Sendeo
Por estar de mirón, hipnotizado por el ombligo de la odalisca, se percató que tenía una jambia sobre su cuello cuando escuchó: “nadie puede ver las mujeres de mi sultán” Tragó saliva, o, ¿eran sus huevitos de puberto que se le habían subido a la garganta?
Un grito encabronado se escuchó desde la parte de abajo:
—¡Ya bájate de la azotea pinche chamaco y ve a comprar las tortillas!
En el camino se decía “¡Joder!, las arenas del desierto llegan con espejismo incluido».

