El sueño de Rubén García García

Sendero

No recuerdo lo que sueño, pero ayer sí. Tenía en mis brazos un bebé de pocos meses, frágil y lo trataba como si fuera un mueble sin vida. Estábamos en un cuarto de hotel, con paredes desnudas y un aire de abandono. No le daba de comer, desesperado porque no llegaba su madre. Salí furioso, dejándolo en un montículo de ropa desordenada, con la creencia de que la madre se percataría, anduviese por donde anduviese. Salí a vagar por las calles, y por un tiempo, me olvidé de él.

De repente, un puño me dobló el pecho, haciéndome detener. Un presentimiento oscuro retumbó en mi cabeza: la madre no lo vería. Volví frenético, corriendo hacia el lugar donde lo había abandonado. Lo encontré sano y salvo, respirando suave entre la ropa. Sentí como si se hubiese abierto el día después de meses sin ver el sol; me envolvió una tibieza de un sol de invierno.

Corrí con él en mis brazos, como un loco en busca de agua y alimento. Esos instantes fueron de lo más bello, la preocupación legítima de que el bebé me necesitaba. Sonreía con él, apretándolo en mi regazo, sintiendo su pequeña vida contra mi pecho. Corría bajando por caminos de lodo, resbaladizos y traicioneros, y después por escalones de laja y madera, buscando en aquel pueblo un puesto donde comprar agua y leche.

Cuando finalmente lo vi comer, fue un momento de gloria, una paz indescriptible. Desperté sudoroso, oliendo a bebé,con el pulso gustoso y brincando.

Deja un comentario