La mosca de Rubén García García

sendero

Acostado en el chinchorro me despertó una mosca minúscula que hurgaba entre los vellos de mi brazo. Parecía olerme, abrirse paso entre mis vellos hasta que la espanté. Un minuto después, la misma llegaba al mismo sitio, hizo lo mismo. Ahora doblaba el abdomen y volvía a su quehacer. Se fue. Recordé que ellas podían percibir el olor de un cadáver a quince kilómetros. Yo no lo era. No hacía más de unas horas que me había tomado un coctel doble de vodka que me quitó la sed y me llevó a un sueño profundo. Ya volvió. La duda es: «¿seguiré soñando, o le aplaudo a la mosca por ser la primera que llega? Ya me da que pensar, ahora explora mis oídos».

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