Sendero
Tenía en mis brazos un bebé de meses, lo trataba con indiferencia. Él lloraba. El cuarto de hotel sórdido y frío. Esperaba a su madre. Como no venía dejé al bebé en un montículo, con la creencia de que ella se percataría. El hartazgo lo calmé caminando a donde fuese. Ya lejos del pueblo me llegó el presentimiento de que la madre no vería al niño y creció en mi pecho el peso de una montaña sobre mi corazón. Corrí. Exhausto lo encontré sano y salvo y sentí la luz como si se abriera el día, después de meses de no ver al sol. Trote con él en mis brazos buscando alimento. Esos instantes fueron de lo más bello, la preocupación legitima de que el bebé me necesitaba y yo necesitaba de él. Lo apretaba y él se apretaba contra mí. Yo corría por caminos de lodo y piedras y buscaba en aquel pueblo un lugar donde comprar agua y leche… Cuando vi al bebé comer fue un momento de gloria y luz para mi y lo acerqué a mi cuello dándole golpes suaves sobre su espalda. Cuando eructó, lo puse a mi lado y nos tendimos. Lo vi sonreír y dormirse y también me vi dormir.

