Ella Aflojó la tensión y lo invitó a seguir. Dos manos iban y venían que mojaban, que humedecían. Afuera del carro los cántaros de agua se rompían en el parabrisas.
—¿El dolor? -le preguntó.
—Me lo quitas con las manos.
Estas crecieron desmesuradas. Llegaron al pómulo de sus pechos. El clímax del agua coincidió con el arrebato. Ella fue quién lo guío; y sentada, lo cabalgó en la tormenta. Después le musitó.
—Llévame a la casa no sea que me vuelva el dolor.
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El novio
Lo presenté a mis padres como mí novio. Aceptamos que en la casa había que tratarnos con mesura. Al anochecer pasaba a verme. Decía “hola que tal como te ha ido” sonreía y contestaba “bien” Luego íbamos a la sala y mamá le traía un vaso con agua de frutas. Cuando las palabras se hacían bolas en nuestra mente nos mirábamos como idiotas y reíamos sin motivo. Pasó un mes y mamá me decía:
—Que serio es tu novio, siempre tan callado, ¿Así es?
Uno …de esos días en que todo parecía ser la calca de los ayeres y viendo que mis padres estaban platicando en la cocina lo empecé a cachondear y, él molesto me decía “nos van a ver” y se corría al extremo del sofá. Me enojó que tuviese gelatina en las venas y persistí. Acariciaba su pierna y subía la mano hasta llegar a sus ingles; sobaba de arriba abajo y de abajo hacia arriba… hasta que obtener la respuesta deseada.
Él no sabía que hacer… y me agradaba verlo colorado y caliente. Yo tenía una risa que trataba de detener, pero me ganaba. Risa que a veces se convertía en carcajada. En la noche lo esperaba emocionada, pues, los días habían dejado de ser monótonos y siempre con un ojo al gato y el otro al garabato. “Por favor estate quieta” y lo dejaba un momento, para después volver. Y ver su respiración agitada.
Un día mis padres salieron y preguntó por ellos, “luego vienen” le dije y empecé mi juego de sobarle la entrepierna. Mi osadía se convirtió en temor, cuando sentí que sus manos me tomaban de las caderas y limpiamente ajusté sobre él. Ya no me río.
La mariposa
Había comprado un lote de libros viejos a insistencia de su esposa. Él confió en la intuición de ella y resolvió la operación obteniendo un préstamo con intereses altos y dejando en garantía el resto de sus propiedades.
—Con una joya que te encuentres será suficiente para hacernos ricos.
La biblioteca perteneció a una familia que llegó en el siglo pasado proveniente de Europa. Se encerró días y noches entre libros viciados de tiempo. Los últimos meses los pasó alejado de los eventos sociales con el objetivo de encontrar un volumen que tuviese alto valor en el mercado y, que le permitiese salir airoso de sus acreedores. Alicia, su compañera lo asistía y solamente recordaba los días de vino y placer. Muchas veces el cansancio le había cancelado la vigilia y su esposa lo encontraba sobre las pastas de polvosos libros.
Esa noche, fatigado por la lectura y, después despertar en la hora que los gallos descorchaban la alborada; sin explicarse cómo, logró comprender un libro sobre recetas y hechizos escrito en latín. En la mañana cuando su mujer llevaba café y panecillos lo encontró ensimismado. Dejó a su lado el aromático y se retiró en silencio. —Algo encontró.
Horas después había redactado dos cartas: En una decía, lo que todo el que se va suicidar dice: “No se culpe a nadie de mi muerte” y el final: “dejo todos mis bienes, pólizas y seguros a mi amada esposa”. La segunda carta dirigida a su cónyuge. “Como sabes, nos casamos por bienes separados, así que, no tienes por qué pagar mis deudas. Entiérrame de tal manera que tú, sin ayuda de nadie, puedas rescatarme. Estaré en un estado catatónico y al mes exacto, volveré a mi conciencia”. Destruye la carta y este viejo libro redactado en latín.
Entre los rezos, el novenario, los abrazos de condolencia se pasó el tiempo. Los acreedores se retiraron y el día previsto, ella canturreaba bajo el velo y vestida de duelo. Cuando caminaba hacia el cementerio, el viento zarandeaba sus ropas. Casi al llegar a la tumba llamó al mozo del cementerio, y ordenó que la mantuviera limpia, que los floreros estuviesen relucientes y que nunca faltasen rosas blancas, que eran de la preferencia del finado. La gente la veía con el rosario, los ojos hundidos y un manto de agua que humedecía el pañuelo y cómo en los caminos solitarios parecía a la distancia una enorme mariposa negra que se perdía entre la arboleda de aquella tarde vieja.
La servidumbre
Ya había barrido el patio; pero Celia gustaba de ver el azahar del naranjo esparcido en la tierra negra y al fondo la enredadera con sus flores que parecían tacitas de té. Después seguía con la vivienda. Asear cuarto por cuarto, era cada vez más pesado. Las camas se hacían inmensas y tardaba más de lo debido tratando de que las sobrecamas quedaran con ese toque de exactitud que deseaba la señora. Cuando sacudía, el polvo la hacía estornudar con violencia infinidad de veces. De su bolsa extraía un pedazo de papel higiénico y con fuerza se sonaba y movía la cabeza. “Tengo años haciendo esto y cada día me canso más. Me cuesta trabajo meter la escoba debajo de las camas. Cuando exprimo el mechudo, el agua fría me entumece las coyunturas y la fuerza se hace torpe. El ajetreo cansa y cuando arremete el dolor de espalda dan ganas de tirarme al piso. ¡Pero no!, tengo que seguir, pues a la señora le gusta que los vidrios estén relucientes y para lograr el efecto hay que pulirlos con papel periódico”. Suspiraba, se iba a la cocina y consumía una taza de café y pan para poder continuar. Volvía al quehacer. “¡Ya no tardan en llegar! El tiempo apenas me alcanza para hacer una sopa de arroz y guisar el pollo con ajo y tomate. Debe estar bien sazonado, pues si a la señora le disgusta no me dice nada, pero le queda el mal carácter por el resto de la tarde”.
El calor del mediodía, se escurre por el tejado y en el bochorno de la cocina recuerda que el clóset de Toñito está en desorden. “Es un niño que piensa que al esconder sus trebejos ya se ganó la gloria. Si su mamá se da cuenta, con seguridad lo regañará y en vez de jugar fútbol el domingo, tendrá que acompañar a sus hermanas a la fiesta. ¡Ah si no fuera por él!, yo anduviera en mi rancho, tiene quince años y cada día se parece más a su padre. Va a ser alto, con unos ojos que solitos platican; como los de su papá en aquella tarde: estaba sentada en el escalón, secándome el pelo y el señor llegó con los ojos brillosos y me empezó a decir cosas cerca de mis oídos, dejándome pedazos de respiración en mi cuello. Me hacía la tonta, pero sus palabras fueron hallando acomodo y después me encontré ansiosa de que siguiera, y él siguió. Sus brazos alrededor de mi cintura eran duros como ramas; y luego, su voz que me decía: si tienes un varón me harás el hombre más feliz. No recuerdo las veces que lo intentamos, pero todos los meses la regla llegaba como soldado a su guardia. La que se embarazó fue su mujer, pero a Toñito lo siento como mío. Si no fuera por él, no sé dónde andaría”.
La noche
Entregó el aluminio en el centro de acopio para comprarle a su esposa un vestido que tuviese rayas negras y llevarla el domingo al circo; en las afueras de la ciudad. A sus sesenta años, conservaba un aire robusto que lo hacía parecer más joven. Dulce, su esposa, aún sin cumplir los treinta, podía ser su hija. Ella lo escogió por la ternura que percibió en él, después de haberlo conocido. Nunca le hizo reclamo alguno por la penuria en que vivían. Todas las tardes lo esperaba meciéndose en una poltrona oxidada; su mirada caía sobre un montículo, desde donde él levantando los brazos le chiflaba. Ella le respondía con un silbido agudo y entrecortado; después se iba a la casucha y ponía al fogón la escasa cena que compartirían. Entre risas y toqueteos, el cabo de vela se consumía, luego ella reposaba sobre su brazo y lo veía en sus sueños. Él le alisaba el pelo hasta quedarse dormido. Esa vez ella no contestó el chiflido, él respiró hondo y aceleró la caminata. La vio en el catre, balbuceando por la fiebre. La respiración parecía un pájaro que volaba sin control golpeándose contra los riscos. Pensó en buscar ayuda, pero temiendo lo peor, se quedó a su lado. Media hora después, el aliento se detuvo. Bajo la luz magra la depositó sobre un banco de madera. Desollado del ánima, la empezó a vestir. Rezaba las oraciones que aprendió de niño y otras que salían de su interior. Cuando la luz de la vela desfallecía, cayó en el sueño y recostó su cabeza sobre el regazo de la finada. ¡Cuántas veces durmió sobre su vientre!
Entre el ensueño, escuchó el estruendo de un bulto al caer y el sonido que hace un cuerpo al ser arrastrado por sobre la superficie terrosa. Impulsado por el instinto, cortó con un grito el silencio, y con rapidez, tomó una barra de metal, asestó golpes en la oscuridad haciendo un ruido ensordecedor. Pudo escuchar un chillido y el salto de una bestia en fuga. Después, en la penumbra, percibía el aroma de la parafina, y tuvo el deseo apremiante de gemir. Prendió otro cabo y vio a su mujer en el suelo, casi en la puerta, la levantó, recostándola inerte sobre el banco de madera, que servía de velatorio. Cuando hubo suficiente luz observó la piel rasgada de su cuello y con delicadeza trató de acomodarla. Parecía que la difunta lloraba, eran lágrimas de él que caían sobre los ojos abiertos de ella. El cadáver tenía las manos apretadas, y una gran tarascada en el brazo. Caían los sollozos y hablaba como si le oyese, arregló lo mejor que pudo el cuerpo amado y con esfuerzo abrió los puños. Un aullido intenso salió de su entraña, al ver que dentro, había sangre, pedazos de ojo y pelos negros.
Hay ku

Es primavera
Mis árboles carentes
aún te esperan
Tres versitos
LA IGLESIA DE COXQUIHUI

Café oloroso
cortado en la montaña
con olor de campanas,
Las galletas de Danaé.
Ella veía a su amiga Margot que ponía un chicle en la bolsa del pantalón del maestro y con picardía le cerró el ojo. Cuando el mentor de primaria, metió la mano para buscar sus llaves, se encontró con el pegajoso chicle. —Tú fuiste Margot. —No maestro, yo hacía mi tarea con Dané. ¿Verdad Dan, que sí? El maestro movió la cabeza y siguió su clase. No dándole mayor importancia. Una mañana, cuando su mamá había dispuesto la ropa que calzaría su papá, impulsivamente puso un chicle en uno de los calcetines. Cuando llegó de la escuela, su papá le preguntó:
—¿Fuiste tú quién metió un chicle en mi calcetín? —No papá. –
— ¡Segura! —Los ojos del padre la veían directamente y ella, no sostuvo la mirada. —Estás castigada. — Las fiestas de navidad estaban por llegar.
“En ese tiempo, si me hubiesen dicho a quién prefieres a mamá o papá, diría que papá. Qué él me hablase cortante o que no mencionara mi nombre me daba sentimiento.
Esa noche iba en el auto con su padre e intentaba distraerse con el fulgor de las figuras navideñas que adornaban las calles de la ciudad. Aparcó el carro frente a la tienda de pasteles y biscochos. Las vitrinas exhibiendo la repostería.
—¡Papá papá cómprame mis galletas!
—¡Ya no recuerdas lo que hiciste! — Le contestó con voz seca. Ella hizo un silencio.
—Ahora vengo.
—¡No me vas a llevar!
—¡Allí quédate!
La niña lloró. Silenciosas lágrimas rodaron sobre su piel. Un lloro diferente, sin gritos, con un dolor que se atoraba. Aún sollozaba, cuando un extraño tocó el parabrisas del carro.
—¡Niña! niña… estás de suerte, mira que mi hija no quiere galletas de chocolate y me da tristeza tirarlas. Te las regalo. Y dejándoselas en su regazo siguió su camino.
Su padre llegó poco después y enfiló hacia el hogar. Ella no se atrevió a decirle que bajo el asiento había unas galletas de chocolate. Durante los años siguientes creyó con firmeza que la fortuna le había sonreído, por haber degustado en la soledad del cuarto aquellas deliciosas galletas. Hoy es navidad y recordó a su padre con su sonrisa abierta y sintiendo su abrazo. Ahora entiende que el desconocido que le obsequió las galletas había sido su padre en otra persona.
-¡Danéee, Danéee… ya estás lista! Apúrate o llegaremos tarde para la cena de navidad.
Tomó la foto de su padre y la guardó en el bolso y dijo para sí: Cenarás conmigo papá.
El perfume
Después de creer que dicha botica no existía, al encontrarla sintió renacer las esperanzas. Cuando cruzó la puerta percibió el olor de un libro viejo y, al recargarse sobre el mostrador de cedro rojo, volvió con más intensidad la impresión. Deseaba un perfume. El anciano se le acercó. Lo escuchó como quien atiende a un hijo que recién llega de un largo viaje. Después se retiró como si los pies no tocaran tierra.
— Por favor aspire y me dice si es de su agrado.
Con el primero sólo sintió la soledad de su niñez; con el segundo, cerró sus ojos y le llegaron sensaciones vagas de una novia a la que jamás le dio un beso. En el tercero se vio de la mano con Martha. Una nueva aspirada y se encontró con dos años de coincidencias. Esas pláticas tan intensas donde el sueño se espanta; en el que las intimidades brincaban de la sábana al cielo. Al día siguiente ordenó un ramo de flores, sobresaliente en rojos y amarillos. —Rosas, de preferencia. — ¿Adónde se las envío? -preguntó el dependiente— olisqueando el aroma sin tiempo del arreglo. — Al cruce de la Divina Providencia y Santa Fátima de los Remedios. — ¿En qué colonia? —En ninguna: es en el cementerio municipal.
Una consulta en la madrugada
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La novia
Hace tres años fue mi novia. Pero en tres años suceden muchas cosas.
Lo supe aquella tarde. caminaba por el paseo y los tordos alborotados gritaban por la llegada de la noche. coincidimos. Nos fuimos despacio como si todo lo fuéramos contando. Cerca de su casa pensaba despedirme.
—¿Quieres conocer a mi niña? —Su pregunta hizo que me detuviese.
Subí hasta llegar a un breve departamento. Dos piezas, una cocina. La niña dormía.
De un libro sacó un poema que le hice y de un alhajero, unos aretes en forma de hoja que le regalé. Me conmovió.
Sin pensarlo la besé y con pasión correspondió. Mis manos llegaron a sus pechos generosos. Poco antes de introducirme se puso seria.
— ¡Es que hacemos mal!¡No lo hagas!
—¿No quieres? —contesté enérgico.
¡Cómo disfrutamos! Ella despejaba el cabello de su frente, mientras mis manos cargaban sus caderas. El recuerdo de nuestro amor abrió las veredas que alguna vez cerramos.Se levantó, se puso la bata y fue al baño que se encontraba en uno de los pasillos de la escalera. Llegó con un lavamanos repleto de agua limpia, se acercó y empezó a enjabonar mis genitales con delicadeza. Me quedé en un suspiro, en lucha contra la sensación y conmovido por su actitud.
Salí en silencio. Por el camino, recordé que esa limpieza me la habían hecho sólo una vez; fue cuando me metí en un burdel y la meretriz, cuando secaba mis testículos, me sonreía y preguntó: ¿Cuándo regresas?
En un hospital
En un hospital, las tres de la mañana es el momento en que la tensión da un respiro a los trabajadores.
Con un trapeador el intendente limpiaba los mosaicos de vinilo y en el área de atención de partos. los internos de pregrado, enfermeras y auxiliares estaban de pie. Aunque lo más cercano sería, que con un ojo dormitaran y con el otro durmieran.
Sólo es un instante. Es como si la maquinaria se detuviese y diera lugar a un profundo silencio. Todos intentaban aprovecharlo. Un relax, un pestañeo, eran renovadores y daban el impulso para las siguientes horas, que suelen ser más intensas. Los que toman las decisiones críticas, se les despertaba, si fuese necesario.
En el piso –así llamamos al sector de hospitalización– las mujeres esperaban con temor el momento del parto. No hay nadie a su lado; sólo ellas y sus hijos por nacer. Las enfermeras, aunque quisieran acompañarlas tienen tanto trabajo, que les responden con palabras indiferentes, tomaban los signos vitales, dan las pastillas y se van.
El puente entre la paciente y la institución eran los internos de pregrado, que revisaban a las señoras y ordenaban llevarlas al servicio de atención obstétrica, cuando tuviesen cuatro centímetros de dilatación de la matriz. Algunas mujeres no esperaban, y el parto se atendía en la cama. Éste hecho es conocido como “Camacho”. Por lo tanto, el prestigio de un interno de pregrado es no tener “Camachos”.
En el momento exacto –a esa hora crucial– preparaban al jefe de internos: Durazo. Alto, blanco, tenía un abdomen protuberante que prometía el radio de un embarazo gemelar. A las tres de la mañana lo caracterizaron para su presentación en la unidad toco-quirúrgica: un turbante para resguardar el cabello, la bata, vendas en las piernas que le ocultaban los pelos, y botas de algodón cubriendo sus pies; una sábana húmeda con restos de yodo para que simulara sangre y un suero clavado en la vena.
Guiaban la camilla con la mayor rapidez a la sala de partos; trabajo que, normalmente, hacían los enfermeros.
El jefe –en el silencio del entorno– daba alaridos tan desgarradores, que más bien parecía una puerca a punto de sacrificio.
–¡Camacho! ¡Camacho! –anunciaban alzando la voz.
El escándalo despertó a todo el mundo.
Los auxiliares y enfermeras se movían rápido, preparando todo para la atención del parto. Los internos de pediatría llegaron a la sala para recibir al nuevo ser, y los encargados de obstetricia se vistieron con prontitud.
Se pasó la «parturienta” a la mesa, y las enfermeras alzaron
sus extremidades, para que las apoyase en las pierneras y situarla en posición ginecológica.
Mientras tanto, los demás le daban consuelo.
–Ya, señora; todo va a salir bien.
El interno encargado de atender el parto retiró la sábana para hacerle el tacto.
–¡Esta mujer tiene huevos y no está rasurada! – exclamó.
Nadie contuvo las carcajadas.
El jefe Durazo escapó de un salto; todavía tuvo el humor para caminar como patito y, sujetándose el vientre, se perdió entre los pasillos del hospital.
Faltaba poco para las cuatro de la mañana, y casi una hora para las urgencias de las cinco.
NEGRURA
Dañaste a reyes y aldeanos. La mayoría muertos, otros ciegos. En mi perversidad mezclaré tus ácidos para forjarte más letal. Me excita saber que un descuido puede ser mi mortaja. Un día, cuando nadie te nombre quitaré tus cadenas y te dejaré olvidada en algún aeropuerto. Quince días después brotaras en forma de vesículas hediondas de pus y fatalidad. En la hecatombe te preguntaré desde mi fosa: ¿Estás satisfecha?
La espera
el agua fría cayó sobre su espalda; no pudo evitar un resoplo de placer y dolor. Con el baño se fueron los hilachos del sueño. La mañana no se desperezaba. El resplandor de la luna daba trapecios de luz a la recámara de su madre. Le dejó un desayuno frugal, la intención de un beso y un recado.
Contempló el patio, con la mirada, perfiló la alborada. Se vio jugando con sus hermanos, mientras su madre daba de comer al cerdo.
Se fue. Sólo se llevó la esperanza. Habían pasado dos años y la madre seguía puntual con la manutención de la prole, pidiéndole a la virgen por el hijo ausente y llevándole, cada quince días, una veladora al templo.
Esgrimiendo el jabón, golpeaba tallando la ropa con furia, como si pudiera así fragmentar la tristeza, aunque sólo conseguía erizar el dolor; quería sacarlo del recuerdo mas no lo lograba y seguía lavando a pesar del desaliento, mojando de lloros la manga de su camisa. En la noche, rendida, lo soñaba.
Una mañana, al despertar, encontró sobre la rústica mesita –al lado del rosario, su taza con leche y una nota. Supo que él estaba ahí, que había vuelto cobijado por la oscuridad de la madrugada y fluyeron sus lágrimas, formando un regato por donde corría el dolor de dos años, ¡sus ruegos no habían sido en vano!
El cansancio lloviznó sobre su alma y la piel se le tornó luminosa. El sueño comenzó a abastecerla; tanto, que no pudo abrir los ojos, pero eso ya no le importó.
La rana
Canta una rana, es la única que queda en el pantano; unas se fueron, otras fueron tragadas por la víbora. Solo canta una; se eleva sobre los juncos trepándose a la picuda piedra. Canta con un tono indefinido. ¿Será de dolor? ¿De soledad? O quizá espera que le contesten.
Solo canta una rana, nadie sabe qué dice o a quién le canta, Ella deja de cantar cuando el agua llena el pantano y la noche se pone ciega. ¿Será por temor o por qué no aparece la luna?
