Me lastimé cortándome las uñas, y la desgracia terminó cuando me amputaron la pierna. Meses atrás, las amigas de mi esposa le aconsejaron que era indigno que ella me recortara las uñas; «es un acto de sumisión», dijeron. Ahora, para el sustento, ella da servicio de pedicure a domicilio y acude a la casa de sus viejas amigas.
Ella no tenía ningún problema si exclamara en la intimidad “te amo Beto”, ya que su esposo se llama como yo: Beto. Yo no podía decir te amo Marcia, porque mi esposa le digo Yoya. Antes de llegar a mi casa, pasaba a un bar, pedía ginebra con jugo de naranja. Mi compañera que tiene un excelente olfato me decía enojada: «¡ni te me acerques, bien sabes que así no te soporto!»
Cuando escuchaba mis pasos, gritaba «¡Ya llegaste!». Subía y subía hasta llegar a mi hombro. En mi oído, chasqueaba tres veces; esos eran sus besitos.
Era tan pequeño que el zarpazo de cualquier gato sería mortal. Por la noche, lo colocábamos en una jaulita y se metía gritando «¡A dormir, a dormir!».
Una noche llegué y me extrañó no escuchar su grito. Lo encontré con vida en el regazo de mi mujer. Se estaba muriendo.
Vi cómo se abrieron sus pupilas cuando escuchó mi voz. Allí conocí la impotencia. Lo cubrí en mi mano y corrí hacia el automóvil. «¿¡Dónde vas!?» «A buscar un veterinario».
Su gemido me detuvo. Paco, el pequeño periquito, ya no gritaría «¡Ya llegaste!».
Un dolor me torció el cuello y salí al patio a envolver mi noche con la noche.
Afuera brincaba la lluvia fría en los pinares. En la cabaña un quinqué que hacía fulgir un espejo roto. Mi mano fina rodeaba tu cintura y mi cuerpo se adosaba al tuyo. Un golpe con tu codo en mis costillas me recordaba que había que vestirse. Decidí quedarme, por la mañana me iría antes de que llegasen sus padres. Ella asustada me decía «¿y si no despertamos?, es la tercera vez que te quedas». «Siempre tenemos la excusa de que somos amigas y que no pude embarcarme en el autobús de media noche. Aunque creo que lo saben… ¿No crees que es hora de platicar con ellos»
Soy un hombre que responde al botepronto. Platica mi esposa con alguno de mis hijos y sueltan alguna palabra y de inmediato lo asocio con un hecho que sucedió, y en un silencio tomo la palabra. Me escuchan y uno de ellos me dice: «eso ya lo ha contado papá». Callo y me cuestiono. ¿lo habré contado? ¿quizá soy un hombre de recuerdos e ideas repetitivas? Me levanto de la mesa, camino distraído por el sendero que lleva a la arboleda, voy de un lado a otro y me siento en un tronco. Llega mi esposa, me toma del hombro y me dice: «tu cripta es la que está debajo de la Guásima»
Al contemplarte, para ti doblar y desdoblar nubes es cotidiano. Así como yo le doy de golpecitos a mi almohada para hacerla confortable, así lo haces con los celajes. Si estuviese dentro de tus ojos vería pasar de cerca gusanos presurosos, vacas echadas a la holganza o dinosaurios imponentes que lanzan en el ocaso llamaradas de cobre. La noche, en ese campo de iridiscencias, quizá te descubra jugando ajedrez con la osa mayor. Tal vez podrías contarme que aroma tienen las estrellas, o cuantos secretos te ha dicho el conejo de la luna. Sin duda eres un ser celestial que todos los días miras a Dios. Qué terrible será para ti tener sed; tu cuerpo de pino tiene que inclinarse para beber el agua terrenal.
Semanas después de la noche de exceso me encontré a Armenia en el parque. Al besarme en la mejilla, me dice hola en el lóbulo de mi oreja. Ella era, en mi mente, un algo que te hace daño, que te deshaces, pero de una u otra manera regresa. Hace más de un mes me dije que no era conveniente para mi salud volver a verla. Pero…
Quedamos de vernos. Enérgico me dije que no habría otra cita. Después de la comida que degustamos, cuando sorbía el café, me dijo seria, «ya sé porque te me hiciste conocido». El pulso de mis sienes dio de brincos y estuve a punto de soltar un pretexto para cortar de tajo aquella plática; la pregunta, tarde o temprano, llegaría como aguja en la piel rosada de una beba.
«Lo supe aquella noche en su departamento, que me confesó que era bisexual, y no fue impedimento para regodearme con sus caricias. Cuando ella se daba un regaderazo encontré una foto en su tocador. Tomada en un antro, besaba en los labios a una mujer cuyo rostro era ocultado por mechones de cabello oscuro. Pendía de su oreja un arete que dibujaba una media luna pringada de un rojo sangre. Fue un regalo que le hice a mi hija. cuando cumplió sus dieciocho años».
Por la noche soñaron las lagartijas con un cinturón magenta, que resaltaría el verde untado de las piernas. Después de cargar sus pilas al sol, colgaron en su cuello argollas de buena suerte.
Se fueron hacía el desfiladero sacando sus lenguas de chicote. Cruzaron la arena, los cactus, y en las partes bajas del río muerto se quedaron quietas.
El cielo parecía una panza enlodada de cerdo. El día se hizo pardo y los truenos corrían de un lado a otro. El agua llegó ruidosa hinchando las rocas del desierto. El río muerto se levantó como si fuese un Lázaro adolescente y con él millones de moscas zumbaban sobre las espumas del río.
Las lagartijas con sus aros de la buena suerte comieron hasta el hartazgo ante las asombradas dunas. Bailaron y bailaron sobre las burbujas del río cuando noches atrás soñaban con un cinturón magenta que resaltaría sobre el verde untado de las piernas.