Llego la tarde
Con canastas de viento.
Luego se fue.
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Subía con la lata de cemento al hombro, el sudor irritaba la visión. Depositó la mezcla y resolló. Había una enramada de hojas violetas brotando del cielo. Bajó para volver a llenar el recipiente de mezcla y subir: “Lo veré cargado de colores y con nubes retozando entre azucenas”. Pidió la botella a un compañero para deslizar cinco tragos de caña. Sabía que eso le garantizaría el color del cielo. De nuevo hacia arriba, pujando con la carga. Sólo faltaba la mitad de la loza.
Cae la tarde.
Casi identificaba al Ser cuando lo arrasó un sueño profundo.Roncó. Tuvo certeza que al despertar tendría la respuesta a la duda del hombre. La madre fue acercándose a la hamaca; tras el primer garrotazo siguieron los demás. “¡Levántate huevón, bueno para nada, deja de soñar y ayuda, no ves que la casa es un muladar”!
Eres palabra. Agua que al caminar desprendes olor y murmullo. Melodía de silencio que duerme a mi lado. Hoja que cobija, y cueva que complace. Te siento más que el recuerdo: viva, fresca, constante. Aromática como una tabla desnuda.

¡ Ha de estar agotadísima! Toda la noche soñé con ella.
pasará
Su ama lo ponía en su hombro y él silbaba la marsellesa. se desplazaba por su hombro chasqueando besitos tronadores; comía golosamente las semillas de girasol, y su gran placer aparecía cuando el índice de ella rascaba su cabeza azul y decía “piojito, piojito”. Desde polluelo habían cortado sus alas para que desconociera el placer del vuelo; sin embargo, al amparo de la noche robustecía la masa muscular de sus alas. Al salir el sol, se estremecía al escuchar el piar de las aves que cruzaban el cielo. El tiempo y el olvido de su dueña hizo crecer su plumaje y lanzó un grito de “quiero volar”. Batieron sus alas rumbo a la copa del cielo. Planeó por las ramas del ceibo, disfrutó de la humedad del viento. Se llenó de libertad. A lo lejos oía el canto de los grillos y el ulular de los búhos. Por la mañana comía las frutas del nogal y entonaba las notas del himno francés. Voló para perderse entre los olores del bosque. Cuando iba hacía la montaña, sintió de pronto una mezcla de coraje e inquietud. Regresó como saeta hacía su casa. No podía aceptar que otro perico le diese los besos a su ama y que ella rascara otra cabeza que no fuese la suya.

La luna viene