La cigarra del octavo día de Mitsuyo Kakuta fragmento

Siete años bajo tierra y sólo viven siete días cuando salen al mundo. No sé si esa historia es realmente cierta o no, pero la primera vez que la escuché me impresionó mucho que esperasen tanto tiempo para vivir una vida tan corta. Yo también era una niña cuando le expliqué a unos adultos eso mismo.
La cigarra del octavo día puede ver cosas que las demás no ven. Quizá no quiera, pero después de todo no es tan terrible. No hay necesidad de cerrar los ojos.»

Kiwako es una mujer desesperada, que lo ha perdido todo en la vida y parece que ya no tiene nada más que perder. Quizá por ello comete una de las locuras más grandes que puede cometer un ser humano: robar una vida. Una mañana se cuela en casa de un matrimonio y les roba su bebé de pocos meses. Claro, no hay nada fortuito en esta elección. Resulta que Takehiro, el padre del bebé, ha tenido una aventura de muy larga duración con Kiwako. Como siempre sucede en estos casos, el hombre casado le promete a la amante que se irá con ella y serán felices, pero nunca llega el día. En este caso hay que sumarle que la esposa de Takehiro se ha quedado embarazada y ha tenido un bebé, el bebé que Kiwako siente que debería ser de Takehiro y suyo.

Desde el primer momento, la vida de Kiwako se convierte en una huida. No tiene padres, no tiene amigos, no tiene dónde ir. Pero no le importa, tiene en sus brazos a su niña y hará lo que sea posible para cuidarla como una hija.

Me he desabrochado el botón del abrigo para meter dentro al bebé, como si lo envolviera. Después he empezado a correr a ciegas. No sé hacia dónde voy, pero en alguna parte de mi cabeza aún soy capaz de pensar con frialdad y se me ocurre que si me dirijo a la estación es muy probable que me encuentre con esa mujer. Quizá por eso mis piernas me llevan de manera automática en dirección opuesta. En un cartel leo. «Carretera de Koshu». Aprieto el paso en la dirección que indica la flecha blanca. Me doy cuenta de que se acerca un taxi libre y levanto la mano en un acto reflejo. Subo al vehículo y descubro que no sé a dónde ir. En el retrovisor se reflejan los ojos atentos del conductor.
-Parque de Koganei, por favor.
El taxi arranca. Me vuelvo y veo cómo se aleja poco a poco de esa ciudad tan poco familiar para mí. El bebé empieza a llorar bajo el abrigo.
-No llores, no llores… -Me sorprendo al pronunciar estas palabras de una manera casi instintiva-. No llores -las repito de nuevo, y le acaricio la espalda.
Hay mucho tráfico. El taxi apenas avanza. Los gimoteos, los ruiditos que hace el bebé con la nariz, cesan. Se chupa el dedo gordo y se adormece. De repente abre los ojos, como si volviera en sí. Emite un sonido débil, como si estuviera a punto de llorar, pero enseguida pone los ojos en blanco, como si estuviera vencido por el sueño. Se me amontonan los pensamientos: «Hay que comprar pañales, leche maternizada, tengo de decidir dónde vamos a dormir esta noche». Antes de ser capaz de ponerlos en orden, me asaltan las dudas: «¿Qué debo hacer? ¿Qué debo hacer ahora mismo?». Cuanto más pienso, más me desespero. No sé por qué, pero me asalta un terrible sueño. Me adormezco igual que el bebé, constantemente. Abro los ojos al sentir su tacto suave, ese ligero cosquilleo en la nariz que me produce su olor a leche cuando lo estrecho entre mis brazos.

Mitsuyo-Kakuta

Deja un comentario