Sendero

Todos los días, mi padre viene por mí. Hoy salí temprano, y en vez de esperarlo, fui a su negocio. Lo vi deslizar su mano por el talle de la empleada. Se dio cuenta de que lo vi.Ahora, en mi cuarto, no puedo dejar de pensar. ¿Le digo a mi madre? Me repito que deben ser figuras mías, que quizás estoy malinterpretando. ¿Y si se separan? Siempre ha sido su princesita. No sé cómo sería mi vida sin su cariño. Mi padre me procura, me da lo que necesito, me lleva de vacaciones. Tampoco me imagino tener un padrastro.«Su mejor amiga debe ser su madre», dice mi maestra. «Tienen que contarle todo». Es cercano, nadie me quiere más que ella. Pero, ¿contarle lo que vi?
—No se lo merece —exclamó mi madre—. Sus calificaciones dejan mucho que desear.
—Es para que se aplique más —dijo mi padre, dándome la caja con el móvil que tanto había pedido.
—¿Te ha gustado tu regalo? —me pregunta días después.
—No tanto —le respondí, devolviéndoselo—. No es el que te pedí.
