Las puertas de Rubén García García

Sendero

La tía Gertrudis le incomoda que una de las puertas de la alacena la dejen abierta. ¿¡quién fue!? Y el tono de su voz casi llega al grito. En la noche, cuando me da mucha sed, paso por su dormitorio y la puerta no está cerrada.

La alacena debe de estar siempre cerrada porque si no se meten las pipiliacas y se comen el chile con el que ella guisa el mole. La de su recámara no sé, quizá siente miedo. Tiene dos años que murió mi tío. A veces la escucho gimotear y creo que está llorando.

Quedé huérfano y me dio un lugarcito. yo soy el mero mero para hacer los mandados. Mis primos dicen que soy el “traidor”

—¡Flaco, flaco! ve con don Demetrio y pides un kilo de bistecs y medio de chorizo. —Buscó el dinero y no lo encontró.

—Dile que te lo apunte, que luego voy y se lo pago.

—Me dijo el carnicero que más tarde pasa a cobrarle.

Hizo un gesto de rechazo y luego la cambió a una sonrisa forzada.

Yo no vi que don Demetrio llegara ni por la tarde, ni por la noche. Algunos susurros escucho, otras como si llorara cuando voy por mi jarro de agua a la cocina.

Lo que sé, es que nunca falta en la mesa un trozo de carne. Aun la escucho: «No desperdicien nada, ni le den la carne al gato, que no me la regalan»

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