Volver a casa Ya Gyasi

Effia
La noche que nació Effia Otcher, rodeada del calor almizclado de la tierra de los fante, un fuego hizo estragos en el bosque, junto a la casa de su padre. Avanzó de prisa y se
abrió camino durante varios días. Vivía del aire, dormía en cuevas y se escondía en los árboles. Quemó todo aquello que encontraba, sin preocuparse por la devastación que dejaba a su paso, hasta llegar a una aldea asante. Allí desapareció y se fundió con la oscuridad.
Cobbe Otcher, padre de Effia, dejó a su primera esposa, Baaba, con la recién nacida para evaluar las pérdidas de la plantación de ñame, el preciado cultivo conocido a lo largo y
ancho de su tierra por ser el sustento de tantas familias. Cobbe había perdido siete plantas, y sentía cada pérdida como un golpe que recibían los suyos. Supo entonces que el recuerdo de aquel fuego que había huido después de arder lo acosaría a él, a sus hijos y a los hijos de sus hijos mientras su linaje perviviera. Al regresar a la choza de Baaba encontró a Effia, la hija de la noche de las llamas, desgañitándose. Miró a su esposa y le dijo:
—Jamás volveremos a hablar de lo que ha ocurrido hoy.
Empezó a rumorearse entre los aldeanos que Effia había nacido del fuego y por ese motivo Baaba no tenía leche. La amamantó la segunda esposa de Cobbe, que tres meses
antes había dado a luz a un varón. Al principio Effia no se agarraba al pezón, pero cuando lo consiguió apretaba tanto las encías que le desgarraba la piel, de manera que la mujer acabó teniendo miedo a alimentarla. Así la niña perdió peso y se convirtió en un pellejo lleno de huesecitos de pájaro, con un gran agujero negro por boca, de donde salía un llanto hambriento que resonaba por toda la aldea, incluso los días que Baaba hacía cuanto podía por sofocarlo cubriéndole los labios con la palma áspera de la mano izquierda.
«Quiérela», le había ordenado Cobbe, como si el amor fuese un acto igual de sencillo que coger comida de un plato de hierro y llevársela a la boca. Por las noches, Baaba soñaba
con dejarla en la negrura del bosque para que el dios Nyame hiciera con ella lo que quisiese.
Effia creció. El verano después de su tercer cumpleaños, Baaba tuvo su primer hijo varón. Lo llamaron Fiifi, y estaba tan rechoncho que en ocasiones, cuando Baaba no miraba, Effia lo hacía rodar por el suelo como una pelota. La primera vez que su madre le permitió sostenerlo en brazos, se le cayó: el bebé rebotó sobre las nalgas, aterrizó de vientre y miró a los que estaban en la habitación sin saber si debía llorar  o no. Decidió no hacerlo, pero Baaba, que en ese momento removía el banku, alzó el cucharón y golpeó con él la espalda desnuda de Effia. Cada vez que levantaba el utensilio del
cuerpo de la niña, le dejaba pedazos calientes y pegajosos de masa que le quemaban la piel, y cuando Baaba hubo acabado, Effia lloraba y chillaba, cubierta de llagas. Desde el
suelo, rodando sobre el vientre de un lado al otro, Fiifi miraba a Effia con ojos como platos, pero sin hacer ningún ruido.

Al regresar a casa, Cobbe encontró a sus otras esposas curando las heridas de Effia y de inmediato comprendió lo que había ocurrido. Baaba y él discutieron hasta bien entrada
la noche, y mientras tanto Effia los oía a través de las finas paredes de la choza. Tumbada en el suelo, la niña dormitaba con fiebre. En sus sueños, Cobbe era un león, y Baaba, un
árbol. El león arrancaba el árbol de la tierra donde estaba  plantado y lo lanzaba contra el suelo, y cuando éste protestaba estirando las ramas, se las arrancaba una a una. Tendido en la arena, el árbol empezaba a llorar hormigas rojas que descendían por entre las grietas de la corteza y se acumulaban sobre la tierra mullida, alrededor de la copa.
Y así empezó el ciclo. Baaba pegaba a Effia. Cobbe, a Baaba. A la edad de diez años, la niña podía recitar la historia de las cicatrices que llevaba en el cuerpo: el verano
de 1764, cuando Baaba le partió unos ñames en el espinazo; la primavera de 1767, cuando Baaba le aplastó el pie con una piedra y le rompió el dedo gordo, que jamás volvió a apuntar hacia el mismo lado que el resto. Todas las cicatrices de Effia tenían una réplica en el cuerpo de Baaba, pero eso no impedía a la madre apalear a la hija, ni al padre apalear a la madre.
Que Effia estuviera convirtiéndose en una mujer bellísima  sólo empeoraba las cosas. Cuando tenía doce años le crecieron los senos: dos bultos que le nacían del pecho, suaves como la pulpa de mango. Los hombres de la aldea sabían que pronto le vendría la primera sangre y esperaban la oportunidad para pedir su mano a Baaba y Cobbe. Los regalos no tardaron en sucederse: uno de los hombres recolectaba vino de palma mejor que cualquier otro, y las redes de pesca de otro vecino jamás aparecían vacías. A punto de hacerse mujer, Effia proporcionaba a la familia de Cobbe un festín tras otro. Ni sus tripas ni sus manos estaban nunca vacías.

En 1775, Adwoa Aidoo fue la primera chica de la aldea a la que uno de los soldados británicos pidió en matrimonio. Tenía la piel clara y la lengua afilada. Por las mañanas, después de bañarse, se frotaba manteca de karité por todo el cuerpo, debajo de los pechos y entre las piernas. Effia no la conocía bien, pero un día que Baaba la había mandado llevar aceite de palma a la choza de la joven, la había visto desnuda. Tenía la piel brillante y lisa, y el pelo majestuoso.

El día que aquel hombre blanco llegó por primera vez, la madre de Adwoa encargó a los padres de Effia que le enseñasen el pueblo mientras la muchacha se preparaba
para él.
—¿Puedo ir con vosotros? —preguntó Effia.
En ese momento corría tras ellos y oyó el «no» de Baaba por un oído y el «sí» de Cobbe por el otro. Ganó el oído de su padre, y pronto se encontró ante el primer hombre blanco
que veía.
—Se alegra de conocerte —dijo el intérprete al tiempo que el hombre blanco ofrecía la mano a Effia. Ella no se la aceptó, sino que se escondió detrás de la
pierna de su padre y lo observó desde allí. El blanco llevaba una chaqueta con una hilera reluciente de botones de oro tirantes por la presión de la panza. Tenía la cara roja, como si en lugar de cuello tuviese un tocón ardiendo; estaba gordo, y de la frente y del labio le caían grandes gotas de sudor. A Effia le recordó a una nube cargada de lluvia: pálido, húmedo e informe.
—Le gustaría ver la aldea, por favor —dijo el intérprete,
y se pusieron en marcha.
La primera parada fue delante de la casa de Effia.
—Aquí vivimos nosotras —anunció la niña al hombre blanco, y él sonrió embobado, con los ojos verdes envueltos en una neblina. No comprendía. Incluso después de que el intérprete se lo tradujera, seguía sin entender.

Cobbe cogió a Effia de la mano y, junto con Baaba, guió al hombre blanco por el recinto.
—En esta aldea —explicó Cobbe—, cada esposa tiene su choza. La comparte con sus hijos. Las noches que el marido debe pasar con ella, la visita en su casa. A medida que le traducían aquello, la mirada del hombre blanco fue aclarándose y de pronto Effia se dio cuenta de que ahora lo contemplaba todo con nuevos ojos. Por fin veía las paredes de adobe, la paja de la techumbre. Continuaron el paseo por el pueblo y le enseñaron la
plaza, las pequeñas barcas de pesca que construían vaciando troncos de árbol y que los hombres cargaban consigo cuando caminaban varios kilómetros hasta la costa. Effia se esforzó por verlo todo con otros ojos; olió el viento salino que le acariciaba los pelillos de la nariz, palpó la corteza áspera y rasposa de una palmera, admiró el rojo intenso de la arcilla que se veía por todas partes.
—Baaba —dijo Effia cuando los hombres se adelantaron unos pasos—, ¿por qué va a casarse Adwoa con este hombre?
—Porque lo dice su madre.
Unas semanas más tarde, el blanco regresó a presentar sus respetos a la madre de Adwoa, y Effia y el resto de los aldeanos se acercaron a ver qué le ofrecía. Acudía con el
precio de la novia, quince libras. También con artículos que algunos asante habían transportado a la espalda desde el castillo. Mientras los sirvientes entraban con telas, mijo, oro y hierro, Cobbe obligó a Effia a ponerse detrás de él.  Después, de regreso a casa, el padre llevó a la joven a un lado y dejó que sus esposas y el resto de sus hijos los
adelantaran.
—¿Entiendes lo que acaba de ocurrir? —le preguntó.
A lo lejos, Baaba cogió a Fiifi de la mano. El hermano de Effia había cumplido once años hacía poco, pero ya era capaz de trepar al tronco de una palmera sin más ayuda que
las manos y los pies descalzos.
—El hombre blanco ha venido a llevarse a Adwoa —repuso Effia.
Su padre asintió.
—Los blancos viven en el castillo de Costa del Cabo.
Desde allí intercambian bienes con nuestra gente.
—¿Como hierro y mijo?
Cobbe le posó la mano en el hombro y le dio un beso en la frente, pero cuando se apartó, su mirada era distante e inquieta.
—Sí, ellos nos dan hierro y mijo, pero nosotros tenemos que darles otras cosas a cambio. Este hombre ha venido de Costa del Cabo a casarse con Adwoa, y después de él vendrán otros a llevarse a nuestras hijas. Sin embargo, para ti, niña mía, tengo otros planes mejores que vivir como esposa de un blanco. Tú te casarás con un hombre de nuestra aldea.
Justo entonces, Baaba se dio la vuelta y Effia la miró a los ojos. La mujer frunció el ceño y ella se volvió hacia su padre para ver si se había dado cuenta, pero Cobbe no dijo
ni una palabra.
Effia sabía a quién elegiría ella como esposo y esperaba de todo corazón que sus padres escogiesen al mismo hombre. Abeeku Badu era el heredero del jefe de la aldea. Alto,
con la piel del color del hueso de un aguacate, manos fuertes y dedos largos y finos que agitaba al hablar como si fueran rayos. Había visitado su casa cuatro veces en el último mes y estaba previsto que esa misma semana Effia y él comiesenjuntos.

Abeeku llevó una cabra. Sus sirvientes cargaron ñames, pescado y vino de palma. Baaba y las otras esposas avivaron los fuegos y calentaron el aceite. El aire se llenó de aromas.
Esa mañana, Baaba había peinado a Effia. Le había hecho dos trenzas largas, una a cada lado de la raya. Con ellas recordaba a un carnero: fuerte, obstinada. Ella misma se había
untado el cuerpo desnudo de aceite y se había puesto oro enlas orejas. Se sentó delante de Abeeku a comer, contenta de ver que él le lanzaba miradas furtivas de admiración.
—¿Fuiste a la ceremonia de Adwoa? —preguntó Baaba
en cuanto hubieron servido a los hombres y las mujeres empezaron por fin a comer.
—Sí, pero sólo un rato. Es una pena que vaya a marcharse de la aldea. Habría sido una gran esposa.
—Cuando seas jefe, ¿trabajarás para los británicos?
—preguntó Effia.

Tanto Cobbe como Baaba le lanzaron miradas reprobatorias, y ella agachó la cabeza, pero enseguida la irguió y vio que Abeeku sonreía.
—Trabajamos con los británicos, Effia. No para ellos.
Eso es lo que significa comerciar. Cuando sea el jefe, continuaremos como hasta ahora, asegurándonos de que el intercambio con los asante y los británicos continúa.
Effia asintió. No estaba del todo segura de qué quería decir aquello, pero a juzgar por las miradas de sus padres, era mejor que mantuviese la boca cerrada. Abeeku Badu era el
primer hombre que llevaban a conocerla, y Effia deseaba con todas sus fuerzas que él la quisiera, pese a no saber aún qué clase de hombre era ni qué tipo de mujer requería. Cuando estaba en su choza, Effia podía preguntar a su padre y a Fiifi todo lo que le apeteciera. Era Baaba quien guardaba silencio y prefería que ella hiciese lo mismo; Baaba, quien la había abofeteado por preguntar por qué no la llevaba a que la bendijesen como hacían otras madres con sus hijas. Sólo cuando no hablaba ni preguntaba nada, cuando se hacía pequeña,
Effia sentía el amor de Baaba, o algo que se le parecía. Tal vez también fuera eso lo que buscaba Abeeku. El joven terminó de comer. Estrechó la mano a todos los
miembros de la familia y se detuvo junto a la madre.
—Avísame cuando esté lista.
Baaba se llevó una mano al pecho y asintió con seriedad.
Cobbe y los demás hombres acompañaron a Abeeku mientras el resto de la familia le decía adiós con la mano.

Esa noche, Baaba despertó a Effia, que dormía en el suelo de la choza. Mientras le hablaba, la joven sentía su aliento cálido en la oreja.
—Cuando te venga la sangre, debes ocultarlo. Tienes
que decírmelo a mí y a nadie más. ¿Entiendes?
Le entregó unas hojas de palma que había convertido en un pliego suave y enrollado.
—Ponte esto dentro y míralo todos los días. Cuando esté manchado de rojo, avísame.

Effia miró las hojas de palma que Baaba le tendía con las manos abiertas. No las aceptó a la primera, pero alzó la vista y distinguió en los ojos de su madre algo que rayaba
la desesperación. Y como esa mirada le suavizaba el rostro y Effia también conocía en carne propia la desesperación, ese fruto del anhelo, hizo lo que su madre le pedía. Todos los días comprobaba el color de las hojas, pero éstas salían siempre del mismo verde blanquecino. Al llegar la primavera, el jefe de la aldea enfermó y todo el mundo empezó a observar a Abeeku con atención para ver si estaba preparado para el puesto. Durante esos meses se casó con dos mujeres: Arekua la Sabia y Millicent, la hija mestiza de una mujer fante y un soldado británico que había muerto de fiebre y había dejado a su esposa e hija muchas riquezas para gastar a placer. Effia rezaba por que llegase el día en que todos los habitantes de su aldea la llamasen Effia la Bella, como hacía Abeeku en las
contadas ocasiones en que les permitían hablar. La madre de Millicent tenía un nombre nuevo que le había dado su marido blanco. Era una mujer oronda y rolliza cuyos dientes centelleaban en la noche oscura de su piel y, cuando enviudó, decidió dejar de vivir en el castillo y regresar al pueblo. Como los blancos no podían dejar dinero en testamento a sus esposas e hijos fante, se lo dejaban a otros soldados y amigos, y éstos pagaban a las mujeres. Así, la madre de Millicent había recibido suficiente dinero para
empezar de nuevo y comprar algo de tierra. Ambas visitaban a Effia y a Baaba a menudo, pues, como decían, pronto iban a formar parte de la misma familia.
Millicent era la mujer de piel más clara que Effia había visto en su vida. La cabellera negra le llegaba hasta la mitad de la espalda, y en los ojos tenía pinceladas verdes. Rara vez sonreía, y hablaba con voz ronca y un acento fante extraño.
—¿Cómo era vivir en el castillo? —preguntó Baaba un día a la madre de Millicent.
Se habían sentado las cuatro a comer cacahuetes y plátanos.

—Estaba bien, sí. Ay, cómo te cuidan esos hombres. Es como si nunca hubieran estado con una mujer. No sé a qué se dedicaban sus esposas británicas. Te digo que mi marido me miraba como si yo fuera agua y él fuego, y todas las noches hubiera que sofocar las llamas.
Las mujeres rompieron a reír. Millicent esbozó una sonrisa furtiva para Effia, y ella quiso preguntarle cómo era con Abeeku, pero no se atrevió. Baaba se acercó a la madre de Millicent, pero aun así Effia oyó:
—Y además pagan un buen precio por la novia, ¿eh?
—Te digo que mi marido le pagó diez libras a mi madre, ¡y eso fue hace quince años! Sí, hermana, el dinero está muy bien, pero me alegro de que mi hija se haya casado con un
fante. Aunque un soldado me ofreciese veinte libras por ella, no sería la esposa de un jefe. Y aún peor: tendría que vivir en el castillo, lejos de mí. No, no, es mucho mejor conseguir a un hombre del pueblo para que tus hijas puedan estar cerca. Baaba asintió y se volvió hacia Effia, que enseguida apartó la mirada.

Esa noche, justo dos días después de su decimoquinto cumpleaños, llegó la sangre. No fue la corriente poderosa de las olas del mar que Effia esperaba, sino un simple hilillo,
gotas de lluvia que caían, una a una, desde el mismo agujero del techo de una choza. Se limpió y esperó a que su padre dejase a Baaba a solas para poder contárselo.
—Baaba —dijo, y le enseñó las hojas de palma teñidas
de rojo—. Tengo la sangre.
Baaba le tapó los labios con una mano.
—¿Quién más lo sabe?
—Nadie.
—Que siga así, ¿me entiendes? Si alguien te pregunta si
ya eres mujer, debes responder que no.
Effia contestó que sí con la cabeza. Se dio media vuelta para marcharse, pero tenía una pregunta ardiéndole en el pecho como si fueran brasas de carbón.
—¿Por qué? —preguntó al fin.
Baaba le metió los dedos en la boca, le sacó la lengua y
le pellizcó la punta con uñas afiladas.
—¿Quién eres tú para cuestionar lo que te digo? Si no haces lo que te mando, me ocuparé de que jamás vuelvas a hablar. Le soltó la lengua, y durante el resto de la noche Effia notó el sabor de su propia sangre.

A la semana siguiente murió el anciano jefe de la aldea. El funeral se anunció en todas las poblaciones vecinas. Duraría un mes y acabaría con la ceremonia en la que nombrarían jefe a Abeeku. Las mujeres de la aldea preparaban comida
de sol a sol; se fabricaron tambores con la mejor madera y se pidió a los mejores cantores que hicieran oír su voz. Los asistentes al funeral se pusieron a bailar el cuarto día de la estación de lluvias y no descansaron los pies hasta que el suelo quedó seco por completo. Tras la primera noche sin lluvia, Abeeku fue coronado omanhin, jefe de la aldea fante. Lo vistieron con tejidos suntuosos y sus esposas se colocaron una a cada lado. Effia y Baaba se quedaron juntas mirándolo, mientras Cobbe caminaba entre el gentío. De vez en cuando, Effia lo oía murmurar que ella, su hija, la mujer más hermosa del pueblo, debería estar allí con las otras dos.
Como nuevo jefe, Abeeku quería hacer algo grande, algo que llamase la atención sobre su territorio y los convirtiera en una potencia que tener en cuenta. Tras apenas tres
días de mandato, reunió en su casa a todos los hombres de la aldea. Les dio de comer sin parar a lo largo de dos jornadas y los emborrachó de vino de palma hasta que no quedó choza desde donde no resonaran el bullicio de las risas y los gritos exaltados.
—¿Qué van a hacer? —preguntó Effia.
—No es asunto tuyo —contestó Baaba.

Desde que había empezado a sangrar dos meses antes, Baaba había dejado de pegarle, en pago por su silencio. Algunos días, mientras preparaban la comida para los hombres
o la joven regresaba de buscar agua y miraba a Baaba ahuecar las manos y hundirlas en el cubo, Effia pensaba que por fin se comportaban como correspondía a una madre y una hija. Sin embargo, otros días Baaba fruncía de nuevo el ceño con desdén, y Effia se daba cuenta de que la nueva tranquilidad de su madre era temporal, y su rabia, una bestia salvaje que había logrado apaciguar sólo por el momento.

Cobbe regresó de la reunión con un machete largo. El mango era de oro y llevaba grabadas unas letras que nadie comprendía. Estaba tan borracho que todas sus esposas e
hijos formaron un corro estrecho a su alrededor, a medio metro de distancia, mientras él se tambaleaba y punzaba el aire con el arma afilada.
—¡Vamos a hacernos ricos con sangre! —chillaba.
Arremetió contra Fiifi, que se había metido dentro del
círculo. El muchacho, más esbelto y rápido que cuando era
un bebé rechoncho, giró la cadera y esquivó la punta del
machete por los pelos.
El chico había sido el más joven de la reunión, y todo
el mundo sabía que sería un buen guerrero. Lo veían en su
forma de trepar por las palmeras y de llevar su silencio como
una corona de oro.
Tras marcharse su padre, y una vez estuvo segura de
que su madre dormía, Effia se arrastró hasta donde estaba
Fiifi.
—Despierta —le susurró, y él la apartó.
Incluso medio dormido, era más fuerte que ella. La
joven cayó hacia atrás, pero se levantó con la agilidad de un
gato y se puso en pie.
—Despierta —repitió.
Fiifi abrió los ojos de golpe.
—No me molestes, hermana mayor.
—¿Qué va a pasar? —preguntó ella.
26
—Eso es asunto de los hombres.
—Tú aún no eres un hombre —repuso.
—Ni tú una mujer —soltó él—. Si lo fueras, esta noche
habrías estado allí con Abeeku, como su esposa.
A Effia empezó a temblarle el labio. Dio media vuelta
para regresar a su lado de la choza, pero Fiifi la agarró del
brazo.
—Vamos a ayudar a los británicos y a los asante con el
comercio.
—Ah —respondió Effia. Era la misma historia que
había oído de su padre y de Abeeku unos meses antes—.
¿Quieres decir que daremos oro asante y telas a los blancos?
Fiifi le atenazó el brazo.
—No seas boba. Abeeku ha establecido una alianza con
una de las aldeas asante más poderosas. Vamos a ayudarlos
a vender sus esclavos a los británicos.
Y así fue como el hombre blanco llegó a su aldea. Gordos o flacos, rosados o bronceados, iban de uniforme y con
la espada colgando del costado y miraban con el rabillo del
ojo, siempre muy precavidos. Acudían a dar su visto bueno
a las mercancías que Abeeku les había prometido.
Durante los días siguientes a la ceremonia fúnebre del
jefe, Cobbe empezó a inquietarse por la promesa rota de
Effia, pues aún no era mujer. Temía que Abeeku se olvidara
de ella y escogiese a otra joven de la aldea. Él siempre había
dicho que quería que su hija fuese la primera esposa, la más
importante, pero ahora parecía que no podía aspirar siquiera
al puesto de tercera mujer.
Todos los días preguntaba a Baaba qué pasaba con Effia,
y todos los días ella respondía que aún no estaba lista. Desesperado, permitía que su hija visitase la casa de Abeeku
una vez a la semana acompañada por Baaba, para que el
hombre la viese y recordase cuánto le habían gustado su
rostro y su figura.
Arekua la Sabia, la primera de sus esposas, las recibió
cuando llegaron a su choza una tarde.
27
—Por favor, mama —le dijo a Baaba—, hoy no os esperábamos. Han venido los blancos.
—Entonces nos vamos —contestó Effia, pero Baaba la
agarró del brazo.
—Si no os importa, nos gustaría quedarnos —pidió ésta.
Arekua la miró, extrañada.
—Si volvemos demasiado pronto, mi marido se enfadará —arguyó, como si ésa fuera suficiente explicación.
Pero Effia sabía que mentía. Cobbe no las había enviado
allí esa tarde, sino que Baaba se había enterado de que los
hombres blancos estarían allí y había insistido en ir a ofrecer
sus respetos. Arekua se apiadó de ellas y fue a preguntarle a
Abeeku si podían quedarse.
—Comeréis con las mujeres y, si los hombres entran, no
podéis hablar —anunció a su regreso.
Las llevó al interior de la casa, y Effia miró en todas las
chozas por las que iban pasando hasta que llegaron a una
donde las esposas se habían reunido a comer. Se sentó al lado
de Millicent, cuyo embarazo era ya evidente, la barriga baja
y del tamaño de un coco. Arekua había preparado pescado
estofado con aceite de palma, y comieron con las manos
hasta tener los dedos teñidos de color naranja.
Enseguida entró una sirvienta en la que Effia no había
reparado. Era menuda, apenas una niña, y no alzaba la mirada del suelo.
—Mama —le dijo a Arekua—: a los hombres blancos
les gustaría ver la casa. El jefe Abeeku dice que os aseguréis
de estar presentables.
—Rápido, ve a por agua —mandó Millicent.
Cuando la sirvienta regresó con el cubo lleno, todas se
lavaron las manos y la boca. Effia se arregló el pelo: se lamió
las palmas y se frotó con los dedos los rizos diminutos que
tenía alrededor de la frente. Cuando acabó, Baaba la obligó
a colocarse entre Millicent y Arekua, delante de otras mujeres, pero Effia hizo lo posible por empequeñecerse para no
llamar la atención.
28
Los hombres no tardaron en llegar. Effia pensó que
Abeeku tenía el porte de un jefe: fuerte y poderoso, como si
fuera capaz de levantar a diez mujeres por encima de la cabeza, hacia el sol. Detrás de él iban dos hombres blancos. Uno
de ellos le pareció el cabecilla, por cómo lo miraba el otro
antes de hablar o de echar a caminar. El jefe blanco llevaba la
misma ropa que sus compañeros, pero la chaqueta y los galones de los hombros tenían más botones de oro relucientes.
Parecía mayor que Abeeku, pues tenía la cabellera castaña
salpicada de gris, pero mantenía una postura erguida, como
se espera de un líder.
—Éstas son las mujeres. Mis esposas e hijos, sus madres
e hijas —dijo Abeeku.
El otro blanco, el más bajo y tímido de los dos, lo
contempló durante la explicación y después se volvió hacia
el jefe blanco y habló en su lengua extraña. El jefe blanco
asintió, sonrió a toda la familia y, mirando con atención a las
mujeres, las saludó una a una en un fante muy pobre.
Cuando le llegó el turno a Effia, ella no pudo reprimir
una risita. El resto de las mujeres le chistaron y se le cubrieron las mejillas de una vergüenza que ardía.
—Aún estoy aprendiendo —se disculpó el jefe blanco
con la mirada fija en Effia.
A oídos de la joven, su manera de pronunciar el fante
producía un sonido feo.
El jefe le sostuvo la mirada durante lo que a ella le parecieron minutos, y notó que el rostro se le calentaba aún
más cuando la expresión de aquellos ojos se tornó algo más
licenciosa. Los círculos oscuros de los iris del hombre blanco
parecían enormes ollas en las que un niño podría ahogarse,
y estaba mirando a Effia así, como si quisiera atraparla allí
dentro, en aquellos ojos profundos. Las mejillas de él no
tardaron en teñirse de rubor. Se volvió hacia el otro hombre
y habló.
—No, no es mi esposa —aclaró Abeeku después de que
el tipo le tradujera, sin tratar de disimular su molestia.
29
Effia agachó la cabeza, sonrojada por haber hecho algo
que avergonzase a Abeeku y porque él no pudiese llamarla
«esposa». Humillada también porque no la había llamado por
su nombre: Effia la Bella. En ese momento deseó desesperadamente romper su promesa a Baaba y anunciar que ya era
mujer, pero antes de que pudiese decir ni una palabra, los
hombres se alejaron y, justo cuando el jefe blanco miró hacia
atrás y le sonrió, perdió la determinación.
Se llamaba James Collins y acababan de nombrarlo gobernador del castillo de Costa del Cabo. En menos de una semana, había regresado a la aldea a pedirle a Baaba la mano
de Effia. Cobbe montó en cólera y su rabia llenó todas las
estancias de la casa como una nube de vapor caliente.
—¡Está casi prometida a Abeeku! —gritó a Baaba cuando ella le anunció que consideraría la petición.
—Sí, pero Abeeku no puede casarse con ella hasta que le
llegue la sangre, y llevamos años esperando. Deja que te diga
una cosa, marido; creo que aquel fuego fue una maldición
para ella. Es un demonio que jamás se hará mujer. Piénsalo:
¿qué criatura es tan bella pero no se la puede tocar? Es mujer
en apariencia y, sin embargo, aún no sangra. Pero el hombre
blanco se la llevará de todos modos, porque no sabe lo que es.
Effia había oído al hombre blanco hablar con su madre
durante el día. Como regalo de bodas, le pagaría a Baaba
treinta libras por adelantado y veinticinco chelines al mes
en mercancía para el comercio. Más de lo que Abeeku podía
ofrecer, más de lo que se había ofrecido por cualquier otra
mujer fante en su aldea o en la más cercana.
Durante toda la noche, Effia oyó a su padre caminar de
un lado a otro. Incluso al despertarse, a la mañana siguiente,
el sonido rítmico de sus pisadas en la arcilla endurecida del
suelo seguía presente.
—Hay que conseguir que Abeeku piense que ha sido
idea suya —dijo al final.
30
Así que invitaron al jefe a su casa. Sentado junto a Cobbe, Baaba le expuso su teoría: que el fuego que había destruido tanto patrimonio de la familia había arruinado también a la niña.
—Tiene el cuerpo de mujer, pero su espíritu esconde
algo maligno —explicó Baaba, y escupió en el suelo para
mayor efecto—. Si te casas con ella, no te dará hijos. Si el
hombre blanco se casa con ella, se encariñará con la aldea,
y verás que vuestro comercio prospera.
Abeeku se frotó la barba con suavidad mientras lo pensaba.
—Traedme a la Bella —ordenó al final.
La segunda esposa de Cobbe fue a buscar a Effia. La
joven temblaba y le dolía tanto el vientre que creía que se le
vaciarían las tripas allí mismo, delante de todos los presentes.
Abeeku se levantó para mirarla a la cara. Le recorrió el
paisaje del rostro con los dedos, la cordillera de los pómulos,
las cuevas de la nariz.
—No ha nacido mujer más hermosa —dijo al cabo de
un momento, y se dirigió a Baaba—. Pero veo que tienes
razón. Si el hombre blanco la quiere, puede quedarse con
ella. Será mejor para nuestros tratos con ellos. Y también
para la aldea.
Cobbe, un hombre grande y fuerte, se echó a llorar sin
reparos, pero Baaba se mantuvo erguida. Cuando Abeeku
se hubo marchado, la madre se acercó a Effia y le dio un
colgante de piedra negra que resplandecía como si estuviera
recubierto de polvo de oro.
Se lo puso en las manos y se inclinó hacia ella, hasta que
le tocó la oreja con los labios.
—Llévate esto cuando te vayas —le dijo—. Es un pedazo de tu madre.
Cuando Baaba se apartó, Effia descubrió que detrás de
la sonrisa le danzaba algo que recordaba al alivio.

Gyasi-Yaa

 

 

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