Sendero
En el silencio de la noche aparto a Grecia(mi conciencia) de mí. Cierro los ojos y me encuentro con mi desconocido. En la playa, con un sol tenue me lleva abrazada y yo a él. Miramos la infinitud, el borde de las olas con su espuma. En el cielo se oye el grojear de las gaviotas y cerca de nosotros un pelicano hunde su pico y remonta al espacio con un pez. Busca mis labios, lo beso y me dice “me gusta el sabor de tus labios y su mano me recorre el talle para sostenerse en mi cadera. “nada más el sabor de mis labios” le digo inocente. Y su mano me aprieta el muslo en el ángulo de mi nalga. Yo entiendo y regresamos a la cabaña. “Tengo hambre” ¿Hambre de comer? Sí, te quiero comer y me vuelve a besar con deseo.
Lo dejé dormir, fue él quien me hizo navegar entre el rumor, la espuma y mis gritos, que son más evidentes que un my Good. Es cierto, ya conocía la masturbación, yo no la busqué, fue ella quien se presentó una tarde que dormía con una almohada entre las piernas. Pero entre sentirte deseada y con tus piernas amarradas a su cintura hay un sol de distancia. Me doy cuenta que soy una mujer que disfruta el sexo y me entrego a él. Mi plenitud se la debo a él y me complace como a una diosa. Duerme. Me siento satisfecha. Lo descubro y su extensión reposa. Lo tomo, lo acaricio y él me contesta y se extiende, sin embargo, su dueño duerme. Es como si tuviese vida propia. Me acerco más y lo beso, lamo y me lleno la boca con su pequeño ojo. Lo hago no porque este deseando más, sino por el placer intenso que me ha dado. Ups, ya se despertó y me acaricia el pelo una y otra vez y una y otra vez sigo.

