
Amábamos a Lía. Ella nos contaba cuentos con su voz, sus manos y nos hacía reír. Era mucho o poco dependiendo del humor del jefe de guardia. Las horas pasaban sin sentir. Nuestros hijos volaban a paraísos y tierras de misterio. Para dilatar el horario algunas presas, las más bellas, dejaban sus senos a la mirada y otras cruzaban y descruzaban sus piernas, así los soldados, dejaban transcurrir el tiempo. Lía era un viento fresco… en aquella cárcel donde habían nacido nuestros hijos. Hijos de la reja y el fusil.
