Una aventura con Pito Pérez de Rubén Romero

Llegué a Urapa, y en este pueblo rabón, situado ya en tierra caliente, me ofrecí como mancebo de botica.
—¿Cómo te llamas, muchacho? —pregúntame el boticario.
—Jesús Pérez Gaona, para servir a usted… si es que nos
arreglamos.
—¿Qué sabes hacer?
—Píldoras —contesté sin faltar a la verdad, recordando la
frecuencia con que mis dedos exploraban mis fosas nasales.
—¿Y qué más? —inquirió el boticario, midiéndome con la
vista.
—Jarabes medicinales patentados en el extranjero.
—Pues voy a probarte unos días —resolvió el viejo— para
ver si me convienes.
Entré a servir en la botica, animado de los mejores propósitos. Era el boticario hombre de unos cincuenta años; llamábase José de Jesús Jiménez y pesaba ciento treinta kilos, después de haberse sometido a cuanto régimen le recomendaron para adelgazar. Cuando entraba en la botica apenas cabía dentro de ella, y a su paso, movíanse los frascos, los tarros y los botes, como agitados por un temblor de tierra. No dejaba su casa ni para asistir a los actos religiosos ni para concurrir a las juntas del Ayuntamiento, y era de una pereza tan peligrosa para su clientela, que hubiera sido capaz de sustituir en las recetas el jarabe de quina con la valeriana, con tal de no pararse de la silla de brazos en la que acomodaba su nalgatorio, igual que en un molde hecho a su justa medida. Como no podía tener vanidad de su cuerpo de barrica sin aros, o de su rostro, todo él convertido en papada, la tenía de haber cursado su carrera en una de las mejores escuelas del mundo, según pregonaba a toda hora, y a tal grado, que en el centro del rótulo de la botica, que se llamaba Farmacia de la Providencia, había un círculo con una alegoría que representaba los atributos de la medicina, y este
letrero dorado:
  1. de J. Jiménez.
Ex alumno de la Escuela
de Farmacia de
Guadalajara.
Ex Farmacéutico del Hospital
de San Juan de Dios.
Ex discípulo de don Próspero López.
Una mano anónima, ocultándose en las sombras de la noche, escribió debajo de tanto título, este otro:
Ex Cremento.
La mujer del boticario se llamaba Jovita Jaramillo, y por las iniciales de su nombre y las de su señor esposo, a la botica le decían en el pueblo El Cementerio de las Jotas.
Era doña Jovita una mujer como de cuarenta años, flaca y amarilla, pero de facciones correctas y con unos ojos verdes que contrastaban con el color de su piel y con el negro zaino de sus trenzas. En sus doce años de matrimonio no había tenido hijos, y esto seguramente influyó en que se agriara su carácter y en que fuera regañona hasta con su marido que, delante de ella, no alardeaba de cosa alguna.
Oí, cierta vez, que un amigo hizo alusión a la obesidad de mi amo, y él, bajando los ojos para contemplar aquella temblorosa montaña de manteca, suspiró tristemente, exclamando: ¡Hace diez años que no veo a mi Jesusito ni retratado en un espejo!
Comencé a granjearme la voluntad del matrimonio, trabajando afanosamente en cuanto me mandaban. Para proteger sus hábitos de pereza el boticario se sentaba en su silla, y abanicándose con un periódico, pasaba los días diciéndome el contenido de los frascos y la aplicación más usual de los medicamentos. No dejaba de recomendarme que en la preparación de las recetas empleara siempre las substancias similares más baratas, por ejemplo, bicarbonato de sosa en lugar de pricolita, azúcar a cambio de antipirina.
—Los médicos recetan cosas raras —decía—, sobre todo si no tienen un tanto por cierto en nuestras boticas, pero la farmacopea nos ayuda a defendernos de sus artimañas, acaso en beneficio de la humanidad puesto que, simplificando las medicinas, matamos menor número de personas. Aquí donde me ves, yo he ahorrado muchas vidas y algún dinerillo para mi regalo, haciendo pócimas de simple jarabe y píldoras de inofensivo almidón.  Aprende, Jesús, sigue honradamente mi ejemplo y gozarás de una conciencia tranquila y de una bolsa satisfecha.
Escuchando sus consejos comencé a preparar recetas caprichosas y a tomarle gusto al oficio, como el cocinero que pone un poco de fantasía al condimentar sus platos. En la farmacia, teniendo ciertas inclinaciones pictóricas, se pueden emplear sin peligro colorantes que alegren los ojos de los enfermos: el jarabe de rosas, el de grosella en las cucharadas del 1 y del 2, para los niños que padecen colerín. El verde vegetal convierte las píldoras en cabuchones de esmeralda, que las mujeres toman sin repugnancia, por su afición a los adornos y a las joyas. Pero lo que más satisfizo a nuestra clientela fue el uso del alcohol mezclado moderadamente en el agua hervida de las cucharadas, de los pozuelos y de los demás bebedizos.
A las primeras tomas los enfermos se animaban, cantaban, dormían bien, y algunos se escaparon de una muerte segura, con honra y fama para el médico que los asistía. Después, seguían surtiendo las recetas dizque para preservarse de todo género de dolencias. Como si me hubieran contagiado las enfermedades de todo el pueblo, yo daba el punto a tales medicinas, probándolas y saboreándolas lo mismo que los dulceros sus confituras.
En aquel empleo la cosa pintaba bien para mí: dormía en la rebotica, en un catre de tambor, con obligación de atender las llamadas nocturnas, para que don J. de J. no interrumpiera su apacible sueño; me alimentaban con la misma pitanza de los amos: en las comidas del mediodía un plato rebosante de caldo, otro de arroz, carne cocida y frijoles. Al amo le doblaban la ración, y el caldo lo tomaba sorbiéndolo estrepitosamente de una sopera, después de aderezarlo con quince cosas distintas: plátano, sal, limón, chile, granos de granada, orégano, elote, aguacate, pedazos de tortilla, un chorro de vino tinto, otro de aceite, migas de pan francés, rodajas de huevo duro, cebolla y papas cocidas. Él mismo, diariamente, preparaba tan variado mejunje, con un gesto supersticioso de sacerdote que celebra un extraño rito, ante los ojos indiferentes de doña Jovita que no paraba de quejarse de algún mal imaginario. De los platos de antojo quintuplicábanle la ración, y maravilla pensar cómo no se derramaba el pozo de las defecaciones de aquella casa con los frecuentes viajes que a él hacía el señor boticario.
Al alcance de mi mano tenía los frascos de los cordiales y el cajón del dinero que prudentemente soportaba mis acometidas. Por algo le llaman don Prudencio los dependientes de las tiendas.
Además, Urapa es un pueblo chico, de pocos habitantes, y hasta allí era difícil que llegaran las pesquisas de mi amantísima familia para conocer mi paradero. El pueblo, pues resultaba un paraíso, sin la molestia de convivir con los animales de la creación, cada uno encerrado en su casa. Pero no hay paraíso sin tentaciones. ¿Desperté yo, por imprudente, las adormecidas dentro de aquel hogar, al contarles a los amos que en mi pueblo me llamaban Pito Pérez? Quizá por asociación de ideas, una tarde doña Jovita gritó, desde el interior de su cuarto:
—Muchacho, tráeme un poco de linimento.
Con mi cara de santo mojarro llevé el pomo de linimento a la pieza de la patrona que, tendida en su cama, boca abajo, quejábase pesarosamente. Según ella, le dolía un costado, la espalda, el cuello, y no resistía ni el peso de una mosca.
—Es el reuma que me sube y me baja y me pone en un grito
—decía con voz de muchacho consentido—; pero mi esposo no se preocupa por mi salud, ni se acomide a darme una frieguita de algo. ¡Ay! ¡Aay! ¡Aaay! Por caridad úntame un poco de linimento en la espalda. Y doña Jovita se enderezó para aflojarse los broches del corpiño. Mi alma se encendió en una ardiente compasión para aquella infeliz mujer que tanto padecía, y con el pensamiento puesto en Dios, introduje mi mano por la abertura del vestido, comenzando a frotar suavemente la espalda desnuda.
—¡Así , así! —decían la enferma en tono suplicante.
Después, se volteó boca arriba, con los ojos cerrados, diciéndome dulcemente:
—También en la cintura y en el pecho para calmar este dolor que me mata.
Mi mano comenzó a frotar, y al subir tropezó con dos sólidas cúpulas cuyos pezones endureciéronse sensiblemente.
—Así, así —repetía la enferma. Y echándome los brazos al cuello, atrájome sobre su cuerpo dolorido…
Haciendo un juego de palabras, de las cúpulas pasamos a las cópulas. Los efectos de las medicinas fueron sorprendentes y, tarde a tarde, gritaba la enferma desde el fondo de su cuarto, en medio de quejidos lastimeros:
—Muchacho, trai el linimento.
Yo bajaba el frasco de su sitio y me aprestaba a cumplir devotamente con una obra de misericordia. Entretanto, don J. de J. quedaba al frente de la botica, inmóvil en su silla de brazos. Mas un día, uno de esos días aciagos que yo debiera relatar con una voz equivalente a letra bastardilla, coincidieron tres marchantes premiosos, y el farmacéutico, haciendo un esfuerzo sobrehumano, entró en mi busca hasta el interior de la casa. Empujó la puerta de la alcoba, y al mirar lo que miró, quedose de una pieza. El susto me hizo bajar de la cama, como un sonámbulo, mientras doña Jovita rompió a dar alaridos, igual que si le arrancaran las tiras del pellejo.
Salí del cuarto tropezando con los muebles, mientras el boticario despertaba de su asombro y con una elocuencia arrolladora llamaba a su mujer puta, malagradecida y sonsacadora de menores. Sin detenerme a recoger mis exiguos ahorros, abandoné la casa por la puerta del corral, con tanto miedo a las iras de aquel marido coronado, que resolví dejar inmediatamente el pueblo, y si me hubiera sido posible, el globo terráqueo, sin atentar contra la vida.
Aquella noche, caminando por un largo camino, cavilaba tristemente: ¡Cuán breves son las fiestas de este mundo y cómo nos dejamos engañar con un señuelo! Iba otra vez a la aventura, sin casa ni sostén, y todo por haber olvidado la historia de la mujer de Putifar.
El cansancio del sendero hacíame evocar la vida quieta y regalona de la casa del boticario: los platos sustanciosos, los tragos de la hemoglobina falsificada y los buenos pellizcos al cajón del dinero. ¡Todo perdido para siempre por causa de la insospechada temperatura de la señora doña Jovita!…
—¡Es usted más poeta que yo, Pito Pérez! Y, ¿a dónde fue
usted a parar, después de sus amores con la boticaria?
—Mañana se lo contaré; ahora es preciso que yo vaya a consolar, con unas copitas, las penas que hemos removido. Hablar del pasado es resucitar un muerto, y yo tengo valor de hablar con los muertos únicamente cuando estoy borracho.

José Rubén Romero

(Cotija de la Paz, 1890 – Ciudad de México, 1952) Escritor y político mexicano que inscribió una parte de su obra en la línea costumbrista y la otra en la llamada Novela de la Revolución. Durante su juventud participó en el movimiento revolucionario. Más tarde fue comerciante, desempeñó cargos oficiales y trabajó en el servicio exterior mexicano. Fue cónsul general en Barcelona, ministro plenipotenciario en Brasil y embajador de México en Cuba.

Su primer libro, Apuntes de un lugareño (1932), contiene recuerdos de infancia y juventud. Su debut en la novela fue Mi caballo, mi perro y mi rifle (1936), que muestra su desencanto por los resultados del conflicto armado. Su libro más famoso es La vida inútil de Pito Pérez (1938), obra inspirada en la picaresca española que mezcla humor y melodrama. En Rosenda (1946), su estilo sencillo y directo se llena de poesía para recrear el ambiente provinciano de su tierra natal.

Horacio

Un día como hoy en el año 8 a.c. murió Quinto Horacio Flaco, simplemente *Horacio*, según los entendidos el más grande poeta lírico y satírico latino. Autor de la frase *Carpe Diem* (aprovecha el día).
La frase se hace famosa en la película “La Sociedad de los poetas muertos”, a raíz de un poema de Walt Whitman. Aquí el poema de Whitman.
*CARPE DIEM*
Aprovecha el día.
No dejes que termine sin haber
crecido un poco, sin haber sido feliz,
sin haber alimentado tus sueños.
No te dejes vencer por el desaliento. No permitas que nadie te quite el
derecho de expresarte, que es casi un deber.
No abandones tus ansias de hacer de tu vida algo extraordinario…
No dejes de creer que las palabras y la poesía, sí pueden cambiar al mundo; porque, pase lo que pase, nuestra esencia está intacta.
Somos seres humanos llenos de pasión, la vida es desierto y es oasis.
Nos derriba, nos lastima, nos convierte en protagonistas de nuestra propia historia.
Aunque el viento sople en contra, la poderosa obra continúa. Y tú puedes aportar una estrofa…
No dejes nunca de soñar, porque sólo en sueños puede ser libre el hombre.
No caigas en el peor de los errores: el silencio.
La mayoría vive en un silencio espantoso. No te resignes, huye…
«Yo emito mi alarido por los tejados de este mundo», dice el poeta;
valora la belleza de las cosas simples, se puede hacer poesía sobre las
pequeñas cosas.
No traiciones tus creencias, todos merecemos ser aceptados.
No podemos remar en contra de nosotros mismos, eso transforma la vida en un infierno.
Disfruta del pánico que provoca tener la vida por delante.
Vívela intensamente, sin mediocridades.
Piensa que en ti está el futuro, y asume la tarea con orgullo y sin ti miedo.
Aprende de quienes pueden enseñarte.
Las experiencias de quienes se alimentaron de nuestros «Poetas Muertos», te ayudarán a caminar por la vida.
La sociedad de hoy somos nosotros, los «Poetas Vivos».
*No permitas que la vida te pase a ti, sin que tú la vivas…*

horacio

Tomado del Fb de la pagina de Nora e. García

Breve manual para recoocer brujas modernas -José Manuel Ortiz Soto-

III (La paradoja del reloj)

Cada noche mi hija me pide llegar a casa media hora más tarde. Para que me dé tiempo de dormir a tu nieta, dice. La comprendo: sé lo incómodo que puede ser para los padres un hijo consentido por los abuelos (yo fui uno de ellos). Al día siguiente, salgo del trabajo dejo pasar dos trenes, camino otras dos vueltas a la manzana y, en lugar de tomar el elevador, subo por las escaleras los tantos pisos. Abro la puerta procurando no hacer ruido, pero apenas pongo un pie en el departamento, la pequeña Ixchel salta de la cama y corre a mi encuentro gritando: ¡Abu! ¡Abu! ¡Abu! Detrás de ella viene mi hija con cara de pocos amigos y me pide llegar a casa media hora más tarde.

bruja-moderna

Mi canto de Jaim N Bialik Israel

«Mi canto»
«¿Sabes tú de quién aprendí yo a cantar?…»
«…Aquel cantor fue el grillo, poeta de la miseria.
Se asemejaba el sábado a una jornada común;
la mesa sin «jalá» y el vino santificados,
y, en vez de los candelabros, empeñados,
la luz de magras velas pegadas en la arcilla
danzaba en las paredes. Siete niños hambrientos
rodeaban, somnolientos,
la mesa, y nuestra madre oía con angustia
los cánticos sagrados de añeja melodía.
Y, con el alma mustia,
y humillado, y vencido nuestro padre servía
pedazos de pan negro y de arenque salado
con un viejo cuchillo, de filo ya embotado.
Nosotros masticábamos el pan reseco y soso,
pan de la humillación, con lágrimas mojado
y tragado de prisa, con gesto vergonzoso.
Después, acompañábamos al padre en la canción
con muerto corazón y con vientre sonoro.
Mientras que nuestro grillo se unía a nuestro coro,
modulando su estrofa en su oscuro rincón».

jaim-najman-bialik-1873-1934-el-10-de-lirot-1968-billete-de-israel-poeta-judío

Traducción: Rebeca Mactas de Polak

https://www.delacole.com/cgi-perl/notas/vernota.cgi?nota=bialik

Apalabrados de Juan Antonio Vázquez

Como de costumbre el doctor colmó sus expectativas con esa profusa atención que testimoniaba su fruncido entrecejo, su camisa escrupulosamente abotonada, el impecable nudo de la corbata y ese nervioso garabatear con el que había tomado notas mientras él hablaba.
–Los sueños son como los bailes de máscaras –empezó diciendo –.Nadie es quien aparenta ser.
Lucas compuso una media sonrisa de incomprensión.
–Le pondré un ejemplo –continuó –. El abad asesinado que aparecía en su sueño nos señala su rechazo inconsciente a la boda en ciernes con… ¿María se llama su futura esposa?
Asintió con la cabeza.
–El pulpo representa los obstáculos que ha encontrado durante los preparativos. El tiburón volador en realidad es alguien por quien se siente amenazado; probablemente el exnovio de María.
–¿Y el buitre? –preguntó.
El psicólogo se llevó la punta del lápiz a la barbilla y se quedó pensativo durante unos segundos.
–No lo sé –contestó al fin –.Esa máscara era realmente buena.
Luego volvió al crucigrama que disimulaba dentro de su libreta. Incauto, que se deja estafar fácilmente. Ocho letras : «pardillo».
–Si pasa al mostrador María le cobrará, señor Lucas.
Como siempre, al despedirlo, desplegó sus brazos para darle un afectuoso achuchón.

Entrevista

El encanto anónimo Chino

Ch´ienniang era la hija del señor Chang Yi, funcionario de Hunan. Tenía un primo llamado Wang Chu, que era un joven inteligente y apuesto. Habían crecido juntos y, como el señor Chang Yi quería mucho al muchacho, dijo que lo aceptaría de yerno. Ambos escucharon la promesa, y como estaban siempre juntos, el amor aumentó día a día. Ya no eran niños y llegaron a tener relaciones íntimas. Desgraciadamente, el padre no lo advirtió. Un día un joven funcionario le pidió la mano de su hija y el señor Chang Yi , olvidando su antigua promesa, consintió.
Ch´ienniang, debiendo elegir entre el amor y el respeto que le debía a su padre, estuvo a punto de morir de pena, y el joven estaba tan despechado que decidió abandonar el país para no ver a su novia casada con otro. Inventó un pretexto y le comunicó a su tío que debía marchar a la capital. Como el tío no logró disuadirlo, le dio dinero, regalos, y le ofreció una fiesta de despedida. Wang Chu, desesperado, pasó cavilando todo el tiempo de la fiesta, diciéndose que era mejor partir y no empeñarse en un amor imposible.
Wang Chu se embarcó una tarde y había navegado unas millas cuando cayó la noche. Le dijo al marinero que amarrara la embarcación y que descansaran, pero por más que se esforzó no pudo conciliar el sueño. Hacia la medianoche, oyó pasos que se acercaban. Se incorporó y preguntó:
-¿Quién anda ahí, a estas horas de la noche?
-Soy yo, soy Ch´ienniang.
Sorprendido y feliz, Wang Chu la hizo entrar a la embarcación. Ella le dijo que el padre había sido injusto con él y que no podía resignarse a la separación. También ella había temido que Wang Chu, en su desesperación, se viera arrastrado al suicidio. Por eso había desafiado la cólera de los padres y la reprobación de la gente y había venido para seguirlo a donde fuera. Ambos, muy dichosos, prosiguieron el viaje a Szechuen.
Pasaron cinco años de felicidad y ella le dio dos hijos. Pero no llegaban noticias de la familia y Ch´ienniang pensaba cada vez más en su padre. Ésta era la única nube en su felicidad. Ignoraba si sus padres vivían o no, y una noche le confió a Wang Chu su pena.
-Eres una buena hija -dijo él- ya han pasado cinco años y se les debe de haber pasado el enojo. Volvamos a casa.
Ch´ienniang se regocijó y se aprestaron a regresar con los niños.
Cuando la embarcación llegó a la ciudad natal, Wang Chu le dijo a Ch´ienniang.
-No sabemos cómo encontraremos a tus padres. Déjame ir antes a averiguarlo.
Al divisar la casa, sintió que el corazón le latía. Wang Chu vio a su suegro, se arrodilló, hizo una reverencia y pidió perdón. Chang Yi lo miró asombrado y le dijo:
-¿De qué hablas? Hace cinco años Ch´ienniang está en cama y sin conciencia. No se ha levantado una sola vez.
-No comprendo -dijo Wang Chu- ella está perfectamente sana y nos espera a bordo.
Chang Yi no sabía qué pensar y mandó dos doncellas a ver a Ch´ienniang.
La encontraron sentada en la embarcación bien ataviada y contenta. Maravillada, las doncellas volvieron y aumentó el asombro de Chang Yi.
Entretanto, la enferma había oído las noticias y parecía haberse curado: sus ojos brillaban con una nueva luz. Abandonó el lecho y se vistió ante el espejo. Sonriendo y sin decir una palabra, se dirigió a la embarcación.
La que estaba a bordo iba hacia la casa: se encontraron en la orilla. Se abrazaron y los dos cuerpos se confundieron y sólo quedó una Ch´ienniang, joven y bella como siempre. Sus padres se regocijaron, pero ordenaron a los sirvientes que guardaran silencio, para evitar comentarios.
Por más de cuarenta años, Wang Chu y Ch´ienniang vivieron juntos y fueron felices.

mujer china

https://ciudadseva.com/texto/el-encanto-2/

Vives en dos mundos

 

piernas

foto del google

No estés triste, vives en dos mundos. Soy el de la noche que se
desliza por tus pestañas y después rodea tus muslos.

 

SEMANA DE VERDADES. Día 1: El dios de Shermer

Avatar de AlonaDeLarkNeurociencias divertidas

El 24 de mayo el blog de Neurociencias Divertidas cumple 6 meses. Claro que cuando recièn empecé, no tuve visitas, no tuve seguidores y no seguía yo a nadie porque no sabía cómo hacerlo. Verdad que llegué sin preparación alguna. Solo con las ideas en la mente para compartir. Mas o menos despues de un mes de la invisibilidad, por fin, entendí como funciona y salí a la luz. Como ya quizá se han dado cuenta, me gustan las fechas redondas , números especiales, aun sabiendo que los especiales los hago yo. En fin, esta semana, conmemorando los 6 meses de viaje en este barco, quiero pasar publicando pequeños textos sobre los hechos puntuales que me parecen curiosos, interesantes o fascinantes.

Michael Shermer es uno de los popularizados de la ciencia más sensato y crítico que conozco. Tiene la revista  Skeptik donde pueden encontrar una enorme cantidad de material…

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El nacimiento de un dios

Mucho honraban los Mexicas a Huitzilopochtli; sabían origen, su principio fue de esa manera:
En Coatepec, por el rumbo de Tula,
había estado viviendo,
allí habitaban una mujer
de nombre Coatlicue.
era madre de los 400 Surianos
y de una hermana de éstos
de nombre Coyolxauhqui.
Y esta Coatlicue allí hacía penitencia,
barría, tenía a su cargo el barrer,
así hacía penitencia,
en Coatepec, la Montaña de la Serpiente,
y una vez,
cuando barría Coatlicue,
sobre ella bajó un plumaje,
como una bola de plumas finas.
En seguida lo recogió Coatlicue,
lo colocó en su seno.
Cuando terminó de barrer,
buscó la pluma, que había colocado en su seno.
pero nada vio allí.
En ese momento Coatlicue quedó encinta.
A ver los 400 Surianos que su madre estaba encinta,
mucho se enojaron, dijeron:
–   «¿Quién le ha hecho esto?
¿Quién la dejó encinta?
Nos afrenta, nos deshonra».
Y su hermana Coyolxauhqui les dijo:
-«Hermanos, ella nos ha deshonrado
hemos de matar a nuestra madre,
la perversa que se encuentra ya encinta.
¿Quien le hizo lo que lleva en el seno?
Cuando supo esto Coatlicue,
mucho se espantó,
mucho se entristeció.
Pero su hijo Huitzilopochtli, que estaba en su seno,
le confrontaba, le decía:
-«No temas,
yo sé lo que tengo que hacer”.
Habiendo oído Coatlicue
las palabras de su hijo,
mucho se consoló,
se calmó su corazón,
se sintió tranquila.
Y entre tanto, los 400 Surianos
se juntaron para tomar acuerdo,
y determinaron a una
dar muerte a su madre,
porque ella los había infamado.
Estaban muy enojados,
estaban muy irritados,
como si su corazón se les fuera a salir.
Coyolxauhqui mucho los incitaba,
avivaba la ira de sus hermanos,
para que mataran a su madre.
Y  los 400 Surianos
se aprestaron,
se ataviaron para la guerra.
Y  estos 400 Surianos
eran como capitanes,
torcían y enredaban sus cabellos,
como guerreros arreglaban su cabellera.
Pero uno llamado Cuahuitlíac
era falso en sus palabras.
Lo que decían los 400 Surianos,
en seguida iba a decírselo,
iba a comunicárselo a Huitzilopochtli.
Y  Huitzilopochtli le respondía:
-«Ten cuidado, está vigilante,
tío mío, bien sé lo que tengo que hacer».
Y cuando finalmente estuvieron de acuerdo,
estuvieron resueltos los 400 Surianos
a matar, a acabar con su madre,
luego se pusieron en movimiento,
los guiaba Coyolxauhqui.
Iban bien robustecidos, ataviados,
guarnecidos para la guerra,
se distribuyeron entre sí sus vestidos de papel
su anecúyotl, sus brazaletes,                              ‘
sus colgajos de papel pintado,
se ataron campanillas en sus pantorrillas
las campanas llamadas oyohualli.
Sus flechas tenían puntas barbadas.
Luego se pusieron en movimiento,
iban en orden, en fila;
en ordenado escuadrón,
los guiaba Coyolxauhqui.
Pero Cuahuitlícac subió en seguida a la montaña,
para hablar desde allí a Huitzilopochtli,
le dijo:
-«Ya vienen.»
Huitzilopochtli le respondió:
–    «Mira bien por dónde vienen.»
Dijo entonces Cuahuitlícac:
-«Vienen ya por Tzompantitlan.»
Y  una vez más le dijo Huitzilopochtli:
-«¿Por dónde vienen ya?»
Cuahuitlícac le respondió:
-«Vienen ya por Coaxalpan.»
Y de nuevo Huitzilopochtli preguntó a Cuahutlícac:
-«Mira bien por dónde vienen.»
En seguida le contestó Cuahuitlícac:
-«Vienen ya por la cuesta de la montaña.»
Y todavía una vez más le dijo Huitzilopochtli:
-«Mira bien por dónde vienen.»
Entonces le dijo Cuahuitlícac:
-«Ya están en la cumbre, ya llegan,
los viene guiando Coyolxahuqui.»
En ese momento nació Huitzilopochtli,
se vistió sus atavíos,
su escudo de plumas de águila,
sus dardos, su lanzadardos azul,
el llamado lanzadardos de turquesa.
Se pintó su rostro
con franjas diagonales,
con el color llamado «pintura de niño».
Sobre su cabeza colocó plumas finas,
se puso sus orejeras.
Y uno de sus pies, el izquierdo, era enjuto,
llevaba una sandalia cubierta de plumas,
y sus dos piernas y sus dos brazos
‘os llevaba pintados de azul.
Y el llamado Tochancalqui
puso fuego a la serpiente hecha de teas llamadas Xiuhcóatl,
que obedecía a Huitzilopochtli.
Luego con ella hirió a Coyolxauqui,
le cortó la cabeza,
la cual vino a quedar abandonada,
en la ladera de Coatépetl,
montaña de la serpiente.
El cuerpo de Coyolxauhqui
fue rodando hacia abajo,
cayó hecho pedazos,
por diversas partes cayeron sus manos,
sus piernas, su cuerpo.
Entonces Huitzilopochtli se irguió,
persiguió a los 400 Surianos,
los fue acosando, los hizo dispersarse
desde la cumbre de Coatépetl, la montaña de la culebra.
Y cuando los había seguido
hasta el pie de la montaña,
los persiguió, los acosó cual conejos,
en torno de la montaña.
Cuatro veces los hizo dar vueltas.
En vano trataban de hacer algo en contra de él,
en vano se revolvían contra él
al son de los cascabeles
y hacían golpear sus escudos.
Nada pudieron hacer,
nada pudieron lograr,
con nada pudieron defenderse.
Huitzilopochtli los acosó, los ahuyentó,
los destrozó, los aniquiló, los anonadó.
Y entonces los dejó,
continuaba persiguiéndolos.
Pero ellos mucho le rogaban, le decían:
-«¡Basta ya!»
Pero Huitzilopochtli no se contentó con esto,
con fuerza se ensañaba contra ellos.
Los perseguía.
Sólo unos cuantos pudieron escapar de su presencia,
Pudieron liberarse de sus manos.
Se dirigieron hacia el sur
se llaman 400 Surianos,
los pocos que escaparon
de las manos de Huitzilopochtli.
Y cuando Huitzilopochtli les hubo dado muerte,
cuando hubo dado salida a su ira,
les quito sus atavíos, sus adornos, su anecúyotl,
se los puso, se los apropió,
los incorporó a su destino,
hizo de ellos sus propias insignias.
Y este Huitzilopochtli, según se decía,
era un portento,
porque con sólo una pluma fina,
que cayó en el vientre de su madre Coatlicue,
fue concebido.
Nadie apareció jamás como su padre.
A él lo veneraban los mexicas,
le hacían sacrificios,
lo honraban y servían.
Y  Huitziiopochtli recompensaba
a quien así obraba.
Y su culto fue tomado de allí,
de Coatépec, la montaña de la serpiente,
como se practicaba desde los tiempos antiguos.

 

huitzilopchtli

*Tomado de Justino Fernández, «Una aproximación a Coyolxauhqui», Estudios de Cultura Náhuatl (México: UNAM, 1963), Vol. IV, pp 37-53

(Códice Florentino, Lib. III. Cap. I

Traducción directa del náhuatl hecha por

el Dr. Miguel León-Portilla)