Después del Covi ya nada es igual. La pandemia ha hecho daño. Ayer encontré a Frankenstein salir de un taller de maquillaje y observarse detenidamente en uno de los enormes espejos que se instalan para marketing. No, nada que se le parezca, era un fifi, lucía una cabellera en dorado que terminaba con una breve colita de pato. Cicatrices, ninguna, parecía ser sacado de una revista para señoras maduras. Lo seguí hasta una sala de espera donde departía con un grupo de personas a quienes les confesaba que era un monstruo y todos reían hasta romperse la mandíbula. Poco después se puso serio y espero su turno para un maniquiur. Yo soy el hombre lobo y por mi olfato sé reconocer que efectivamente era Frank. Con franca desaprobación y para calmar mi enojo me fui a perseguir a los carros que velozmente pasaban por el bulevar.
