Las arenas de Rubén García García

Sendeo

Por estar de mirón, hipnotizado por el ombligo de la odalisca, se percató que tenía una jambia sobre su cuello cuando escuchó: “nadie puede ver las mujeres de mi sultán” Tragó saliva, o, ¿eran sus huevitos de puberto que se le habían subido a la garganta?

Un grito encabronado se escuchó desde la parte de abajo:

—¡Ya bájate de la azotea pinche chamaco y ve a comprar las tortillas!

En el camino se decía “¡Joder!, las arenas del desierto llegan con espejismo incluido».

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