El pifas por Rubén García García

Sendero

El cadáver yacía bajo los escombros de la barda. «Qué mala suerte del occiso —comentó el periodista al vecino—, que al pasar le haya caído la barda de cantera».

Poco antes había sonado la alarma de terremoto. Nadie lo esperaba; un día soleado, el cielo azul, la gente sin suéter. Los árboles apenas si se movieron, pero aquella barda, de dos metros, se desmoronó.

—¿Usted conoce al muerto?

—Sí, el «chambas», el albañil del barrio. No se llevaba bien con las mascotas.

El cadáver ya había sido levantado, solo quedaba una cruz de cal entre las piedras. El reportero se disponía a irse, pero el vecino lo detuvo.

—La muerte de él, en parte, es culpa del «Pifas». Se odiaban. Yo vi cuando lo picó con una varilla, el dóberman saltó la reja, y el «chambas», por salvarse, cruzó al convento… y justo entonces le cayeron las piedras de cantera.

—¿Y el perro?

—El «Pifas» aulló con las sirenas y saltó de vuelta; y como si nada se echó para seguir royendo un hueso de plástico que se lo dan para que se entretenga.

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