Sendero
Yo reposaba la comida en mi cuarto y luego llegaba Marsella a preguntarme por las partes que había conocido. Traía una almohada de su dormitorio y acostados acariciaba su pelo y le cuchicheaba lo bien que me sentía a su lado. La cama de superficie dura me permitía libertad de movimientos. Esa vez me preguntó si me sentía bien, yo le dije que sí, No te sientes mareado, insistió. Le referí que al parecer la altura de la ciudad no me había afectado.
A las tres de la tarde el taxi llegaba por ella y a las seis volvía. Esa vez llegó acompañada de un buen amigo, y entre la charla y unos tragos de whisky, el tiempo se deslizó. La visita se despidió y nos quedamos solos. Ella se fue a su recámara, yo a la mía. Sin embargo, no tenía sueño, y toqué a la suya. Me ofreció un asiento en el borde de la cama, pero al resbalar por las sábanas de seda, me acomodé más al centro para evitarlo
Una cama que era tan blanda que parecía tener hoyos y me sumí tanto que pensé que era de agua. En esa posición, rodeé su cintura con el brazo mientras ella acariciaba mis cabellos . Empezamos a mimarnos y las caricias se volvieron atrevidas. En uno de los besos me sofocó. Ella tuvo la idea de situarse sobre mí y el colchón abrió sus fauces y sentí desaparecer. Fue como aquella vez de niño, estando en el río, caminando cerca de la orilla, pisé una enorme hondonada y me sumí. No podía respirar.
Abrí los ojos y su cabello estaba en mi nariz. Intenté respirar y no pude. Su cuerpo, su cabello, sus labios sobre mí y el colchón tragándome. Logré hacerla a un lado sin ser brusco, aunque lo fui, y me rodé hacia el suelo. Me paré tratando de respirar. “Es la altura”, dijo ella. “La montaña”, dije yo. Me senté en una silla y de reojo veía las sábanas de seda, y me dije que yo no mimaría en aquel colchón.

