Un cuento de navidad de Rubén García García

Sendero

Por más que la procuran, su salud es precaria y ha disminuido el brillo de sus ojos. Su abuelo, para distraerla, la llevó a la feria. ¡Sorpresa!, ella abrazó a un Santa Claus y sonrió. Ivi es su único familiar, y oír su risa es contemplar un día luminoso en el invierno. Dueño de una cadena de casas comerciales, le ofreció oro y plata para que estuviera al lado de su nieta, «Si quieres más, dímelo». La niña le dijo al oído: «no se lo has pedido por favor».

El Santa Claus de la feria le dijo que aceptaba, siempre y cuando el abuelo estuviera presente y si se diera un cambio en la niña; hablaría del dinero. Un mes después, la niña jugaba, comía y ya escribía sobre magos, hadas y flores.

En privado, le dijo: «Me debe la mitad de las ganancias que haya tenido en el año», le dio un número de cuenta y se fue.

El abuelo no cumplió el compromiso. Un día, la niña desapareció sin dejar rastro. El magnate movilizó a la policía de todo el mundo. La foto de la niña se reprodujo en periódicos, televisoras e internet. Nadie sabía de ella. Nadie dio informes sobre el paradero del Santa Claus de la feria. Cada día que no escuchaba la risa de ella, una montaña más se encaramaba en su corazón. La soñaba con harapos pidiendo limosna y la voz de ella en su oído: «¡ayuda abuelo!, ayuda». La policía le informó que no había rastros de él. Esa noche la miró jugando en un callejón y dentro de una vecindad. Se despertó húmedo de sus mejillas sin que después conciliara el sueño.

«Oh Dios las pirañas muerden el alma de mis huesos, cómo pude ser tan vil y dejarme llevar por mi afán de tener más» Ya ordené que transfirieran y en el banco dicen que esa cuenta no existe. ¡Ivi, dónde estás!

Los días previos a la festividad mayor estuvo comprando juguetes, abrigos, frazadas y girando invitaciones. Su mansión, que por años fue una fortaleza, abrió las puertas a todos los niños y sus padres para festejar la Nochebuena. Los niños de toda la ciudad se fueron cantando villancicos de navidad, cada uno abrazando a su juguete.

Esa noche, en el entredormir, escuchaba su voz tan diáfana, tan clara que se despertó con un gemido. Seguro que era otra mala broma de la vida; intentó dormir. Sintió en el rostro las manos de ella, como aquellas veces que por la mañana llegaba a su dormitorio a despertarlo. Fue tan real que abrió los ojos y estalló en sollozos al abrazarla. La voz de Ivi, acariciándolo, le decía: «te quiero mucho, abuelito».

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