Sendero
Lo veía y no daba crédito, era yo, más flaco que un perro de pueblo. Tenía ausencia de deseos, solo uno me punzaba. Buscaba el rectángulo de una tumba. Cuando veía que iban a enterrar a alguien, era tanta fatiga, que me daban ganas de pedirle al difunto que me hiciera un lugar. Una noche me tiré sobre la loza de una sepultura. Por la madrugada sentí como unas manos que me pasaban a otra tumba, y a otra, y a otra… y así hasta que me desperté. Una luz brillante donde iban y venían, algunos vestidos de blanco otros de azul. Cuchicheaban. “Mira tú, el que se iba a morir, ya resucitó. Está respirando solo, sin ayuda. Este ya la hizo”. Después recordé que solo fue un sueño que tuve hace años. Sigo envuelto en una bolsa, dentro de un frigorífico, con el deseo de encontrar una tumba tibia y no este frío artificial que a diario me vuelve a matar.

