Salem de Rubén García García

Sendero

Salem se recostó sobre su cama y cruzó sus huesudos brazos sobre la quilla de su pecho. «No tarda en llegar», musitó en voz baja en aquel cuarto de azotea.

De los lavaderos comunales se oía el jugueteo del agua. Las mujeres tallaban la ropa y sus caderas se movían al ritmo del chapoteo. El viento de la tarde dejaba un aroma de limones y el recuerdo de su esposa.

Ella después de comer ordenaba la cocina. Se duchaba y salían rumbo a la alameda. Una nieve de zapote, otra de pitahaya y la noche los detenía en las esquinas oscuras bajo el alboroto de las luces lejanas. Asi fue su primera vez y nunca hubo una segunda. La oscuridad y los besos siempre fueron los mismos.

¡Te quiero así! Y se metía en sus labios, en el limón de sus axilas y el salado de sus ingles. Años donde tocaron el cielo con fuego y sal. Ella murió con felicidad, y con las letras de su nombre en la saliva. El corazón de él se fue con ella. Con el tiempo las mujeres que llegaron después tuvieron que aceptar que Salem se había quedado sin corazón, pero repleto del prodigio sexual para elevar las féminas al borde. Como si ellas fueran un cohete que en la negritud estalla y dispersa corpúsculos multicolores. Así lo sentían.

«No tardará». Se dijo abriendo las piernas huesudas como un compás. Emocionado por el recuerdo, su sangre se hizo veloz. Esa noche llegó su mujer, lo llevó a la alameda y regresaron para consumirse en caricias que chispearon hasta el amanecer. En la segunda noche se correteo con las mujeres del después. Una dama en la oscuridad le hizo un guiño.

Salem, el viejo, todavía escuchó el chapoteo de las lavanderas, el frenesí de las caderas y el aroma a limón de su mujer amada.

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