Caliope por Rubén García García

Sendero

—Has clamado por el don de la ficción. Y ahora, ante mi ofrenda, frunces el ceño.

Bajé la mirada.

—Te lo agradezco, amada diosa. Pero duele más lo que llega tarde que lo que nunca llega.

El murmullo del agua llenaba el silencio. Calíope, con su mirada melancólica, comprendía mi desvelo.

—El tiempo es implacable —murmuré.

A lo lejos, Caronte aguardaba en su barca. Impaciente.

—¿Para qué el arado si la tierra ya se ha endurecido?

Calíope sonrió con tristeza. En su mano brillaba una moneda dorada.

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