Sendero
todos los días, Narciso venía a mirarse en las aguas del río. Quizá no tenía con quién jugar y platicaba consigo mismo. O tal vez sufría de tristeza vital.
Una tarde en que el arroyo corría con pereza, se inclinó demasiado y se hundió para siempre.
Yo lo amé desde que lo vi. Desde aquella tarde gris, mis ramas no han dejado de llorar.

