Un tigre para Juan de Rubén García García

Sendero

Había un tigre hambriento en la espesura y le dio la mitad de su comida. A lo lejos se escuchaban ladridos ansiosos y comprendió que seguían su rastro. Le habló en lengua de tigre y lo transformo en un perro atigrado. Regresó a su choza, detrás lo seguía el perro. Vivían juntos, en armonía con la buena gente del pueblo.

Cambiaron las autoridades que llenaron la canasta de promesas. Tiempo después se presentó a su parcela el nuevo comisario de tierras. Escuetamente le comunicó que su parcela ya no le pertenecía de acuerdo al nuevo censo, que si estaba interesado, que se anotara en la lista para solicitar un nuevo lote. No dijo nada, sería inútil. Antes de retirarse le dijo que tenía un mes para desalojar.

Meses atrás un criador de caballos de pura sangre compró la hacienda. El viejo Anselmo la vendió. Fueron vecinos muchos años y la amistad jamás estuvo en juego.  Ambos tenían en común el respeto. El nuevo dueño no se presentó y en lugar de él mandó a su ranchero de confianza. Que se despidió exclamado “que bonito manantial tiene vecino”. No había que ser inteligente. Sabía por donde venía el olor del golpe.

Don Juan tenía algunos años en la región, llegó de las tierras áridas del norte, a sugerencia de su compadre de batallas Remigio que vivía más hacia el sur, muy cercano a una zona rica en tradiciones. Ambos se veían cuando se tenían que ver y sin previo aviso aparecían en el patio de la choza platicando animadamente.

«Ni me cuentes Juan estoy enterado que te quieren quitar las tierras y como al parecer tu eres el vecino más débil te han echado a la autoridad, y si eso no funciona tiene una cuadrilla de malosos que seguramente quemarían tu casa y dirán que fue un accidente.  El criador de caballos es todo un personaje en la capital y tiene el permiso de los peces gordos. Ama los caballos más que a sus hijos. Recién le trajeron una pura sangre árabe de color negro.

Remedios Ancira ensilló su caballo al amanecer. Le gustaba trotar y dejar que la mirada se le escapase por el llano y en otras por la espesura del monte. Era un admirador de las aves y por eso había respetado el monte, Así que esa vez se acercó tanto que pudo divisar en la espesura unos ojos amarillentos que lo veían fijamente. Sí, era la cabeza de un tigre que sobresalía de entre los helechos. De regreso pensaba que solo fue su imaginación. En la noche soñaba que un animal se había echado sobre sus pies y adormilado se sentó y un cuerpo felino salió por la ventana. La tercera vez que vio al tigre casi se desmayó. Montaba al potro negro como un jinete. Cuando despertó supo que en sueño él se vio desmayado.

Una semana antes de que terminara el plazo, el comisariado se hizo presente para advertirle. «dile a tu patrón que por favor le haga caso a sus sueños» Sin mirarle los ojos, le ordenó al comisariado que desistiera. Que lo había pensado y que era un buen vecino.

El comisario desobedeció. «Tienes que desalojar». Satisfecho de su mentira cabalgó de regreso. Al pasar el río dejó que la bestia bebiera.

Solo escuchó un estruendo, uno solo. Al voltear llegó en avalancha el agua que la presa descargó sin motivo.

«Ya vi Juan que te gusta dar de sustos a la gente». «Y a ti Remigio te gusta bañar a la gente y los dos rieron por un buen rato.

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