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El ayudante de albañil de Rubén García G.
Con la lata de cemento al hombro, el joven albañil sudaba un sudor agrio que le irritaba la visión. Depositó la mezcla y con la franela se limpió la cara. Miró las nubes y había una enramada de hojas violetas. Bajó para volver a llenar el recipiente de mezcla y subir. El cielo estaba cargado de colores y espirales girando que iban de un lado a otro. Tomó dos tragos de caña que se bajó con un buche de cerveza. Sabía que eso le garantizaría la croma y el sabor de los celajes. Faltaban cuatro horas de trabajo.