Rubén García García
El pescador regresó al caer el sol y piensa en voz alta “el mar ha sido todo para mí. me da el sustento y la belleza. Me ha enseñado tener paciencia: hoy no hubo pesca, mañana tal vez la haya” Por reflejo echó la red. No tuvo que luchar para depositar en el bote su presa, era una sirenita con ojos verdes y cejas color carbón, una niña que lo miraba resignada. Sabía que no le harían daño, y que tampoco podría escapar.
“Debería sentirme afortunado, es un golpe de suerte”. Todo estaba bien, lo que no encajaba era la mirada de la niña, inmensa, lejana y su cara tan parecida a la de su nieta que ya estaría esperándolo en el muelle. En silencio la liberó y la puso entre las olas del mar. Ella se impulsó dándole un beso en la mejilla. Cerca, su mamá la esperaba.

