Sendero
La casucha estaba hecha con varas y láminas de cartón. Al fondo, la estufa de petróleo hervía agua, un intento inútil para enfrentar la onda gélida. Cerca, la mujer temblaba. En el extremo, un hombre bebía pulque.
—Alguien cuchichea —dijo el esposo, meciéndose en la poltrona. Recordó las palabras del yerbero: «La hierba rumorosa debe su nombre al efecto que causa en quien la ingiere. Poco antes de que aparezca la muerte, el sujeto mastica sus pensamientos y los dice, como si rezara, sin darse cuenta».
¡Con qué claridad escucho a mi odiada mujer!
«Mi esposo es hediondo, obeso, sedentario y fumador. Los gestos que hace me indican que me oye, pero no cree lo que digo. No tardará en morirse, la pócima que le di ya está trabajando. ¡Bendito pulque, que se puede combinar con cualquier fruta! ¿Quién sospecharía que lo he envenenado? El médico dirá que fue un ataque al corazón. ¡Me importa un rábano que escuche! ¡No sé cómo pude soportarlo tanto!»
Minutos antes de morir, hombre y mujer se trenzaron a golpes.
Esa noche, el frío cayó a diez grados bajo cero. En la foto se veía a la pareja abrazada. Los titulares de la prensa, en letras negras y grandes, decían: Unidos hasta la muerte. El frío le quita la vida a dos enamorados.

