Tres días en el paraíso por Rubén García García

Sendero

Ayer, casi se fundieron las piedras del río difunto. Los “mocos de guajolote” yacían marchitos. El cielo borroneado de oscuridad se encendió con los relámpagos, un rayo rasgando la sequía. Después de los truenos, cayeron chorreras sin parar por días. Los niños, que nunca habían visto llover, corrieron asustados buscando las faldas de sus madres. Enloquecidos por el agua, el pueblo bailaba y las parejas retozaban como gusarapos. Los ancianos dejaron las sillas y se encendieron como cocuyos. La vieja laguna, que solo los centenarios recordaban, volvió a sembrarse de espejos. Tres días duró la fiesta. Cuando se fue el agua, solo quedó el pueblo árido, tan polvoriento como un fantasma en el sótano.

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