Todas deseamos dormir con Giacomo, abrigadas con sus largas rastas rubias. Todas deseamos derretirnos entre sus brazos, que nos bata las caderas y riegue nuestros pechos con sorbete de limón al cava. Que nos cubra la piel con besos de cereza, vainilla y maracuyá, que sus manos nos hagan crujir como barquillos y su lengua de sirope nos endulce la boca. Y mientras lo deseamos él nos refresca con el azul iceberg de sus ojos y sonríe con sus dientes blancos como la nata montada. Entonces le pedimos un par de helados de fruta de la pasión, otros de higos de leche, uno más, de papaya. Suspiramos cuando él entierra la cuchara en las tarrinas y rellena voluptuosamente los cucuruchos. Nos estremecemos al roce de sus dedos cuando nos devuelve el cambio. No nos importa que él también nos desee a nosotras, de una en una o a todas a la vez. Nunca le pedimos a Giacomo helado de celos.
Tomado de: MicroDecamerón
Setecientos años después
Coordinadora Paola Tena

