Sendero
Ayer casi se fundieron las piedras del río difunto. Marchitos estaban los “mocos de guajolote”. El cielo borroneado de oscuridad se prendió por los relámpagos. Un rayo en la seguía. Y después de los truenos cayeron chorreras por dos días sin parar. Los niños que nunca habían visto llover corrieron asustados buscando las enaguas de la madre. Enloquecidos por el agua, el pueblo desnudo bailaba y las parejas retozaron como gusarapos. Los ancianos dejaron las sillas y se encendieron como cocuyos. La vieja laguna, que solo los centenarios recordaban, volvió con espejos. Tres días duró la fiesta. Se fue el agua y solo quedó el pueblo árido, tan polvoso como un fantasma.

