Terminaba el arreglo de la oficina escolar donde apoyaba medio día como secretaria en una escuela primaria dirigida por monjas, cuando repiqueteo el teléfono.
—Sí… escuela “Divina Providencia” a escasos metros la superiora dejó la lectura y paró el rabillo de la oreja.
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Soy lobo. Habla lobo. Era la primera vez que escuchaba aquella voz, pero el alias le era conocido. La voz le cayó con la fuerza de un martillo y la hizo tartamudear. Sabía que la superiora la tenía en el foco. —¿eres tu, alada? Engoló la voz, la hizo firme y le respondió.
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Le repito, habla usted a la dirección de la escuela ¿se le ofrece algo?
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Sí, eres tú, así es como imaginé tu voz, clara, con un siseo musical…¿Sabes donde estoy? —sin esperar la respuesta prosiguió. Estoy en tu ciudad, he cruzado el mar para venir a verte y estar a tu lado.
Con fuerza colgó el teléfono, pero no pudo evitar que le temblase los dedos y la palidez se apropiara de su rostro juvenil.
—¿Quién era novicia?
—Teléfono equivocado, Superiora.
Sor Angélica movió la cabeza mentalmente y se dijo “la novicia cree que nací ayer” y continuó con sus quehaceres.

